Revista Cintilatio
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Llamad a cualquier puerta (1949) | Crítica

La cháchara
Llamad a cualquier puerta, de Nicholas Ray
Es esta una película considerada entre las mejores del dúo Ray-Bogart; además de prodigiosamente entretenida y bien filmada, ofrece más de una enseñanza moral desde la que poder entender lo vital de la propuesta y la necesidad de trabajarla desde el impacto visual.
Por Daniel González Irala | 8 julio, 2025 | Tiempo de lectura: 6 minutos

La figura de Nicholas Ray fue y sigue siendo más que controvertida. En el libro de testimonios y lecciones magistrales de cine que escribió la última mujer con la que vivió, Susan, no solo se nos hace ver cómo el director norteamericano, nacido en una pequeña población de Wisconsin, vivió de un modo atrabiliario y desordenado sus últimos días entre personajes desclasados del Off-Broadway —en el mejor de los casos—, con adicciones al tabaco, el alcohol o la metanfetamina, lo que le llevó a morir de cáncer de pulmón en 1979, sino también como una figura magnética, pasional y que entendió los oficios del cine desde su diversidad más elocuente, desde los decorados a la dirección de actores. Esta última faceta es por la que hoy se le sigue reconociendo como uno de los grandes, y no tanto por guiones que conquistaran al espectador. De hecho, el único Óscar que llegó a poseer fue por el argumento, ni siquiera el tratamiento, de Rebelde sin causa.

Se insiste mucho en el libro —que ha traducido y remozado el realizador Manuel Martín Cuenca— en que fue el primer director de cine que rodó parte de una película desde un helicóptero. En este sentido, fue pionero no solo en una manera de rodar que muchos copiarían después, sino también, pese a trabajar por encargo gran cantidad de veces —y la película que nos ocupa es un ejemplo, junto con Un lugar solitario, también con Bogart como productor ejecutivo de ambas y realizadas en un flamante blanco y negro—. Esto, por otro lado, haría que sufriese temporadas en el dique seco y sin ayuda alguna de la gran familia del cine. Probablemente a él mismo le haría gracia esta expresión, y lo decimos no solo porque tuvo que abandonar el set en sus dos últimos trabajos: 55 días en Pekín, donde contó con un director de arte excepcional como Samuel Bronston —aunque terminó Rey de reyes, basada en la homónima de Cecil B. DeMille—; y Relámpago sobre el agua, donde estuvo todo el tiempo al alimón con Wim Wenders, el realizador alemán a quien confesó que le hubiera gustado ser actor antes que director.

Pasó gran parte de su vida residiendo en Chicago, lo que le permitió conocer a ilustres personajes como el arquitecto Frank Lloyd Wright o el también director de cine británico allí afincado, Joseph Losey. En este sentido, vivía entre dos épocas que se vieron transfiguradas por la aparición de la televisión; hizo mucha antes de dedicarse al cine, y no solo en cuanto a ficción, sino llegando a rodar conciertos de folk gracias a que conoció a gran cantidad de músicos de finales de los cuarenta.

La película es actual en tanto en cuanto nos muestra ese fragmento vital desagradable en que todos podríamos vernos envueltos.

Humphrey Bogart y John Derek en una captura de la película.

Llamad a cualquier puerta aparece en algunos lugares como su segunda película, y en otros como la tercera, ya que los estudiosos de Ray no saben aún si A Woman’s Secret o They Live by Night son más reseñables como cine o solo parte de un defenestrado medio como fue —ya no— la pequeña pantalla. La película que nos ocupa podría entroncarse en la filmografía de Ray con este arte de la dirección de actores tan sencillamente subversivo que practicó. Este encargo desde la agencia de realizadores de Humphrey Bogart, que tan bellos momentos ofrece, no solo está basado en la novela de un escritor afroamericano como Willard Motley —desde cuyo libro ya se puso de moda la frase: «Vive rápido, muere joven y ten un cadáver bonito», que repite en varias ocasiones Nick Romano, el héroe en el sentido estricto de este drama sin concesiones—, sino que logra hacer brillar a través de él un conflicto lumpen entre los distintos grupúsculos, cada uno intentando salvar su propia vida e identidad como personajes. De hecho, sabemos que el padre de Nick fue asesinado por una de estas desavenencias entre matones.

Pero no nos separemos de Nick, independientemente de su marginalidad. El primogénito y bien parecido chaval, a quien desde un principio acusan de asesinato en primer grado, no es tal, pero sí le gusta robar y sisar para vivir mejor. El problema es que, cuando empieza a practicar estos pequeños golpes —excelente el trabajo de John Derek en este sentido—, se cruzan dos personajes que cambian su rumbo: Andrew Morton y Emma (Allene Roberts).

El primero no es más que un abogado de oficio charlatán y marrullero, a la par que incapaz de poner remedio a una fiscalía corrupta en sus argumentos, pero igualmente eficaz (finalmente no sabemos quién es peor), interpretado por Bogart, para quien apenas se necesitaron tres tomas en su round final en el estrado. En él, a pesar de su grandilocuencia, es incapaz tanto de conquistar a la asistenta social (Candy Toxton) como al juez Drake (Barry Kelley), a pesar de haber opositado —fue ladrón antes que abogado— a cuasi mentor paternofilial de Nick, y de repetir un alegato típico de derechos humanos en modo automático, sabiendo que, a fin de cuentas, él no se juega nada. En este sentido, Morton es moralmente reprobable cuando, tras ver —en cámara subjetiva de Nick— cómo es maltratado en un reformatorio, pierde el proceso judicial a su favor. Es entonces cuando, demostrando que una imagen vale más que mil palabras, la cámara de Ray se eleva y mira a ambos personajes desde arriba, en un picado casi cenital, desde el que demuestra su superioridad no como autor, sino como persona. En este sentido, la película es actual en tanto en cuanto nos muestra ese fragmento vital desagradable en que todos podríamos vernos envueltos.

Un elemento esencial en la película fue contar con gran cantidad de actores no profesionales con los que Nick improvisaba. El otro viene dado por la especificidad técnica del equipo de maquillaje de Bogart, encabezado por Clay Campbell, que no solo sirvió para ambientar la acción en un soporífero verano, sino para caracterizar —como solo el equipo de Huston fue capaz de hacer en Cayo Largo— el aspecto adanesco y nutrido más por el ego que por la valía de Morton. Como dato a resaltar, hay que decir que Nicholas Ray, y esta película en concreto, no serían nada sin el movimiento al que perteneció: el llamado Teatro de Acción. Si sus adláteres en el cine sabían que el cine es, sobre todo, el arte de actuar, él pareció saberlo desde mucho antes de empuñar una cámara, cuando aprendió el noble arte de las tablas.