Quién no haya visionado al menos una vez esta cinta de Francisco J. Lombardi, cuyo filme Pantaleón y las visitadoras (Francisco J. Lombardi, 1999) —película que trató de dirigir sin éxito su propio autor, Mario Vargas Llosa— cosechó el Goya a la mejor película extranjera ese mismo año, a pesar de estrenarse en 1999 en España, apenas tiene noticias de lo que hablamos cuando de periodismo de cualquier tipo se trata.
Con una vasta producción que empieza en 1977 con Muerte al amanecer (Francisco J. Lombardi, 1977), ya premiada en Suiza, Colombia y Cuba, Muerte de un magnate (Francisco J. Lombardi, 1986) y Maruja en el infierno (Francisco J. Lombardi, 1983) —también basada en una novela, esta vez de Enrique Congrains—, rodó también la adaptación de la obra culmen de Vargas Llosa en 1985 sobre La ciudad y los perros (Francisco J. Lombardi, 1985), obteniendo ya en nuestros lares la Concha de Plata de San Sebastián y otras distinciones en Cannes, Biarritz y de nuevo La Habana. En ella se hablaba de la calidad y experiencia directa del Nobel de Literatura en el instituto de educación católico-militar Leoncio Prado.
También dirigió La boca del lobo (Francisco J. Lombardi, 1988), Caídos del cielo (Francisco J. Lombardi, 1990), Sin compasión (Francisco J. Lombardi, 1994), Bajo la piel (Francisco J. Lombardi, 1996) y No se lo digas a nadie (Francisco J. Lombardi, 1998), adaptación a su vez de la novela homónima de Jaime Bayly, quien curiosamente fue expulsado de ese instituto en el que Vargas Llosa se educó con honores. Posteriormente, Lombardi filmaría Ojos que no ven (Francisco J. Lombardi, 2003), Mariposa negra (Francisco J. Lombardi, 2006) y un largo etcétera que nos llevaría hasta la realizada en 2025, El corazón del lobo (Francisco J. Lombardi, 2025). Nacido en Tacna, fue crítico de cine antes que cineasta. Comenzó a ejercer en esta disciplina en Santa Fe (Argentina), temporal e interrumpidamente, por no poder culminar debido a la entrada de militares en el país. Continuó sus estudios de cine en la Universidad de Lima, donde rodó una enormidad de cortometrajes hasta conseguir su pasantía.
Dado que la mayor parte de su actividad profesional ha discurrido en Lima, se convirtió en miembro oriundo del pudiente barrio de Miraflores, desde donde desarrollará su carrera. Su contacto con España, a partir de su éxito anterior, hace que parte del reparto y la producción sean también nuestras. Este duro y a la vez más piadoso de lo que pudiera parecer retrato del periodismo, que abarca la vida de El Clamor, nos hace plantearnos no solo la línea fronteriza entre el periodismo y la literatura, sino también entre la realidad y la ficción. Lo hace con presencia en el reparto de Lucía Jiménez —a quien no hacía tanto habíamos visto en La buena vida (David Trueba, 1996)— y el alicantino Fele Martínez, que interpreta al casi mudo fotógrafo que acompaña a Alfonso (Giovanni Ciccia) desde la sección de sucesos.
La película nos introduce en los límites éticos del periodismo de una manera sorprendente.

A Alfonso le gustaría dar el salto a una vida de escritor de novelas en París y Barcelona en busca de fortuna. Se topa con un tipo duro como Faúndez (Gianfranco Brero), que se las hará pasar canutas a este postulante con estudios de periodismo, destinado a la soñada y no adquirida sección de espectáculos, para poder obtener siquiera una licenciatura. Con el apoyo de Van Gogh (Carlos Gassols), Alfonso empieza a hacer reporterismo de la peor calaña. No lo acompaña su amada estudiante Nadia (Jiménez), sino Rosana y otras mujeres afines al jefazo Faúndez. Alfonso tiene buen ojo para los matices y detalles, pero le falta la imaginación de Faúndez para distinguir entre lo que vende y lo que no. Tras ver cómo el asesinato de un vendedor de chucherías y observar cómo un ajuste de cuentas puede llevarse la vida —no solo por suicidio— y la carrera de más de uno, Yovanna y su jefe o mentor dan pábulo a que celebre con juergas sus primeros aciertos. Siente la adrenalina que El Clamor le puede proporcionar, mientras Nadia, que ha entrado directa en espectáculos, empieza a verlo celosamente como un monstruo capaz de todo.
Al mismo tiempo, y gracias al guion de Giovanna Pollarollo basado en la novela de Alberto Fuguet, la película nos introduce en los límites éticos del periodismo de una manera sorprendente. Cuando Faúndez estrecha la mano de su nuevo compadre por obtener el titular «fornica con una monja para darle el pésame por un familiar fallecido», en ese segundo punto de giro de la trama principal comenzará el infierno en vida para ambos. Un averno moral que no desvelaré, en dos fases, provocado por ese exceso de adrenalina y triunfalismo, indicándonos que hay límites que no se deben traspasar. Estando todos como estamos acostumbrados a que todo lo que redactemos obedezca a la lógica básica y teórica de las escuelas, tanto Lombardi como sus dos guionistas nos advierten de los peligros de querer ahondar en esos laberínticos porqués que nos cuestionan. Por no dar de comer, deberían hacernos poner en solfa no solo en qué mundo vivimos, sino si también queremos formar parte de él. Además de Van Gogh, el conductor del furgón, Lombardi usa a diferentes secundarios en la mayor parte de las ocasiones para quitar hierro a la trama principal. Este conductor, por ejemplo, es capaz de citar a Thomas Carlyle o Voltaire, a la vez que advierte de la necesidad de meter o no gasolina a su vehículo ante la irresolución de un problema, para él práctico.
Todo ello se consigue con una producción mínima en la que intervienen, a pie de producto, Gerardo Herrero (Tornasol) y José Enrique Crousillat. Son responsables de la ejecutiva Gustavo Sánchez y Mariela Besuievski. El montaje de Danielle Fillios y el trabajo del director de casting Ricardo Velásquez cumplieron un papel fundamental a la hora de narrar la historia y encarnar esplendorosamente a los personajes. En el diseño de exteriores se aprovecha hábil y honestamente la asistencia artística de Nora Angulo y su equipo, así como los efectos especiales de Francisco Salomón y José Luis Salomón, todo ello utilizando los sopores y brumas de Lima sin recurrir, al menos en apariencia, a nada reconstruido. De hecho, hasta los actores pudieran parecer amateurs si no conociésemos ese detalle.