Si digo «película de tarde de Antena 3» toda persona de España sabrá inmediatamente a qué me refiero, pero es posible que aquellos que nos leéis desde las maravillosas tierras de hispanoamérica no entendáis esta referencia, por lo que voy a explicarla brevemente. Uno de los principales canales de televisión de España es Antena 3, y a pesar de tener una programación en líneas generales razonablemente buena, los fines de semana por la tarde suele programar telefilmes estadounidenses de una calidad absolutamente pésima. La razón de esta peculiar decisión es conocida y ha sido compartida incluso por responsables de la propia cadena: esas horas suelen coincidir en España con la siesta y el público quiere películas que sirvan solo para hacer ruido de fondo mientras echan un sueñecito, y como mucho que tengan un argumento simple que se pueda seguir entre cabezada y cabezada. De modo que, como vemos, incluso siendo películas de calidad cuestionable, tienen su nicho en el mundo del entretenimiento cinematográfico. El problema es cuando alguien hace una película cortada por el patrón de uno de estos telefilmes y trata de hacerlo pasar por cine de autor a base de engalanarlo y contratar a actores de moda. Ese es el caso de Priscilla (Sofia Coppola, 2023).
La película cuenta la historia real de Priscilla Beauleu, una adolescente estadounidense que vive en Alemania con su familia en los años sesenta cuando conoce a Elvis, el cantante más famoso del momento. No tarda en comenzar una relación entre los dos a pesar de que él es mucho mayor y de que ella es menor de edad, que culmina cuando Priscilla se va a EE. UU. a vivir con el cantante. Será ahí cuando se inicie una relación de tintes tóxicos salpicada por la infidelidad, el abuso o el consumo de drogas convirtiendo la vida en pareja en un infierno del que la joven tratará de escapar.

La película comienza de forma razonablemente prometedora, donde conocemos a una Priscilla que vive una vida que le resulta tan aburrida como frustrante y ve en Elvis unos cantos de sirena que le ofrecen la oportunidad para salir de una realidad asfixiante. Este inicio apunta a un estudio sobre relaciones codependientes, a una película que explorará la realidad psicológica detrás de personas atrapadas en relaciones tóxicas. Por desgracia, todo atisbo de profundidad narrativa desaparece tras las escenas iniciales y lo que queda a partir de ahí es una película compuesta por una retahíla de secuencias en los que vemos a Elvis comportándose de forma deplorable con Priscilla. Eso es todo. Ni hay una trama que avance coherentemente, ni vemos a los personajes evolucionar, ni se muestra otra faceta de los protagonistas que sea diferente al de una Priscilla víctima de abuso y un Elvis abusador.
La debilidad narrativa de Priscilla es tan acusada que, si nos diera por cambiar de orden aleatoriamente cuatro o cinco escenas dentro de la película, posiblemente el resultado final no variaría debido a lo inconexas que estas escenas son entre sí. El fruto de esto es una película que se siente como un constante déjà vu fílmico, una especie de «día de la marmota» narrativo en el que sabemos exactamente lo que va a pasar a cada escena porque es lo mismo que ha pasado en las diez escenas anteriores. El esquema es el siguiente. Elvis y Priscilla están en su mansión. Priscilla dice o hace algo que incomoda a Elvis, por lo que él se comporta de forma abusiva (física o psicológicamente) con ella. Priscilla llora y él la manipula para que le perdone. Este ciclo narrativo se repetirá en infinidad de secuencias, cambiando solo la ubicación, el vestuario o como mucho el maquillaje de los actores.
Demasiado fría como para lograr un impacto emocional, demasiado convencional como para resultar interesante.
La peor consecuencia de esto es que la película fracasa a la hora de mostrar una mínima evolución o transformación de los personajes o su relación a lo largo del metraje. En lo tocante a Priscilla, la única evolución del personaje es que cada vez consume más drogas a lo largo de la cinta, eso es todo. Sin embargo, jamás se verá ninguna otra faceta suya fuera de ser la diana de los abusos de Elvis. Nunca conocemos a la verdadera Priscilla más allá que como a la víctima, sin que la película se adentre de verdad en el personaje y nos muestre quién es fuera de su relación con el cantante. Nunca le da un objetivo, un conflicto narrativo o un dilema moral, que es casi totalmente pasiva y se limita a ser el saco de boxeo de Elvis durante las casi dos horas de metraje. Esta falta de evolución del personaje es especialmente dolorosa en el desenlace. La escena en la que Priscilla (esto en teoría no es spoiler ya que el final de la relación entre ambos en la vida real es sobradamente conocido, pero de todas manera, aviso de spoilers) deja a Elvis, que es donde la película termina, surge casi de la nada, sin que el espectador sepa qué es lo que ha motivado a la protagonista a dejar a su marido ya que en ningún momento se nos ha mostrado al personaje evolucionando de una forma que esta decisión final sea coherente con lo que hemos visto de ella hasta ese punto. ¿Deja a Elvis por su hija? No lo sabemos, porque la película nunca nos muestra a la Priscilla madre. ¿Le deja por su estilo de vida lleno de drogas y excesos? No lo sabemos, porque nunca la vemos luchando contra dichos excesos. ¿Le deja porque está harta de su comportamiento abusivo? No lo sabemos, porque nunca la vemos reaccionando y dándose cuenta de la naturaleza abusiva de su relación y evolucionando, por lo tanto, a cualquier cosa distinta a una eterna víctima. No, el final simplemente ocurre, casi como si faltaran veinte páginas de guion eliminadas en el último momento.
La forma en que la directora maneja al personaje de Elvis no es mejor. La estrategia de Sofia Coppola para crear a dicho personaje es contratar a Jacob Elordi y cruzar los dedos para que la gente que vea esta película también haya visto Euphoria (Sam Levinson, 2019) y equivocadamente piensen que el actor australiano está interpretando al mismo personaje aquí que en la serie de HBO. Eso es lo que en términos de desarrollo de personaje tiene esta película para aportar, lo cual es particularmente frustrante ya que tanto Spaeny en el rol de Priscilla como Elordi ofrecen interpretaciones notables (dando fe de que, si bien falla a la hora de contar una historia, al menos la directora sabe como trabajar con sus actores) que por desgracia se desperdician en una película que en ningún momento sabe qué hacer con sus personajes.
Pero el gran fracaso de Priscilla es a nivel conceptual. Es evidente que esta película aspira a reivindicar al personaje de Priscilla Presley y separarlo de la sombra de su marido. Sin embargo, la película nunca muestra a Priscilla siendo nada más que la pareja de Elvis. Siendo más sangrante, hay alguna escena en la que vemos a un Elvis al que le cuesta manejar la fama, inseguro sobre si realmente tiene talento o es una mera moda pasajera. Esta inseguridad le genera una frustración y una presión que en muchas ocasiones paga con Priscilla. Aunque no es gran cosa, al menos tenemos un vistazo al mundo interior de Elvis y le entendemos como personaje. En cambio, la película nunca hace lo mismo con la protagonista, jamás se detiene para tratar de descubrir quién es realmente Priscilla fuera de su rol como pareja y víctima de su marido. En otras palabras, en la película titulada Priscilla, y que busca rescatar la figura de Priscilla Beaulieu, el personaje mejor escrito y que mayor profundidad tiene termina siendo Elvis. Ese es, tristemente, el mejor resumen que se puede hacer del gran problema que, por encima de otros, tiene Priscilla.

Pero si como biopic Priscilla no funciona, como obra cinematográfica también resulta (aunque en menor medida) frustrante. Sofia Coppola es una directora que, a lo largo de su carrera, ha logrado forjar un estilo personal único que le ha dado a su cine una identidad propia. Si alguien ve una película como María Antonieta (Sofia Coppola, 2006) podría amar u odiar el filme, pero sin duda sabrá que se encuentra ante una obra de Sofía Coppola. En Priscilla, lamentablemente, nos encontramos ante la película más plana e impersonal de la cineasta hasta la fecha. Todas las características y marcas personales que han hecho de la directora un icono del cine de autor estadounidense contemporáneo están aquí ausentes, sustituidas por una cinta que adolece de un ritmo lánguido y una puesta en escena conservadora que nunca toma ningún riesgo pero termina siendo olvidable. La directora nunca sabe si apostar por el realismo con una dirección «invisible» que no se interponga entre el espectador y la historia o, por el otro lado, por una dirección más manierista que condicione la historia al ejercicio de estilo, y el resultado final es una película que se queda a medias en ambos terrenos, siendo por un lado demasiado fría como para lograr un impacto emocional pero por otro lado demasiado convencional como para resultar interesante. La oscura fotografía de Philippe Le Sourd funciona sorprendentemente bien a la hora de crear una atmósfera asfixiante y el reparto ofrece interpretaciones más que dignas, pero lamentablemente la obra es incapaz de crear nada especial con estos ingredientes.
Al final, Priscilla termina no siendo más que la adaptación cinematográfica de una entrada de Wikipedia, desparramando una serie de escenas bastante repetitivas sobre la complicada vida conyugal de la protagonista pero fracasando a la hora de hacer nada interesante con su historia o sus personajes. Si esta obra fuera una película de sobremesa de Antena 3 sería razonablemente disfrutable, pero siendo como es una película firmada por una de las directoras más prestigiosas del momento, que nos ha dado joyas como Lost in Translation (Sofia Coppola, 2003) o Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), Priscilla no se puede interpretar como otra cosa que como un fracaso, una película anodina en todos sus aspectos (salvo las actuaciones) que por más que lo intenta no puede ocultar su mediocridad.
