Matrix Resurrections
| El deja vù

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Lana Wachowski
Guion: Aleksandar Hemon, David Mitchell, Lana Wachowski (Personajes: Lana Wachowski, Lilly Wachowski)
Título original: The Matrix Resurrections
Género: Ciencia ficción, Acción, Drama
Productora: Warner Bros., Village Roadshow, NPV Entertainment, Silver Pictures
Fotografía: John Toll, Daniele Massaccesi
Edición: Joseph Jett Sally
Música: Johnny Klimek, Tom Tykwer
Reparto: Keanu Reeves, Carrie-Anne Moss, Neil Patrick Harris, Jada Pinkett Smith, Yahya Abdul-Mateen II, Jessica Henwick, Priyanka Chopra, Ellen Hollman, Jonathan Groff, Brian J. Smith, Max Riemelt, Lambert Wilson, Andrew Caldwell
Duración: 148 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Lana Wachowski
Guion: Aleksandar Hemon, David Mitchell, Lana Wachowski (Personajes: Lana Wachowski, Lilly Wachowski)
Título original: The Matrix Resurrections
Género: Ciencia ficción, Acción, Drama
Productora: Warner Bros., Village Roadshow, NPV Entertainment, Silver Pictures
Fotografía: John Toll, Daniele Massaccesi
Edición: Joseph Jett Sally
Música: Johnny Klimek, Tom Tykwer
Reparto: Keanu Reeves, Carrie-Anne Moss, Neil Patrick Harris, Jada Pinkett Smith, Yahya Abdul-Mateen II, Jessica Henwick, Priyanka Chopra, Ellen Hollman, Jonathan Groff, Brian J. Smith, Max Riemelt, Lambert Wilson, Andrew Caldwell
Duración: 148 minutos

La famosa saga de las Hermanas Wachowski resucita en una cuarta entrega que comienza de manera intrigante e inteligente pero que se deja llevar nuevamente por el esquema de sus antecesoras, tropezando con la misma piedra incluso con más ahínco si cabe.

La primera vez que uno ve Matrix (Lilly Wachowski, Lana Wachowski, 1999) queda abrumado. Ya no solo por la película en sí, sino por todos los elementos que hacen de ella una auténtica experiencia. Como decía Morfeo, «no puedes verlo, tienes que sentirlo». La monotonía, el hastío y la zona de confort estallan cuando aparecen las gafas de sol, el kung-fu y los malhechores que intentan sublevarnos. La pastilla roja. El despertar. El viaje de Neo fácilmente se convierte en el nuestro no solo por estar marcado por referencias reconocibles y atractivas, sino por que nos plantea las dudas que, como seres humanos que somos, nos inquietan: ¿Es esto real?, ¿qué es la realidad?, ¿existe el destino?, ¿tenemos capacidad de elegir? Y si es así… ¿importaría? Cuestiones con las que más de uno no desearía romperse demasiado la cabeza hasta que Matrix, de alguna manera, conectase con su público allá por 1999 ejerciendo ese mismo despertar que el joven Thomas Anderson experimentó cuando ingirió aquella pastilla. Cuando su reflejo se fundió con él. Cuando despertó, viscoso y confuso, conectado a una máquina. La sensación de incredulidad. Estaba viviendo algo completamente nuevo.

Hablamos en términos que aluden casi al milagro, no por nada. Bien es conocido que las Hermanas Wachowski, genios y figuras detrás de esta obra cumbre de la ciencia-ficción moderna, intentaron replicar su éxito poco tiempo después con dos secuelas que expandirían el mundo sin horizontes que habían creado. Matrix Reloaded (2003) y Matrix Revolutions (2003), estrenadas de manera casi simultanea, demostraron sin lugar a dudas que los elementos que dieron identidad a la original se podían copiar, magnificar, reutilizar o incluso mejorar, pero su combinación, medida, equilibrada, justa, de una suerte incalculable, fue tremendamente difícil de reformular, por no dejarlo en inalcanzable. Pero como diría el Agente Smith: «el ser humano es obstinado». Algunos más que otros, desde luego. Y si bien Warner Bros siempre ha tenido los brazos abiertos a otra secuela de la muy rentable saga, en esta ocasión, veinte años después, solo algunos han dado su brazo a torcer y la han resucitado.

Y para ser justos, no sabemos muy bien por qué. Lana Wachowski, sin la ayuda de su hermana Lilly, recapitula la historia de Neo y compañía con Matrix Resurrections (Lana Wachowski, 2021) que cuenta a su vez con la presencia del icónico Keenu Reeves en su papel estrella y de Carrie-Anne Moss en su único papel reconocible: Trinity. Ya solo pensar cómo retomar un argumento que tocó techo y cielo con las secuelas supone un quebradero de cabeza tal que las ausencias son comprensibles. Pero para todo hay una salida y la saga Matrix, que siempre se ha jactado de moverse entre dos mundos, con esta nueva secuela opta por la vía más lógica y coherente: volverse metacinematográfica. Posiblemente la sorpresa (inicial) más agradable de esta nueva producción. Un cambio de perspectiva intrigante e inteligente, en el que protagonista es a la vez creador, que abre posibilidades no solo argumentales sino también reflexivas acerca de qué supone una obra como Matrix en nuestra cultura actual. Que ya es decir. Todo es campo que arar pero nuevamente llega Morfeo —esta vez con el rostro de Yahya Abdul-Mateen II, que será similar al de Laurence Fishburne pero emana un quinto de su carisma— y nos ofrece la pastillita roja, que ahora se nos antoja azul. Porque es tomarla y volver a lo mismo. Máquinas, guerra y El Elegido. Sota, caballo y rey. La cinta pierde su razón de ser y la mente de Neo —y por ende la nuestra— en vez de expandirse se cierra. Ahí comienza la sensación de deja vù.

Un reboot de la cinta original a manos de alguien que parece no haber perpetrado las entregas previas.

Nada más el gato negro asoma por la esquina uno se da cuenta de que algo falla. La Matrix original, como decíamos al principio, se apoyaba en numerosas referencias y en elementos, especialmente gráficos, muy diversos que hacían de ella, sin embargo, algo único. La paleta de color de tonalidades verdes, la composición de su fotografía propia del mejor cómic, su hábil uso del slow motion para remarcar sus imágenes clave en la acción… Todo formaba parte de una idea muy clara en la que el cine de artes marciales, el anime, la estética ciberpunk y la filosofía platónica podían convivir y de hecho, se potenciaban. Pero todas las secuelas, incluida esta ultima, cometen el error de apoyarse exclusivamente en esta idea y no partir de las suyas propias. Es una verdadera lástima ver cómo un artista se obsesiona y se limita a rehacer lo que ya hizo hasta el punto de que al ver su nueva obra parezca ajena a sí mismo. Matrix Resurrections acaba resultando eso: un reboot de la cinta original a manos de alguien que parece no haber perpetrado las entregas previas, tropezando con la misma piedra incluso con más ahínco si cabe. Porque factores clave que se mantuvieron invictos en Reloaded o Revolutions como la estética tan singular a base de palidez, cuero y gafas de sol, o la fotografía precisa y esteta de Bill Pope, aquí también se pierden. ¿Y qué nos queda? Dos horas y media de metraje donde la acción brilla a ratos por su ausencia y a ratos por su pesadez. Donde todos y cada uno de los personajes tienen la imperiosa necesidad de verbalizar quién es, qué hace, cómo lo hace y por qué. Rompiendo el ritmo, que se intuye, querría ser trepidante, pero solo deja claras las transiciones entre los géneros que querría abordar y nunca explora: ahora policíaco, ahora thriller psicológico, ahora acción, ahora ciencia ficción, ahora peli de atracos… sin ninguna visión de conjunto. Solo quedaría el clásico consuelo de «bueno, al menos los efectos especiales estarán bien», pero claro, estamos hablando de la secuela de una obra que diseñó técnicas de VFX exclusivamente para su metraje —recordemos el famoso bullet time—  y que posteriormente inspirarían a otras o directamente serían replicadas, muchas veces como guiño. Pues en Resurrections se replican, se pulen un tanto y poco más, como el que hace un remaster de un videojuego clásico en HD.

Ante semejante situación uno se ve en la posición de elegir: empecinarse en el hastío y la frustración de que las tres secuelas de esta obra no tengan no solo la capacidad de volar por sí mismas sino ni siquiera la de mantenerse conectadas al espíritu despierto y expansivo de su predecesora, o tomar eso como prueba irrefutable de que las condiciones y los elementos que se ensamblaron aquel 23 de junio de 1999 fueron tan fortuitos e improbables que hacen de la primera entrega un verdadero milagro cinematográfico. Aquí, haciendo uso de nuestro libre albedrío, optamos por creer.

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