Disney con acento: la Era Oscura
| La naturaleza del villano

Fijándonos en la fase más olvidada de Disney, se nos revelan películas experimentales, pequeñas joyas y varios picos y caídas. Pero también se definen estrategias de representación y un historial de imperialismo cultural que no tendrían cabida hoy en día.

En nuestro segundo artículo sobre la representación cultural y lingüística de Disney exploramos la fascinante Era Oscura (1967 a cca. 1984). La inaugura el fallecimiento del mismísimo Walt Disney. Sus sucesores se preguntan «¿Qué le habría gustado a Walt?» mientras van en una dirección poco clara. Esto resultó en unas cuantas decepciones en taquilla y varias películas que intentaban capturar el éxito de pasados clásicos. La bruja novata (Robert Stevenson y Ward Kimball, 1971) quiso recrear el espíritu mágico y divertido de Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964), pero sin llegarle a la rodilla. Hubo experimentos muy interesantes, como Los ojos del bosque (John Hough y Vincent McEveety, 1980) y El abismo negro (Gary Nelson, 1979). Esta última, como infinidad de otras, intentaba hacerle la competencia a La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977). Qué ironía pensarlo ahora que Disney ha conseguido un doble objetivo con el que antaño solo podía soñar: poseer Star Wars y joder Star Wars. Es broma, a todo el mundo le gusta The Mandalorian (Jon Favreau, 2019). En animación, no deja de haber algunas joyas, y aquí es donde encontramos a las protagonistas de este artículo. Por supuesto, no podemos esperar una gran mejora de la representación cultural en esta era.

Caricatura deshumanizante de los asiáticos

Debemos remontarnos por un momento a la fase anterior en la historia de Disney para recuperar uno de los más horrorosos clichés racistas que han plagado no solo el cine sino también la sociedad americana hasta nuestros días: la malísima representación asiática. Observen la siguiente escena de La dama y el vagabundo (Clyde Jeronimy, Wilfred Jackson y Hamilton Luske, 1955):

Sin que yo haya dicho nada, ya la vemos con otros ojos, ¿a que sí? Seguro que han adivinado que me dispongo a arruinar sus infancias. Aguántense, porque yo ya me la arruiné a mí mismo hace tiempo, y esta es la primera película que vi en el cine (en reestreno que no tengo setenta años), despertando mi pasión y respeto por este arte. Echaremos un vistazo a estereotipos lingüísticos y culturales sobre el Sureste Asiático, pero antes destacaremos algunos rasgos de acentos de esta región geográfica en la lengua inglesa. Se incluyen algunos fenómenos de los idiomas de la zona, que provienen de distintas familias lingüísticas.

China continental

  • El mito de la sustitución L/R. No es cierto que los hablantes chinos siempre cambien la «r» por la «l». La «l» no es igual al principio de una palabra que al final. En el segundo caso, se representa con el símbolo /ɫ/, que no existe ni en mandarín ni en cantonés. Por este motivo, cuando se toma un préstamo del inglés acabado en «l», este sonido se sustituye por /ɚ/ (vocal rótica, famosa por ser «la “r” americana»). Y cuando el préstamo termina en «r», se suele omitir esta consonante. Esto se debe a la herencia no rótica de la RP británica, aunque cada vez más se mantiene la /ɚ/ por la influencia americana.
  • S-frontalización de TH sorda. Esta «th» es la de think (/θ/). En mandarín no existe este fonema, así que como /θ/ utiliza los dientes, es habitual irse al siguiente punto de articulación más cómodo: el interdental. Nos sale «sink» en lugar de think.
  • Nasalización de vocal final antes de N. En ocasiones, esta nasalización llega a omitir la «n» final. Entonces, en lugar de sun pronunciada como /sʌn/, queda /sʌ̃/.
  • Isocronía silábica. El inglés, como el castellano, presenta isocronía acentual, lo que quiere decir que distribuimos el ritmo del habla según dónde acentuamos las palabras. En mandarín, como en muchos otros idiomas de Asia, el ritmo lo marca cada sílaba.

Japón

  • Interferencia R/L. En castellano y en inglés distinguimos /l/ y /ɾ/ de manera fonológica y se representan gráficamente de forma distinta. En japonés, la distinción es alofónica. Esto quiere decir que, según los sonidos que haya antes y después de /l/ y /ɾ/, este se va a articular de forma y en lugares distintos: zona alveolar, zona palatal, con la punta de la lengua, con el borde, etc. Y recordemos que el japonés se basa en sílabas, cuyo equivalente fonético se denomina mōra, por lo que no se reduce a tener una «l» o una «r» en medio. Estos sonidos por sí mismos no existían hace unos siglos en japonés, así que tras el contacto con idiomas extranjeros, la «l» se asimiló en el sistema de mōra como /ra/ /ri/ /ru/ /re/ /ro/.
  • Interferencia F/H. En japonés no se usa el sonido /f/ (labiodental fricativa) tal cual como en las lenguas indoeuropeas. Lo más cercano es el bilabial fricativo /ɸ/ (intenta pronunciar «fu», pero en vez de apoyar los incisivos superiores en el labio inferior, usa ambos labios y ténsalos ligeramente; te saldrá una especie de «hu», pero la «h» se marcará con los labios). Por este motivo, las palabras que empiezan por «f» o «h» en otros idiomas pueden resultar confusas para un hablante japonés, y podemos tener who empezando por «f» o force empezando por «h». En este idioma se representa la mōra «fu» con el símbolo ふ (hiragana) o フ (katakana), que se romaniza como «fu» o «hu».
  • Epéntesis en grupos consonánticos / en consonante final. Debido al sistema de mōras, es frecuente insertar vocales entre los grupos consonantes. Por ejemplo, yogurt se pronuncia «yoguruto». 

Corea

  • L retroflexa. El coreano sí tiene «l», pero es retroflexa (/ɭ/). Es decir, que se pronuncia poniendo la lengua hacia atrás en la boca y tocando el paladar con la punta. Es frecuente como consonante final.
  • Asimilación consonántica. El coreano es muy eficiente combinando sílabas que producen grupos consonantes. Estos se suelen reducir para hacer palabras compuestas más cómodas. Por ejemplo, /pap.mal/ pasa a ser /pam.mat/ (apetito). Esto se traslada al inglés, no solo por el hábito coreano, sino también porque este idioma carece de algunos sonidos comunes para los anglosajones. Por ejemplo, la «z» (en inglés, fonemas /z/ o /ʒ/) se aproxima a una «j» (en inglés, fonema /dʒ/), por lo que pizza se pronuncia así como «pija». No sean malpensados/as, esta sería la pronunciación a la inglesa, o sea: «piya» o «pisha».
  • Orden gramatical «SOV». En inglés y castellano el orden sintáctico natural es sujeto-verbo-objeto. El coreano es uno de esos idiomas que primero mencionan el sujeto y el objeto, y a continuación la acción que los conecta.

Singapur

  • No rótico vs. vocal rótica. La «r» final no se suele pronunciar o se sustituye por una schwa (/ə/) como en la RP del inglés. Sin embargo, en tiempos más recientes y probablemente por exposición a la cultura americana, las generaciones más jóvenes y con formación universitaria muestran un amplio uso de rotacismo mediante la vocal rótica. Esta puede tomar varias formas, pero es básicamente la «r» americana, o sea una vocal obstruida por distintas posiciones de la lengua. Según estas, puede representarse como /ɚ/, /ɑ˞ / o /ɔ˞ /.
  • T epentética final. Al final de algunas palabras, se introduce una «t», especialmente en monosílabos como yes o one.
  • Monoptongos. A menudo, los diptongos del inglés se quedan en una única vocal larga. Por ejemplo, face no sería «feis» sino «fees» (con /e:/), y goat no sería «gout» sino «goot» (con /o:/).

Vietnam

  • Combinación S/SH. Existen variedades dialectales del vietnamita en las que no se da este fenómeno, pero en estandarizado la «s» se pronuncia como «sh» (fonema /ʃ/), y la «x» como /s/.
  • No aspiración en oclusivas. Pongamos por ejemplo la «p», la «t» y la «k». Si pronuncias «stop», notarás que sale un pelín de aire entre tus labios después de la «p», al que no asignamos significado. En Vietnam evitan esa aspiración, dando la sensación de suavizar las oclusivas.
  • Omisión de consonantes finales. Las tres consonantes del punto anterior, junto con «m», «n» y «ng» (/ŋ/) no se reducen al final de la palabra, pero las demás sí. En ocasiones se sustituyen por una schwa: /ə/.
  • No reducción de vocales. El vietnamita se basa en sílabas como unidad mínima, y es tonal. Por lo tanto, las vocales al final de las sílabas acarrean significado y no se reducen.

Esto no es una lista de errores, sino de características que se dan en estos idiomas y de fenómenos de interferencia lingüística que ocurren por la aproximación a una segunda lengua. Algunos de estos rasgos aparecen de forma natural en lenguas del Sureste Asiático, como es el caso de la tonalidad y la isocronía silábica. Esto hace que a veces los hablantes de esta zona, al usar inglés, castellano u otras lenguas indoeuropeas alarguen las sílabas en lugar de seguir el esquema de acentuación correspondiente. Lo que es distinto es extrapolar partes de estos rasgos pilladas por los pelos y formar a partir de ellas una amalgama que pretende retratar ineptitud para hablar: recurso habitual cuando retratamos a «el otro» como inferior. Esto constituye, como ya se mencionó en el artículo anterior, una actuación lingüística racializada, forzando una identidad artificial sobre (en este caso) grupos étnicos del Sureste Asiático.

La versión del año 2019 de La dama y el vagabundo (Charlie Bean) elimina por completo las referencias al racismo antiasiático.

En el vídeo más arriba, los gemelos villanos Si y Am (el ingenio de sus nombres me tiene fascinado) ejecutan este tipo de actuación. Curiosamente, en la versión en castellano se pierde, llegando incluso a ignorar el mito de «l» en lugar de «r» y en cambio pronunciando unas erres muy fuertes, intentando articular el ronroneo de un gato. No se preocupen, que en España y Latinoamérica no faltan ejemplos. ¿Recuerdan aquel anuncio de Coca-Cola de: «Sentil, pelo esto sel feletelía»? Lo dice todo en cuanto a nuestra predilección por los estereotipos. También nos puede resultar extraño en la versión original cómo abusan de los gerundios. Esto se debe a que el inglés posee una frecuencia de uso de los infinitivos extraordinaria, al mismo tiempo que se distinguen claramente los progresivos con una forma verbal específica. Esto no existe como tal en muchas lenguas asiáticas, por lo que el resultado en estudiantes de inglés es a veces usar el gerundio como si fuera la forma simple del verbo. Por supuesto, en La dama y el vagabundo se zapatea esto dentro del estereotipo y tirando millas.

Metiéndonos más de lleno en la propia Era Oscura de Disney, podemos observar una repetición de la misma barbaridad anti-asiática en Los Aristogatos (Wolfgang Reitherman, 1970). En la famosa canción Todos quieren ser ya gato jazz, podemos ver a Shun Gon (aparece en los créditos como «Chinese cat»), un miembro de la banda de jazz gatuna que pertenece, cómo no, a la raza siamesa. No solo acumula los clichés lingüísticos típicos, sino que además parodia varias imágenes asociadas (no siempre correctamente) con el sureste asiático, como los palillos, las galletas de la fortuna, los sombreros cónicos (con decenas de nombres según la región y el material), los incisivos exagerados y la perpetua sonrisa de oreja a oreja. Esta caricatura que plasma un racismo deshumanizante se codificó y reprodujo de forma extraordinariamente prolífica, y para ella se ha acuñado el nombre de yellowface.

Evidentemente, estos personajes no representan meros animales domésticos, sino que son antropomorfizados desde un estereotipo concreto. En este caso, es una imagen amalgamada del Sureste Asiático. El origen de la mala representación de la población asiática cuenta con una larga y oscura historia. Podemos remontarnos a 1735, cuando el médico y botánico Carl Linnaeus divide a la raza humana en cuatro grandes grupos, uno de los cuales denomina homo asiaticus. Asignando un color a cada grupo (blanco, negro y rojo), busca el adecuado para el asiático y se decide por luridus, que significa varias cosas, entre ellas: exótico, estridente, espeluznante o amarillento. Desde aquí, los primeros antropólogos europeos comienzan a utilizar el término «amarillo» para referirse al Sureste Asiático, asociándolo con la exoticidad de los parajes y las especias, pero también con el peligro.

Avancemos al año 1868. El emisario del gobierno chino Anson Burlingame viaja a EE. UU. para reclamar un trato justo para sus ciudadanos residentes en Norteamérica. Aunque China y EE. UU. tienen un considerable historial de colaboración y comercio, la población americana no está contenta con los inmigrantes llegados al país (y también a Canadá) durante la Fiebre del Oro (1848-1855) y la construcción del primer ferrocarril transcontinental en los 1850; son los llamados culís o coolies. Para empezar, había una percepción de que los inmigrantes chinos estaban robando los empleos de los ciudadanos americanos. ¿Nos suena este discurso? Acojona cómo se repiten algunas cosas, ¿verdad? Por si no fuera suficiente, este racismo se politizó al culpar a los coolies ―en lugar de a los empresarios y políticos americanos― de los salarios bajos. Se sacó por la fuerza a los inmigrantes chinos de las minas en que trabajaban, desplazándolos a guetos (como Chinatown en San Francisco) y reservándoles trabajos poco cualificados con salarios miserables.

Utilizar acentos extranjeros para señalar claramente a los malvados antagonistas es una táctica que se repite a lo largo de casi toda la historia de la compañía.

En 1911 los periódicos ya llevaban décadas difamando a los inmigrantes del Sureste Asiático, y empiezan a referirse a ellos con el término «Yellow Peril» (Amenaza Amarilla). Los comparan a la peste extendiéndose por Canadá y los Estados Unidos. En 1923 entra en vigor la Ley de Exclusión, prohibiendo la inmigración de personas de ascendencia china hasta 1947. Y pasando por la Segunda Guerra Mundial, los japoneses americanos (incluso los nacidos en EE. UU.) son despojados de sus negocios y propiedad privada y son enviados a campos de concentración por el gobierno bajo sospecha de que cualquiera pudiera ser un espía del Imperio del Japón.

Al final el resultado es la conceptualización de lo «asiático». Se crea esa categoría abstracta y se identifica con ella a un individuo o grupo, en este caso construida sobre la noción de lo oriental como amenaza para los valores occidentales (democracia, seguridad, supremacía, etc.). El opresor se autovictimiza, inventando un problema; y se vilifica al señalado como «el otro», el responsable involuntario del problema imaginario, el oprimido. La gente reacciona con prejuicios y estereotipos, discriminando contra lo que ven como «chino» o «asiático».

Tres pósteres de propaganda: dos de la Segunda Guerra Mundial y fragmento de uno del S.XIX. La yellowface adquiría dimensiones más grotescas de lo habitual al caracterizar la figura asiática como un monstruo, un demonio o un animal.

No es casualidad que Disney lo reprodujera en forma de villanos como Si y Am. Utilizar acentos extranjeros para señalar claramente a los malvados antagonistas es una táctica que se repite a lo largo de casi toda la historia de la compañía. Es cierto que Shun Gon en particular no es un villano, pero es un secundario que se utiliza como token humorístico sin ningún tipo de caracterización compleja, dinámica y libre de prejuicios, como sí ocurre con los protagonistas. Y no podemos olvidar que el doblaje de tales personajes siempre correspondió a actores blancos. No solo hemos negado a actores y actrices asiáticos/as la justa representación de su cultura en la gran pantalla, sino que además les hemos impuesto sórdidas caricaturas en forma de imperialismo cultural.

El acento es más poderoso en el lado oscuro

Atentos/as a la estrategia porque Disney le cogió gusto a lo de poner acentos según en qué lado del conflicto se encuentren los personajes. En Los Aristogatos, varios personajes «de los buenos» tienen acento inglés. Tiene sentido, ya que Duquesa, su dueña y sus gatitos son de clase alta. El antagonista, Edgar también lo tiene, y produce un fuerte contraste con los carismáticos Napoleón y Lafayette, de acento americano sureño. Por supuesto, imposible no acordarse del desternillante doblaje del perro jefe con acento andaluz, probablemente procurando un efecto similar al de la versión original: buscar la simpatía del espectador ofreciéndole contacto con lo familiar. Pero ¡ojo! Porque todos los actores son americanos.

¿Y qué mejor ejemplo de dicha táctica en esta era que Robin Hood (Wolfgang Reitherman, 1973)? Si los campesinos de la Nottingham del siglo XII levantaran la cabeza y vieran a sus homólogos animados hablando con acento americano… bueno, no sabrían qué coño está pasando ni de dónde sale ese deje raro. La cuestión es que hay una marcadísima diferencia entre el Príncipe Juan con su estirado RP y sus pobres súbditos. Especialmente con Little John, a quien le toca ser el token sureño. No obstante, Robin tiene el mismo acento que el príncipe (aunque ambos están doblados por actores americanos), en un esfuerzo por conservar un importante rasgo inglés en el icónico héroe britano. Pero es él quien lucha por el pueblo inglés fonológicamente americano, ahogado por los impuestos del tirano que ostenta la corona inglesa. Una película Disney sobre una revuelta popular tenía que caer inevitablemente en paralelismos con la Revolución Americana.

A veces es más poderoso en el alivio cómico

Los desafortunados pasos del gran estudio de animación van dando tropiezos por esta era. Los rescatadores (John Lounsberry, Wolfgang Reitherman y Art Stevens, 1977) decepciona a todo el mundo por igual, y repite el cliché del antagonista de acento inglés con Madame Medusa. Entrando en los ochenta, los blancos viejos que sostenían el timón del tío Walt van pasando el testigo a nuevo talento. Su primer «éxito» es Tod y Toby (Ted Berman, Richard Rich y Art Stevens, 1981). Considerado uno de los filmes animados más oscuros de la factoría del ratón, terminó por convertirse en un clásico de culto. Más o menos lo mismo le sucedió a Tarón y el caldero mágico (Ted Berman y Richard Rich, 1985). Al estar inspirada en Las Crónicas de Prydain (Lloyd Alexander, 1964-1968), todos los personajes tienen acento británico, pero el villano se las trae al estar interpretado por uno de los más grandes actores salidos de esas islas: John Hurt. Estamos en la fase en la que, a pesar de las decepciones en taquilla, la recaudación va aumentando, y ya estamos transicionando hacia la Era del Renacimiento. El éxito de Basil, el ratón superdetective (Ron Clements, Burny Mattinson y David Michener, 1986) recupera el ritmo, pero antes de llegar al triunfo de La sirenita (Ron Clements y John Musker, 1989) debemos hacer una breve parada en Oliver y su pandilla (George Scribner, 1988).

No, no vamos a hablar del acentaco neoyorquino de Billy Joel en su papel de Dodger, el perro guay. Vamos a hablar del mítico Cheech Marin, que además de tener una página de IMDb kilométrica, interpretará más adelante a la hiena Banzai en El rey león (Roger Allers y Rob Minkoff, 1994). En Oliver y su pandilla interpreta a Tito el chihuahua. Tiene un marcado acento latino y adereza su inglés con palabras en español. Al formar parte de la pandilla, no podía estar más lejos de un villano. Es bajito, enérgico y siempre está buscando pelea. Es el alivio cómico. Su acento no lo demoniza sino que lo ridiculiza. Junto con su actitud, refuerza el estereotipo neoyorquino de que los latinos son bajitos, conflictivos y de escaso nivel académico o intelectual. Es discriminación etnocéntrica en una película para niños, una vez más.

Evidentemente, queda mucho que decir sobre representación hispana en Disney, pero llegaremos a ello. Probablemente muchos/as lectores/as hayan notado la ausencia de Los tres caballeros (Norman Ferguson, Clyde Geronimi y Jack Kinney, 1944), pero se hablará de ella en paralelo con obras más recientes. Por ahora, nos preparamos para adentrarnos en la era de la apoteosis de la animación 2D en el estudio del tío Walt. La sirenita, Aladdín (Ron Clements y John Musker, 1992) y El rey león, entre otras, van a asentarlo como el descomunal gigante que parece haber sido siempre. Veremos la repetición de viejas tácticas pero también innovación y progreso. La Era del Renacimiento marcó muchas infancias, así que haremos lo posible por no arruinar demasiadas.

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