We're All Going to the World's Fair
| De la mano hacia el universo vacío

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Jane Schoenbrun
Guion: Jane Schoenbrun
Título original: We're All Going to the World's Fair
Género: Intriga, Drama
Productora: Dweck Productions, Flies
Fotografía: Daniel Patrick Carbone
Edición: Jane Schoenbrun
Música: Alex G, Alex Giannascoli
Reparto: Anna Cobb, Michael Rogers, Holly Anne Frink
Duración: 86 minutos
Festival de Gijón: Premio Jurado Joven al Mejor Largometraje (Sección Retueyos) (2021)

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Jane Schoenbrun
Guion: Jane Schoenbrun
Título original: We're All Going to the World's Fair
Género: Intriga, Drama
Productora: Dweck Productions, Flies
Fotografía: Daniel Patrick Carbone
Edición: Jane Schoenbrun
Música: Alex G, Alex Giannascoli
Reparto: Anna Cobb, Michael Rogers, Holly Anne Frink
Duración: 86 minutos
Festival de Gijón: Premio Jurado Joven al Mejor Largometraje (Sección Retueyos) (2021)

Adentrándose en el mundo que vive detrás de las pantallas y en el interior de los jóvenes que huyen de la soledad en sus habitaciones, la película de Jane Schoenbrun es un grito generacional que interpreta en la misma medida que legitima un modo de vida.

Decía Arthur Schopenhauer que «la vida es un negocio cuyos ingresos no alcanzan, ni de lejos, a cubrir los gastos», algo que todo el que haya vivido con cierto desprendimiento habrá experimentado en más de una ocasión. La adolescencia, por su parte, puede que sea la fase con más costes del ciclo vital: no hay trabajo ni lotería capaz de redimir semejante agujero inmaterial de emociones, sensaciones y pensamientos. En esa etapa se encuentra la definición al «quién» y al «qué», probablemente una primera aproximación al «hacia dónde», y sin ninguna duda el descubrimiento del paradigma personal que nos definirá en el contexto social en el que nos haya tocado vivir. En este caso, el del mundo hiperconectado, el del internet de las cosas, el de los memes y los creepypastas, de los MMORPG, del autoconcepto y la autoestima que viven en una opinión que parpadea detrás de una pantalla, de la imagen y, por supuesto, los challenges. Jane Schoenbrun, cineasta detrás de We’re All Going to the World’s Fair (2021), le toma el pulso a los tiempos en una obra desestructurada que se siente, en sus formas, como endémica de nuestra era: narrada a través de vídeos, de cámaras web, de habitaciones oscuras, de ojos tristes y techos adornados con constelaciones fosforescentes. El filme, que al final resulta en un feroz estudio de la realidad adolescente, la que vive delante de una pantalla y busca la compañía desde la soledad, indaga en un modo de entender la existencia completamente abandonado a los tiempos en el que las necesidades sociales están sepultadas bajo cientos de capas de impostura y necesidad de validación externa. Y logra inducir a su público a un estado de comprensión absolutamente excéntrico, en el que, previo abandono de toda forma cinematográfica estándar —y que trae a la mente no pocas referencias fílmicas, ya sea por lo estilístico o por lo expositivo, que van desde David Cronenberg con su Videodrome (1983) y su body horror, pasando por piezas tan diversas y opuestas como PVT CHAT (Ben Hozie, 2020), Paranormal Activity (Oren Peli, 2007) o Nerve, un juego sin reglas (Henry Joost, Ariel Schulman, 2016)—, penetra en el zeitgeist de nuestros días y obliga a que se la contemple con cierto dolor, haciéndose uno cargo de su sentimiento de pérdida, de su escisión, de su inasible tristeza.

Anna Cobb en el papel principal de We’re All Going to the World’s Fair.

We’re All Going to the World’s Fair introduce a Casey —hipnotizante, en su papel debut, Anna Cobb—, una joven sin muchos amigos que decide formar parte del World’s Fair Challenge, un desafío de internet mediante el cual deberá pincharse un dedo, exponerse a un extraño vídeo en la pantalla de su ordenador, y luego documentar con grabaciones los cambios que su cuerpo y su mente deberían experimentar a partir de ese momento. Y, por supuesto, subirlas a internet. La conexión de la obra de Schoenbrun con el abandono generacional —ella misma es de género no binario, con preferencia por los pronombres they y she—, el de una adolescencia que ha aprendido a relacionarse a través de imaginerías y otras razas, condiciona la percepción adulta que se tiene sobre la película, y la dota de una capacidad explicativa que ayuda a entender, casi sin que medie una intención clara de por medio, los mecanismos que intervienen en la exposición de la pubertad para encontrar la validación a su identidad, a la corporalidad desde la fluidez, a la necesidad de formar parte de algo desde la indeterminación.

Delicada y sensible, tan respetuosa como impávida, capaz de analizar un mundo que viaja a través de cables de fibra óptica y explicar una soledad que tendemos a no querer comprender del todo.

Por otro lado, la película puede incurrir en cierto exceso referencial en su apartado cinematográfico, o en una utilización demasiado abierta de sus puntos de partida: si bien funciona extraordinariamente bien desde su mensaje y en su valiosa aportación a la comprensión de todo lo que contiene, se puede sentir un poco anquilosada en su narrativa, que se encalla en cierta reiteración, sin que sea esto, necesariamente, una crítica negativa al uso —nada es «al uso» en la obra de Schoenbrun—, teniendo en cuenta que el discurrir de We’re All Going to the World’s Fair tiene tanto de emocional como de puramente intelectual. Además, no podemos pasar por alto que entre los créditos de producción figura David Lowery, responsable de filmes del calado de A Ghost Story (2017) o El caballero verde (2021), lo que puede colocar en contexto la mirada de Jane Schoenbrun por eso del «dime con quién andas». We’re All Going to the World’s Fair es una película tristísima, de las que cuesta contemplar sin abandonar la certidumbre, delicada e infinitamente sensible, tan respetuosa como impávida, capaz de analizar un mundo que viaja a través de cables de fibra óptica y servidores y explicar una soledad que, desde nuestra torre de Babel construida en base a los años y el abandono de los jóvenes que alguna vez fuimos, tendemos a no querer comprender del todo. Porque dormirse mirando una pantalla que acaricia hace temblar los cimientos de la singularidad. Porque una mentira mil veces repetida puede no convertirse en verdad. Porque quizá Schopenhauer tenía razón.

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