Feroz presenta: Maricón perdido
| «Quiero ver roles de mujeres que hayan escuchado a Candela»

Zaragoza está siendo enclave de los Feroz. La visitan Candela Peña y Bob Pop, con su serie multinominada y autobiográfica. Ellos y su tragicomedia con toques de musical fantástico son una reivindicación LGTBQ+ y humana tristemente necesaria en la ciudad.

Fuente de carcajadas ininterrumpidas, con una falta total de pelos en la lengua y una contundencia más que aplastante —y que aplaudible—  cuando se trata de pronunciarse en sus principios, de los que siempre sale tan impregnado todo proyecto artístico con el que se implican, que los dota de un carisma sin par: Bob Pop y Candela Peña, cada cual a su aire son, sin duda, de las personas más divertidas y queridas de la escena audiovisual española. Pero es que, juntas son la bomba, además de una bocanada de aire fresco en una ciudad que, recientemente, está viendo tan vulnerados —y tan constantemente— los derechos LGTBQ+ como Zaragoza. Maricón perdido (Bob Pop, 2021) se presenta en el Auditorio de la misma, actual sede de los Premios Feroz, que han otorgado tres nominaciones a la serie. Tras el visionado de los dos primeros capítulos, Mariola Cubells intenta moderar —si es que eso es posible con personajes tan espontáneos, naturales e imprevisibles— un interesantísimo coloquio con este par de titanes del jolgorio y la irreverencia. El resultado es tan desternillante como reconfortante en humanidad y valores, y muy revelador de factores clave del proceso creativo. Como cuánto pueden aportar los intérpretes a la narrativa; hasta qué punto nutre la peculiar manera de ser y enfoque personal de Candela Peña a su versión de la madre que aniquilaría los sueños del niño y joven Roberto Enríquez. Y eso que producción se hartó de llamarla y recibir el rechazo de este torbellino de actriz, incapaz de estar dos minutos sentada, galopando su propia energía, alegría y pasión. Escéptica de estar siendo convocada para una serie de su amado amigo, no entendía por qué no la llamaba directamente él por teléfono. Arremete contra la pesadez e insistencia de esos aparentes desconocidos: «¡No me seáis jartibles!». Por eso —ríe— le negó tres veces como al Cristo. Y el creador «no quería llamarla por no condicionarla. Quería que ella escogiera libremente si aceptar el papel de la madre, sin chantaje emocional», a lo que ella pide comprensión: «hay gente que inventa muchísimas cosas; te dicen “soy amigo de Madonna“». La moderadora enarca una ceja: esta no era la versión que a ella le había llegado: «me habías dicho que aceptó cuando supo que había dinero», y Bob Pop espeta: «nunca voy a contar la misma respuesta a esa pregunta porque respeto la profesión periodística». Y se queda tan ancho. Ovación.

Candela Peña, Bob Pop y Mariola Cubells durante el coloquio | Fotografía: Ignacio Romanos

Esa brava que inicialmente se negaba a encarnar a la engendradora, nos narra cómo se entusiasmó con la estética y rasgos de personalidad esperpénticos de una mujer que se le antojaba un divertido sabotaje a lo que querían que hiciera. No contaba con que al hijo le gusta más una caricatura que a un tonto un lápiz. El idiolecto y el acento creados por la actriz —que incorpora necesariamente fraseología de la saga Enríquez-Higueras— corrió como la pólvora entre el equipo de rodaje, contagioso como el chiquitistaní de Gregorio Esteban Sánchez Fernández en los años noventa. Berto Romero —primer lector del guion, después del marido del cineasta— llegó a espetarle a Peña: «¿Pero por qué de todas las madres posibles escoges hacer… ¡esto!?». En toda esa hiperactividad y guasa nace, en realidad, un trabajo conceptual, psicológico y de caracterización que potencia el resultado final de un producto que encandila. «Candela me cuenta a mí», dice Pop. Ya se lo dijo la Coixet cuando le pidió que ella escribiera el guion: «¿Estás loca? ¡Cuéntate tú! Que vas a odiar a los guionistas», así que el combo final ha sido el ideal. La voz tras la reinventada madre y las dos edades del protagonista (Gabriel Sánchez y Carlos González) es conmovedora sin ser lacrimógena ni pastel. Es la de quien ha vivido verdaderas y brutales injusticias, pero lleva la frente alta y se resiste a que haya lágrimas en su autorretrato, aun narrando experiencias terroríficas como el haber sido víctima de una violación. El público de Late motiv recordará el momento en que compartió ese horror, con la intención expresa de solidarizarse con la superviviente de la «Manada», cuya vida estaba siendo juzgada a machete —revictimizada— por el circo mediático y «forocochero». Y dejó, como de costumbre, algunas frases lapidarias, de las que remueven conciencias. El guionista alega que usar el propio llanto hubiera sido un recurso demasiado fácil: «¿cómo me voy a poner quejicoso con el privilegio que tengo de poder contar esto?». Pues eso: suban la música. Que suenen Boy George, y Bowie. A bailar, indestructibles. Además, «Candela tiene la capacidad, ya no cómica, sino paródica que hace que eso funcione», recalca. Y el resultado es duro, sin dejar de ser tierno, equilibrándose con algún chascarrillo en momentos bien escogidos. Tal y como sucedieron de verdad: en ocasiones, justo tras la experiencia traumática, retratando una escena de tragicomedia vivida así realmente, con esa reacción cómica del joven Roberto —como mecanismo de supervivencia— para lidiar con semejante aberración. Pero, como bien observó un espectador tras la proyección, «no muestra nada de rencor», y eso que le hicieron verdaderas barrabasadas. Pop ratifica que «es una serie que celebra la bondad»: no olvida que también topó con gente que le ayudó y personas que quisieron redimirse. Pero no abandona el activismo, la denuncia; el clamor por el respeto a la libertad de expresión, ya en sus primeras palabras a la audiencia tras el pase de los dos episodios: «esta serie es un error del sistema, que no sé ni cómo se ha colado. Y todas las valoraciones que vengan, y los premios que vengan —si vienen— van a ser una bendición». No podía augurar semejante éxito, y en cierto modo, ni es ajeno ni puede dejar de lamentar que, si el contenido sigue cuadrando con la actualidad, es en gran parte por realidades terribles que permanecen, como la discriminación por sexualidad y género y el acoso escolar: «cuando escribí la serie, me daba miedo que fuera un relato demasiado generacional. Por desgracia, los espacios de odio siguen aquí. Pero creo que cada vez hay más sitios de refugio». Candela tampoco pierde ocasión de posicionarse cuando este medio les plantea dos cuestiones: ¿la negativa a hacer de madre, tuvo que ver con que a las actrices de esta edad se las suele encasillar en roles de madre? ¿Qué roles femeninos os gustaría ver en la ficción?: «Pues a mí no creáis que me llaman mucho para hacer de madre»; nos cuenta que ella es una madre que no interesa, que el perfil de mujer que ella da, no se quiere contar. Sea por el carácter, sea por los físicos que se suelen buscar en el cine. Porque tradicionalmente, a las mujeres y a las madres nos han contado señores heterosexuales. También insiste, dirigiéndose al cineasta, en que su interpretación de esa criatura que «te ha borrado» responde a que «no siempre tenemos buenas madres y es duro hablar de ello, como lo es hablar del suicidio, pero hay que reconocerlo: hay malas madres». Apela a que las narremos y nos narremos nosotras, empezando por las más jóvenes: «vosotras, las de veinte, poneos las putas pilas! ¡Pero ya!». El broche lo pone Bob Pop, tan al grano como siempre: «quiero ver roles de mujeres que hayan escuchado esta noche a Candela».

La Zaragoza que acoge el evento recibe a estas personas tan inspiradoras en vísperas de una jornada entera (18 de diciembre) de convocatoria a diferentes manifestaciones de orgullo (como el espectacular vogue callejero) y protestas, porque la ciudad se está viendo sacudida por un reguero de agresiones homófobas (dientes partidos a golpes a una pareja gay, botellas que vuelan sobre las cabezas de transeúntes al grito de «maricón de mierda» y un largo etcétera) sucedidas en los aledaños de calle Fita, centro neurálgico del ambiente LGTBQ+ maño. Un no parar de veneno desde el fin de semana del 28 y 29 de noviembre, al que cabe sumar vandalismo franquista, como el que recientemente ha dañado el mural de las 13 Rosas. Violencias que se perpetran con suavización y cuestionamiento de veracidad por parte de la prensa local más tradicional (cuando y si las reporta), con el manido y enervante «falta constancia de unas motivaciones de odio», cuando los insultos previos a los golpes sobre los cuerpos magullados han sido claros-cristalinos. Con parte del ayuntamiento profesando el mismo credo de su parentesco en las altas (y misóginas, y homófobas) esferas eclesiásticas. Profiriendo perlas como «mi despacho está abierto a gays, lesbianas, normales y no normales». En semejante contexto, proyectar los dos primeros capítulos de Maricón perdido en una sala de cine, con este combo todopoderoso de divas luchadoras al micrófono, arrollando con su tan necesario discurso, no es ya un pequeño éxito de la bondad y de la libertad de expresión: es una fantasía. Esperanza.

Cita del subtítulo: Bob Pop.



Texto de María José Orellana Ríos | © cintilatio.com | 30 diciembre, 2021




© cintilatio.com | 30 diciembre, 2021

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