Los cinco diablos
De perrillo faldero a perra guardiana

País: Francia
Año: 2022
Dirección: Léa Mysius
Guion: Paul Guilhaume, Léa Mysius
Título original: Les cinq diables
Género: Thriller. Drama. Fantástico
Productora: Trois Brigands Productions, F For Film
Fotografía: Paul Guilhaume
Edición: Justine Roussillon, Christophe Bousquet
Música: Florencia Di Concilio
Reparto: Adèle Exarchopoulos, Daphne Patakia, Sally Dramé, Swala Emati, Noée Abita, Moustapha Mbengue, Patrick Bouchitey
Duración: 103 minutos
Festival de Sitges: Sección Oficial (2022)
Festival de Cannes: Quincena de realizadores (2022)

País: Francia
Año: 2022
Dirección: Léa Mysius
Guion: Paul Guilhaume, Léa Mysius
Título original: Les cinq diables
Género: Thriller. Drama. Fantástico
Productora: Trois Brigands Productions, F For Film
Fotografía: Paul Guilhaume
Edición: Justine Roussillon, Christophe Bousquet
Música: Florencia Di Concilio
Reparto: Adèle Exarchopoulos, Daphne Patakia, Sally Dramé, Swala Emati, Noée Abita, Moustapha Mbengue, Patrick Bouchitey
Duración: 103 minutos
Festival de Sitges: Sección Oficial (2022)
Festival de Cannes: Quincena de realizadores (2022)

Brujería sugerida y saltos en el tiempo en una rara avis maravillosamente estética y reivindicativa de la que Spike Lee estaría orgulloso. Guion de diez y cinco personajes que son los cinco sentidos que rebosan sensibilidad. Inquieta, engancha y enamora.

Lo que logra Léa Mysius con esta deliciosa cinta es hora y media de embelesamiento con cada una de las artes que se dan la mano en este que es llamado el séptimo. Todo en ella cautiva: la escritura es sublime, desde las tramas de cada personaje, con sus anhelos y resoluciones bien apuntaladas, unos diálogos realistas, sin pomposidades, sin rellenos absurdos; con sus psicologías bien definidas y reforzadas por el altísimo nivel y naturalidad de las artes interpretativas. Punto aparte para destacar que, pese a tener dos claras protagonistas (los roles encarnados por la infalible y adorable Adèle Exarchopoulos y quien hace las veces de su hija, Sally Dramé) no descuida los otros tres personajes secundarios que completan el quinteto que lidia con sus demonios internos y que merecen mención especial en esta obra tan pensada para los cinco sentidos (por lo menos, los cinco de base que aprendimos en la escuela en nuestra generación), ya que puede decirse que cada personaje está construido en base a uno de ellos. Del mismo modo que está la chiquilla que todo lo olisquea, está la chica del Chupa Chups, que ansía saborear el plan de vida que se le ha visto truncado; está quien todo lo ve y quien no quiere oír nada de lo que se intuye y se murmura. Incluso hay una tierna escena que es una declaración de salida del armario en toda regla en la que podemos decir que dos personajes cantan como almejas y demuestran una total carencia de oído muy entrañable.

La pequeña Vicky (Sally Dramé), una niña muy curiosa y hasta controladora, revela a su madre una exacerbada hiperosmia: en contraposición a la falta de olfato que conllevaba el COVID, esta chiquilla experimenta el fenómeno opuesto, pero llevado al extremo de la fantasía, al superpoder que es, a la vez, don (cuando el aroma es placentero) y condena (en el caso obvio: si se trata de un tufo insufrible). El caso es que Mysius exprime esta ya curiosa premisa para regar dos terrenos que cultiva de manera fascinante: la psicología real de la relación madre-hija, en concreto en esa fase en que las pequeñas sufren de lo popularmente conocido como «mamitis» profunda. Es decir: de un apego que ya puede ser, de por sí, muy asfixiante. Cuánto más si la madre es consciente de no tener escapatoria del radar de detección de matices olfativos con patas que la acosa. Y no olvidemos el sufrimiento y los celos que deberá gestionar la niña. Tema principal —de entre los tantos que se tratan— en la cinta: la mala gestión del apego celoso infantil.

Una película única, bella, entrañable e inquietante, que tiene una fuerza de lucha social transversal impresionante, sin panfletos.

Decíamos que hay otra dimensión en la que Mysius despliega todo su talento guionístico, y reside en el elemento fantástico y de ciencia ficción que empapa todo el metraje. Pero el caso es que, dentro del género, sabemos que hay infinidad de subgéneros, y todos los que esta obra amalgama (desde sugerencia de brujería hasta posesiones y saltos en el tiempo) están perfectamente equilibrados. Consigue la hazaña de no encasillarse en ninguna categoría, si bien sobresalen los dos inicialmente mencionados, razón por la cual esta tenía que ser y ha sido una indispensable en el festival de Sitges. De todos modos, no se desprende de esa parte de naturaleza y vida humana que implica su dosis de sonrisas y de drama. Pero sobre todo de reivindicación antiacoso escolar, antirracista. En ese último sentido, la puesta en escena y la fotografía, de hecho, recuerdan en ocasiones al Crooklyn (1993) de Spike Lee: la fotografía es colorista, muy viva, con predominio de cálidos (el fuego —el interior y el no metafórico— tienen gran relevancia en la narración). Tonos a veces casi brillantes y psicotrópicos en las escenas que corresponden al girito de ciencia ficción que no conviene que desvelemos. Incluso sendas protagonistas tienen actitudes y puntos de vista infantiles (y pataletas) similares. El gran cineasta y activista apreciaría la valiosa personalidad adjudicada al marido de la protagonista: hubiera sido muy fácil (y una cagada monumental) encasquetarle el rol fijado en muchos estereotipos prejuiciosos que dibujan a un hombre africano posesivo con su esposa y dispuesto a llegar a las manos. En cambio, siendo coherente con el carácter de toda la obra, se respetan el raciocinio y los sentimientos y capacidad de dialogar y mediar presentes en todas las culturas: se exalta la comunicación, lo que se ve aún más fomentado por los acertados diálogos. De hecho, es el personaje más honesto con respecto a sus sentimientos y los límites, ajenos y de autocuidado. Con él se abre otro melón, que es el de la necesidad que todo ser humano experimenta de sentirse deseado. Y este personaje contrasta con el de su suegro: bocazas y sin filtro, dicharachero. Sin pelos en la lengua ni decoro a la hora de dar consejos sexuales no solicitados a su hija. Sin duda el elemento más cómico del film junto con la escena del karaoke en la que vemos a la niña consciente de su propio empoderamiento… y chuleándose sin chulearse en un fotograma épico.

Continuando con la serie de luchas que apadrina Mysius con esta maravilla, los dos grandes pilares son el rechazo a la LGBTQ+fobia, y al anticapacitismo (poniendo de relieve el estigma de la salud mental dañada). A lo que suma un llamamiento a la conciliación de la maternidad con la vida propia, al derecho a ser algo más que la mula que carga y cuida 24/7 a los renacuajos que cuelgan de la espalda de una madre. Es increíble cómo consigue, con lo que podría considerarse bastante minimalismo, poner sobre la mesa todas estas cuestiones. No se deja en el tintero ni la xenofobia ni el clasismo entre personas de la misma raza (incluso racializadas); ni siquiera la reivindicación de la validez estética y el derecho de todos los cuerpos a ser deseados y amados, incluso los que se han visto afectados por deformidades o lesiones mutilantes. Y el contexto del pequeño municipio alpino, donde se supone que se vive muy bien y se dice ser muy progresista, pero en el que asoma lo rancio y la jauría humana en cuanto ocurre una desgracia, pone, además de unos paisajes y colores que quitan el hipo, el caldero perfecto para que se cuezan todas esas injusticias y preocupaciones. Los cinco diablos es única, bella, entrañable e inquietante. Nutre los cinco sentidos, que podría decirse que son representados por cada uno de sus personajes palpablemente humanos. Amalgama de manera magistral subgéneros dentro del género que nadie había combinado así, si es que los había combinado alguien. Y tiene una fuerza de lucha social transversal impresionante, sin panfletos, mediante la mirada honesta y una sencillez y mimo en mostrar las vidas y los anhelos que no se deja a nadie fuera y que pone el imperativo de comunicarse y no juzgar en el centro.

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