Watchmen
Cine de superhéroes de autor

País: Estados Unidos
Año: 2009
Dirección: Zack Snyder
Guion: Alex Tse, David Hayter (Novela gráfica: Alan Moore, Dave Gibbons)
Título original: Watchmen
Género: Fantástico, Acción, Ciencia ficción, Thriller, Drama
Productora: Warner Bros., Paramount Pictures, Legendary Pictures, DC Comics, Lawrence Gordon Productions
Fotografía: Larry Fong
Edición: William Hoy
Música: Tyler Bates
Reparto: Jackie Earle Haley, Malin Akerman, Patrick Wilson, Billy Crudup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino, Matt Frewer, Stephen McHattie, Rob LaBelle, Laura Mennell, Gary Houston, James M. Connor
Duración: 163 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2009
Dirección: Zack Snyder
Guion: Alex Tse, David Hayter (Novela gráfica: Alan Moore, Dave Gibbons)
Título original: Watchmen
Género: Fantástico, Acción, Ciencia ficción, Thriller, Drama
Productora: Warner Bros., Paramount Pictures, Legendary Pictures, DC Comics, Lawrence Gordon Productions
Fotografía: Larry Fong
Edición: William Hoy
Música: Tyler Bates
Reparto: Jackie Earle Haley, Malin Akerman, Patrick Wilson, Billy Crudup, Matthew Goode, Jeffrey Dean Morgan, Carla Gugino, Matt Frewer, Stephen McHattie, Rob LaBelle, Laura Mennell, Gary Houston, James M. Connor
Duración: 163 minutos

La adaptación de la obra más famosa de Alan Moore y Dave Gibbons es una película injustamente infravalorada que introduce en el género del cine de superhéroes elementos artísticamente originales que, por desgracia, parte del público no supo apreciar.

Hoy en día se usa con frecuencia el término «infravalorada» para describir a una película, generalmente por motivos diversos. En ocasiones, se recurre a la palabra para describir cintas que por problemas de marketing o presupuesto no llegaron a alcanzar en su momento grandes audiencias pero fueron redescubiertas más tarde, a filmes que de alguna forma se adelantaron a su tiempo y solo pudieron ser apreciadas después de su estreno o bien a obras relativamente oscuras que solo un pequeño grupo de acérrimos fans conoce. No obstante, existe una clase de película que, en mi opinión, encaja mejor que cualquier otra en la categoría de «infravalorada», y esa es la de película en la que el director intenta hacer algo diferente a lo habitual en el género que fracasa no por ser una mala idea o por una ejecución deficiente, sino simplemente por no encajar con las expectativas previas del público. Uno de esos casos es el que encontramos en la infravalorada Watchmen (Zack Snyder, 2009).

El argumento de la película, basado en el cómic homónimo de Alan Moore y Dave Gibbons, sigue la historia de un grupo de superhéroes en la década de los ochenta y poco después de su ilegalización por parte del gobierno de EE. UU. Mientras la mayoría se han retirado o trabajan para el gobierno como en el caso de Dr. Manhattan (el único miembro de este grupo con capacidades metahumanas y que dispone de unos poderes casi ilimitados, que le permiten modificar la materia, teletransportarse o ver el futuro), Rorschach investiga el asesinato de El Comediante, un antiguo miembro de los Minutemen, mientras EE. UU. y la Unión Soviética están en una escalada de tensión que parece destinada irremediablemente a culminar en una guerra nuclear. Junto con la ayuda de otro justiciero retirado, Búho Nocturno, la investigación sobre este asesinato lleva a los héroes a descubrir una conspiración diseñada por uno de sus antíguos camaradas, Ozymandias, un empresario, filántropo y visionario de la energía renovable que decide generar un atentado nuclear de falsa bandera presuntamente perpetrado por el Dr. Manhattan para, a costa de la muerte de miles de personas, traer la paz mundial uniendo a todo el planeta ante un enemigo común (en la obra original, dicho ataque no era un atentado nuclear sino una invasión de criaturas interdimensionales). Tras descubrir sus planes, Manhattan entiende que su antiguo compañero, incluso con métodos cuestionables, ha traído de forma exitosa la paz al mundo y decide apoyarle en su mentira, eliminando a Rorschach cuando este amenaza con decir la verdad a la opinión pública.

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A través de la sátira, Watchmen nos muestra un concepto de superhéroes mucho más oscuro y éticamente cuestionable que la mayor parte del cine comercial.

El primer elemento a reseñar de esta película es, sin duda, el propio estilo visual del director: si bien Snyder es un cineasta no escaso de carencias en su capacidad como narrador cinematográfico, saber usar una cámara no es una de ellas. Todo lo contrario, y como ya ocurriera en otras películas, el director estadounidense demuestra un domino exquisito de la cámara que permite lograr no solo unas imágenes absolutamente excelentes, sino una narración visual sólida que le permite eludir el abuso de exposición que otro director menos habilidoso en este apartado cometería al adaptar un material original tan denso como puede ser la novela gráfica de Alan Moore. El estilo Snyder ya queda patente desde los créditos iniciales, en que a ritmo de Bob Dylan nos encontramos con una historia alternativa de un s.XX en el que la existencia de superhéroes ha hecho derivar EE. UU. a un gobierno autoritario dirigido con mano de hierro por un cada vez más autocrático Richard Nixon.

Desde ahí, Snyder no duda en recurrir a una dirección visualmente expresionista sin escatimar en cámaras lentas, coreografías de combates excesivas y música nostálgica. Pero el gran éxito en la dirección es la forma en que el particular estilo operístico y excesivo del cineasta estadounidense funciona, en este caso, para contar la historia de una manera casi intuitiva: el recurrir a música de época, junto con un diseño retrofuturista muy cuidado logran capturar la esencia de los episodios históricos de la segunda mitad del s. XX (Guerra de Vietnam, Guerra Fría, la presidencia de Nixon, etc.) transmitiendo de manera exitosa la gravedad histórica de la trama. Pero más allá de esto, el recurso del director de un lenguaje y una puesta en escena tan desmedida logra que la película sea capaz de alterar estados de ánimo acentuando de una manera efectiva el diálogo emocional de la obra con el espectador. Tanto en sus momentos épicos (como el rescate por parte de Búho Nocturno Espectro de Seda de Rorschach de la prisión en la que está encerrado) como en los tramos más íntimos y personales (por ejemplo, la pérdida del Dr. Manhattan de todas sus relaciones humanas), todos los recursos estilísticos se ponen al servicio de tratar de lograr esa sensación. En otras palabras, la mezcla de imágenes y música logra a lo largo de todo el metraje convertir a la película en un excelente vehículo de sensaciones y estados de ánimo, hasta el punto de que en ciertos tramos Watchmen casi funciona más como una ópera que como una narración cinematográfica.

Esta mezcla de ingredientes tiene como resultado una película en la que los defectos y las virtudes son dos caras de la misma moneda: por un lado, es fácil señalar a sus evidentes problemas de ritmo en determinados tramos, su exceso de secuencias épicas cuando quizá el guion no lo demanda o los meandros narrativos que en ocasiones se toma (muchos siendo consecuencia directa de la adaptación al medio audiovisual de una novela gráfica), pero igualmente es preciso admirar como la película tiene una capacidad incuestionable para crear ambientes y mantener en todo momento el tono emocional que la historia exige. No obstante, quizá la mayor fortaleza de la película es la madurez y la relativa solidez con la que es capaz de manejar sus complejos temas.

Por un lado, y al igual que la novela gráfica en la que se basa, estamos ante una película enormemente política, pero que en lugar de hacer propaganda por una u otra idea, confía en que el espectador tenga la madurez suficiente como para poder apreciar los puntos intermedios y los matices de cualquier discusión política. Por un lado tenemos a Rorschach, un personaje que representa el anarcocapitalismo y consiguientemente la defensa absoluta del individuo y sus libertades frente a cualquier amenaza supraindividual (como por ejemplo el estado) así como el uso de la violencia plenamente justificado para la defensa personal acompañado de unos posicionamientos sociales relativamente conservadores y derechistas en lo que respecta a cuestiones como la ética y la moral personal o la respuesta hacia el crimen. De esta forma, y en consonancia con sus principios, vemos a un personaje que se niega a obedecer al gobierno y colgar la máscara y en su lugar asume la competencia de imponer el orden público y hacer justicia en base a sus propios argumentos éticos no de una forma muy diferente a la de un Travis Bickle o incluso un Tyler Durden.

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A lo largo de todo el metraje, el estilo visual de Snyder está siempre presente, haciendo de esta una película artísticamente muy personal.

El contrapunto a esta posición lo representa no otro que Adrian Veidt (alias Ozymandias), un superhéroe retirado transformado en un brillante científico, empresario millonario y filántropo. En Veidt nos encontramos a un individuo que pivota ideológicamente entre el liberalismo posmoderno y la socialdemocracia, idealista hasta lo utópico y capaz de racionalizar el mundo hasta el extremo de considerar el asesinato de miles de personas un acto humanitario para traer la paz mundial. Ciertamente, Ozymandias personifica a la perfección la frase «el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones» y refleja con sus actos una suerte de despotismo ilustrado propio de los estados contemporáneos, en los que, imbuido de un poder casi absoluto, un individuo (o gobierno) se entiende a sí mismo con la potestad de tomar decisiones sobre la vida de la gente por su propio bien incluso si es en contra de su voluntad. Estas dos visiones tan antagónicas de entender el mundo chocan en una película que, siguiendo la estela de la obra original, no se rebaja a masticar su mensaje hasta quitarle cualquier complejidad para que el espectador lo pueda digerir sin dificultades, sino que deja abiertas numerosas ambigüedades, matices y contradicciones para que sea la propia audiencia la que medite sobre estas cuestiones.

Al final de la película vemos a un Ozymandias cuyo plan ha triunfado, pero sometido a una derrota moral casi existencial al darse cuenta del precio humano pagado por crear su utopía. Paralelamente, Rorschach, fiel a sus principios y casi prisionero de ellos, pierde la vida al negarse a ocultar la verdad y poner en riesgo la paz mundial que tantas vidas ha causado. En una historia que en ocasiones se acerca a la tragedia shakespeariana, vemos a personajes que fracasan no por la acción de agentes externos, sino por sus propios defectos y ambiciones. Paralelamente, el mensaje político del cómic que la película captura fielmente al confrontar estas dos formas de entender el poder político (el individualismo y el absolutismo moral de Rorschach contra Ozymandias y el estado benévolo que protege a la población de sí misma arrebatando su independencia y libertad) roza la excelencia al arrogar una serie de ideas que muestran las bondades pero también las limitaciones de ambas posiciones: incluso el espectador más socialdemócrata, racional y tecnócrata considerará que el plan de Ozymandias adolece de serios problemas éticos, incluso si es efectivo a la hora de lograr la paz mundial, mientras que hasta el espectador más conservador y libertario será consciente de como la intención de Rorschach de hacer pública la verdad a cualquier precio supone una amenaza para la paz mundial.

En lugar de atraparnos con una historia de buenos contra malos, nos hace seguir a una serie de personajes con conflictos y tribulaciones adultas.

Siendo fiel a la intencionalidad de la obra original, el director no busca tratar la política de esta película en términos absolutos. A diferencia de la serie homónima lanzada por HBO en 2019, aquí no vamos a tener un guion que telegrafía a los espectadores las ideas políticas que pretende transmitir a base de idealizar al lado ideológicamente afín al realizador y caricaturizar al contrario hasta el punto de eliminar hasta el menor rastro de complejidad y ambigüedad, sino que mediante una perspectiva más adulta, Snyder presenta los riesgos de ambas formas de entender el poder político. En lugar de trazar una línea entre buenos y malos y decirnos a qué lado está cada uno, el director nos propone algo mucho más interesante al plantear en cambio la pregunta: ¿dónde está la línea entre lo bueno y lo malo? ¿Cuando y por qué algo bueno pasa a ser malo y viceversa?

No obstante, la complejidad de esta película no se limita a su política. A través de los diferentes personajes, Watchmen deconstruye la figura del superhéroe al darle una humanidad que habitualmente no se ve en la gran pantalla. Así, nos encontramos con un elenco de personajes en el que lo interesante no es tanto la forma en que vencen a los malhechores (como estamos acostumbrados en las historias de superhéroes), sino en quienes son debajo de la máscara. Desde Dan Dreiberg (Búho Nocturno), un superhéroe retirado que mira a sus glorias pasadas con una mezcla de remordimiento y nostalgia, hasta El Comediante, un sociópata que a través de su figura de superhéroe canaliza sus tendencias violentas, pasando por Laurie Juspeczyk o Espectro de Seda, una superheroína que busca, a través de su lucha contra el crimen, contrarrestar sus carencias paternofiliales y complacer a la figura de su madre, una frívola y arisca anciana que en su juventud también fue una luchadora contra el crimen. En suma, vemos a una serie de personajes a los que su doble vida les ha generado un vacío existencial y una crisis de identidad notables. Vemos cómo la cinta se centra en los aspectos más personales de su existencia, la forma en que, a través de sus identidades de superhéroes, estos personajes entierran una parte de su propia identidad y la forma en que esta doble vida les termina pasando factura a nivel personal y mental.

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El director utiliza a sus personajes para explorar diferentes ideas éticas y políticas e invitar al espectador a pensar sobre ellas.

Watchmen permite, además, con su deconstrucción de la figura del superhéroe, analizar los problemas inherentes a tal figura, desde sus connotaciones fascistas y autocráticas (estos justicieros empiezan defendiendo el crimen pero terminan siendo herramientas violentas en manos de intereses políticos) hasta los conflictos éticos que supone la apropiación por parte de un individuo de la justicia. ¿Quién vigila a los vigilantes? Es un lema que se escucha con frecuencia a lo largo de la película y que sintetiza a la perfección esta inquietud, dejando en evidencia cómo la figura del superhéroe (alguien muy poderoso que va a proteger al buen ciudadano a cambio de que este ceda ciertos derechos legales como el derecho a un juicio justo) representa una suerte de elemento contrario al mero concepto de democracia y afín, en cambio, al totalitarismo. Es así que mediante esta obra, Snyder (recogiendo el mensaje del propio Moore) presenta al superhéroe no como una figura épica u honorable sino como un elemento opresivo, infantilizante y políticamente peligroso. El propio Moore decía recientemente en una entrevista que temía que el éxito actual del cine de superhéroes haya «arruinado la cultura e infantilizado a la población»[1], y sin duda en esta obra ya se pueden apreciar las raíces de ese temor.

Pero el repaso a los personajes no puede dejarse en el tintero al corazón de la película, que no es otro que el Dr. Manhattan: este personaje, el único de la película con poderes metahumanos, representa la culminación absoluta del concepto de superhéroe. Una suerte de proyección nietzscheana del superhombre y reflejo oscuro de figuras omnipotentes y casi semidivinas del mundo de los cómics como la de Superman. A través de este personaje, la película explora la forma en que la obtención de unos poderes prácticamente ilimitados abren una serie de conflictos específicos como el alejamiento de otros seres humanos o la pérdida de perspectiva y de determinados valores éticos. La adquisición por parte de Manhattan de capacidades como el control absoluto de la materia o la capacidad de ver el futuro (que en la práctica le transforman en una figura casi divina) se compagina con su paulatino divorcio emocional de la humanidad. Esta figura divina, en último término fracasa a la hora de proteger a la humanidad de sí misma ya que, incluso con su poder ilimitado, carece de la capacidad de alterar la propia naturaleza humana y el libre albedrío.

No es un secreto que desde tiempos inmemoriables, tanto consciente como inconscientemente, y a través de cosas como la religión, el arte o la ciencia, los humanos hemos tenido el impulso de transformarnos en nuestros propios dioses. Watchmen presenta a un personaje que ha logrado materializar esa transformación solo para descubrir que un poder omnipresente no significa el poder dejar atrás cosas como el sufrimiento o el vacío existencial. Manhattan tiene un poder ilimitado, pero con todo es incapaz de saber de qué forma ha de usarlo. Asimismo, a través de figuras como la de Manhattan u Ozymandias, la película nos alerta sobre el riesgo que suponen las figuras mesiánicas, tanto en la ficción como en la realidad (ya sea en la política, la religión, etcétera). Precisamente por su mal entendida benevolencia y su desconexión con el resto de la humanidad, Watchmen es, en última estancia, una advertencia sobre el enorme riesgo de que tales figuras, embriagadas por su poder y su autoridad moral, terminen convirtiéndose durante su búsqueda del bien común en una amenaza mucho mayor que los males que pretenden erradicar.

Y es aquí donde la película de Watchmen reclama su lugar en la historia del cine de superhéroes. Si bien puede que no sea la mejor del género, se atreve a hacer algo que muy pocas predecesoras trataron de hacer antes o después, esto es, contar una historia de superhéroes centrándose no en los aspectos más épicos o heroicos de estas figuras sino focalizando su atención en el aspecto humano de los mismos. Una película con una trama bastante suelta hasta su parte final, que en lugar de atraparnos con una historia de buenos contra malos, nos hace seguir a una serie de personajes con conflictos y tribulaciones adultas (problemas éticos, dificultades para lidiar con el trauma pasado, crisis de identidad, etcétera). Snyder, en otras palabras, nos cuenta no una historia de superhéroes, sino una de personajes de carne y hueso con problemas muy realistas que, además, resulta que son superhéroes. Esta voluntad de alejarse de la idea tradicional de «cine de superhéroes» es lo que quizá hace que se pueda calificar a Watchmen con el peculiar calificativo de cine de superhéroes «de autor» en tanto que es una de las muy pocas veces que una película ha tratado de combinar en una sola obra estos dos tipos de historia acompañado, además, de un estilo visual por parte del director totalmente personal.

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Snyder siempre mantiene el foco en sus personajes, en contarnos quiénes son como seres humanos detrás de la máscara.

Puestos a especular sobre el motivo de que esta película fracasara en su momento en taquilla y generara opiniones dispares entre los críticos, hay varios factores a los que esto puede ser achacado, desde un marketing desacertado hasta una edición horrible para su distribución en salas de cine que recortaba en casi una hora el metraje original (de los 215 minutos hasta los 163), en efecto mutilando la película. Pero sin duda, la principal causa de la tibia recepción del filme fue el hecho de que hablamos de una obra adelantada a su tiempo, una película que deconstruía y criticaba el concepto de superhéroe antes de que la cultura del cine de superhéroes se hiciera omnipresente. Si esta obra hubiera sido producida después del éxito del Universo Cinematográfico de Marvel como una crítica al efecto mentalmente infantilizante, políticamente pernicioso y artísticamente estéril que gran parte de este cine tiene sobre el séptimo arte, posiblemente hablaríamos de un hito cultural que estaría a la misma altura que el impacto que la obra en que se basa tuvo en su momento en el mundo del cómic. Afortunadamente, series como The Boys (Evan Goldberg, Seth Rogen, Eric Kripke, 2019)o películas como Logan (James Mangold, 2017) o Deadpool (Tim Miller, 2016) supieron recoger el testigo y fueron capaces de subvertir y satirizar el género de una forma mucho más exitosa entre el público.

Pocos cinéfilos pensarán en Watchmen como la mejor adaptación de un cómic de la historia, pero es una cinta que tampoco lo pretende. En su lugar, esta película quedará en los anales como un testamento al cine de superhéroes que pudo llegar a ser pero nunca fue, uno que hiciera evolucionar al género hacia historias más adultas y autorales, hacia un tipo de cine que se preocupara menos de los efectos especiales y las escenas de acción espectaculares y más de crear personajes tridimensionales y tratar temas complejos. Pero ante todo, y en especial en su versión Ultimate Cut de unas tres horas y media de duración, destaca por ser una adaptación fiel y una carta de amor a la novela gráfica que transformó para siempre el mundo del cómic.


  1. García, Concha (2021, 4 octubre). Alan Moore carga contra el cine de superhéroes: “Ha arruinado la cultura”. La Razón. https://www.larazon.es/cultura/20201010/5ecfmjx5l5bwnc3i7qjna5e5ge.html[]
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