No llevábamos ni veinte minutos de película cuando saqué el móvil para escribirle a mi amigo obseso de la iluminación: «oye tú, tienes que ver lo nuevo de Palomero. Solo por la luz». No llevábamos ni veinte minutos y ya, en Los destellos, encontré eso: mucha luz. Una luz que me hablaba directamente, que rebosaba desde la pantalla hacia la total oscuridad de la sala y me hacía percibir cada escena con una particularidad distinta. Una historia que narra desde el dolor, que rebusca en el duelo y aspira a más, posiblemente. Pero qué particular cuando, aspirando a más, las obras artísticas ya son suficientes por sí solas. Alumbran con su única presencia.
En este último parón que he tenido de sequía de artículos y críticas, me he estado dedicando a estudiar cine, a pasar horas analizando en una sala de montaje e incluso lanzándome a dirigir mi primer corto. He aprendido a mirar la pantalla de otra forma, quizá con el mal del profesional que te desencaja en muchos aspectos y que con un análisis exhaustivo de lo técnico no te deja del todo empaparte de la historia en sí. Pienso que últimamente me está costando conectar con las películas por eso mismo. Así que llegando a la sala este cuatro de octubre, temía que mis presagios con lo nuevo de Pilar Palomero iban a ir por los mismos cauces, no tan optimistas como sí lo fueron cuando pude ver La maternal (Pilar Palomero, 2022) en el Festival de San Sebastián, donde también os hice una crítica por aquí.
Y esos buenos presagios de los que hablaba hace dos años, parecían muy lejanos. Volviendo a estrenarse en Donosti, con un premio a mejor actriz para Arnaiz pero no pudiendo superar a Tardes de soledad (Albert Serra, 2024) para ganar la Concha de Oro. Todo apuntaba a que muy fascinado tendría que salir yo del Cine Albéniz. Que sonase la campana para que en su tercer metraje Pilar Palomero lograse al menos convencerme. El caso es que tan sibarita como estaba yo antes de entrar, cayó la cortina, desparramando todos esos destellos en el cine —una sala que tristemente en su pase de las cuatro de la tarde estaba absolutamente vacía— y la convicción pasó a ser conmoción. Sentí algo así como cuando estás mucho rato al sol y te alivia, pero a la vez la piel comienza a picarte poco a poco y no sabes bien si estás incómodo o a gusto.
Laia LluchPero hablemos de lo que importa —que me voy por otros derroteros—, analicemos el largometraje.
Todo comienza como es ya particular en la narrativa de Palomero. Ocultar es la palabra clave en su cinematografía. En Las niñas (Pilar Palomero, 2020) ya pudimos apreciar cómo el secreto de una madre era rebuscado por su hija entre los cajones. Otro tipo de enigma adolescente surgió en La maternal cuando el embarazo conduce a una mentira constante, que camufla otras verdades. Y, en el caso de la película que nos ocupa, el escondite estaba detrás de los quicios de las puertas, entre las sábanas o cubierto por alguien. Así es como una mujer (Patricia López Arnaiz) afronta la enfermedad terminal de su expareja (Antonio de la Torre) con una hija compartida de por medio (Marina Guerola). El temor inunda la pantalla en su primera media hora y Palomero crea un colchón de humanidad bajo sus personajes, con el fin de juzgarlos para entenderlos. Un camino que es complejo para el creador, porque todas las situaciones llevadas al límite pueden generar disonancias. Pero los errores de sus protagonistas, el aprendizaje y el duelo como interlocutor, hacen que Pilar se mueva cómodamente y de manera equilibrada por los ojos del espectador.
Indaga en la particularidad de buscar en la luz a los que se van marchando y a los que ya se fueron. Un trabajo que rezuma sensibilidad.
De esta forma vemos un claro tono definitorio, donde el dolor es un lugar que primeramente no se habita, para luego convivir con él. Desde mi experiencia particular, siempre he pensado que cuando alguien está en procesos terminales tiende a esconderse, a dejar las cosas para otro momento —curioso cuando de esos ya no quedan muchos—. Y es así como también el personaje interpretado por el actor malagueño implica otro grado de complejidad, otro secreto que se oculta tal vez en la vergüenza o la desidia. Un choque frontal que Palomero analiza desde el relato en el que está basada la película —Un corazón demasiado grande de Eider Rodríguez— para abrir el melón de los procesos paliativos y lo importante que es el cuidado en estas últimas fases —y también siempre—; así lo expresa uno de sus personajes: «tú te estás cuidando ¿verdad? Prométeme que lo vas a hacer… Tienes a alguien que te cuide ¿no?».
Y parece ser que el cuidarse se refleja y viaja como el sol lo hace entre dos frentes tras el cristal de la ventanilla de un coche. O eso entiende Daniela Cajías, recurrente directora de fotografía de proyectos como este cuyo trabajo es sublime. Porque para ella, el cuidado, la fraternidad y el amor surgen de la luz. Nabokov expresaba que «nuestra existencia es una breve rendija de luz entre dos eternidades de tinieblas» y parece ser que en esa grieta es donde se ubica el uso de esta tras la lente de la cámara. El cuidado de los reflejos, los destellos en los rostros de los personajes y el saber usar la oscuridad cuando el relato lo requiere son las bases de un trabajo que rezuma sensibilidad. De hecho, hay una escena donde son esos periodos donde las nubes y el sol, que se turnan, van hablando por los personajes, quienes no articulan una sola palabra —¡qué genialidad!—.
Fotogramas que nacen con el fin de conmover —como bien decía antes—, de expresar que la existencia, el regalo de esta y poder compartirla con quien amamos, es un espacio iluminado. También en la muerte, esa que copa el final de un túnel y que según algunas mitologías lleva hacia el más allá es igual de válida. La luz siempre está presente y aunque a veces el quererse a oscuras es romántico e íntimo, amar con las bombillas de casa encendidas —dejando atrás las sombras— es un acto de valentía y humanidad.
Aún quedan muchos tabúes sobre la muerte que romper, muchas puertas que atravesar para dejar de huir de lo que a todos nos va a llegar algún día. Pero mientras tanto, y hasta que divisemos aquella luz al final del túnel, nos queda vivir y seguir comprendiendo. Seguir abrazando el dolor. Los destellos indaga en la particularidad de buscar en la luz a los que se van marchando y a los que ya se fueron.

