Desde Gandhi (Richard Attenborough, 1982) hasta Oppenheimer (Christopher Nolan, 2023) es habitual titular los biopics con el apellido de la persona que los protagoniza. Pero si tiene usted memoria, recordará cómo hace un par de décadas surgió una moda relacionada con las películas biográficas que ha pervivido hasta nuestros días: la de titularlas con el nombre de pila del personaje al que se pretende biografiar en lugar de su (generalmente más conocido) apellido. Así surgieron películas como Frida (Julie Taymor, 2002), Joy (David O Russell, 2015), J. Edgar (Clint Eastwood, 2011), Ray (Taylor Hackford, 2004) o Harriet, en busca de la libertad (Kasie Lemmons, 2019). Es de suponer que estos títulos reflejaban la voluntad de los cineastas detrás de estas películas de hacer obras que no se quedaran en lo enciclopédico y que retrataran en su lugar las facetas más personales e íntimas de sus protagonistas. Lamentablemente, estas aspiraciones generalmente nunca lograron llegar a término y al final nos quedamos con productos bastante genéricos. Napoleón sin embargo, es un personaje histórico peculiar en tanto que su nombre de pila también es aquel por el que resulta más conocido, y esa particularidad refleja perfectamente la naturaleza de la película de Ridley Scott, ya que en Napoleón (2023) nos encontramos un filme que camina entre dos mundos: por un lado un relato épico del personaje histórico y por otro lado una obra intimista sobre el ser humano.
Generalmente en este punto haría una sinopsis de la trama de la película, pero teniendo en cuenta que es un biopic de una de las figuras históricas más conocidas, sospecho que pocos spoilers habrá. Lo que sí es imprescindible señalar por mi parte antes de continuar con la reseña es esto: como historiador y como español odio profundamente a Napoleón. Como historiador, porque es difícil pensar en un personaje más sociopático, hipócrita y perverso, un hombre que promulgaba las virtudes del liberalismo en Francia solo como excusa para convertirse en emperador, que invadía otros países bajo el pretexto de quitar reyes, solo para instaurar tiranía. Y esto no es jugar al presentismo y juzgar a Bonaparte con criterios éticos actuales (algo siempre equivocado); es admitir la realidad de que incluso si se le juzga con los criterios morales de su propio tiempo, el corso sale mal parado y de que el único motivo por el que la historia no lo ha tratado como a un Calígula, un Leopoldo II de Bélgica o un Stalin es únicamente porque estos otros personajes no han dispuesto, como si ha tenido Napoleón, de un ejercito de historiadores franceses que se han dedicado durante más de un siglo a blanquearles. Pero el rechazo a la figura de Napoleón que uno siente tras estudiar la historia no puede sino multiplicarse si se le añade a ello el ser español, ya que su odio a España se tradujo en actuaciones que en muchos casos dañaron al país hasta la actualidad, como la destrucción deliberada de todo el tejido industrial de Andalucía (en aquella época uno de los más prometedores y ricos de la Europa continental y lastrando su desarrollo económico hasta hoy) así como de numerosas piezas de patrimonio cultural (iglesias, estatuas, manuscritos, etc.) o la introducción de la figura de los afrancesados, una red de intelectuales y funcionarios al servicio de los intereses franceses que desde instituciones como universidades, sociedades de amigos del país, o el propio gobierno, se dedicaron a sabotear y denostar al país y a alabar a las potencias extranjeras para convertirlo en una colonia política y económica supeditada a las naciones europeas, algo que lamentablemente ha sobrevivido al propio Imperio napoleónico y ha llegado hasta nuestros días, no escaseando quienes todavía hoy prefieren cualquier majadería dicha en París (o Londres, Bruselas o Washington) a ninguna sensatez dicha en Madrid (ejemplo de ello es que nuestros libros de texto digan que el concepto de separación de poderes, condición sine qua non para la democracia, fue creado por Locke o Montesquieu cuando un español, Francisco de Vitoria, ya lo había teorizado un siglo antes). Pero quizá la mayor prueba de la inquina hacia España del tocayo del cerdo orwelliano de Rebelión en la granja sea que, cuando se aprobó la constitución de Cádiz, la más avanzada de Europa en su momento y que encarnaba los valores de la revolución francesa mejor que la propia revolución francesa, su respuesta fue la de sitiar Cádiz ya que su odio hacia la Hispanidad le impedía ver la superioridad intelectual, moral y política de la Pepa sobre todo lo que había salido hasta el momento de París.

Lo que pretendemos decir con este meandro histórico es que Napoleón es un personaje con muchas luces pero también muchas sombras, uno de los grandes generales de la historia, una figura política indispensable para entender la Europa contemporánea y un símbolo para Francia; pero también era una persona mentalmente inestable, con una relación tóxica con su esposa y castrado psicológicamente por la figura de su madre, y que nunca superó el ser profundamente despreciado por numerosas personas de su círculo más cercano, lo cual alimentó una ambición enfermiza que le llevó en último término a la ruina. Entender a la persona es entender que estas dos figuras son dos caras de la misma moneda, que no se puede entender al Napoleón conquistador sin conocer al Napoleón más humano y viceversa. Es por ello que la adaptación al cine de la vida de este personaje requiere de hacer tanto un recuento de sus episodios más épicos como un estudio de personaje de su tormentosa vida personal, y es justo ahí donde la película que hoy nos ocupa brilla, cuando plasma estas dos realidades y deconstruye la figura glorificada de Napoleón para mostrarnos al ser humano detrás del personaje histórico.
Optar por una película épica que glorifique al personaje seguramente hubiese sido la opción más segura, pero también la menos interesante a nivel narrativo. Ridley Scott prefiere optar por algo más especial y recurre a contar en esta película dos historias. Por un lado, nos ofrece una narración épica del auge y caída de Napoleón, sus éxitos militares y su fracaso final. Por otro lado, nos ofrece un estudio de personaje, una película que analiza a Napoleón a nivel psicológico, su complejo de inferioridad, su relación tóxica y codependiente con Josefina, su inestabilidad emocional, etc. Es esta arriesgada mezcla la que hace que la película brille, y el aspecto más interesante es seguramente la forma en que ambas visiones de Napoleón, la del emperador y la del ser humano, interactúan entre sí. Cuando vemos a Napoleón ascender y transformarse en el hombre más poderoso del mundo, vemos cómo está motivado por sus propios complejos y conflictos internos. Cuando le vemos caer, lo hace precisamente por aquellos defectos en su propio carácter, como su ambición desmedida, que no es capaz de superar, como en toda buena tragedia. Scott logra así una dualidad perfecta: la de mostrarnos a un hombre increíblemente poderoso en el campo de batalla, pero alarmantemente frágil en su fuero interno.
Un ejemplo perfecto de esta dualidad es la escena en la que Napoleón es coronado (o mejor dicho, se autocorona) emperador. Lo que sobre el papel debería ser una escena épica en la que vemos al personaje en toda su gloria, en el momento álgido de su carrera política, nos presenta en su lugar a un Napoleón que actúa de forma un tanto errática, mirado con rechazo y desdén por sus semejantes, lo que hace que una escena que en principio debería ser triunfal, en cierta medida sea también trágica. Que en ese momento de triunfo del personaje, también sintamos una nota de fracaso. La película alterna magistralmente estos dos registros. De una forma no muy diferente a lo que Martin Scorsese hizo en Toro salvaje (1980), Scott compagina a ritmo casi de metrónomo escenas en las que se observan los éxitos militares y políticos del protagonista con tramos centrados en su complicada vida personal, en particular en lo tocante a su relación con Josefina.

La capacidad de la película para funcionar a dos niveles, uno intimista y otro épico, es lo que le da una identidad propia y hace que todo el conjunto funcione. Ver por un lado a uno de los grandes líderes militares de todos los tiempos alcanzar hazañas casi legendarias mientras que por otro se explora su mundo psicológico, sus traumas, sus relaciones tóxicas y su fracaso como ser humano es algo que no se ve comúnmente en el cine épico y que logra que esta película sobresalga dentro de un género lleno de obras maestras como un producto cinematográfico original que busca no imitar los éxitos pasados sino crear su propia fórmula. Lo sorprendente es quizá como a pesar de lo esencialmente distintos que ambos tonos son, ambos logran funcionar a la perfección y lograr transmitir al espectador la visión de Napoleón que Scott tiene, una visión desmitificadora pero a la vez respetuosa.
De la misma forma que en el mundo de la literatura se usa el término «juntaletras» para describir a esos escritores mediocres que escriben textos sin gracia, se podría usar en el contexto del cine el término «juntaplanos» para describir a los directores que hacen películas planas a base de rodar escenas de forma mecánica y sin creatividad y ponerlas unas detrás de otras hasta dar como resultado un producto audiovisual totalmente olvidable. Scott es todo lo contrario de un «juntaplanos». Cada secuencia de la película está rodada con el mimo de un artesano, pero además el director británico demuestra un dominio absoluto de cuestiones tan sutiles como el subtexto, el blocaje de los actores o el lenguaje audiovisual de modo que la película está llena de sutilezas, de detalles que hacen que el conjunto sea más que la suma de sus partes, sin que exista un solo plano que se sienta innecesario o poco inspirado.
Una gran obra de arte cinematográfico que no tiene miedo de dejar por momentos su faceta mas épica a un lado para centrarse en el estudio psicológico del atormentado protagonista.
A nivel técnico, Scott vuelve a deleitarnos con otra de sus grandes obras épicas, en la que destaca un apartado visual fascinante. Si hay algo que distingue al director británico es su capacidad para contar historias de una forma visual, y esta película no es diferente. Es así que a través de la composición, la puesta en escena o las actuaciones de los actores, la película transmitirá detalles de manera independiente al diálogo. Su no dependencia del dialogo y el magistral uso de la información visual hace que el visionado en ningún momento se haga monótono. Cada escena, ya sean dos personas en una habitación hablando a la luz de las velas o una gran batalla, está dirigida con mimo, con gran atención al detalle y aprovechando todas las opciones que ofrece el lenguaje cinematográfico para comunicar la historia al espectador. Todo ello se eleva gracias a un excelente diseño de producción, una cinematografía excelente y en especial unas coreografías de batallas que están permanentemente bailando entre el realismo de una sangrienta violencia cuya crudeza nunca se evita (gracias en parte al uso de numerosos elementos prácticos en lugar de recurrir por completo al CGI) y un estilo refinado y elegante (slow motion, uso de música orquestal, etc.) dando muestra de que a Scott no le tiembla el pulso a la hora de dirigir estas grandes películas épicas.
El ritmo de la película es a la vez uno de sus puntos fuertes y una de sus facetas más irregulares. Su duración (algo más de dos horas y media) si bien es generosa, se antoja un tanto insuficiente para abordar la vida de Napoleón, por lo que en determinados momentos se recurre a la elipsis de una forma un tanto agresiva que puede hacer que el espectador sienta que la cinta se ha dejado tramos importantes en el tintero. Afortunadamente esto también tiene su lado positivo, y es que ni un minuto de la película se siente innecesario, aburrido o alargado sin motivo. Es un gran mérito por parte del director lograr que una película tan densa en cuanto a personajes, localizaciones y subintraras logre, a la vez, funcionar de una forma tan fluida. Se ha comunicado que existe una versión de cuatro horas de esta película que se emitirá exclusivamente en AppleTV, cuando llegue el momento estaremos atentos a ese montaje del director.

Abordando ya las interpretaciones, el Napoleón que nos regala Phoenix es sin duda la mejor versión posible que podríamos haber visto de este personaje en la gran pantalla. La forma en que el actor comprende tanto la dimensión casi legendaria del personaje con sus aspectos más humanos y oscuros dan como resultado una de las mejores interpretaciones masculinas del año (si no la mejor), pero es imprescindible destacar la interpretación como Josefina de Vanessa Kirby que sin duda está a la altura del oscarizado actor y logra convertirse en uno de los elementos más fascinantes de toda la película. Ambos encarnan a sus personajes de una manera magistral y mostrando un ejercicio de vaciado en la pantalla que eleva una ya de por si gran película al nivel de la excelencia.
Recientemente, una parte no pequeña de la comunidad cinéfila ha aplaudido películas que han tratado de subvertir las expectativas de la audiencia y deconstruir nuestros conceptos de narración cinematográfica, siendo un ejemplo de este cine la oscarizada Todo a la vez en todas partes (Dan Kwan, Daniel Scheinert, 2022). Sin negar las virtudes que este cine, siempre he considerado estos elogios bastante mal orientados, dado que hablamos de películas en las que su carácter metamoderno se queda meramente en lo superficial (la película de los Daniels es quizá un ejemplo perfecto de esto, en que la deconstrucción de las estructuras narrativas existe en sus capas más superfluas, mientras que cuando la película aborda sus temas más profundos como las relaciones familiares o la evolución como personaje de su protagonista prefiere ser profundamente convencional). Es por eso que, a sus 85 años, Ridley Scott hace una película que sabe deconstruir y subvertir los tópicos narrativos cinematográficos mejor que cualquier realizador joven ya que en lugar de hacerlo a un nivel superficial, lo lleva a su núcleo. Y quizá sea ese el aspecto más relevante de la película, que no deconstruye la figura de Napoleón (y por ende el propio género de película histórica de carácter épico) por capricho, sino por una necesidad artística de construir una narración que aporte algo nuevo al género, que más que la versión fílmica de una estatua ecuestre que busque glorificar a un personaje histórico, como pueden ser otras obras maestras del género como Braveheart (Mel Gibson, 1995) o Espartaco (Stanley Kubrick, 1960), se parece más a una sesión de psicoanálisis en la que el director utiliza el género del biopic para adentrarse en el universo psicológico de su protagonista. Naturalmente, habrá una parte del público para el que esto funcione y otra a la que no lo guste, y está claro que Napoleón es una película llamada a polarizar a las audiencias, pero es justo ahí donde radica la originalidad de la última obra de Scott.
Cuando Blade Runner (Ridley Scott, 1982) se estrenó, Stanley Kubrick cedió al por aquel entonces relativamente desconocido Ridley Scott parte del metraje de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) para que pudiera rodar el final que el estudio le había impuesto (y que afortunadamente despareció con el estreno de los montajes del director). Por aquel entonces, Kubrick estaba tratando de sacar adelante su propio biopic de Napoleón, un proyecto que por desgracia jamás llegaría a rodarse. Qué película hubiera podido salir de la mente de Kubrick es, sin duda, un misterio, pero no deja de ser irónico que más de cuarenta años después los destinos de estos dos grandes cineastas se vuelvan a cruzar, esta vez con Scott logrando sacar adelante el proyecto que Kubrick nunca pudo. Y viendo que el resultado es una película que no tiene miedo de dejar por momentos su faceta mas épica a un lado para centrarse en el estudio psicológico del atormentado protagonista, que se obsesiona por una absoluta perfección formal y estética en su cinematografía y en sus complicados planos de batallas y que, en resumidas cuentas, no aspira a ser una entrada de enciclopedia filmada (como muchos otros biopics) sino que pretende y logra ser una gran obra de arte cinematográfico por sí misma, le hacen a uno pensar que, si existe el cielo de los grandes directores, Kubrick está mirando desde ahí con una sonrisa en su rostro.

