West Side Story
| La readaptación universal de un mito

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Steven Spielberg
Guion: Tony Kushner (Libro: Arthur Laurents)
Título original: West Side Story
Género: Musical, Romance, Drama
Productora: Amblin Entertainment, 20th Century Studios
Fotografía: Janusz Kaminski
Edición: Sarah Broshar, Michael Kahn
Música: Leonard Bernstein
Reparto: Rachel Zegler, Ansel Elgort, David Alvarez, Ariana DeBose, Rita Moreno, Mike Faist, Josh Andrés Rivera, Corey Stoll, Brian d'Arcy James, Maddie Ziegler, Ana Isabelle, Reginald L. Barnes, Jamila Velazquez
Duración: 156 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Steven Spielberg
Guion: Tony Kushner (Libro: Arthur Laurents)
Título original: West Side Story
Género: Musical, Romance, Drama
Productora: Amblin Entertainment, 20th Century Studios
Fotografía: Janusz Kaminski
Edición: Sarah Broshar, Michael Kahn
Música: Leonard Bernstein
Reparto: Rachel Zegler, Ansel Elgort, David Alvarez, Ariana DeBose, Rita Moreno, Mike Faist, Josh Andrés Rivera, Corey Stoll, Brian d'Arcy James, Maddie Ziegler, Ana Isabelle, Reginald L. Barnes, Jamila Velazquez
Duración: 156 minutos

La película de Steven Spielberg se construye como una nueva versión del exitoso musical de Leonard Bernstein que, sin olvidar el precedente fílmico de Robert Wise, sorprende tanto en el argumento como en la interpretación, la música o la fotografía.

Existen historias que, por su universalidad, continúan teniendo plena vigencia. William Shakespeare lo sabía muy bien y por ello se preocupaba de utilizar como protagonistas en sus obras dramáticas no a personajes sino a personificaciones de pasiones humanas. Por ello, cuando hablamos de Otello no nos referimos al «moro de Venecia» (como reza su subtítulo) sino a los celos. Y, cuando hablamos de Romeo y Julieta, no hacemos alusión a la historia de dos jóvenes de Verona sino al amor y al complejo desarrollo del mismo en determinados contextos. Esta última historia es sin duda una de las más popularizadas del dramaturgo inglés y ha venido a abonar todo un campo temático: el de los amores imposibles. Su éxito fue utilizado en diversas ocasiones y desde distintos ámbitos.

Más allá del campo escénico, literario o pictórico, dicha historia ha encontrado interesantes ecos en el ámbito musical o cinematográfico. No nos referimos ya a la versión operística de Charles Gounod, a la obertura-fantasía de Piotr Ilich Tchaikovsky, al ballet de Serguéi Prokófiev, o a la versión «cantinfleada» de Mario Moreno. Hay un claro exponente eficaz en la adaptación de esta obra dentro del último siglo: el llevado a cabo por Leonard Bernstein en su inconmensurable musical West Side Story. Estrenado en 1957, contaría con la muy estimable colaboración en el libreto de Arthur Laurents, las letras de Stephen Sondheim o la coreografía de Jerome Robbins. El éxito de su fórmula residió en actualizar el contexto de la trama shakespeariana trasladándolo temporalmente a la época actual y geográficamente al barrio neoyorquino de Upper West Side. La partitura de Bernstein se encuentra plagada de hits, destacando por su modernidad y elegancia. Con ello, no solo se creaba una propuesta verdaderamente original, sino que se introducían problemas sociales de la época; en concreto, las rivalidades surgidas entre «tribus urbanas» que habitaban este espacio, principalmente las provocadas entre etnias europeas e hispanoamericanas. El éxito de la producción en Broadway fue tal que acabaría siendo llevada al cine cuatro años después en la película homónima de Robert Wise. En ella volvió a ser fundamental la presencia del citado coreógrafo Jerome Robbins, contando en su elenco con intérpretes como Natalie Wood y Rita Moreno. Sesenta años después, Steven Spielberg se atreverá a realizar un remake de este film, lo que demuestra su plena vigencia e interés dentro del ámbito cultural occidental.

Leonard Bernstein durante los ensayos de la producción teatral de West Side Story.

Cuando tiene lugar la reinterpretación de un film mítico (como es en este caso el de Wise), surge rápidamente el recelo o la precaución en quien considera la obra primigenia como «redonda». ¿Qué sentido tiene repetir lo que está ya hecho y con una factura tan impecable? La duda asalta al espectador cinéfilo y, con ello, el temor de reproducir en la mente las escenas del film primero cuando se está visionando el segundo. En estos casos, tal vez habría que asumir que la cuestión no radica en ese «volver a hacer» sino en la reinterpretación. Concebir una obra y otra como distintas, de la misma forma que ya se haría del musical escénico a la gran pantalla. Y, si nos vamos más atrás, de la obra literaria o teatral al musical. Incluso podríamos remitirnos a Ovidio y a la tragedia de Píramo y Tísbe presente en las Metamorfosis, posible fuente originaria de la que bebería la historia de amor en el seno de los Montescos y Capuletos. Por tanto, la cuestión no reside en qué se adapta, sino en cómo se adapta. La capacidad para renovar el relato. En realidad, no son tantos los «argumentos universales», ya presentes desde la Antigüedad. Aunque resulte manido, tiene su poso de verdad aquello tan aparentemente ramplón de que «los griegos ya lo habían dicho todo». Pero estos también bebieron de otras culturas precedentes para conformar la suya propia, y así ad infinitum. Esta será la conclusión a la que llegará Cristina Manzano Espinosa en su estimable libro La adaptación como metamorfosis. Transferencias entre el cine y la literatura. Tratar las adaptaciones como obras nuevas e independientes dentro de naturaleza «impura» o carente de «originalidad» (en el sentido de algo nuevo creado de la nada).

Spielberg aborda desde el respeto y el cuidado a esa «tradición» su film, buscando crear algo nuevo y único. Tal vez podamos encontrar este origen admirativo en la dedicatoria del film, que Spielberg dedica a su padre («Ford Dad»). Es decir, será al final del film donde se justifique su origen. Arnold Spielberg era un gran seguidor tanto de la obra teatral como cinematográfica y supo transmitir al pequeño Steven dicha pasión: en la casa familiar tenían el propio disco de la versión teatral, siendo la banda sonora que acompañaría al cineasta durante su primera etapa de formación. Spielberg siempre había querido hacer un musical, por lo que la elección de esta obra parte de una decisión en parte sentimental.

A pesar del impactante despliegue de medios, la narrativa nos recuerda a un tipo de cine que ya no existe, equivalente a destapar un frasco antiguo donde se encuentra atrapado un aroma que se creía perdido.

No obstante, ello no impide al cineasta incluir una serie de novedosos cambios, entre los que destaca la atmósfera apocalíptica en que se desarrolla su historia. Pareciera como si el escenario original, conformado por aquel paisaje típicamente americano de edificios humildes de ladrillo, escaleras de incendio y balconadas centenarias hubiese sido puesto en la picota. La especulación inmobiliaria amenazará no solo los espacios de otro tiempo, sino también la belleza inherente de los mismos, en pos del beneficio económico y de ese craso error de confundir lo «viejo» con lo «antiguo». Esta nueva propuesta estética que afronta Spielberg parte del caso real que tuvo lugar en aquel lugar en 1955, con la construcción del complejo cultural Lincoln Center. Una operación urbanística que creó una gentrificación de la zona, encontrándose ya presente durante la filmación de la primera versión fílmica. Los personajes de la época en que se desarrolla la historia se ven amenazados por los nuevos tiempos. Qué importa el amor o las rivalidades entre clanes cuando el nuevo «Dios» del dinero lo puede todo. No obstante, parecen no ser conscientes, resistiéndose al progreso al clavar sus uñas de gato «garduño que eriza sus pitas agrias» (si se me permite la referencia lorquiana). Su tozudez les lleva a la autodestrucción, a un barranco donde solo cabe saltar en lugar de retroceder. Ello será muy representativo dentro de la historia nuclear, pues las rencillas ancestrales de las bandas callejeras citadas serán las que consigan imponerse sobre el amor y el deseo de cambio de los personajes protagonistas: María y Tony. La primera, recién llegada de Puerto Rico, se enamorará del segundo, antiguo líder de los Jets. Este clan tratará de defender su territorio frente a sus nuevos residentes puertorriqueños a los que pertenece María. No obstante, Tony habrá regresado escarmentado de su paso por la cárcel tras haber estado a punto de acabar con la vida de otro joven. Resulta paradójico que Tony provenga de orígenes polacos (lo que desacredita el argumento en cierto modo racista de los Jets, que defienden que quienes deben ocupar esa tierra son los nativos), mientras que Bernardo, hermano de María y líder de los Sharks (el clan puertorriqueño), denoste a Tony también por su origen, cuando él está siendo rechazado por los muchachos americanos también debido a su procedencia. Así pues, Jets y Sharks continuarán enfrentándose en su lucha inútil en mitad de excavadoras y bolas de demolición. Un paraje surcado por ruinas de un antiguo mundo que sus habitantes se niegan a abandonar, pudiendo caer también con él.

20th Century Studios

Escena del número musical America.

Spielberg buscó un nexo con el que mantener vivo ese mundo anterior, contando con la citada Rita Moreno que dejará de ser Anita para encarnar un papel creado expresamente para la ocasión: Valentina, la dueña de la tienda donde trabaja Tony. Su excepcional interpretación añade si cabe aún más fuerza y dramatismo a la historia. Otro de los puntos fuertes y arriesgados del film es el de valerse (a excepción de Moreno) de intérpretes desconocidos por el gran público. Además, se incluye el factor intercultural combinando diálogos en inglés e hispano, mostrando también el conflicto derivado de la difícil convivencia de ambos idiomas en dicho contexto.

Si bien nos hemos centrado en los puntos diferentes, también pueden establecerse nexos comunes respecto de ambos filmes. Concretamente, la rica paleta cromática empleada. Algo de esa rememoración casi pictórica la encontramos en los tejidos colgados de las cuerdas en la casa donde vive María, su hermano y la novia de éste, Anita. Vivos colores que nos conducen a la ensoñación (como los paisajes industriales de los títulos de crédito finales, tan oníricos en ese juego de colores y sombras en movimiento). En este sentido, existió una clara intencionalidad de recrear el «festival Technicolor» de Daniel L. Fapp, responsable de la fotografía de películas emblemáticas como Uno, dos, tres (Billy Wilder, 1961) o La gran evasión (John Sturges, 1963). Las coreografías de Robbins también continúan presentes en aquellos navajeros danzarines, cuyos delicados movimientos contrastan con la naturaleza agresiva de sus acciones. Ese colorido también se manifiesta en la banda sonora, combinándose en un maridaje perfecto.

20th Century Studios

Rita Moreno interpreta a Valentina.

A pesar del impactante despliegue de medios (esos decorados de las manzanas históricas en proceso de destrucción, la cámara recorriendo los espacios de distintas escenas como si se tratase de un pájaro diminuto y veloz), la narrativa nos recuerda a un tipo de cine que ya no existe. Podría ser equivalente a destapar un frasco antiguo donde se encuentra atrapado un aroma que se creía perdido, y reaparece durante unos instantes, identificándolo con un recuerdo del pasado. Spielberg mantiene esa factura, la conoce en la elección de cada plano fotográfico (siempre apoyado por Janusz Kaminski). Por su parte, la idea de elegir al director de orquesta Gustavo Dudamel para grabar la banda sonora resulta clarividente, pues representa una de las mejores batutas del panorama sinfónico actual. A ello hay que añadir a David Newman en los arreglos. Ambas acertadas elecciones se debieron al legendario John Williams, que se los sugirió a Spielberg al declinar responsabilizarse de dichas tareas. Además, resulta igualmente destacable que los actores de esta nueva versión sean a la vez los cantantes. En el caso de la primera versión, los intérpretes fueron doblados por cantantes profesionales para las partes musicales. Esto no deja de ser un sinsentido, pues supone un doble trabajo (aunque es cierto que ya el público no podría imaginar a Natalie Wood en otro papel que no fuera el de María).

La duración del film, superior a las dos horas y media, da una idea de la concepción del proyecto como una gran obra, una ópera o gran relato musical contemporáneo. No obstante, cumple el mandamiento «wilderiano» de no aburrir al espectador. Todo lo contrario. Su ritmo no decae, ofreciendo elementos nunca prescindibles o innecesarios. De alguna forma, ese riesgo al que Spielberg se somete queda resuelto eficazmente, gracias a ese buen hacer en conjunción con la interpretación, la fotografía y la música. Cada una de estas piezas funciona eficazmente en un engranaje dinámico y vibrante. Por ello, quizá se haya convertido en el estreno más esperado y en una de las gratas sorpresas del nuevo año.

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