Revista Cintilatio
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Marco (2024) | Crítica

Villanía
Marco, de Aitor Arregi, Jon Garaño
En 2024 el dúo de cineastas vascos responsables de «Loreak» entregó con grandes fastos y enorme éxito este thriller que pretende esclarecer desde un potente guion propio todo lo relacionado con la controvertida figura de Enric Marco.
Por Daniel González Irala | 15 julio, 2025 | Tiempo de lectura: 5 minutos

En la impagable entrevista que realiza Jesús Ruiz Mantilla a Javier Cercas en la plataforma de Caixaforum, el autor de El impostor, obra referida al personaje principal también de esta película, Enric Marco, nos habla de lo lamentable que puede llegar a resultar utilizar a Goebbels y solo a Goebbels a la hora de hablar de propaganda totalitaria en nuestras sociedades actuales. Para ilustrar esta idea se sirve de las teorías literarias —que para nada huyen de la búsqueda de la verdad— de Tzvetan Todorov, un filósofo e historiador que vivió hasta 2017 en una Bulgaria comunista apelmazada por unos resortes que ya aquí cada vez menos nos suenan a chino.

Para este pensador también del lenguaje, existen cinco etapas gracias a las que se construye el personaje literario: equilibrio, disrupción, reconocimiento, reparación del daño y recuperación del equilibrio. Teniendo en cuenta que Enric Marco podría ser para muchos un personaje tan heroico como villano para otros, Aitor Arregi y Jon Garaño (cineastas conocedores del nacionalismo desde sus orígenes, y grandes filmadores de historias como la carveriana Loreak o Handia) se posicionan en este thriller sobre todo lo anterior a la publicación de El impostor, es decir, sobre una vida que marca un destino: la del mentiroso compulsivo y encantador de serpientes, personaje llevado a la pantalla con solvencia por el magistral Eduard Fernández, que, a pesar de lo rocambolesco y vehemente, nos aporta una visión sobre todo del Enric más avejentado y que carga con el pesado cuerpo que a veces arrastra, como si tuviera decenas de kilos por cada mentira contada —al creérselas él mismo hacía partícipes de ellas tanto a las dos familias que formó (una de las cuales tuvo que abandonar por razones que aparecen en el filme) como a sus camaradas en instituciones, sociedades «culturales» y otras que van surgiendo en favor de la memoria histórica—.

Una captura de la película.

Pensar y calibrar que Marco actúa así sin buscar beneficio económico alguno es, hoy por hoy y gracias también a películas como esta, una ingenuidad flagrante. En cualquier caso, todo empieza con el viaje desde Barcelona a la población alemana de Viel para trabajar en una fábrica de armamento del régimen de Hitler, y termina suplicando una estricta piedad al historiador Bermejo (Chani Martín), por quien se ha descubierto lo que se viene ocultando: que su presencia en los campos de concentración alemanes de Flossenbürg y Mauthausen es solo algo que él dijo que pasó durante más de cincuenta años, y que todavía sostiene en soledad. Teniendo en cuenta además que, a pesar de que el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero le descubre gracias a este historiador y que la asociación para la que trabaja, de deportados, le da la espalda, hemos de decir que su historia no acaba ahí. De hecho, se realizó alguna película en 2019, tres años antes de morir con 101 años, una película donde, amén de esos documentales que él mismo comercializó en Alemania —como esa Ich bin Enric Marco, que fue difundida desde los inicios de esta cadena regional en TV3—, siguen existiendo fabulaciones que se piensa que son invención del personaje en cuestión.

El filme de Arregi y Garaño, por lo demás, es estilísticamente seco y trata de ceñirse no tanto a Cercas o Todorov como a unos hechos delirantes: los que suceden en la cabeza del protagonista. En este sentido, es una película bien parecida, por lo estrictamente cinematográfico de la propuesta, a La infiltrada (Arantxa Echevarría, 2024). Otros actores que destacan igualmente y a veces solo acompañan el carisma de Fernández son: Nathalie Poza, en el papel de su sufrida y abnegada esposa; Daniela Brown, en el de su rebelde hija, que le hace abuelo; Sonia Almarcha, su secretaria en la Asociación Española de Deportados, fundada por él mismo; o el traicionado Fermí Reixach, cuyas lágrimas finales son también un alegato a la defensa de la verdad como hecho probado y que tarda en demostrarse. De un mismo modo, la cámara de Javier Agirre Erauso sabe separarse del punto de vista trazado también por Goenagay Gil Munárriz en el guion, como acercarse mediante, a veces, ángulos obtusos a sus momentos de mayor desesperación, que son aquellos en los que o acaba de dar por sentada una realidad inimaginable para otros, o ha sido condenado a encerrarse de nuevo en sí mismo y una y otra vez en sus mentiras.

La música de Aránzazu Calleja tiene la virtud de no hacerse notar más que en los momentos que no interrumpen a unos grandes actores mientras trabajan. Debemos destacar también la labor del equipo de producción, encabezado entre otros por Ander Barinaga Rementería y su equipo; el maquillaje, tan fundamental en el protagonista, del equipo de Laura María Alarcón; y el vestuario de Saioa Lara. La crítica fue unánime con Eduard Fernández y sus dos realizadores, y destacó el comentario que hizo en la SER Pepa Blanes sobre «la amnesia colectiva de todo un país» ante este personaje y los hechos que encarnó durante tanto tiempo. Igualmente, consiguió cinco premios Goya, una nominación a mejor película en el Festival de Venecia, otra membresía de honor —el máximo— en los Premios Platino latinoamericanos a mejor actor protagonista, así como en los Forqué y los Feroz. A destacar en este sentido, igualmente, la nominación al premio otorgado por la crítica y la escritura cinematográfica al mejor montaje, para Maialen Sarasua Oliden.

Queda decir que, después de la publicación de la novela de Cercas, editada en noviembre de 2014, el nacionalismo vivió sus días de pre-guerra civil a partir de la fuga a Waterloo de Puigdemont, primer presidente de la Generalitat prófugo de la justicia, a partir del 1-O de 2017, fecha que quedó grabada en el corazón de tantos nuevos y viejos independentistas, así como una fractura en el resto de España, que empezó en los años sesenta, cuando desde la C.N.T., Enric Marco y los nacionalistas de entonces solicitaban una amnistía que, pasado el tiempo y multiplicados los pecados, hoy Pedro Sánchez Castejón les ha otorgado independientemente de lo que pasara en la película. Es el claro caso de un antihéroe y su propia justicia poética, tal vez.