Scream
| Y ahora, ¿cuál es tu peli de terror favorita?

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett
Guion: Guy Busick, James Vanderbilt, Kevin Williamson
Título original: Scream
Género: Terror, Thriller, Intriga
Productora: Spyglass Media Group, Lantern Entertainment, Miramax, Outerbanks Entertainment, Project X Entertainment, Radio Silence
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Edición: Michel Aller
Música: Brian Tyler
Reparto: Courteney Cox, Neve Campbell, David Arquette, Jack Quaid, Jenna Ortega, Melissa Barrera, Marley Shelton, Kyle Gallner, Dylan Minnette, Mikey Madison, Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding
Duración: 114 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett
Guion: Guy Busick, James Vanderbilt, Kevin Williamson
Título original: Scream
Género: Terror, Thriller, Intriga
Productora: Spyglass Media Group, Lantern Entertainment, Miramax, Outerbanks Entertainment, Project X Entertainment, Radio Silence
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Edición: Michel Aller
Música: Brian Tyler
Reparto: Courteney Cox, Neve Campbell, David Arquette, Jack Quaid, Jenna Ortega, Melissa Barrera, Marley Shelton, Kyle Gallner, Dylan Minnette, Mikey Madison, Jasmin Savoy Brown, Mason Gooding
Duración: 114 minutos

Esta nueva entrega, la primera sin Craven, sabe de ser una secuela simplona pero entretenida, y hace de su autoconsciencia y del uso mordaz de lo matacinematográfico, característico de esta saga, una virtud que le impide caer en lo tedioso o predecible.

Lo mínimo que se puede esperar de una crítica es que sea honesta. Principalmente porque, como decía el crítico Anton Ego en Ratatouille (Brad Bird, 2007): «en este trabajo arriesgamos poco». Mientras que una serie de personas dedican gran parte de su tiempo —a veces etapas o momentos clave de sus vidas— en un proyecto, nosotros simplemente nos sentamos a que pasen los minutos de su trabajo ante nuestros ojos, sintiéndonos en una posición cómoda, aventajada, locuaz, de más para poder otorgarnos voz y voto sobre lo que una película debería o no ser. «Menuda mierda», «han arruinado mi infancia», «no es como lo hubiera hecho yo»… frases que salen de nuestra boca sin pagar peaje mientras, gratuitamente, se teclean en la red para fortuna de muchos que asienten con rotundidad al ver cómo su opinión, de interés cuestionable, se cincela en donde sea que se cincele hoy en día. Así, el arte, cada vez más accesible, tiende en consecuencia a ser más juzgado que apreciado; y el crítico, ahora en el desuso, ve cómo su poder cae en manos del espectador y, especialmente, del fan.

El género de terror tiene adeptos por millones. Fanáticos de los asesinos en serie, del suspense, del gore, de las posesiones o de la mera adrenalina que no sienten ningún remordimiento al aplaudir tanto el nuevo crimen sanguinolento de Michael Myers en la entrega número tropecientos de Halloween, como el giro macabro y siniestro de la nueva obra de Ari Aster. Cualquiera que haya pasado alguna vez por el Festival de Sitges sabe a qué nos referimos. Y si no, no os preocupeis, porque hay películas que hablan de este vínculo. Scream (Wes Craven), ya desde el año 1996 con su primera entrega, se ha jactado una y otra vez de la conexión tan especial que tiene con su público. Ghostface, su icónico asesino de rostro munchiano, llamaba por teléfono a sus victimas para preguntarles cuál era su película de terror favorita. Y estas, sorprendentemente, se mostraban entendidas del tema. La aterrorizada Drew Barrymore ya sabía de Jason Voorhees o de Freddy Krueger —incluso siendo este último obra del director de la película en la que ella mismo estaba saliendo—, lo que tampoco era impedimento para caer igualmente con el puñal en el pecho tras una buena carrera. Pero todo ese ejercicio de autoconsciencia, la verdadera arma de esta saga, es el que planteaba un curioso y divertido cambio de perspectiva para el género. Wes Craven, como un aficionado más, trataba el slasher como si fuera un juego en el que las normas jamás escritas ahora quedaban expuestas para la gozosa complicidad de aquellos que llevaban años jugando.

Este rizo fue cogiendo más y más ondas a medida que fueron sacando entregas de la saga. Los protagonistas ya no solo conocían el género, sino que dentro de su propia ficción había una saga de películas sobre sus vidas titulada sutilmente Stab (Puñalada). El colmo de lo metacinematográfico. Era de esperar pues que a día de hoy, en la era de oro de las secuelas/reboots/remakes, Ghostface volviera a hacer sus llamadas furtivas. Y realmente no se ha hecho esperar. Scream (Matt Bettinelli-Olpin, Tyler Gillett, 2022) llega a las carteleras sin número acompañante, planteándose pues como una «recuela». Es decir, algo así como una continuación de la saga pero muy cimentada en los elementos de la cinta original. Nuevo, pero no del todo. Clásico, pero tampoco del todo. Para niños y mayores. A gusto de todos. Y ese intento de renovación con miradas reverenciales al pasado viene en gran medida infundado ya no solo por los considerables veinticinco años que nos separan de su origen, sino también porque esta entrega es la primera que no corre a cargo del mítico Wes Craven. Una posición un tanto complicada, dado que Scream posiblemente sea una de las sagas de terror que desprendieron más compromiso ya no solo por parte de su dirección sino también de su elenco, en el que encontramos nombres como David Arquette, Courtney Cox y cómo no, Neve Campbell. Sin embargo, los nuevos artífices Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett han salvado el obstáculo y es que, como decíamos al principio, todo es cuestión de honestidad.

Una secuela simplona pero entretenida que hace de su autoconsciencia una ventaja.

De esta nueva entrega se pueden decir muchísimas cosas: que sigue una estructura prácticamente calcada de la original con pequeños matices que la transforman en un producto a todas luces reciclado. Que aprovecha el tirón de los intérpretes clásicos de la saga simplemente para atraer a los fans, aunque luego su participación se limite a unas pocas líneas de diálogo. O que los nuevos personajes son insulsos y sacados de la manga, aprovechando algún lazo familiar inexplorado de los protagonistas. Y sí, todo esto podríamos decirlo nosotros, pero tranquilos, que ya lo dicen ellos.

La mayor virtud de esta serie de películas es que justo cuando se disponen a hacer pie en el terreno de lo tedioso, de lo facilón y de lo predecible, van sus personajes y nos lo dicen a la cara. Semejante bofetada solo está a disposición de aquellos que, a sabiendas de sus limitaciones, las exponen y abrazan con fuerza. En esta línea Scream (2022) sabe de ser una secuela simplona pero entretenida y hace de su autoconsciencia una ventaja. Porque es ahí donde se produce el giro. Ese gesto de complicidad que hará que cualquier espectador, más aún los doctos en el género, no se resista a esbozar una sonrisa en su rostro. La magia de la metacinematografia (que es la manera bonita de decirlo) es la que ha mantenido a flote esta saga y se sigue perpetuando en esta ultima entrega por otras manos que, aunque no aporten nada a la obra, comparten la misma visión asertiva, transparente y ante todo honesta del material que manejan. Lo que, paradójicamente, la acaba elevando.

Poco más se ha de revelar de esta cinta que, como las anteriores, deben otra gran parte de su gracia al misterio. Los fans quedarán satisfechos curiosamente al verse expuestos a sí mismos con sus absurdas demandas que de poco o nada sirven. Solo les queda disfrutar de esta obra que responde a sus críticas como hicieron sus antecesoras: riéndose de sí misma. Porque solo así se hacen de los defectos, fortalezas. No llegará a gozar del titulo de «terror elevado». No será Babadook (Jennifer Kent, 2014) o Hereditary (Ari Aster, 2018) o La bruja (Robert Eggers, 2015). Y oye, ni falta que le hace.

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