William Hurt
Los problemas cotidianos de un hombre

William Hurt fue, como bien es sabido, uno de los grandes actores que dieron los Estados Unidos en los últimos años. Celebramos su carrera escogiendo seis películas donde desplegó un encanto más personal y profundo que en otras más recientes.

Realizamos este artículo aún a sabiendas de que hay espectadores que preferirán al Hurt que interpretó sus hazañas de acción en películas de superhéroes que apenas nos llaman la atención por su propuesta descarada y casi única por los efectos digitales y que, para otras personas, funcionan como filmes bien entretenidos y también clásicos a su modo. Como gustos hay colores, que alguien dijo. No desdeñamos, y consideramos como uno de sus grandes trabajos televisivos el de villano en la serie Goliat (David E. Kelley, Jonathan Shapiro, 2016), protagonizada por el ex marido de Angelina Jolie, Billy Bob Thornton. Un villano que representa, con menos maniqueísmo que en las películas de la Marvel o DC sugeridas, a las grandes corporaciones de bufetes de abogados, que apenas tienen qué hacer al lado de los pequeños autónomos que se niegan a ser absorbidos además por problemáticos.

Independientemente de estas disquisiciones en que nos podríamos perder, hemos elegido las siguientes seis películas quizá porque responden a un mismo perfil de actor: el que esconde con gran encarnadura y profundidad sentimientos y razones para existir, siempre identificables para un público clásico que busca algo más que llenar la sala de cine de palomitas y latas de refrescos biodegradables. Alguien que va al cine o acude a la pequeña pantalla en busca de historias bien contadas y personajes naturalmente definidos, ya que en eso creemos también que consiste el buen trabajo en este y otros medios. Sencillez, que no simpleza. Además, su óbito debido a un cáncer de próstata el pasado 13 de marzo así nos lo requiere. Aquí las tienen por riguroso orden de estreno.

Fuego en el cuerpo (Lawrence Kasdan, 1981)

País: Estados Unidos | Año: 1981 | Dirección: Lawrence Kasdan | Guion: Lawrence Kasdan | Título original: Body Heat | Género: Cine negro, Intriga | Productora: Warner Bros., Ladd Company | Fotografía: Richard H. Klines | Edición: Carol Littleton | Música: John Barry | Reparto: William Hurt, Kathleen Turner, Richard Crenna, Ted Danson, J.A. Preston, Mickey Rourke, Kim Zimmer, Jane Hallaren, Lanna Saunders, Carola McGuinness, Michael Ryan, Larry Marko | Duración: 113 minutos | ★★★★☆

Representando al más puro estilo blockbuster de los ochenta, este thriller se estrena solo cinco años antes que la aún más erótica 9 semanas y media (1986), dirigida esta última por Adrian Lyne. En ella Ned Racine —de nuevo como protagonista tenemos a Hurt, que interpreta a un picapleitos gandul en horas bajas que reside en una localidad pequeña de Florida cercana a la más residencial y de ricachones Pine Haven— consigue seducir nada más y nada menos que a Matty Walker (Kathleen Turner), una enigmática y poderosa mujer de multimillonario, ardiente como la atmósfera de sopor y sudor salado de todo el filme —en este sentido, es proverbial y famosa la escena en que Ned echa cubitos de hielo sobre una bañera en la que acaban de tener una tórrida e insuficiente para ella sesión de sexo— que les lleva a querer eliminar la pieza sobrante en un triángulo hoy bizarro y algo tópico de amor en que su marido Edmund (Richard Crenna) —que actuó en Acorralado (Rambo) (Ted Kotcheff, 1982) junto a Sylvester Stallone— es el destinado a todo instinto de tánatos que se proyecte sobre el incansable y obsesivo ejercicio amatorio.

Lo que mejor funciona es no solo la química entre Turner y Hurt, impecable así como imperdonable que no actuaran mucho más, prefiriendo al que fue su partenaire habitual Michael Douglas en Tras el corazón verde (Robert Zemeckis, 1984) o La joya del Nilo (Lewis Teague, 1985), dos películas más aptas para todos los públicos ya que prácticamente los dos rombos al ser proyectada en televisión hacía bien poco que habían desaparecido, sino la dirección de Kasdan sobre la imagen, que pasa de colores cálidamente desesperados y crepusculares a punto de convertirse en fuego a azules, deprimentes y fríos —es curioso cómo no desaparece ese sudor— cuando sobreviene el asesinato, y sobre el resto de actores —Mickey Rourke como su amigo Teddy Lewis, mecánico electricista que le aprecia o dice hacerlo; Ted Danson, compañero letrado en la ficción y protagonista de la serie de televisión Cheers (James Burrows, Glen Charles, 1982), etc.—. En este sentido, destacamos no solo la ya sugerida fotografía de Richard H. Kline, sino el hecho de convertir la mansión de Walker en un reflejo de todos los fantasmas de Ned; una lectura más psicoanalítica nos haría ver como la imagen de la Turner desde dentro de la casa medio insinuándose es un espejo de sus propios fantasmas que dejan de reprimirse en el momento en que con una silla de hierro del porche rompe por fin el cristal de una de las enormes ventanas de su casa. Nunca el eros y esa pulsión de muerte estuvieron más cerca o mejor sugeridos, hasta el punto en que todo, si el guion de Kasdan hubiese cambiado, podría ser parte de un inaccesible sueño.

La relación por otro lado de los dos hombres Ned y Edmund, siendo muy testosterónica, pretende hacernos ver cómo todo vale en el mundo del segundo y cómo Ned preferiría seguir malviviendo antes que ser como él, lo que le hace partir en inferioridad de condiciones. La jazzística música de John BarryBailando con lobos (Kevin Costner, 1990), Memorias de África (Sydney Pollack, 1985)— se intercala con efectos de sonido como el de las campanillas con diferentes timbres situadas en la terraza, que nos introducen en ese clima tan lleno de fantasmagoría como de infantil inconsciencia. La producción de Fred T. Gallo y George Lucas entre otros, propiciaba estos y similares dispendios de interés, por los que erróneamente podríamos pensar que el maquillaje, la peluquería o el vestuario están menos planificados y superpuestos a todo el concepto general y original de la película. Considerado por FilmAffinity como el filme número 122 entre los mejores de cine negro de la historia, se cosecharon nominaciones en los Globos de Oro y en los británicos BAFTA sobre todo a la labor de Kathleen Turner. Al ser el debut en la dirección de Lawrence Kasdan, que venía de firmar grandes guiones con Lucas, la crítica quizá no se cebó con sus defectos y sí hizo ver sus muchas virtudes. Ya se sabe que, en ocasiones, marcar tendencia o hacer que una película como esta quede en la posteridad no es tarea sencilla.

Reencuentro (Lawrence Kasdan, 1983)

País: Estados Unidos | Año: 1983 | Dirección: Lawrence Kasdan | Guion: Barbara Benedek, Lawrence Kasdan | Título original: The Big Chill | Género: Drama | Productora: Columbia Pictures, Carson Productions, Delphi Films | Fotografía: John Bailey | Edición: Carol Littleton | Reparto: William Hurt, Kevin Kline, Tom Berenger, Glenn Close, Jeff Goldblum, Meg Tilly, JoBeth Williams, Mary Kay Place, Jonathan Kasdan, Muriel Moore, Patricia Gaul, Don Galloway | Duración: 103 minutos | ★★★★☆

Pertenece esta —en su título original— The Big Chill —«el gran enfriamiento», literalmente— a esas comedias cargadas de nostalgia sobre lo que pudo haber sido y no fue, que como en Beautiful Girls (Ted Demme, 1996) utiliza la música de grupos pop de los sesenta y setenta más pegadizos como banda sonora original. Películas que llevan, como vemos, a discos LP de 33 r.p.m., siendo este «reencuentro» una excusa no solo para oír de entre sus diálogos temazos de Marvin Gaye —su I Heard It Through The Grapevine, que hizo famoso al cantante Nick Kamen gracias a la publicidad de unos conocidos vaqueros, resulta proverbial—, The Rolling Stones, Beach Boys… como también lo era la del 96 para recuperar a Neil Diamond y su Sweet Caroline, sino para asistir al funeral de uno de ellos, cuya misteriosa muerte que todos temen que haya sido un suicidio, les reúne en la casa grande de su novia bailarina de ballet, que prefería pasar los días posteriores a la reunión en una cabañita adjunta. El finado era un estudioso científico al que los problemas existenciales —se conocen de la universidad— se encargaron de que no se adaptase a determinado ritmo de vida. En este sentido, es una película que rememora unos locos sesenta propios de la generación baby boom, así como sus consecuencias personales, laborales y maritales. Si en la película del 96, el peso específico dramático lo llevaban las mujeres, aquí aún notamos cierta condescendencia con el único machismo imperante.

También hay que decir que a medias entre el estreno de una y otra película, encontramos la brillante Los amigos de Peter (1992) del joven y ambicioso británico Kenneth Brannagh, donde la reunión de amigos del colegio se realiza a propósito del anuncio de una nueva enfermedad que está causando estragos en la sociedad de la época y que hoy sigue existiendo aún. La existencia de esta enfermedad hará que los cruces de parejas se hagan de un modo más mesurado desde el principio y políticamente correcto. Reencuentro tiene el encanto además de su estupendo plantel de actores y actrices, cuatro parejas, una de las cuales nace a raíz del óbito del pobre y buen científico. Es una comedia de cuernos que llama la atención por el diseño de los personajes, y de cómo vivieron como Sarah (Glenn Close) una relación estrecha con el desaparecido, teniendo esta que casarse con el que siempre fue el más vulgar y hoy evolucionado graciosillo responsable Harold (Kevin Kline), de cómo Michael (Jeff Goldblum), periodista en la revista People, está a punto de separarse de Karen (Jo Beth Williams) y se lleva durante mucho tiempo mal con Sam (Tom Berenger) por no estimar su trabajo como actor en la serie de moda, de los problemas de fertilidad de Meg (Mary Kay Place) a los que quiere poner solución tantos años después, del carácter solitario y conflictivo de Nick (nuestro William Hurt) o aparentemente adaptable de la más joven novia del muerto Chloe (Meg Tilly).

Además, en ella vemos a un Hurt oscuro, pero muy apoyado en sus amigos —un personaje más complaciente que el de Fuego en el cuerpo— que al igual que su director en tres de sus películas más conocidas aquí reseñadas, Lawrence Kasdan, aquí cuenta con el apoyo en el guion de Barbara Benedek —que adaptó igualmente la versión de Harrison Ford de la wilderiana Sabrina (y sus amores) (Sydney Pollack, 1995)— y que convierte la aparente falta de pretensiones aquí también en un acierto. La fotografía de John Bailey —En la línea de fuego (Wolfgang Petersen, 1993)— resulta aquí sobre todo eficaz y con un look muy propio de la época; pasa exactamente igual con el montaje de Carol Littleton —responsable de E.T. el extraterrestre (Steven Spielberg, 1982) o El cazador de sueños (Lawrence Kasdan, 2003)— y son estas lides concebidas más como algo auxiliar a la interpretación, así como a la historia que se quiere contar. Con tres nominaciones a los Óscar, no logró tantas en los Globos de Oro, y otra nominación a los BAFTA británicos al mejor guion. Cosechó igualmente el premio del público en el Festival de Toronto, todo ello en 1983. Llama igualmente la atención el punto de vista de la crítica tanto nacional como internacional. Además de las recomendables palabras de Carlos Boyero, no había más que cruzar el charco para darse cuenta de cómo tenía al público ganado gracias a la crítica latente al aburguesamiento de los babyboomers, lo que hace que siga conservando cierto encanto.

El beso de la mujer araña (Héctor Babenco, 1985)

País: Brasil | Año: 1985 | Dirección: Héctor Babenco | Guion: Leonard Schrader (Novela: Manuel Puig) | Título original: O Beijo da Mulher Aranha (Kiss of the Spider Woman) | Género: Drama | Productora: HB Filmes, FilmDallas Pictures | Fotografía: Rodolfo Sánchez | Edición: Mauro Alice | Música: John Neschling | Reparto: William Hurt, Raul Julia, Sônia Braga, José Lewgoy, Milton Gonçalves, Miriam Pires, Nuno Leal Maia, Patricio Bisso, Fernando Torres, Herson Capri, Denise Dummont, Nildo Parente | Duración: 119 minutos | ★★★★☆

Adaptación de la novela homónima del escritor, tan discutido por los amantes oficialistas del boom latinoamericano de las letras —como señala el prologuista Pepe Martín a la edición española de Seix Barral—, Manuel Puig, hemos de decir que el escritor argentino intervino en el guion también firmado por Leonard Schrader, hermano del conocido guionista de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Paul Schrader. En ella, un William Hurt en estado de gracia consiguió llevarse a su casa el Óscar al mejor actor en el mismo 1985, aparte de gran cantidad de premios en Europa (BAFTA y Festival de Cannes). Pese a tratarse de una película de trinchera, fue el único premio importante por el que fue valorado a lo largo de su dilatada carrera como actor. En el filme sobresale su presencia (Molinita) sobre la de Valentín, su compañero de celda, preso político que fue concebido por Puig como activista y piquete informativo en huelgas dispares, y por cuyo imponderable pasaba allí sus días. Molinita en cambio es aquí un homosexual encarcelado por corrupción de menores en una época donde serlo te situaba realmente en los márgenes, por más burguesa que fuese tu familia.

La película, como la novela, es un diálogo íntimo entre ambos personajes, y de cómo Molinita se evade de su propio horror contándole el argumento en imágenes de la inexistente y propagandística película filonazi Destino —hay que decir que en el libro son seis películas, algunas reales, las que uno cuenta al otro, entre ellas La mujer pantera (Jacques Tourneur, 1942) y Yo anduve con un zombie (Jacques Tourneur, 1943), joyas de la serie B aún hoy en día—. De esta forma, el personaje de Molina convertido en la novela en una especie de Scheherezade en Las mil y una noches, es aquí más víctima de los militares oprimidos y opresores de los setenta, personas que no solo protestan desde sectores de la izquierda, sino que niegan la importancia histórica del nazismo en Europa. Si algo tiene de mágica esta adaptación es también su final, donde Valentín y su mejor amante Marta —la legítima novia aparece solo a través de una misiva— lo consiguen todo y reman hacia un lago con montaña como el que Puig confesó imaginar que Molina hubiese empezado a contarle a Valentín sobre su película afín a Goebbels, si bien no tan moralmente contaminante en labios de Molina. Ello puede llegar a significar cómo los polos ideológicos —si es solo de eso de lo que se trata—se atraen. Eso, o un ejemplo tal vez de improvisación muy bien llevada sobre el libreto y la novela originales.

El realizador Héctor Babenco, desaparecido en Brasil en 2016, es responsable posterior de filmes como Carandiru (2003) —que se convirtió en serie televisiva pocos años después— o Corazón iluminado (1998) entre otras, y logra hacer, gracias al uso de los primeros planos con angulación en picado y contrapicado a veces extremos y las panorámicas de la celda y la ciudad deteriorada de Buenos Aires todo un retrato del que fue su presente. En esta acometida le ayudó firmemente su director de fotografía, Rodolfo Sánchez, que consiguió unos tonos azulados gracias también a lo vistoso del vestuario del refinado Molina, que curiosamente recuerda a los de El turista accidental (Lawrence Kasdan, 1988), por momentos. En el reparto destacan igualmente Raul Julia y la aquí polifacética —pues interpreta no solo al amante de Valentín, sino a Leni, personaje histórico inventado por Puig, alemana que canta en cabarets franceses en las recreaciones, y a sí misma— Sonia Braga. Montada con acierto, dando la mano al material original de la forma ya explicada, por Mauro Alice, el diseño de producción y la dirección de arte fue llevada a cabo por la misma persona, Clovis Bueno, quedando sin embargo más delimitadas las funciones de vestuario y estilismo a Patricia Bisso y al equipo de Nilda de Moura. El filme ha envejecido bastante bien, siendo la crítica española una aclamación desmesurada al trabajo de Hurt casi unánime, pero dejando algo por los suelos el guion y producción en algunos casos. La prensa norteamericana, sin embargo, ha sabido darle el estatus y entidad que siempre mereció a la película en sí, incluso en visionados a veinte años vista. Igualmente, realizadores políticos de prestigio como Costa-Gavras seguramente han puesto alguna vez sus ojos en ella a la hora de concebir su idea del cine.

Hijos de un dios menor (Randa Haines, 1986)

País: Estados Unidos | Año: 1986 | Dirección: Randa Haines | Guion: Mark Medoff, Hesper Anderson (Obra: Mark Medoff) | Título original: Children of a Lesser God | Género: Drama | Productora: Paramount Pictures | Fotografía: John Seale | Edición: Lisa Fruchtman | Música: Michael Convertino | Reparto: William Hurt, Marlee Matlin, Piper Laurie, Philip Bosco, E. Katherine Kerr, Allison Gompf, Linda Bove, James Carrington, María Cellario | Duración: 118 minutos | ★★★★☆

Es esta una película que, sin olvidar el lado atormentado e hiperactivo de los personajes asignados a nuestro homenajeado, tiene este en apariencia anodino 2022 motivos que celebrar para su visionado. El primero de ellos tal vez sea la vuelta a la pantalla de su actriz principal en CODA: Los sonidos del silencio (Siân Heder, 2021) —remake de la maravilla francesa también relativamente reciente La familia Bélier (Eric Lartigau, 2014)— y donde Marlee Matlin (aquí Sarah) interpreta como sorda natural a la madre de una familia numerosa en la que uno de sus hijos no lo es y consigue, gracias al esfuerzo del resto, triunfar en el mundo de la música, que aquí es el leitmotiv por el que el profesor James, un Hurt que muere de idealismo —como ya lo hiciera en otros filmes comentados—, de lujuria, imaginación o soledad, sentimientos que llegó a transmitir también gracias a que detrás había grandes guionistas que pusieron desde esos gloriosos ochenta y aproximadamente hasta mediados de los noventa su rostro a los dilemas morales del hombre cotidiano. Aún vista hoy, la película recuerda por su arrojo y valentía a otro filme francés posterior llamado Hoy empieza todo (1999) de Bertrand Tavernier, una lección de cómo ese exceso de idealismo nos puede llevar a querer encontrar motivaciones donde no tiene por qué haberlas, y que, sin embargo, es tan necesario para embarcarse en una empresa como la del profesor al que interpreta, a saber, conseguir que niños sordos expresen ya no solo palabras, sino emociones a través del sonido y con música.

No sé si fue Friedrich Nietzsche quien dijo que sin música la vida no tenía ningún sentido; pues así es la vida de Sarah, ese gran personaje de carácter huraño, inteligentísima, alguien capaz de trabajar duro y de expresarse mediante el tacto y la vista como nadie, hasta el punto de que el romance entre personajes se convirtió en matrimonio entre actores que tuvieron cuatro hijos (dos niños y dos niñas), siendo sin embargo ella incapaz de compartir el gusto por Bach o cualquier melodía tediosa del pop de la época, con su pareja, enamorada hasta las trancas de ella. Así, antes de ganar el Óscar en 1987 como mejor actriz en esta película, Matlin fue candidata a los Globos de Oro en dos años consecutivos por su papel en Dudas razonables (Robert Singer, 19191), apareciendo más tarde en series nominadas al Emmy también televisivo como Seinfeld (Jerry Seinfeld, Larry David, 1989) o Picket Fences (David E. Kelley, 1992) entre otras. El guion está basado en el libreto concebido originalmente para Broadway de Mark Medoff, guionista, productor, actor y director de renombre y tiene además en su haber producciones como La ciudad de la alegría (Roland Joffé, 1992) o Los valientes visten de negro (Ted Post, 1978). También participaron Hesper Anderson y James Carrington.

De este modo, hemos de atribuir a Randa Haines, realizadora de apenas seis películas —otra de las cuales rodó con Hurt, El doctor (1991)— el hallazgo de las grandes imágenes conseguidas: la secuencia de la piscina o la manera en que ambos protagonistas se comunican en diversos momentos se le debe a su capacidad de dirigirlos, siendo por supuesto asistida en estas lides por John Seale (responsable de la fotografía nada menos que de El paciente inglés (Anthony Minghella, 1996) o de El talento de Mr. Ripley (Anthony Minghella, 1999). Con respecto a la música, puede que sea la de Michael Convertino, estridente, ruidosa y alarmante, un ejemplo de cómo la sintaxis fonológica en personas sordas es inimaginablemente distinta a la del resto de mortales. A algunos de los críticos internacionales se les veían las costuras por considerarla por momentos ñoña o lacrimógena, siendo también considerada como muy bien planificada para participar en los Óscar. Todo ello por considerar el medio cinematográfico como algo demasiado solemne e improvisado, solo apto para genios, algo que hasta aquí en España desaparece cuando figuras de la televisión comienzan a rodar sus historias, no sin solvencia artística. De hecho, hoy en día ya quisieran muchos docudramas de los que se graban o ruedan parecerse mínimamente por lo sencillo —que no simple— de su propuesta a este filme con momentos de humor agradables y aún hoy bienintencionados.

El turista accidental (Lawrence Kasdan, 1988)

País: Estados Unidos | Año: 1988 | Dirección: Lawrence Kasdan | Guion: Frank Galati, Lawrence Kasdan (Novela: Anne Tyler) | Título original: The Accidental Tourist | Género: Drama | Productora: Warner Bros. | Fotografía: John Bailey | Edición: Carol Littleton | Música: John Williams | Reparto: William Hurt, Geena Davis, Kathleen Turner, Bill Pullman, Amy Wright, Robert Gorman, David Ogden Stiers, Ed Begley Jr., Jonathan Kasdan | Duración: 120 minutos | ★★★★☆

Como en otras ocasiones, esta película proviene de una prodigiosa novela homónima que además fue Premio Pulitzer el año de su publicación (1985). Su autora Anne Tyler, hoy con más de una veintena de novelas en su haber, supo hacer en su momento una crítica irónica que, sin llegar al sarcasmo, definía al protagonista Macon Leary, menos desde su desgracia —la de perder en un tiroteo a su hijo Ethan y su divorcio con la esposa de toda la vida, Sarah, interpretada aquí por Kathleen Turner— que desde su indecisión y vulnerabilidad ante Muriel (Geena Davis), una adiestradora de perros también divorciada que está dispuesta a darlo todo por él. Macon, que trabaja como escritor de guías de viaje para ejecutivos, es tratado sin embargo por Kasdan y el guionista Frank Galati desde el registro del melodrama, y todo ello lo consigue no solo desclasando aún más a Muriel, sino también añadiéndole sus propios problemas, así como una vis cómica —no hay más que oírla cantar esa canción que parece inventarse sobre Papá Noel— que llena la pantalla.

La escritora y crítica compatriota de Tyler, Joyce Carol Oates, llegó a decir que era capaz de acercarse a sus personajes desde lo mínimo para así crear la cercanía necesaria y que no se difuminase demasiado el conflicto interior de cada una de sus criaturas de ficción; en cualquier caso, si bien eso que llamamos punto de vista en sentido amplio se enfoca en Tyler gracias a Muriel, Kasdan consigue, en un ejercicio de malabarismo contenido hacerlo sobre Macon, y qué mejor actor para ello que William Hurt, que consigue llevarnos primero a su dolor e impotencia, y después a su sonrisa desde la idea necesaria dramáticamente del viaje, debido a su peculiar oficio. Es curioso igualmente como Macon evoluciona de observar cada detalle —el ejemplo más claro lo hace con la fontanería, pasando de mirar cómo las canalizaciones de Londres son perfectas a arreglar el grifo de la cocina junto al hijo de Muriel con alegría y prestancia— a tener que resolver cada uno de ellos por sí mismo. Otro ejemplo, quizá el más significativo y traumático para él en un principio es el propio adiestramiento de Edouard, su perro, que empieza clavándole un colmillo en la mano, para después tirársele encima provocándole una lesión en la pierna. Existen otros personajes de interés como el editor, un jovencito Bill Pullman todavía no metido de lleno en el thriller, Julian Hedge, que se enamora perdidamente de su hermana Rose, por haber cocinado un pavo de Acción de Gracias que los demás le desprecian, y que saca como trama secundaria más de una sonrisa triste, que no carcajada en el espectador.

La banda sonora de John Williams se hace perfecta en el viaje de regreso al hogar de Leary, llamando poderosamente la atención la fuerza de su partitura, que muestra cómo en todo buen personaje se gana también lo que se pierde como tal. La fotografía, de nuevo, de John Bailey es un trabajo que como look visual consigue hacerse preciso y nítido gracias al uso de ese azul hoy interpretado de forma tan melancólica como color estacional del invierno más cerrado. El diseño de producción de Bo Welch resulta oportuno y significativo, así como el de departamentos dependientes de él, como la dirección artística, el atrezo o el vestuario. Con la banda sonora de Williams están igualmente bien mezclados, gracias a un larguísimo equipo de profesionales tanto en rodaje como en montaje, los efectos de sonido y el sonido directo, llegando a tener el filme hasta una persona destinada a los desaparecidos (o casi) efectos especiales (Joseph P. Mercurio) visuales. La película obtuvo numerosas nominaciones y Geena Davis se llevó el Óscar a la mejor actriz principal. Asimismo, los BAFTA británicos la dotaron con el de mejor guion adaptado. En cuanto a la reacción de la crítica, fue unánime en el reconocimiento de su calidad, siendo curiosa la ambigüedad de sensaciones que, tanto en España como en su país de origen, causó, y aún hoy sigue causando.

Smoke (Wayne Wang, 1995)

País: Estados Unidos | Año: 1995 | Dirección: Wayne Wang | Guion: Paul Auster | Título original: Smoke | Género: Drama | Productora: Miramax | Fotografía: Adam Holender | Edición: Maysie Hoy, Christopher Tellefsen | Música: Rachel Portman | Reparto: Harvey Keitel, William Hurt, Stockard Channing, Forest Whitaker, Harold Perrineau, Ashley Judd, Giancarlo Esposito, Victor Argo, Erica Gimpel, Clarice Taylor, José Zúñiga, Malik Yoba | Duración: 112 minutos | ★★★★★

Cada vez que vemos esta espléndida película, recuerdo el libro de Mario Vargas Llosa La verdad de las mentiras, donde el escritor peruano diserta no solo sobre los motivos de los personajes para comportarse como lo hacen, sino sus motivaciones y, sobre todo, la capacidad de meterse en líos de los que no se sale fácilmente. Ambientada en 1990 en Brooklyn, el guion del novelista Paul Auster funciona a la perfección gracias al mecanismo de las muñecas rusas o matrioshkas, donde cada historia de cada personaje nos lleva a una nueva y distinta, por peculiar. Y es que lo más importante parece ser descubrir las que mueven a Paul Benjamin (trasunto de un Auster ficticio), un escritor bloqueado ante la muerte por accidente de coche de su mujer e hijo que no solo diserta sobre las propiedades curativas del tabaco, acreditándolas a la corte inglesa de Isabel I de Inglaterra, sino que queda noqueado cuando ante el peculiar proyecto fotográfico de Auggie (Harvey Keitel), que consiste en fotografiar desde el lado opuesto de la calle todos los días la esquina donde está su estanco, descubre que su mujer ya muerta aparece en varias de ellas… Y es que para Auggie este es su proyecto vital, por más que el estanco le dé de comer. El bloqueo de Paul le hace ser casi atropellado por un coche al cruzar la calle, pero ahí está Rashid (que miente hasta en su nombre, al que interpreta Harold Perrineau) y al que Benjamin se presta a ayudar por salvarlo, cogiéndose primero el chico la mano, y después el brazo entero, y más.

Muy humana y terriblemente mordaz, esta película habla sobre cómo las personas son capaces de lo peor y de lo mejor al mismo tiempo; es un filme sin buenos ni malos, cargada de tonos de gris como las fotografías en blanco y negro de Auggie o los puritos y su humo que fuma el que será, más por obligación que por lealtad —aunque también— su mejor amigo. Con un plantel coral impresionante que incluye a Forest Whitaker (Cyrus Cole), Stockard Channing (Ruby McNutt) o una jovencita Ashley Judd (Felicity) entre otros muchos, es una película amable de barrio al más puro estilo Jim Jarmusch —de hecho, tiene bastante que ver con Coffee and Cigarettes (Jim Jarmusch, 2003), sobre todo desde su segunda parte Blue in the Face (Wayne Wang, Paul Auster, Harvey Wang, 1995)— y se consideró a pesar de su éxito dentro del indie norteamericano de la época. Aparece igualmente el hijo de Auster, Daniel, a quien el novelista dedicaba gran parte de las novelas que por entonces escribía. De hecho, es esta una época dulce como escritor y guionista para este irregular escritor que durante el nuevo milenio perdió algo de fuelle, haciéndose demasiado introspectivo, en Invisible, para recuperarlo poco a poco en esa maravilla de novela llamada 4321. El Hurt que nos encontramos aquí tiene antecedentes de perdedor, pero hace también gracias al vestuario y estilismo que aparezca ante los otros como un brillante escritor de barrio que por sus gestos, bien pudiera ser judío desclasado.

El director Wayne Wang, chino afincado en Estados Unidos, es responsable de películas como Sucedió en Manhattan (2002), La caja china (1997) o El club de la buena estrella (1993) entre otras muchas, si bien es en esta y en A cualquier otro lugar (1999) donde más favor del público y la crítica cosechó. Con una fotografía que deja ver un seco y caluroso verano sufrido por los que se desplazan a través del tren que pasa por el menos turístico puente de Queensborough, obra de Adam Holender, que hizo lo propio para la triste Cowboy de medianoche (John Schlesinger, 1969), destaca igualmente y como veníamos diciendo la labor de casting de Billy Hopkins, Heidi Levitt y Kim Orchen. El departamento musical coordinado en sus notas por Rachel Portman nos deja obnubilados sobre todo hacia el final del metraje, cuando Auggie regala ese Cuento de navidad a su amigo, un encargo ante el que la precisa canción de Tom Waits, Innocent When You Dream, sabe contarnos la inquietud de un ladrón, mentiroso y a la vez generoso tipo, todo un personaje digno de pasarse a limpio. La crítica fue unánime en este sentido, llegando a conquistar el Premio Especial del Jurado del Festival de Berlín, y galardones principales en candidaturas extranjeras en Italia, Francia y Alemania.

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