Obi-Wan Kenobi
Contenido sin corazón

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Deborah Chow
Guion: Joby Harold, Stuart Beattie, Hossein Amini, Hannah Friedman, Andrew Stanton (Personajes: George Lucas)
Título original: Obi-Wan Kenobi
Género: Serie de TV. Ciencia ficción. Aventuras
Productora: Lucasfilm, Walt Disney Pictures
Fotografía: Chung Chung-hoon
Edición: Nicolas De Toth, Kelley Dixon, Josh Earl
Música: Natalie Holt, John Williams
Reparto: Ewan McGregor, Hayden Christensen, Moses Ingram, Joel Edgerton, Bonnie Piesse, Vivien Lyra Blair, Kumail Nanjiani, Indira Varma, Rupert Friend, O'Shea Jackson Jr., Sung Kang, Simone Kessell, Ben Safdie

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Deborah Chow
Guion: Joby Harold, Stuart Beattie, Hossein Amini, Hannah Friedman, Andrew Stanton (Personajes: George Lucas)
Título original: Obi-Wan Kenobi
Género: Serie de TV. Ciencia ficción. Aventuras
Productora: Lucasfilm, Walt Disney Pictures
Fotografía: Chung Chung-hoon
Edición: Nicolas De Toth, Kelley Dixon, Josh Earl
Música: Natalie Holt, John Williams
Reparto: Ewan McGregor, Hayden Christensen, Moses Ingram, Joel Edgerton, Bonnie Piesse, Vivien Lyra Blair, Kumail Nanjiani, Indira Varma, Rupert Friend, O'Shea Jackson Jr., Sung Kang, Simone Kessell, Ben Safdie

La nueva serie del universo Star Wars ofrece una producción que funciona correctamente como entretenimiento sin pretensiones pero que tiene menos corazón que el ordenador en que se renderizaron sus efectos especiales.

Cualquiera que haya tenido una conversación mínimamente larga con algún chef profesional habrá comprobado que son gente profundamente apasionada que sienten por la cocina la misma clase de atracción artística que un pintor por la pintura o un músico por la música. Si además se le pregunta a ese chef por su motivación para dedicarse al mundo de la cocina, lo más probable es que cuente alguna historia entrañable sobre los platos que cocinaba su madre o quizá su abuela y de cómo su dedicación al arte de la cocina y los momentos que compartieron le inspiraron para continuar su legado gastronómico y dedicarse a la restauración. Algunos hablarán en su lugar de algún restaurante que conocieron en su juventud en el que un cocinero extremadamente hábil les mostró la magia que se puede hacer en los fogones y otros quizá mencionen a cualquier chef famoso de la televisión (desde Anthony Bourdain a Karlos Arguiñano) y expliquen cómo la pasión de estos individuos por el arte de la cocina les cautivó y les hizo querer imitarles. Sin embargo, es casi seguro que nunca jamás veremos a un chef profesional diciendo que su inspiración culinaria fue el sabor de las pizzas congeladas del Mercadona, la cultura gastronómica detrás de un Big Mac o la dedicación al arte de la cocina de los empleados de una fábrica de lasaña precocinada o de fabada enlatada. Y es lógico, ya que la producción industrial, si bien eficiente y no carente de virtudes, tiene también necesariamente el defecto de ser incapaz de generar productos personales, únicos o que sean capaces de generar emociones especiales en quien los consume. De no saber cómo elaborar algo más que un bien meramente utilitario que se olvida poco después de ser consumido. Algo similar a esto es lo que mejor describe al más reciente lanzamiento del universo Star Wars, la serie Obi-Wan Kenobi (Deborah Chow, 2022).

La serie se sitúa en el periodo tras el fin de las precuelas y previo a La guerra de las galaxias. Episodio IV: Una nueva esperanza (George Lucas, 1977), en la cual seguimos las aventuras de Obi-Wan, que tras la desaparición de la orden Jedi a causa de la orden 66 se dedica a vivir oculto del imperio en Tatooine mientras vela por la seguridad de los hijos de Anakin. Cuando Leia es secuestrada por unos cazarrecompensas por orden del Imperio, Obi-Wan decide ir en su búsqueda, logrando rescatarla. Sin embargo, sus actos no pasan desapercibidos para el imperio ni para Darth Vader, que envía tras ellos a la cruel inquisidora Reva Sevander teniendo lugar de esa manera una persecución a lo largo y ancho de la galaxia mientras Obi-Wan no solo descubre la verdadera identidad de Darth Vader sino que, por primera vez en años, se ve obligado a confrontar sus actos pasados y a tratar de buscar la redención.

Los antagonistas son una de las partes menos interesantes y más genéricas de la serie.

Sobre el papel, la idea de una serie dedicada a uno de los personajes más queridos por los fans de Star Wars, en especial tras el éxito de otras series ambientadas en el mismo universo, parece una apuesta segura, en especial teniendo en cuenta que Ewan McGregor volvía a tomar su mítico rol de caballero jedi. Sin embargo, una vez que observamos el resultado final es imposible no detectar en él los defectos propios de cualquier producto audiovisual manufacturado por Disney. En primer lugar, uno ha de plantearse la pregunta que toda producción audiovisual ha de contestar desde el primer minuto: ¿es ésta serie realmente necesaria? ¿Aporta algo relevante? En los últimos años hemos visto como el universo de Star Wars se ha expandido con historias que nos contaban aspectos de dicho universo que las películas habían pasado por alto, ya fuera la realidad de la galaxia tras la caída del imperio como The Mandalorian (Jon Favreau, 2019), profundizar en los episodios principales de la caída de la República Galáctica en Las Guerras Clon (George Lucas, Dave Filoni, Herny Gilroy, 2008) o mostrarnos el mundo del crimen y de los bajos fondos de la galaxia como hizo Han Solo: Una historia de Star Wars (Ron Howard, 2018). Obi-Wan Kenobi, sin embargo, se une al grupo de otras producciones como Rogue One: Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016) o El libro de Boba Fett (Jon Favreau, Dave Filoni, 2021), formando parte del club de secuelas que no aportan realmente nada a la historia que ya conocemos y se dedica en cambio a llevarnos por meandros narrativos irrelevantes.

Si bien la idea de explorar al personaje de Kenobi en el periodo que va entre los episodios III y IV puede parecer sumamente interesante, la serie difícilmente hace ningún esfuerzo por explorar estas posibilidades narrativas. Si bien es cierto que al inicio se nos muestra a un Obi-Wan moralmente derrotado y cínico que se niega a ayudar a quienes lo necesitan y a lo largo de los episodios parece dársele un cierto arco de redención, la realidad es que esta subtrama apenas tiene un impacto real tanto por lo dispersa que resulta (el viaje emocional del protagonista nunca termina de ocupar el asiento central de la serie) como por lo poco arriesgada de la misma (se limita a visitar los lugares comunes de este tipo de historia hasta llegar a un desenlace que cualquiera que haya visto la trilogía original puede predecir). Uno de los grandes problemas de esta serie es que todo fan de Star Wars conoce de antemano el destino de Obi-Wan, Leia o Darth Vader, por lo tanto la única forma que tiene esta producción televisiva de capturar al espectador no es a través de lo que cuenta sino de su forma de contarlo. Y, lamentablemente, su forma de contarlo no pasa de ponernos ante una historia de aventuras espaciales bastante genérica, rodada con estilo pero en su mayor parte olvidable.

Tal y como es habitual en las series de Star Wars, la factura técnica y los valores de producción son impecables.

La serie tampoco sabe aprovechar plenamente la oportunidad de confrontar a Obi-Wan y Darth Vader y de utilizar este conflicto personal para ahondar en la psicología de dos personajes tan relevantes en el mundo de Star Wars. La oportunidad de poner ambos personajes enfrentándose no solo a su pasado, sino también a sí mismos choca con una representación de Vader muy poco inspirada. Su primera confrontación con Kenobi, si bien no escatima en nostalgia y espectacularidad digital, adolece de ser narrativa y dramáticamente plana. La situación mejora en los episodios finales, llegando incluso a generar algún momento genuinamente bueno a nivel narrativo, pero con todo insuficiente para sostener el conjunto de la trama. Con todos sus defectos, había un campo en el que George Lucas era absolutamente excelente, la creación de antagonistas. Desde Vader hasta Palpatine, pasando por el Conde Doku o el General Grievous, todos los villanos que salieron de la mente del cineasta californiano gozaban de una complejidad y un carisma absolutamente fascinantes que convirtieron a estos personajes en auténticos iconos de la franquicia. Obi-Wan Kenobi no comprende este legado y además de un Darth Vader bastante soso, pone en el rol de antagonista principal a la inquisidora Reva Sevander, la cual está en casi todas sus escenas escrita como una villana caricaturesca de motivaciones y personalidad poco convincentes.

Si los antagonistas no están escritos de una manera particularmente convincente, algo similar se puede decir de los aliados del protagonista. Leia, presentada aquí como una niña, se nos muestra de una forma tan diametralmente opuesta a la Leia que todos conocemos que en varios momentos resulta casi chocante. Descubrimos en esta serie a una Leia bastante antipática y arrogante que difícilmente encaja con el personaje de la trilogía original. Si bien es cierto que aquella Leia podía en ocasiones demostrar una personalidad fuerte en situaciones concretas, la representación del personaje que propone la serie no comprende los matices de su carácter, llevando al personaje a resultar bastante plano. Pero el gran problema que supone centrar el grueso de la trama en la persecución a la que Leia y Kenobi son sometidos es el hecho de que, a pesar de los intentos de la serie de crear tensión, todos sabemos que ambos terminarán sanos y salvos, haciendo que esta obsesión de la serie se termine sintiendo irrelevante. Incluso el propio protagonista, Obi-Wan, adolece de estar escrito de una forma un tanto errática e imprecisa que parece no siempre tener en cuenta la naturaleza propia del personaje y en ocasiones se limita a utilizarlo para que la trama avance sin entender bien su evolución. Es justo decir que en el tramo final (desde el episodio cinco) la serie adopta de forma mucho más comprometida el estudio de la relación personal entre Obi-Wan Kenobi y Darth Vader, llegando a generar algún momento sorprendentemente bueno (como es el caso del flashback en que vemos a ambos entrenando). El problema es que estos momentos brillantes se sienten más como oasis en medio del desierto de la mediocridad más que como una narración construida de manera genuina por un creador comprometido con la historia que está contando.

Si bien es cierto que la serie flaquea notablemente cuando ha de manejar elementos narrativos heredados de las obras precedentes, parece funcionar algo mejor cuando aporta cosas por cuenta propia, como puede ser la subtrama de Tala, una oficial imperial que trabaja desde dentro para sabotear al imperio y ayudar a escapar a personas perseguidas. Si bien el peso que esta subtrama adquiere dentro de la historia se siente en ocasiones un poco exagerado y casi traído a colación para mantener la narración a flote dada la incapacidad de la trama principal de llevar sobre sus hombros el peso de la serie, en líneas generales resulta lo suficientemente fresca, original e interesante como para hacernos reflexionar sobre si no sería mejor que Star Wars abandonara su eterno retorno a las historias y los personajes que ya conocemos (Obi-Wan, Han Solo, Leia, Luke Skywalker, Palpatine, Anakin, etc.) y en lugar de eso dejara el pasado atrás y se centrara en contarnos cosas nuevas como ya hiciera con sumo éxito The Mandalorian. A decir verdad, es en estos momentos en que la serie se siente un poco más libre de personajes y tramas heredadas del pasado y se atreve a contarnos algo de nuevo cuño en la que el guion se siente más cómodo y, a nivel general, la historia parece funcionar mejor. Por desgracia, se nota que los creadores tienen miedo a conducir la bicicleta de Star Wars sin apoyarse en los ruedines de la nostalgia y los personajes con los que la audiencia ya tiene una relación, lo cual se traduce en que esta nueva trama nunca llega a explotarse completamente y sus personajes terminan sintiéndose como comparsas estereotipados en lugar de recibir el tiempo y la atención necesarias para desarrollarse correctamente.

El personaje de Kenobi regresa al universo Star Wars con un tono algo más oscuro y pesimista.

Junto con estas nuevas historias, otro de los aspectos donde Obi-Wan Kenobi brilla es en su factura técnica y dirección artística. Sé que decir esto sobre una superproducción televisiva de Disney puede parecer redundante cuando no directamente innecesario, pero es imposible no admirar la precisión y la riqueza con la que el mundo de Star Wars es llevado a la vida, visitando tanto viejos mundos que ya conocemos como localizaciones nuevas. Los efectos especiales y las secuencias de acción no envidian a ninguna gran producción cinematográfica en términos de calidad, y la dirección de arte se encarga de dar a cada escenario, a cada localización y a cada escena una identidad visual única y cuidada hasta el detalle. Quizá se eche en falta algo de personalidad visual en el campo de la dirección, algo que habría convertido la presentación de esta serie en algo totalmente sublime, pero en términos generales no podemos hablar de otra cosa que no sea de un sobresaliente en todo lo tocante al apartado técnico así como en los momentos de acción y las secuencias más espectaculares que, si bien narrativamente no van a pasar a la historia de la franquicia, cumplen a la hora de darle a la serie un envoltorio brillante cuando menos.

Una historia de aventuras espaciales bastante genérica, rodada con estilo pero en su mayor parte olvidable.

Llegados a este punto, decidir si la serie que nos ocupa es un éxito o un fracaso requiere primero que entendamos de qué clase de producto estamos hablando. Durante la época en que Lucas, un cineasta con una visión casi autoral del cine, estaba al mando, Star Wars era una franquicia caracterizada por producir películas y series en las que la visión del creador y la búsqueda de originalidad primaban por encima de todo. Tanto la trilogía original como las precuelas (además de los productos televisivos), ya funcionaran mejor o peor entre los fans, brillaban por tener una identidad propia, y cada vez que uno las veía tenía la sensación de estar ante una obra artesanal, hecha a mano por un autor que había pulido cada detalle con mimo de manera personal. La llegada de Disney implicó un total cambio de paradigma, transformándose Star Wars en una marca en la que la cantidad estaba por encima de la calidad y en la que el objetivo era la producción masiva de productos de entretenimiento, muchas veces cortados por el mismo patrón, para explotar tanto en salas de cine como a través del streaming. Si se entiende Obi-Wan Kenobi como la culminación de esta manera de entender la franquicia, como un producto que no aspira, como si lo hacían las películas originales, a contar una historia que nos impacte, nos emocione o se quede con nosotros para siempre, sino simplemente a ofrecer unas cuantas horas de entretenimiento rápido pero irrelevante, una serie que disfrutemos moderadamente mientras la vemos pero que olvidemos al día siguiente, entonces Obi-Wan Kenobi cumple con su cometido sobradamente. Otra cosa es que tal vez esta forma de entender Star Wars no solo sea decepcionante sino que también refleje cierto agotamiento creativo. Es cierto que tiene algunos momentos genuinamente buenos (en especial cuando trata de expandir el universo que ya conocemos), pero estos momentos son tan escasos que tras el visionado se sienten más como oportunidades perdidas que como logros narrativos.

La confrontación Kenobi vs. Vader es uno de los momentos más interesantes, aunque se aprovecha menos de lo que se debería.

No ayuda a juzgar adecuadamente a la serie el hecho de que se produjera con ella una situación bastante complicada con una parte de los fans. Hablamos de la polémica causada a raíz de una serie de lamentables ataques racistas perpetrados contra la actriz Moses Ingram a través de redes sociales que Disney no solo condenó (como es lógico), sino que rápidamente aprovechó para desviar todas las opiniones negativas de la serie y empezar a construir la narrativa de que toda crítica negativa hacia su última producción estaba motivada por prejuicios racistas de una parte de los fans. Si bien defender a sus trabajadores de situaciones de acoso es algo que toda firma debería hacer, no se puede negar que está volviéndose cada vez más común el uso por parte de grandes empresas del mundo del entretenimiento de los ataques tóxicos de una parte relativamente pequeña de los fans para bloquear toda crítica constructiva y legítima de la parte amplia y sana de los fans, y acusar a cualquier persona crítica con sus productos de comportamientos tóxicos, llegando en algunos casos incluso a alentar campañas de acoso y derribo no mucho más loables que aquellos comportamientos que condenan. Ya hemos visto esta jugada por parte de diversas empresas y creadores tanto en el mundo de los videojuegos, como es el caso de Sony y The Last of Us Parte II, y en el cine, como por ejemplo Warner Brothers y Liga de la Justicia (Joss Whedon, 2017), como en la televisión, siendo el caso más reciente Halo: La serie (Steven Kane, Kyle Killen, 2022). Incluso se ha visto este modus operandi en otras producciones de Star Wars, como en el caso de la trilogía de las secuelas hasta que el estreno de Star Wars: El ascenso de Skywalker (J.J. Abrams, 2019) nos regaló una película tan apoteósicamente mala que incluso el más fiel seguidor de Disney se vio obligado a admitir el fracaso. Lo cierto es que, sin negar que los fans (o mejor dichos, pequeños grupos de fans) pueden adoptar conductas tóxicas que sin duda han de ser confrontadas, ver a cada vez más creadores adoptar esta actitud de estudiante mediocre que culpa de sus malas notas a sus profesores en lugar de a su falta de esfuerzo supone el riesgo de que, a la larga, esta negativa a aceptar críticas, incluso si son constructivas y bien fundadas, conduzcan no solo a un divorcio entre creadores y audiencias, sino a un autocomplaciente estancamiento creativo

Volviendo a la metáfora con la que abrimos el artículo, uno de los secretos de la magia de Star Wars estaba en el hecho de que cada película estuviera confeccionada de forma artesanal y personal por Lucas de la misma forma que un chef cuida hasta el menor detalle de los platos que salen de su cocina. En ocasiones, como en el caso de las secuelas, su visión no terminaría de funcionar entre el público, pero incluso en esos casos no se podía negar que estábamos ante películas con una fuerte visión personal por parte de su creador. Disney ha sustituido esa forma de manejar el universo de Star Wars por una máquina que fabrica en serie productos de entretenimientos cortados y pegados unos de otros de igual manera que una empresa de comida precocinada es capaz de producir en un día cientos de platos congelados listos para ser comidos tras calentar diez minutos en el microondas. Si bien esta estrategia puede parecer rentable a corto plazo, no podemos olvidar que, de igual manera que un plato precocinado puede servir para llenar la barriga pero nunca va a lograr deleitar a ningún paladar, este entretenimiento de usar y tirar que es Obi-Wan Kenobi, al igual que otras muchas producciones que la precedieron, podrá funcionar entre la audiencia moderadamente gracias al factor nostalgia y a la necesidad constante de las plataformas de streaming de contenido para justificar las suscripciones, pero nunca van a generar entre la audiencia el amor y la relación emocional que sí generaron las películas originales. Y cuando llegue el día en que la nostalgia deje de funcionar como herramienta de marketing tal vez miremos hacia atrás y entendamos cómo el principio del fin de Star Wars comenzó a fraguarse hoy.

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