Revista Cintilatio
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Amistad y cine

Seis ejemplos en la historia del cine de siempre
Amistad y cine
Un recorrido por seis películas que muestran la amistad en distintas épocas y estilos, desde los clásicos de los sesenta hasta propuestas recientes, explorando cómo el cine refleja y transforma este vínculo humano.
Por Daniel González Irala | 8 octubre, 2025 | Tiempo de lectura: 17 minutos

Creo que era David Trueba quien decía en una de sus primeras novelas que la amistad es como encender una cerilla e intentar que el fuego no te queme los dedos mientras se va consumiendo.

Hemos elegido esta vez, para este arbitrario listado de filmes para nosotros siempre recurrente, seis películas que nos siguen haciendo gozar del cine en el sentido más amplio del término. Divididos en tres bloques, recorremos los sesenta con dos grandes filmes de factura y rasgo clásico (nobleza obliga), para pasar directamente a los noventa (comienza la ironía) y terminar con otros dos filmes de ya bien entrado el milenio (luchando contra el autosabotaje) que, en realidad, no cierran ningún círculo. La idea es mostrar no solo la manera en que hemos evolucionado hasta hoy, sino dejar entrever cómo hay elementos que, por avatares sociales, vitales o de tendencia, marcan su marchamo. Ordenadas en estricta fecha de estreno en cines y/o plataformas, deseamos que la selección sea de su agrado.

Años 60: Nobleza obliga

En bandeja de plata (Billy Wilder, 1966)

País: Estados Unidos | Año: 1966 | Dirección: Billy Wilder | Guion: Billy Wilder, I.A.L. Diamond | Título original: The Fortune Cookie | Género: Comedia | Productora: United Artists | Fotografía: Joseph LaShelle | Edición: Daniel Mandell | Música: Andre Previn | Reparto: Jack Lemmon, Walter Matthau, Ron Rich, Cliff Osmond | Duración: 125 minutos | ★★★★★

Corría el año 1993 cuando el madrileño Fernando Trueba, al recoger el Óscar a la mejor película extranjera por Belle Époque, dedicó su premio al que entonces consideró el dios de Hollywood de todos los tiempos: Billy Wilder. Afincado allí durante su infancia y primera juventud, Wilder era austríaco y perteneció por derecho propio, lo diga Trueba o no, a toda una legión de hombres de cine europeos que se vio obligada a emigrar a Estados Unidos debido a la Segunda Guerra Mundial para poder trabajar, ya fuera en el cine o incluso en trabajos peor pagados para poder sobrevivir. A este respecto, a Wilder, más que a Ford o Hitchcock, se le quiere aún mucho en España, lo que según ciertos críticos se debe, sobre todo, a razones ideológicas o a cuestiones vinculadas al tipo de cine que se hace aquí desde la Transición democrática a nuestros días. También se habló mucho en su día de que, al menos, Trueba hizo uno de sus homenajes más sentidos cuando el ahora finado (desde 2002) todavía vivía.

En bandeja de plata (1966) pertenece a un estilo que podríamos definir como propio dentro del mundo de su autor. Obedece a un esquema dramático que el cineasta y productor explotó desde diferentes géneros (recordemos, por ejemplo, el noir Perdición): mostrar la progresiva pérdida de dignidad del protagonista ante las circunstancias, dando igual, finalmente, si consigue sus propósitos o no. Y es que el tema de la dignidad (o su pérdida) en los filmes de Wilder es una constante, siendo quizás el mejor ejemplo de ello El apartamento, protagonizada igualmente por Jack Lemmon.

Pero, por encima de cualquier otra consideración, En bandeja de plata es una película sobre la bondad y el amor al deporte (en este caso, el fútbol americano) que queda patente a través de la relación entre Harry Hinkle y Boum-Boum. Esta subtrama de amistad es tan o más potente que la obsesión sempiterna de su autor por hacer caer en desgracia a sus criaturas. El hecho de que el tierno jugador que, en un principio, lo derriba sienta compasión por él hace que el espectador quede algo más reconfortado con la condición humana tras ver el capítulo 16 de esta película, consiguiendo un happy endverdadero y auténtico tras vivir catorce episodios de la farsa canallesca que el cuñado del primero —inteligentísimo abogado que considera a Abraham Lincoln poco menos que un charlatán y conocido en las compañías de seguros como «El Implacable»— pergeña con astucia y algún rapto de teatralidad, Walter Matthau.

El guion de I. A. L. Diamond es, en este sentido, como un mecanismo de relojería, con precisión en los subtextos y astucia en los diálogos, de tal manera que funciona no solo para el gran público, sino escena a escena. Momentos como la secuencia en que los expertos médicos no quieren dar su brazo a torcer («El nido de las serpientes») o el referido al planteamiento, nudo y desenlace de «El proyecto Gemini», donde están implicados un extraño detective privado —considerado por sus jefes como el mejor de Cleveland— y su ayudante, uno de esos secundarios de lujo que pide no ser despertado en su ratito de asueto hasta que lleguen figuradamente a la Patagonia, resultan míticos en cuanto no solo a la historia del medio, sino del entretenimiento en general.

Con una estupenda música de André Previn y fotografía en blanco y negro de Joseph LaShelle, el filme ganó el Óscar al mejor actor secundario (Walter Matthau), propiciador de todo el embrollo, obteniendo cuatro nominaciones previas, así como la nominación —que no llegó a materializarse— al mismo intérprete de Willie Gingrich como mejor actor de comedia. A pesar de Primera plana o Aquí, un amigo (o, con su permiso, otras), la película es anterior a su éxito cumbre en España, pues si estos cómicos empezaron a ser seguidos aquí con tanta fruición fue gracias a una película posterior, de 1968, dirigida por Gene Saks y con guion de Neil Simon, La extraña pareja, en la que ambos lucían su talento ya en Technicolor. Sobre el oportunismo o sentido de la oportunidad de ellos frente al —con el cabo del tiempo y el reposo— quizás más prestigiado del tándem Wilder-Diamond, tampoco conviene insistir.

Sí añadir, con cierta nostalgia, cómo el amor al dinero que tienen hoy algunos de nuestros deportistas más prestigiados está tan alejado del espíritu de estas películas como el afán mismo de hacer cine o industria, quizás porque de la necesidad hacían virtud, o porque hablaban directa y sin tapujos de estos temas, sin necesidad de disfrazarlos y sabiendo que eran eso: sueños que podrían o no convertirse en realidad. Jack Lemmon, una vez más y gracias a la mano del genial director vienés, realizó en esta comedia con tintes de farsa no solo un gran trabajo actoral, sino que, a través de su personaje y carácter, nos transmitió toda una lección de deportividad y amistad.

La extraña pareja (Gene Saks, 1968)

País: Estados Unidos | Año: 1968 | Dirección: Gene Saks | Guion: Neil Simon (Obra: Neil Simon) | Título original: The Odd Couple | Género: Comedia | Productora: Paramount Pictures | Fotografía: Robert B. Hauser | Edición: Frank Bracht | Música: Neal Hefti | Reparto: Jack Lemmon, Walter Matthau, John Fiedler, Herb Edelman | Duración: 105 minutos | ★★★★★

Escrita tanto para la gran pantalla como para las tablas teatrales por Marvin Neil Simon —dramaturgo que falleció en 2018 de neumonía tras una prolífica carrera (llegó a tener cuatro producciones presentándose al mismo tiempo en Broadway)—, se trata de una ágil y física comedia que Gene Saks (también desaparecido por la misma causa en 2015, y director de Descalzos en el parque o Flor de cactus) convirtió en prodigio visual —es increíble cómo Wilder bebía y bebió de este tipo de producciones necesariamente— y en éxito comercial sin precedentes en su día, adelantándose ambos en cuanto a formato para posibles adaptaciones también televisivas, a la sitcom o comedia de situación. A su vez, y como el filme se ha gastado ya mucho, a pesar de que sigue sorprendiendo y de que no ha envejecido nada mal (salvo por cierta música sesentera con la que, desde la ironía, se va fraguando ese «podría ser peor» tan propio de las comedias norteamericanas de la época).

La premisa parte de un personaje (Félix, Jack Lemmon) que se quiere suicidar tirándose del noveno piso de un hotelucho, pero una contractura en el hombro y su ciática se lo impiden. El motivo por el que quiere desaparecer es que su esposa Frances le ha pedido el divorcio y que se separe, cada vez más, de sus amados hijos. Afortunadamente, Félix tiene un amigo (Óscar, Walter Matthau) con el que suele quedar para jugar al póker con otras cuatro personas (dos divorciados y dos felizmente casados). Se empiezan, como vemos, a utilizar secundarios —algunos de ellos de lujo, como Murray (interpretado por Herb Edelman) o Roy (por David Sheiner)— que irán poco a poco haciendo nuestras delicias en la pantalla. Hace mucho calor y el piso de ocho habitaciones de Óscar es una cochiquera. El espectáculo, pues, está servido.

Ágil, precisa y física en su guion contenido, aquí Matthau muestra un lado tierno irresistible que, sin quitar protagonismo a Lemmon como personaje, pasa de mostrarnos a un mastuerzo redactor de retransmisiones deportivas (Félix también es periodista, de ahí quizás que se conozcan) a un tipo sensible y apocado por una maldición inane o simple que su nuevo compañero de piso le hace. Nominada dos veces al Óscar —también por el montaje (además del guion) de Frank Bracht (Una cara con ángel, Navidades blancas)—, fue tratada por la crítica, quizás, demasiado bienintencionadamente para la época, destacando como joya la frase que le dedicó Tom Milne en Time Out: «Un irresistible doble acto de Lemmon y Matthau». Lo que quizás más ralentice la sensación de que aún estamos ante un clásico —por otro lado, mil veces revisitado después— instantáneo es la fotografía en Technicolor de Robert B. Hauser, cuyo look visual nos acerca más a futuras sitcomsque, veinte años más tarde, empezarían a hacerse a mansalva y que la defenestraron en un olvido injusto con el tiempo.

Años 90: Comienza la ironía

Los amigos de Peter (Kenneth Branagh, 1992)

País: Reino Unido | Año: 1992 | Dirección: Kenneth Branagh | Guion: Rita Rudner, Martin Bergman | Título original: Peter's Friends | Género: Drama. Comedia | Productora: Samuel Goldwyn Company, Renaissance Films | Fotografía: Roger Lanser | Edición: Andrew Marcus | Reparto: Emma Thompson, Kenneth Branagh, Hugh Laurie, Stephen Fry | Duración: 102 minutos | ★★★★★

Tercera película de Kenneth Branagh tras Enrique V y Morir todavía. Debemos decir de su director y productor que sigue siendo uno de los grandes adaptadores de Shakespeare al medio audiovisual. La película en cuestión tiene ribetes cómicos y de farsa, si bien acaba siendo un melodrama al más puro estilo del último Woody Allen (de hecho, el personaje que él mismo interpreta, Andrew, recuerda poderosamente al de Celebrity, Lee Simon) y consigue hacernos llorar y reír a partes iguales.

El arco temporal se extiende de 1982 a 1992. Branagh director, gracias también a la colaboración en guion de Rita Rudner y Martin Bergman, nos cuenta media historia noticiada desde un principio —desde los gobiernos ultraliberales de Margaret Thatcher a la polémica publicación de Los versos satánicos, de Salman Rushdie—. Han pasado diez años desde que este grupo de amigos hacía bolos de canciones populares en garitos para la tercera edad londinense. Entre ellos sigue habiendo amistad, pero también recelos, cinismo y vergüenza por el paso de algunas vidas. Todo ha cambiado, a pesar de que todo podría parecer que sigue igual; a partir de esta premisa, la historia establece un feroz y a la vez atractivo baile de máscaras entre los diferentes personajes.

El tema de la muerte aparece casi desde el principio a través de una pareja y un novio ausente que, a pesar de escribir libros de autoayuda, acabó suicidándose. De esta forma, la pareja formada por Hugh Laurie (Roger, un publicitario que compone jingles*) e Imelda Staunton (Mary) perdió a uno de sus hijos gemelos en un accidente, y la buena de Maggie(Emma Thompson) —trabaja de editora— perdió a su novio por las razones ya descritas. Asimismo, desapareció el probo padre de Peter (Stephen Fry) de muerte natural. Otros personajes de enjundia son Vera (Phyllida Law), que será quien haga más llevadera la vida del protagonista; la, en principio, promiscua Sarah (Alphonsia Emmanuel), que convive con un novio más bruto que un saco de martillos.

Como en Beautiful Girls, se utiliza la banda sonora con canciones pop de la época (Tina Turner, Tears for Fears, Cyndi Lauper, Bruce Springsteen o Pretenders son solo algunos de los artistas —algunos versionados— invitados) para entrar en situación, usando y, a veces, abusando de ellas a nivel de montaje (buen trabajo de Andrew Marcus y su equipo), lo que ya en su día hizo que la película perdiera algo de frescura. Aun así, hoy conserva bastante del encanto inicial, y, sobre todo, de la frescura tanto en los diálogos como en las interpretaciones.

Por otra parte, el personaje del jardinero aficionado a Top Gun permite sostener las relaciones amistosas entre un grupo de amigos para que no se diluyan los elementos extraños de su personalidad. La fotografía de Roger Lanser y el vestuario de Susan Coates son, a su vez, dentro de los departamentos más técnicos, especialmente meritorios. La crítica nacional e internacional se mostró dividida a este respecto, siendo calificada por unos de empalagosa y por otros de lúcida. Puede ser interesante observar cómo entre Thompson y Branagh existe cierto distanciamiento. Este hecho es premeditado, ya que ambos actores se estaban separando matrimonialmente en la vida real, algo que es aprovechado por su director y personaje para potenciar lo trágico que, para cada uno de ellos, pudiera tener el reencuentro.

Beautiful Girls (Ted Demme, 1996)

País: Estados Unidos | Año: 1996 | Dirección: Ted Demme | Guion: Scott Rosenberg | Título original: Beautiful Girls | Género: Drama. Comedia. Romance | Productora: Woods Entertainment, Miramax | Fotografía: Adam Kimmel | Edición: Jeffrey Wolf | Música: David A. Stewart | Reparto: Timothy Hutton, Uma Thurman, Matt Dillon, Natalie Portman | Duración: 113 minutos | ★★★★★

Es increíble lo que pueden suponer los nuevos tiempos para las viejas obras de arte como esta, que aguantó las primeras olas de pandemia a pesar de ser los polémicos hermanos Weinstein sus productores ejecutivos. El motivo de que haya pasado solo al mercado del alquiler parece ser la defensa pública y exagerada que hizo uno de sus actores, Michael Rapaport (Paul Kirkwood), de Israel recientemente ante la guerra de Gaza; es cierto que el actor pecó de inmisericorde con las víctimas de este conflicto ya humanitario que todos los días nos abre las carnes en el peor sentido.

Dicho esto, la película fue dirigida y rodada con prestancia en un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra por Ted Demme —cuya última película, Blow, protagonizó Penélope Cruz—, un realizador aparentemente del montón que logró con ella un blockbuster al más puro estilo de los 80 y un hito generacional entre veinte y treintañeros que aún se recuerda con nostalgia y cariño. El filme, muy bien dialogado gracias a Scott Rosenberg (Jumanji, Con Air), es cine del que ya no se hace y se encuentra en la estela de lo que supuso American Graffiti, pero sin solución de continuidad. Ya que resaltamos su guion, debemos decir que es una película en torno a la amistad y a cómo los líos de faldas en un lugar pequeño, remoto y donde parece que se ha parado el tiempo siembran más de un quebradero de cabeza. Todo empieza cuando Willie Conway (Timothy Hutton) decide viajar al terruño con el poco dinero que le queda ganado como pianista en horas bajas en Nueva York. Allí se encontrará con Mo (Noah Emmerich), que tiene ya dos niños; Tommy (Matt Dillon), que no consigue aclararse sentimentalmente entre Sharon (Mira Sorvino) y Darian (Lauren Holly), pintada desde fuera como una víbora; y el descerebrado y borracho Paul, que aún presume de inmadurez, pero que es tierno y sensible a su modo. Todo se hace aún más intenso cuando aparece por el pub que frecuentan Andera, una cosmopolita publicista de Chicago que cautiva a propios y extraños, como también lo hace una jovencísima Marty (Natalie Portman), muy madura para su edad, por quien Willie sentirá celos de un primer novio que, como vecina de su padre, le acompaña en sus primeros escarceos. Hay que decir que Marty es, como se dice hoy, una niña con altas capacidades.

La fotografía de Adam Kimmel (Truman Capote) sabe sacar provecho de lo granuloso del formato químico gracias también a la nieve, que es como un personaje más de la película, y el montaje de Jeffrey Wolf logra condensar la acción dramática para que todo dure lo justo y necesario. Con este plantel de actores de la época, ni que decir tiene que la labor de casting de Margery Simkin (Avatar) fue más que fundamental, así como una banda sonora que cerraba un ciclo con temas —entre otros muchos— de Pete Droge and the Sinners o los clásicos de Neil Diamond, sin olvidarnos del referenciado Morrissey de The Smiths.

Nuevo milenio: Huyendo del autosabotaje

Truman (Cesc Gay, 2015)

País: España | Año: 2015 | Dirección: Cesc Gay | Guion: Cesc Gay, Tomàs Aragay | Título original: Truman | Género: Drama. Comedia | Productora: Imposible Films, Trumanfilm, BD Cine, Canal+ España, Televisión de Galicia (TVG), Televisión de Galicia (TVG), Telefé | Fotografía: Andreu Rebés | Edición: Pablo Barbieri Carrera | Música: Nico Cota, Toti Soler | Reparto: Javier Cámara, Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Àlex Brendemühl | Duración: 108 minutos | ★★★★★

El realizador y guionista barcelonés Cesc Gay, autor asimismo de las brillantes Krámpack o Ficción, consiguió en esta producción aunar a dos grandes talentos actorales que llenan la pantalla: Javier Cámara y Ricardo Darín. Es una película intimista, tierna y sencilla que sabe, además, utilizar el amor por las mascotas para hacer aflorar lo bueno y lo malo de cada uno de ellos.

Con ayuda en el guion de Tomás Aragay, habitual colaborador del mentado director, narra la visita desde Canadá de Tomás (Cámara) a Julián (Darín), un actor de teatro que pasa sus últimos días en Madrid aquejado de una de esas últimas y devastadoras enfermedades de nuestro tiempo. Ambos son amigos desde la infancia y Tomás ha llegado desde tan lejos solo para hacerse compañía: Tomás desde su habitación de hotel y Julián desde su destartalada casa. Tal y como recíprocamente se definen el uno al otro, Julián es un actor carismático y valiente que interpreta al personaje de Valmonten un montaje de Las amistades peligrosas; Tomás es un tipo generoso y prudente. Lejos de destruir su relación, el vínculo de reciprocidad quedará unido por sucesivos elementos vitales de importancia, que, escénicamente, son mínimos.

La historia, que recorremos como si de un pedazo de literatura filmada se tratase, en capítulos cortos, se convierte gracias a una línea de diálogo de Darín («Tiene sentido») en un perfecto mecanismo de relojería que permite que veamos la película, igualmente, como un cuento moral. Aparte de estos dos grandes gigantes escénicos que saben dialogar y mantenerse en silencio como nadie (las miradas contenidas de felicidad y tristeza de Cámara son para enmarcar), el filme cuenta con una buena cantidad de secundarios entre los que destacan Dolores Fonzi —interpreta a Paula, actual novia de Julián—, Àlex Brendemühl, Pedro Casablanc, Eduard Fernández o Elvira Mínguez.

En el guion escrito al alimón por ambos cineastas existe un momento clave por el que el espectador se da cuenta de que la tarea del contador de historias es la de tomar decisiones irrevocables que condicionan el devenir futuro. Este momento —que todos sabemos cuál es— hace, en este caso, que se tenga que elegir entre vivir y/o morir, y, en este sentido, es trascendental. También lo son otros, en diferente sentido, como, por ejemplo, aquel en que ambos protagonistas viajan a Ámsterdam. En cuanto a los departamentos técnicos más sobresalientes de la película, están la dirección de casting de Irene Montcada, el vestuario de Anna Güell y el maquillaje —fundamental en Julián— de Rosa Ferré Vico. El tratamiento de los personajes desde la amabilidad hizo que la crítica reconociera estos valores, desde su justa profundidad, casi por unanimidad. Asimismo, el filme cosechó una enormidad de galardones tanto en España como en Europa (Italia lo conmemoró especialmente) e Iberoamérica, siendo ganadora con honores en las menciones de mejor dirección y película, actor principal, actor y actriz de reparto y guion.

Las ocho montañas (Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, 2022)

País: Italia | Año: 2022 | Dirección: Felix Van Groeningen, Charlotte Vandermeersch | Guion: Felix Van Groeningen, Charlotte Vandermeersch (Novela: Paolo Cognetti) | Título original: Le otto montagne | Género: Drama | Productora: Wildside, Menuet Producties, Rufus, Pyramide Productions | Fotografía: Ruben Impens | Edición: Nico Leunen | Música: Daniel Norgren | Reparto: Luca Marinelli, Alessandro Borghi, Filippo Timi, Elena Lietti | Duración: 147 minutos | ★★★★☆

Contada de una manera muy dulce, con tempo lento y muy al ralentí, constituyó una agradable novedad de 2022 para las plataformas de streaming, desde las que se estrenó directamente en muchos países. El tono utilizado es extraño porque mezcla el documental —o falso documental— con la voz en off de uno de los protagonistas, que, hasta que no llega el final, no cobra todo su sentido. Narra la biografía vital de Pietro y Bruno, dos niños (chicos y, finalmente, hombres) que conviven durante sus vidas y cultivan, a pesar de que ambos tienen padres difíciles en diferentes momentos que les separan, siempre ubicados —según parece— en una zona montañosa italiana cercana a los Alpes. En un momento dado de la historia y cuando las circunstancias les convierten en disímiles, ellos luchan por esa amistad construyendo la que será morada de Bruno.

A pesar de ser una producción italiana, la dirección —sutilísima en este sentido— está realizada por dos directores belgas, Felix van Groeningen y Charlotte Vandermeersch, no muy conocidos, que seguramente quisieron aprender de maestros como De Sica a dirigir actores a los que, al menos, no estaban acostumbrados. Basada en una novela de Paolo Cognetti, quizás aquí encontremos, si la hay, alguna falla cultural que la convierte ya hoy —y a pesar de la sangre caliente italiana— en algo más fría de lo normal, debido a la utilización premeditada de estos ambientes como elementos semánticos y de imagen muy poderosos. Se empieza a tratar el tema del cambio climático y las zonas deshabitadas del planeta con profundidad, gusto por la naturaleza —y, en concreto, la ganadería— y, como decía, reposo.

Lupo Barbiero (Pietro, ese chico que acabará siendo de ciudad) y Cristiano Sassella (Bruno) se conocerán en casa del primero gracias a la madre de aquel, cuando le invita a desayunar. Con un departamento de arte llevado por Alessio Anzini, con solvencia en su concepto, imaginamos que las dificultades del rodaje serían muchas, debido no solo a las inclemencias con la nieve. La fotografía de Ruben Impens —que hizo un trabajo notable también en capítulos de Black Mirror— obra el milagro de saber coordinarse con la dirección ante las dificultades, y de ahí, además, extraer belleza (el plano final de los cuervos es tan terrorífico como tierno). Ese mismo año 2022 cosechó el Premio del Jurado en Cannes, la mejor fotografía en la Seminci de Valladolid, así como en los premios de la academia italiana, española y catalana (Premios Gaudí) de la cinematografía.

Unánimemente aplaudida por la crítica española —solo Elsa Fernández-Santos puso algún pero—, la veracidad de los actores —que daban tan bien para cada momento en pantalla, sobre todo por su naturalidad en los juegos infantiles, las conversaciones entre ellos jóvenes y la complicidad de más adultos— la convierte en un trabajo talentoso y más que meritorio. Se agradece igualmente la presencia del actor Francesco Palombelli, que interpreta al Bruno adolescente, así como los Pietro y Bruno de adultos, actores no tan visibles como pudiera parecer en las fichas consultadas.