En el mundillo de los coches de carreras existen dos tipos de problemas que pueden afectar a un bólido de competición. Por un lado, está el problema del subvirage, que se da cuando, a la hora de tomar una curva, el coche gira menos de lo deseado, lo cual implica que el piloto ha de reducir la velocidad para poder tomar la curva con la consiguiente pérdida de tiempo. Por el otro lado, está el fenómeno del sobrevirage, que como su nombre indica, es todo lo contrario, y se da cuando el coche gira más de lo deseado, corriendo el riesgo de que el piloto pierda el control y termine trompeando. Sin embargo, si le gusta a usted la Fórmula 1 recordará el infame F14T, el monoplaza con el que Ferrari compitió en la temporada 2014, un coche que pasó a la posteridad por lograr, gracias a su pésimo diseño, algo increíble: ser el primer coche de competición de la historia capaz de subvirar y sobrevirar al mismo tiempo. Con Zack Snyder ocurre algo similar, y es que ha logrado ser el único director de cine en que uno puede pensar que ha logrado lo imposible: ser sobrevalorado e infravalorado al mismo tiempo. Por un lado, están aquellos que le admiran como uno de los grandes directores del momento y consideran todas sus películas como obras maestras, ignorando sus evidentes puntos flacos como director (un manejo del ritmo bastante pobre, historias llenas de meandros narrativos, personajes en ocasiones demasiado planos) mientras que, por el otro lado, sus detractores a menudo ignoran sus igualmente evidentes virtudes como director (un estilo visual excelente, un dominio incuestionable de la consistencia tonal en sus historias, un uso inteligente del CGI, etc). Su última película, Rebel Moon (Parte 1): La niña del fuego (Zack Snyder, 2023) es una perfecta representación tanto de las virtudes de Snyder como de sus defectos.
La película nos cuenta la historia de Kora, una antigua guerrera del ejército de Mundomadre, un despiadado imperio intergaláctico, que ahora vive en una alejada luna formando parte de una comunidad de agricultores, en donde tiene una relación especial con un joven llamado Gunnar. Un día, las tropas de Mundomadre llegan al poblado amenazando con destruirlo si no les dan toda su comida. Ante esta situación, Kora y Gunnar se embarcan en un viaje a lo largo de diversos planetas en búsqueda de guerreros con los que formar un grupo con el que luchar contra la amenaza del imperio. La mejor forma de resumir el argumento de la película es decir que es como si Star Wars (George Lucas, 1977) y Los siete samurais (Akira Kurosawa, 1954) tuvieran un hijo dentro del universo de Warhammer 40.000.

Mientras que la cinta toma muchos elementos a nivel conceptual de la saga de Lucas, la inspiración narrativa de Los siete samurais es más que evidente, mientras que el mundo en que tiene lugar al película bebe notablemente de la estética neofeudalista (es decir, la mezcla de elementos futuristas con otros de tintes medievales y que sugiere una visión del futuro en el que se recuperan muchos elementos del pasado preindustrial) y el tono grimdark de la franquicia Warhammer 40K. A priori la mezcla parece cuando menos interesante, aunque a la hora de la ejecución funciona solo a medias. Durante su primer tramo, cuando Snyder se dedica a introducir a los personajes y construir el universo en el que transcurre Rebel Moon, la película funciona bastante bien; sin embargo su segunda mitad, en la cual el ritmo decae y la historia comienza a dar tumbos, lastra una película en la que se nota demasiado que estamos únicamente ante los primeros 45 minutos de un guion que se ha alargado hasta las dos horas a base de relleno para dividir lo que en inicio era una única película en dos entregas. Esto no significa que Rebel Moon no tenga cosas interesantes, como su lore y su construcción de un universo propio, su tono oscuro sin complejos o su interesante estética que por momentos casi parece sacada de un nivel de Gears of War, pero por desgracia una trama en ocasiones errática, unos personajes poco aprovechados y un ritmo irregular deslucen en parte estas virtudes.
Si algo es evidente del actual estado de la franquicia de Star Wars es su situación de estancamiento creativo, en parte a consecuencia de la aversión de Disney a tomar ningún riesgo creativo, y que ha llevado a que casi todos los productos de Star Wars recientes se sientan como contenido reciclado, reutilizando las mismas localizaciones (planeta desértico, planeta boscoso, planeta ciudad, y listo) contando historias similares en tono y estilo, etc. Es por ello que Rebel Moon se siente en este sentido refrescante, ya que nos lleva a nuevos lugares (un planeta en el que el cielo es rojo porque se trata de una luna en la órbita de un planeta enorme, una colonia minera llena de carteles de neón, un planeta que es en su totalidad un templo lleno de construcciones religiosas, otro planeta formado por ruinas gigantescas de piedra de grandes edificios antiguos, etc.) y abraza un tono más violento y oscuro que le da a la película su propia personalidad.
Queda reducida a una serie de secuencias de acción y localizaciones visualmente excelentes, pero sin el tejido conectivo narrativo para que estos elementos se sientan como parte de una historia coherente.
Cualquiera que ya haya visto aunque sea solo una película de Snyder sabrá perfectamente a qué atenerse aquí, tanto para lo bueno como para lo malo, ya que no hablamos de un cineasta que se ande con medias tintas en lo que respecta a dar a sus trabajos un sello personal a través del estilo. Donde más evidente es esto es a nivel visual, con una cinematografía totalmente excelente. Hoy en día, gracias al CGI y las cámaras digitales modernas es relativamente fácil lograr imágenes estéticamente interesantes gracias a que el control casi total que se puede tener sobre la imagen en producción y posproducción , sin embargo Snyder va un paso más allá y no se limita a poner en la pantalla imágenes bonitas sin más. No hay un solo plano que no esté visualmente cuidado hasta el más mínimo detalle no únicamente en lo que respecta a su iluminación o paleta de color, sino también en su composición y valor narrativo. Cada plano es casi como su propia pintura romántica del siglo XIX en tanto que tiene la capacidad de, usando meramente lo visual, contar la historia haciendo que el diálogo sea un mero acompañamiento.

Ese es quizá el mejor cumplido que se puede hacer al cine de Snyder, el de ser un director tan centrado en torno a lo visual que las historias que cuenta se podrían entender casi totalmente sin necesidad de diálogos y, si bien por lo general el cine siempre se ha considerado como una suerte de heredero moderno del teatro, en el caso de Snyder está claro que su referente antiguo es otro, la ópera, y ello se nota en su concepción de una película como una sucesión de estados de ánimo unidos por una historia que funciona más que nada como hilo conductor entre diferentes secuencias épicas y en ocasiones incluso bombásticas que persiguen en el espectador no otra cosa que generar una sucesión de estados de ánimo alimentados por la creación de un espectáculo audiovisual que abraza el exceso. Rebel Moon es consciente de la clase de película que es, una concatenación de secuencias que buscan no dar un respiro al espectador y estar siempre bombardeándolo con momentos de espectáculo puro y duro, y logra ese objetivo con solvencia, pero a costa de sacrificar otras cosas.
Y es que si bien esa fórmula tiene sus aspectos positivos (al menos para una parte del público) también tiene sus aspectos negativos. Por todo lo que Rebel Moon tiene de espectacularidad, también carece de profundidad. Es justo decir que en buena medida esto se debe al hecho de que estemos ante una demasiado evidente primera parte, y no hablamos aquí de un problema que no estuviera ya presente en otros casos de películas que deciden dividirse en dos entregas y parten a la mitad su narrativa, como es el caso de Dune (Denis Villeneuve, 2021). El limitarse a ser la primera mitad de una historia implica que una parte importante de aquellos elementos narrativos que como espectadores esperamos de una historia (desarrollo de personajes, exploración de los temas, etc.) estén ausentes porque, literalmente, nos falta la mitad de la trama; pero incluso teniendo esto en cuenta a la hora de juzgar, hay poco en la colección de variopintos personajes que propone Snyder en su última película que muestre profundidad psicológica, complejidad narrativa o cualquier otra cosa que no sea una caracterización superficial de los mismos estereotipos que ya hemos visto en otras películas (particularmente en obras de la saga Star Wars, en la que esta película se inspira). Aunque los dos personajes protagonistas, Kora y Gunnar, sin llegar nunca a hacer ningún alarde de originalidad en la forma en que están escritos, sí que tienen algún momento interesante que permite atisbar un poco de profundidad en su caracterización (ella es una veterana de guerra atormentada que busca superar su pasado, él un joven de buen corazón pero carácter cobarde que trata de superar su cobardía) y su relación romántica es llevada por el guion con una sorprendente sensibilidad y elegancia; el resto de personajes se limitan a ser una colección de tópicos que nunca aportan nada a la historia.

Pero el problema de esta película con lo poco desarrollado de sus personajes es algo que puede extenderse al conjunto del guion. Snyder es un director con un talento casi incomparable a la hora de contar historias en imágenes. Su problema está más bien en las historias que cuenta. No ha de extrañarnos, por lo tanto, que su mejor película y la única dentro de su filmografía que es considerada incluso por gran parte de sus críticos como excelente, Watchmen (Zack Snyder, 2009) (por supuesto, hablamos del montaje del director) sea fruto de la adaptación extremadamente fidedigna de una historia escrita por otro autor. Zack Snyder tiene un gran potencial para contar historias escritas por otros, es cuando él crea sus propias historias (como en el caso de Rebel Moon) cuando sus debilidades creativas son más evidentes. Hablamos de una película que sufre de estar compuestas de una serie de secuencias de acción absolutamente impactantes pero tremendamente inconexas entre sí, con una trama llena de meandros que nunca parece saber a dónde quiere llegar más allá de a la siguiente escena de acción. Si bien esto no es un problema exclusivamente suyo y lo mismo puede decirse de otros directores como J.J. Abrams, en el caso de Rebel Moon esta flaqueza termina lastrando en demasía todo el conjunto y reduce lo que podría haber sido una gran película de ciencia ficción a un producto audiovisual disfrutable pero demasiado árida a nivel narrativo, que nunca llega a lograr que lo que está en la pantalla nos importe o que conectemos con sus personajes.
Es indudable que estaremos ante una película que en ningún momento es aburrida, que nos deleitará con una cinematografía, unas secuencias de acción y varios momentos totalmente espectaculares, pero al terminar sus poco más de dos horas de metraje, será difícil que volvamos a pensar en esta película o que alguno de sus personajes o que la historia que se nos cuenta tenga el menor impacto en nuestra memoria. Esta anticlimática conclusión hace que uno se pregunte si no hubiera tenido más sentido desde un punto de vista artístico el dejar la película como un único largometraje de tres horas de duración, donde quizá el tener una presentación, un nudo y un desenlace claros seguramente habría ayudado a la historia que Snyder quiere contar. Sin embargo, los requerimientos de las plataformas de streaming (en este caso la necesidad por parte de Netflix de horas de contenido, incluso si la calidad se resiente) imperan y al final Rebel Moon es una película que sufre de uno de los pecados cinematográficos que empiezan a ser comunes en la época de las plataformas digitales: películas demasiado infladas de metraje. En el caso de Rebel Moon esto es demasiado obvio, y a diferencia de otras películas como Dune en las que, a pesar de ser una primera mitad, tienen suficiente contenido narrativo como para sostenerse como una obra independiente, en el caso de Rebel Moon se hace demasiado evidente cuando estamos ante una película que existe únicamente para hacer de telonera de su segunda parte, que será estrenada en unos meses.

Al final, la película queda reducida a una serie de secuencias de acción y localizaciones visualmente excelentes, pero que carecen del tejido conectivo narrativo para que todos estos elementos se sientan como parte de una historia coherente y más como una concatenación de ideas y sets más preocupados en crear una estética visual determinada que en contar una historia. Y lo mismo puede decirse de sus personajes, que por momentos se sienten más como una lista de cotejo de todos los ingredientes que el público entiende que una aventura de acción espacial ha de tener (una protagonista con un pasado oscuro y misterioso, un piloto y contrabandista pícaro en el que uno nunca sabe si puede confiar, un guerrero caído en desgracia que busca la redención, unos rebeldes idealistas que buscan luchar contra un enemigo mucho más poderoso, etc.) pero sin saber muy bien qué hacer con ellos en términos de desarrollo o incluso sin darles nunca un giro que los diferencie de otros arquetipos similares que ya hemos visto. Es necesario, no obstante, señalar que este déficit de escritura no es un impedimento para que el reparto nos regale interpretaciones sólidas, siendo particularmente rescatable el gran trabajo de Michiel Huisman, que logra dotar a su personaje, Gunnar, de una humanidad que le hace destacar dentro del elenco de personajes que Rebel Moon propone.
Un aspecto, no obstante, que sí debe ser apreciado en el caso de la forma en que Rebel Moon está escrita es su consistencia tonal. No son pocas las películas hoy en día que no parecen estar seguras de si son comedias o dramas, y terminan no siendo ni lo uno ni lo otro. La reciente trilogía de Star Wars puede ser un buen ejemplo de ello, ya que hablamos de películas en las que su aspecto cómico y de aventura ligera en determinados tramos termina entorpeciendo sus aspiraciones de seriedad por otros. Mezclar comedia y drama no es algo nuevo, y es algo que ya dominó el mejor autor de teatro de la historia universal: Lope de Vega. Si se examinan muchas de sus obras, no era infrecuente que el escritor español añadiera personajes cómicos en historias por otro lado profundamente serias, como en el caso del Caballero de Olmedo. Sin embargo, aunque hubiera ciertos tramos de sus historias en que comedia y drama pudieran convivir, al final siempre había un punto en que la historia se decantaba indudablemente por uno o por otro derrotero. Ese es un equilibrio que muchas historias modernas no parecen saber dominar, y algo que hay que reconocerle como positivo a Zack Snyder: el de construir una película que en todo momento sabe el tono que quiere tener.

Igualmente, también es interesante la creación de un nuevo universo con un lore relativamente sólido y bien explicado y que resulta lo suficientemente sugerente para que, independientemente de que esta primera historia no termine de funcionar, queramos pasar más tiempo en él con nuevas aventuras y personajes, y que sabe inspirarse en las Space Opera tradicionales pero darles un giro oscuro y adulto que en un mundo de entretenimiento cada vez más orientado a adolescentes (o a adultos que se han quedado en la adolescencia) resulta cuando menos refrescante. Precisamente, el gran acierto de este tono oscuro y serio es la forma en que la película lo abraza sin complejos. Recientemente, hemos visto como franquicias como Star Wars han tratado de hacerse más adultas y oscuras. Sin embargo, el hecho de que sea una franquicia que nació como una película juvenil hace que sea casi imposible abrazar el tono oscuro sin traicionar los cimientos sobre los que su popularidad se ha fundado, dando como resultado generalmente una mezcla de tonos que, salvo en contadas excepciones, como en el caso de Andor (Tony Gilroy, 2022), terminan fracasando al no funcionar ni en un sentido ni en el otro, como por ejemplo en Obi-Wan Kenobi (Deborah Chow, 2022). Curiosamente, Rebel Moon muestra que la clave para hacer una franquicia de aventuras espaciales más oscura y violenta no era tratar de transformar otros universos, sino crear un nuevo universo desde cero. Todo esto quiere decir que, a pesar de haber surgido como un guion inspirado en la saga de Star Wars, esta historia funciona mejor dentro de su propio universo, en el que poder abrazar plenamente el estilo del director sin tener que respetar las constricciones de un legado.
Llegados a este punto se preguntará usted, ¿entonces es Rebel Moon una buena o una mala película? Y esa es una pregunta a la que solo usted puede responder. Aquellos espectadores para los que una narrativa visual absolutamente brillante y unas escenas de acción muy buenas y llenas de estilo justifiquen una historia poco inspirada estarán más que satisfechos, sin embargo esta no es una película a la que uno venga para encontrar unos personajes particularmente complejos o una historia profunda, sino un impecable ejercicio de estilo por parte de un director conocido tanto por sus virtudes como por sus defectos. Existe en el mundo del cine un tipo de director muy peculiar, aquel al que haber hecho una o como mucho dos películas buenas (o en ocasiones ni eso) ya le ha valido el amor de crítica y una parte del público a perpetuidad a pesar de que el resto de su filmografía esté compuesta por mediocridades, como puede ser el caso de Xavier Dolan, Noah Baumbach, Sofia Coppola, Taika Waititi, Lars von Trier, Icíar Bollaín o Luc Besson entre otros (y me temo que acabo de hacer unos cuantos amigos). Puede que Zack Snyder sea un caso no muy diferente al de los arriba mencionados, un director al que dirigir películas muy queridas como la ya mencionada Watchmen o 300 (Zack Snyder, 2006) le haya permitido tener el cariño y el crédito infinito de una parte del público, pero también a costa del rechazo eterno de aquellos para quienes su cine no funciona. Lo que intento decir es que no se crea a quienes le digan que Rebel Moon es una obra maestra, pero tampoco se crea a quien le diga que es una película terrible, porque no es ni lo uno ni lo otro.

