Black Phone
Te llama Papá

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Scott Derrickson
Guion: C. Robert Cargill, Scott Derrickson (Historia original: Joe Hill)
Título original: The Black Phone
Género: Terror. Thriller. Fantástico
Productora: Blumhouse Productions, Universal Pictures, Crooked Highway
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Edición: Frédéric Thoraval
Música: Mark Korven
Reparto: Ethan Hawke, Mason Thames, Jeremy Davies, James Ransone, Madeleine McGraw, E. Roger Mitchell, Andrew Farmer, Kellan Rhude, Rocco Poveromo, Troy Rudeseal, Michael Banks Repeta, Miguel Cazarez Mora, Rebecca Clarke
Duración: 102 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Scott Derrickson
Guion: C. Robert Cargill, Scott Derrickson (Historia original: Joe Hill)
Título original: The Black Phone
Género: Terror. Thriller. Fantástico
Productora: Blumhouse Productions, Universal Pictures, Crooked Highway
Fotografía: Brett Jutkiewicz
Edición: Frédéric Thoraval
Música: Mark Korven
Reparto: Ethan Hawke, Mason Thames, Jeremy Davies, James Ransone, Madeleine McGraw, E. Roger Mitchell, Andrew Farmer, Kellan Rhude, Rocco Poveromo, Troy Rudeseal, Michael Banks Repeta, Miguel Cazarez Mora, Rebecca Clarke
Duración: 102 minutos

La película de Scott Derrickson, basada en el cuento de Joe Hill, nos aproxima a una visión de la infancia teñida de un crudo granate aportado por la innegable presencia de la violencia cotidiana ante la que solo se puede responder madurando.

«Debe acomplejar tener un padre así».

Es una reflexión que a más de uno se le puede pasar por la cabeza después de ver Black Phone (2021), la nueva película de Scott Derrickson para la casa Blumhouse. Motivos, realmente, hay de sobra y solo con pararnos unos segundos a pensar, las múltiples vías para llegar a esa relación paternofilial incómoda quedarían expuestas casi por sí solas. Empezando por la más obvia de todas: Finney, el niño protagonista de esta obra, tiene un padre no demasiado ejemplar. Viudo, distante, cómo no, alcohólico y por suerte, algo ausente. Cada palabra fea y cada acto —de rebeldía o de honor, eso da igual— por parte de sus hijos hace que la hebilla de su cinturón se desabroche casi de forma refleja y después de eso, toca lo que toca. Como si el pobre Finney no recibiese ya suficientes palizas en el instituto… Pero tampoco se puede permitir el lujo de decaer, más aún con una hermana de la que sentirse responsable y los millones de carteles de chavales desaparecidos que han ido empapelando su barrio.

Como veis, Derrickson no se anda con florituras al narrar la crudeza de esta infancia. Porque quien más, quien menos, todos hemos tenido una niñez bastante más cruda que la que nos ha ofrecido Hollywood por defecto y la de Derrickson no fue la excepción. El protagonismo de la violencia en la infancia tiene su aquel porque si bien es algo terrorífico y desagradable cuando queda plenamente expuesto al público, hay ciertos detalles que por habituales o por resultar casi una constante en nuestras vidas se normalizan con el tiempo y tiñen de una turbidez granate la inmaculada visión de los niños. Dicha visión sórdida pero realista es en la que quiere incidir —y en realidad casi siempre ha incidido— Derrickson con esta obra. Más aún después de haber tenido que renunciar a la dirección de la secuela de Dr. Strange (Doctor Extraño) (Scott Derrickson, 2016), otra obra en la que, según refiere, también pudo poner bastante de sí mismo. No sabemos pues si Black Phone es fruto directo del despecho, pero sin duda fue concebida tras la pérdida de un «hijo fílmico», y eso siempre lleva asociadas algunas expectativas.

Aunque si hay alguien que haya llevado la marca indeleble de unas expectativas casi inalcanzables desde el primer momento en que se enfrentó al mundo, ese es Joe Hill. Para los que no estén familiarizados con este nombre, diremos que Hill se ha dedicado casi exclusivamente al arte de la escritura, especializándose fundamentalmente en ciencia-ficción, fantasía y terror. Obras suyas son la novela Horns (2010), la saga de comics Locke & Key (2008-2013) —que actualmente ha cobrado más popularidad gracias a la serie que ha perpetrado Netflix— o el cuento que adapta la película que hoy nos atañe: The Black Phone (2005). No nos engañemos, cuando uno se enfrenta a una obra como esta es casi imposible no tener una sensación de déjà vu: un enfoque cercano y nada condescendiente de la visión de un niño. Los terrores infantiles como reflejo de la crudeza de un mundo que solo te ofrecerá sus manos para abofetearte. El imaginario fantástico puesto a disposición de la construcción de pesadillas para todas las edades… Van pasando los minutos de metraje y tu mente sin comerlo ni beberlo se retrotrae a aquel verano que pasaste acompañado por esa banda de niños atormentados por los globos rojos de la amenaza que moraba en las alcantarillas de su pueblo. O a los que juntos descubrieron un cadáver en mitad del bosque. O a aquel chaval que pedaleaba por los pasillos del Overlook y sus moquetas estampadas. Hay muchos puntos en común. Y por eso, cuando se acaba la película, coges el móvil, buscas el nombre del guionista en internet y entonces toda cuadra. Porque el apellido de Joe Hill no es realmente Hill y el de su padre era el que estaba estampado en la portada de aquel libro sobre Derry y su terrorífico payaso, entre otros tantísimos de nuestras estanterías.

Busca hacer de una experiencia extraordinaria algo común y fácilmente identificable para el espectador, a base de incidir en nuestros terrores comunes y nuestras aspiraciones.

Como decíamos, debe acomplejar tener un padre así. Más que nada porque, sobre el papel, Black Phone es una obra de verdadera calidad. Por un lado, se nota que Hill tiene empeño en construir algo simple pero efectivo, que cimente el terror sobre una base realista y cotidiana más que en la fantasía de lo siniestro (que en realidad usa para dar presencia a su relato). Que busca hacer de una experiencia extraordinaria y sobrenatural algo común y fácilmente identificable para el espectador, a base de incidir en nuestros terrores comunes y nuestras aspiraciones por defecto. Y además, trata que su historia cale resaltando la faceta oscura de lo aparentemente ingenuo, que cuando se desvela, siempre acaba sorprendiendo. Por otro lado, Derrickson —y también su guionista de confianza C. Robert Cargill— procuran que el espíritu de este relato no se pierda por el camino y en su trabajo no solo lo manejan como es debido, sino que lo expanden y les dan entidad y carisma a sus personajes. Sería impensable no hacer mención a las interpretaciones primerizas pero no por ello descuidadas de Mason Thames y Madeleine McGraw que hacen honor a un guion que sabe escribir maravillosamente a los niños. A destacar esas escenas en las que la pequeña Gwen habla directamente con Jesús. Luego, deciden curtir a estos pobres chavales introduciéndoles en ambientes poblados por amenazas como El Captor. De cabellos largos, chistera y globos negros (por variar) Ethan Hawke —colaborador de confianza de Derrickson– no se excede en los manierismos y exageraciones que podrían sugerir el papel y se ciñe a las expresiones siniestras que ya aportan sus múltiples máscaras; sin embargo, hemos de decir que su personaje quizá quede un tanto más desdibujado y en segundo plano de lo esperado, intuimos que, en pos de un mayor desarrollo de los protagonistas infantes.

Para rematar la tarea, el director hace de esta obra algo más que una mera traslación literal del cuento escrito, al decidir jugar con distintos tipos de grabaciones con una intención puramente narrativa. Esto es, a la hora de evocar recuerdos, premoniciones o visiones, se decanta por usar imágenes rodadas en un formato similar al de una Super-8: granulado, añejo, nostálgico y con la estabilidad de imagen propia de la cámara en mano. Un detalle sutil con el que ya había experimentado Derrickson en Sinister (Scott Derrickson, 2012), donde cobraba aún más entidad narrativa y remarcaba ese toque de veracidad que da sentido a la frase «basada en hechos reales».

Más allá de todos estos experimentos y trabajos concienzudos, es innegable que Black Phone pretende —y en nuestra opinión también consigue— transmitir un mensaje. Lo cual no es poco para esta clase de producciones. Y resulta terriblemente irónico ver cómo este mensaje habla de enfrentarnos a nuestros miedos, de crecer, de pasar a tomar las riendas de nuestra vida, de no callarnos ante las injusticias, de dejar de ser Fulanito para pasar a ser Fulano. En definitiva, de la maduración de uno mismo. Y decimos que es irónico porque, aunque en teoría consigue hablarnos de todo eso, en el fondo sabemos que Stephen KingPapá— hace ya unos años también lo hizo. Y para nuestra desgracia, lo hizo infinitamente mejor. Sin embargo, eso tampoco detiene el espíritu de estos creadores que, aunque lastrados por el complejo de inferioridad de unos precedentes inalcanzables, los intentan alcanzar con todas sus fuerzas. ¿Y qué es eso sino una gran muestra de madurez?

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