El caballero oscuro: La leyenda renace
El Batman de Nolan (III)

País: Estados Unidos
Año: 2012
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan, Jonathan Nolan
Título original: The Dark Knight Rises
Género: Thriller, Acción, Drama
Productora: DC Entertainment, Legendary Pictures, Warner Bros.
Fotografía: Wally Pfister
Edición: Lee Smith
Música: Hans Zimmer
Reparto: Christian Bale, Anne Hathaway, Tom Hardy, Joseph Gordon-Levitt, Michael Caine, Gary Oldman, Marion Cotillard, Ben Mendelsohn, Morgan Freeman, Matthew Modine, Josh Stewart, Tom Conti, Burn Gorman
Duración: 164 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2012
Dirección: Christopher Nolan
Guion: Christopher Nolan, Jonathan Nolan
Título original: The Dark Knight Rises
Género: Thriller, Acción, Drama
Productora: DC Entertainment, Legendary Pictures, Warner Bros.
Fotografía: Wally Pfister
Edición: Lee Smith
Música: Hans Zimmer
Reparto: Christian Bale, Anne Hathaway, Tom Hardy, Joseph Gordon-Levitt, Michael Caine, Gary Oldman, Marion Cotillard, Ben Mendelsohn, Morgan Freeman, Matthew Modine, Josh Stewart, Tom Conti, Burn Gorman
Duración: 164 minutos

Nolan culmina su trilogía de Batman —iniciada con «Batman Begins» y continuada con «El caballero oscuro»— con una película que le da al héroe de Gotham un final épico que, además, le permite realizar un atrevido comentario político contra el populismo.

Tras la maravillosa acogida entre crítica y público tanto de El caballero oscuro (Christopher Nolan, 2008) como de su thriller de acción futurista Origen (Christopher Nolan, 2010), el director británico se encontraba ante el desafío de tener que luchar contra todas las expectativas y superarse a sí mismo con el cierre de su trilogía sobre el enmascarado de Gotham. Si bien superar una cinta tan admirada e idolatrada como El caballero oscuro es una misión prácticamente imposible, El caballero oscuro: La leyenda renace (Christopher Nolan, 2012) fue un digno final a la saga, aunque a su vez también supuso un paso atrás con respecto a su anterior película.

La película nos lleva a Gotham siete años tras los eventos de la anterior entrega, en donde el crimen ha casi desaparecido pero la amenaza de la corrupción política, la crisis económica y la pobreza asola a la ciudad. Wayne, recluido en su mansión y culpándose por la muerte de Rachel, ha abandonado la capa de Batman así como casi cualquier contacto humano. En esta situación, la ciudad comienza a ser atacada por un nuevo criminal conocido como Bane, que está reclutando a la gente con mayor necesidad económica de Gotham para llevar a cabo actos delictivos contra las clases altas. Al percatarse de esta amenaza, Batman, con la ayuda de Selina Kyle, vuelve a enfundarse su traje para enfrentarse a Bane, pero, tras ser traicionado por Selina, es derrotado por este, descubriendo que Bane no es otro que el nuevo líder de la Liga de las Sombras y que planea destruir Gotham haciendo explotar un reactor nuclear. Herido de gravedad, Wayne es trasladado a una prisión en oriente próximo en la que Bane pasó su infancia mientras el villano da un golpe de estado en Gotham apoyándose en la desencantada población. Tras recuperarse y superar sus demonios internos, Wayne regresa a Gotham para, junto con una arrepentida Selina Kyle, liderar la lucha contra la revolución de Bane y devolver el orden a la ciudad.

Bane, además de un poderoso antagonista, funciona como metáfora de los líderes revolucionarios populistas.

Una característica de los grandes directores, lista en la cual Nolan sin duda figura, es su rechazo a quedarse permanentemente en el mismo sitio cinematográficamente y, en su lugar, tratar de explorar nuevas cosas con cada proyecto en el que se embarcan. Así pues, y a pesar de lo que una gran parte del público esperaba, no es de extrañar que el director prefiriera no repetir la fórmula de El caballero oscuro sino, en su lugar, intentar algo nuevo con su última película de la trilogía. Es así que, por un lado, El caballero oscuro: La leyenda renace, se aleja del tono de thriller de su predecesora para, en su lugar, ser un cine mucho más épico, de gran escala, y que presta más atención a sus elementos dramáticos. Es por ello que el director abandona el suspense casi policíaco de su anterior película para, en su lugar, apostar por una historia mucho más grande.

Lo más significativo de esta tercera entrega es el observar cómo Nolan se vuelve mucho más político. Si bien cierto comentario sociopolítico ya se percibía en sus anteriores obras (desde una crítica sobre la corrupción y la justicia hasta una reflexión sobre los excesos de los gobiernos occidentales durante la guerra contra el terrorismo y sus abusos), ahora esta reflexión se convierte en el centro de la trama. De esta forma, el director captura muy sabiamente el pulso político de una época (2011-2012) en que los grandes movimientos populistas occidentales comenzaban a tomar forma. Mientras que en EE. UU. el movimiento Occupy Wall Street tomaba forma y en España surgía algo parecido (aunque con matices) con el 15-M, en Italia partidos como el Movimiento 5 Estrellas o la Liga Norte aumentaban exponencialmente su popularidad, y en el norte de África revoluciones populares derrocaban a dictadores que llevaban años en el poder como es el caso de Gadafi. Nolan hace lo que ya había demostrado saber hacer, esto es, usar el género de superhéroes para tratar temas adultos e invitar a la reflexión. En este caso, en El caballero oscuro: La leyenda renace el director deconstruye la realidad política del mundo del momento, criticando por un lado a las élites liberales estadounidenses (y por extensión, globales) por su despotismo y su enriquecimiento desmedido a costa del sufrimiento de la mayoría. De esta forma, cuando el director representa a estos colectivos (políticos, grandes empresarios, etc.) vemos a una sociedad aislada del resto del mundo manejando los hilos y que antepone su beneficio propio a cualquier medida que implique ayudar a la sociedad. La forma sutil en que el director hace esto (con pequeños planos en los que vemos a agentes de bolsa despreciar de forma casual a personas menos adineradas o acudir a extravagantes fiestas) evita que el mensaje llegue a ser petulante o evidente.

El director se acerca a los códigos del cine épico para ofrecer un desenlace rotundo a la trilogía.

Por otro lado, sin embargo, Nolan evita caer en el maniqueísmo y lanza una seria advertencia sobre el populismo y los movimientos políticos antiliberales. En un contexto de gran tensión económica y política, Bane inicia una revolución populista, antiliberal y anticapitalista que adolece de una falta de ideales bien definidos y objetivos concretos para en su lugar usar como único argumento el descontento común (transversalismo que el populismo de los últimos diez años ha sabido usar perfectamente para aglutinar a sus bases y atraer simpatizantes de diferentes contextos ideológicos), que recibe el apoyo de gran parte de la población menos favorecida. Pero Bane no busca en absoluto mejorar las condiciones de vida de nadie, muy al contrario, su objetivo último es la destrucción de toda la sociedad de Gotham, aunque para lograr este fin se vale del descontento popular contra las élites para subvertir el orden institucional de la ciudad. Paradójicamente (y como la propia historia indica que suele pasar en estos casos), Bane inicia una cruzada contra la policía, la justicia corrupta o los políticos, pero cuando llega al poder sustituye estas instituciones por versiones deformadas y oscuras de sí mismas (el cuerpo de policía es sustituido por milicias paramilitares, los tribunales legales por cortes donde la justicia brilla por su ausencia y a las élites políticas por el liderato fanático de una secta que pretende la aniquilación nuclear de la ciudad).

El director abandona el suspense casi policíaco de su anterior película para, en su lugar, apostar por una historia mucho más grande.

Si bien en la época del estreno de esta cinta la idea de una revolución popular de tintes demagógicos haciendo colapsar las instituciones de un país democrático nos parecía una ficción, sucesos como los ocurridos en la Zona Autónoma de Capitol Hill en Seattle durante el verano de 2020 o los eventos del 6 de enero de 2021 en el Capitolio nos recuerdan lo cerca que están nuestras sociedades de colapsar ante el populismo. Si en anteriores entregas se nos contaba una historia de individuo contra sí mismo primero e individuo contra individuo en la secuela, esta última película orbita en torno al concepto de individuo contra el mundo. Por otro lado, Bane, además de la personificación de este populismo mitad anárquico y mitad autoritario, es un reflejo oscuro del propio Batman en tanto que refleja a un personaje con una portentosa inteligencia y una enorme fuerza física, todos ellos atributos que también le pertenecen al héroe de Gotham. Es así que esta entrega final de la saga tiene el acierto de enfrentar a Batman con una versión oscura de sí mismo, teniendo así nuestro héroe que enfrentarse a las propias contradicciones que su figura como justiciero implican. Bane es un tipo que impone a través de la violencia sus propios principios y escala de valores, así como su forma de entender la justicia. Sobre el papel, esto no es tan diferente a lo que el propio Batman hace, siendo al final la lucha entre ambos personajes un combate entre dos vigilantes con su propio sentido de la justicia. La película resuelve este conflicto llevando a Batman al altruismo. Mientras Bane pretende sacrificarse para imponer su orden moral, Batman lo hace meramente por su voluntad de salvar a sus semejantes. Batman alcanza la redención cuando descubre que su rol como protector del mundo que le rodea radica no en tratar de codificarlo hasta la perfección, sino en su disposición de sacrificar su vida para salvarlo incluso a pesar de sus imperfecciones.

La película le da a su protagonista un desenlace en el que logra superar sus traumas pasados.

Esta evolución del personaje se muestra también en un estudio de su psicología que, siguiendo lo visto en las dos entregas anteriores, busca centrarse en el hombre bajo la máscara y mostrarnos el lado más humano de Wayne. Es así que en esta entrega vemos a un hombre apático, psicológicamente destruido por las secuelas emocionales de ser Batman, embarcarse en un viaje de autodescubrimiento en el que nuestro protagonista descubre el valor de aceptar sus emociones (las dolorosas, pero también las que no lo son) como única vía para reconciliarse con sus remordimientos y superar su duelo. Si en los primeros minutos vemos a un Wayne que trata de aislarse de su lado más humano y emocionalmente herido para tratar de protegerse, no es sino el Batman que abraza su dolor como una parte de sí mismo y lo entiende como indivisible de la esperanza, como la otra cara de la misma moneda que es la vida, el que emerge de la adversidad. El diálogo en la icónica escena del pozo en la que otro de los prisioneros le anima a intentar el salto sin cuerda para dejar que el miedo a morir le haga llegar a ser la mejor versión de sí mismo es una encarnación perfecta del punto culminante no ya de la película, sino de toda la trilogía, el momento en que Bruce deja de huir de sus demonios y en su lugar se da la vuelta para enfrentarse a ellos. La escueta pero interesante relación con Selina Kyle también está en sintonía con este mensaje, ya que únicamente cuando Wayne ha dejado atrás todos los fantasmas de su pasado (la muerte de Rachel, la pérdida de sus padres, etc.) es cuando por fin es capaz de construir una relación emocional estable con otra persona.

A nivel cinematográfico, nos encontramos con una película que muestra la creciente seguridad en sí mismo como director de un Nolan que se atreve a dejar a un lado su estilo semi-invisible de sus primeros años para en su lugar comenzar a mostrar su interés en componer imágenes icónicamente ricas, metáforas visuales y, en general, a dominar un uso del lenguaje crecientemente complejo. El director utiliza por un lado la dirección de arte y la puesta en escena para transmitir mensajes sutiles, como cuando Bruce Wayne es el único invitado en una fiesta de disfraces que no lleva antifaz (dando a entender que su identidad pública es su verdadera máscara), o cuando Bane entra en la Bolsa de Gotham justo en el momento en que las pantallas indicando las cotizaciones del mercado de valores se apagan, simbolizando la disrupción del orden político y económico que este personaje representa. A todo esto han de añadirse elementos más evidentes, como el uso de mobiliario e iconografía propio del s. XVIII para reflejar los paralelismos entre la revolución de Bane y la Revolución Francesa. Pero sin duda es en el campo de las metáforas visuales donde la evolución como narrador de Nolan es más evidente, siendo especialmente significativa la ya mencionada escena de Wayne escalando el pozo de la prisión, en la cual la imagen del protagonista luchando por escapar de la oscuridad y alcanzar la luz refleja a la perfección su propio viaje psicológico.

Todo esto lleva a un final relativamente controvertido en el que se sugiere la muerte de Batman sacrificándose para salvar la ciudad, solo para ser visto momentos más tarde habiendo sobrevivido y llevando una vida feliz lejos de Gotham. Dejando a un lado las especulaciones sobre si este final era real o una mera alucinación, amplias han sido las discusiones tanto defendiéndolo como criticándolo. Por un lado, sus detractores afirman que se trata de un final feliz forzado mientras que sus defensores aprecian que una saga tan oscura termine con una nota de esperanza. Por lo que al que firma respecta, este final encaja a la perfección con el viaje del protagonista y el tono de la película. En las anteriores entregas teníamos a un Batman que ya estaba dispuesto a sacrificar su vida en su lucha contra el crimen porque hablábamos de un personaje en una evidente espiral autodestructiva usando su cruzada contra el crimen para evitar afrontar su propia oscuridad. Esta tercera entrega termina con un Wayne diferente, que ha superado su pasado y que por lo tanto no está ya solo dispuesto a morir, también está dispuesto a vivir. Quizá la sutil grandeza de este final es que reduce la historia de Bruce Wayne a lo más básico, la de un joven que por fin logra superar el trauma de la pérdida de sus seres queridos.

Nolan refina su estilo visual añandiendo metáforas visuales y planos con composiciones de carácter simbólico.

Llenar los zapatos de El caballero oscuro era, desde el inicio, una misión imposible. Las cotas de cuasi perfección de esa obra eran evidentemente el fruto de una serie de factores que solo se dan en el mundo del cine de forma esporádica y que ni con todo el presupuesto y talento del mundo son fáciles de replicar. A esto ha de añadirse que, si precisamente por la escala épica de esta película, Nolan pretendía abarcar tantas cosas (tramas, personajes, temas, etc.), esto hace que a pesar de sus casi tres horas de duración el metraje no llegue a ser suficientemente largo como para dedicar todos los minutos necesarios a estas ambiciones, causando que al final la historia presente algunos agujeros de guion (como explicar cómo Wayne puede viajar tan rápido desde Asia hasta Gotham) o se quede sin metraje para desarrollar más ciertas subtramas algo esquemáticas (como la relación entre Batman y Catwoman) lo cual, sin estropear el resultado final, sí hace que brille menos de lo que debería. Quizá estas desmesuradas expectativas son las que causaran que El caballero oscuro: La leyenda renace recibiera críticas algo inferiores a las de su predecesora (aunque positivas en general). No obstante, esta tercera entrega logra lo que pocas conclusiones cinematográficas han conseguido a lo largo de los años: el proporcionar un final coherente, digno y competente a una gran saga cinematográfica.

A día de hoy, la trilogía del Caballero Oscuro descansa en el Olimpo del séptimo arte como no solo la culminación del cine de superhéroes, sino también como un ejemplo de que otro cine basado en adaptaciones del cómic es posible, uno que cuente historias adultas con personajes y temas complejos. Un cine que respete a sus audiencias y tenga ambiciones artísticas que estén más allá de hacer un beneficio rápido en la taquilla, que es a lo que tristemente se ha visto reducido gran parte del cine actual. Pero ante todo, esta trilogía representa la capacidad de directores visionarios como Nolan de usar el arte del cine para forjar historias únicas que nos inspiren, nos emocionen, nos hagan pensar. Otras películas vendrán que ganen más premios o recauden más en taquilla, pero la trilogía del Caballero Oscuro ha logrado lo que solo el mejor cine puede alcanzar: el ser recordado de generación en generación como una de ese puñado de obras cinematográficas que tienen el placer de poder decir que han transformado para siempre la forma que tenemos de entender el cine.

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