Juan Estelrich March
| El eslabón encontrado del cine español

Juan Estelrich March fue no solo un excelente técnico cinematográfico español, sino una rara avis en esto del séptimo arte. Realizador de un solo largometraje y un mediometraje que iba a ser parte de toda una serie, llevó una vida de lo más peculiar.

Estamos hablando de una de esas figuras emblemáticas, quizá más a su pesar, de la generación de cineastas y escritores cinematográficos de la era de Luis García Berlanga, Juan Antonio Bardem o Rafael Azcona. En ese 2021 ya pasado en que celebrábamos el que fue el centenario cinematográfico del nacimiento del valenciano más ilustre del siglo XX, uno no tiene más que recordar las reuniones que en la Residencia de Estudiantes de Madrid consiguieron aunar tanto y tanto talento; en estas reuniones entre Salvador Dalí, Luis Buñuel y García Lorca, florecían personajes como Pepín Bello, el primer bartleby español o artista sin obra, alguien muy querido sobre todo por Federico, un hombre afanado en las fiestas y reuniones, de quien se dijo que sin coger un pincel, una cámara de fotos o de cine o un cuaderno cualquiera, inspiró a estos tres grandes artistas de la palabra y la imagen, incluso con un mayor recorrido en el tiempo del que duró la relación entre el aragonés de Calanda y el pintor surrealista español por excelencia, de quien el primero renegó cuando todo en su cine se hizo más comercial, pero no por ello menos reivindicativo.

Pues bien, paralelismos y leyendas vitales aparte, la generación Berlanga, y también su relación con el gran actor y director desaparecido Fernando Fernán Gómez, han hecho que Estelrich Revesz, el hijo del aquí homenajeado haya publicado a través de Demipage el libro sobre su padre Juan Estelrich, el eslabón necesario del cine español, una joya en portfolio a través de la que descubrimos sus orígenes catalanes, así como la voluntad de hacer cine de este amigo de Azcona, que trabajó como lo hizo por ejemplo Miguel Mihura, también con Luis García Berlanga como ayudante y auxiliar de dirección en esas grandes películas que hicieron del autor de El verdugo (1963), Plácido (1961) o Bienvenido, Míster Marshall (1953) un autor único e irrepetible de ese tiempo. Su estela como técnico le llevó allende nuestras fronteras a participar en varias producciones de Bronston como director de segunda unidad, tales como El Cid (1961) de Anthony Mann o 55 días en Pekín (1963) de Nicholas Ray, ya en los sesenta.

Una de esas figuras emblemáticas de la generación de cineastas y escritores cinematográficos de la era de Luis García Berlanga o Rafael Azcona.

Pero el motivo fundamental por el que nos animamos a escribir este artículo es el hecho celebrado durante este 2021 pasado de poder visionar la única película que realizó con la ayuda de Rafael Azcona y Fernán Gómez, El anacoreta (1946), que junto con el mediometraje Se vende un tranvía (1959) que en principio iba a ser el capítulo piloto de la serie Los pícaros nos ha llevado a considerarlo como algo más que un bartleby o un bohemio de café, por más fiestero y noctámbulo del Madrid más castizo que fuera.

A su vez la estela de Estelrich March se prolonga en su hijo, quien en una entrevista para nosolocine.net habla no solo de la participación de grandes plumas (como la de Santos Zunzunegui, de la Universidad de Navarra) en este libro homenaje, sino para descubrir tres pequeñas películas realizadas por él y que el espectador puede llegar a reconsiderar como algo más que una travesía en el desierto, a pesar de su escasa repercusión comercial, lo que hizo que Estelrich Revesz empezase a dedicarse más al teatro que al séptimo arte, y que son: Pintadas (1996), basada en el relato de Azcona Grafiti y realizada en la época en que estuvo casado con Emma Suarez (actriz principal) y que se trata de una ficción que, como El anacoreta, se sirve de su mismo gusto por la tipografía y las citas célebres de personajes históricos no necesariamente recomendables; Los medieros (2010), un semidocumental que habla de la precariedad y posible desaparición de las plantaciones de tabaco en la comarca cacereña de La Vera, con el monasterio de Yuste al fondo; y por último Bombay Goa Express (2016), una train movie muy metaficcional que nos interroga sobre el humor, el amor y la vida de un periodista y dibujante especializado en viajes e incapaz (como el protagonista de El anacoreta) de comunicar al mundo su pesar ante el peso y el paso del tiempo.

El anacoreta (1976): grandes ideas en torno al humor negro

País: España | Año: 1976 | Dirección: Juan Estelrich | Título original: El anacoretaa | Género: Comedia | Productora: InCine S.A, Arcadie Productions, Hispano Foxfilms S.A.E. | Guion: Rafael Azcona, Juan Estelrich | Fotografía: Alejandro Ulloa | Edición: Pedro del Rey | Reparto: Fernando Fernán Gómez, Mantine Andó, José María Mompín, Charo Soriano, Claude Dauphin, Maribel Ayuso, Eduardo Calvo, Ángel Álvarez, Ricardo G. Lilló, Isabel Mestres, Luis Ciges | Duración: 104 minutos | ★★★★★


En el documental filmado por David Trueba y Luis Alegre La silla de Fernando (2006) realizado poco antes de la muerte de Fernán Gómez, el actor oriundo de Lima, pero al que adoptamos hace ya mucho como español ilustre, nos hablaba de las máscaras propias, utilizadas incluso como armas de interpretación, capaces de suplir sus carencias y, sobre todo, su timidez en la vida real. En esta única película de largometraje de Estelrich, la labor interpretativa se desnuda ante el azar más escurridizo, para mostrarnos la timidez del eremita, una idea de guion de Rafael Azcona sobresaliente, con un registro interpretativo no menos genuino y tierno. En ella, Fernando Tobajas, que ha renunciado a todo menos a su vanidad, lleva once años metido en el amplio baño de su casa señorial de la calle Hortaleza. No tiene ánimo de salir y menos aún de ver a nadie, a pesar de que esto es imposible, debido a que su exmujer ocupa el resto de la casa con un nuevo marido, y no falta tampoco la asistenta o los amigos o acoplados que van allí a jugar al póker, los sablistas de todo tipo…

Una sorpresa debidamente mostrada y dosificada en el guion en torno a una actividad por la que Tobajas quisiera volver, si la vida fuese de otra manera, al exterior, le hará sin querer cambiar de parecer sobre ello, debido a que para Tobajas el amor es algo únicamente espiritual, y esto para él es tan así, que erre que erre, renuncia a ese sueño del «y si fuera…» que todos tenemos, para encerrarse al máximo en sí mismo.

El reparto es de excepción. A la presencia de Fernán Gómez como protagónico, su une la modelo y actriz Martine Audó (Arabel Lee), Charo Soriano en el papel de Marisa, Claude Dauphin como Mr. Boswell y un largo etcétera de secundarios entre los que están algunos habituales como Luis Ciges, y otros menos como Vicente Haro o Eduardo Calvo. Siendo la magnífica idea original de Rafael Azcona, en los diálogos también intervino Juan Estelrich. Producida por José Manuel M. Herrero —que también intervino en estas labores en La cera virgen (José María Forqué, 1972) o La luz del fin del mundo (Kevin Billington, 1971)—, es también muy reseñable la filmación en color en interiores a veces poco iluminados de Alejandro Ulloa —Pánico en el Transiberiano (Eugenio Martín, 1972), El príncipe encadenado (Luis Lucia, 1960)—, el montaje de Pedro del Rey y sobre todo la dirección artística y maquillaje de Jacques Chambert, Juan Alonso, Fernando Marquerie, Josefa Montes, Adolfo y Manolita Ponte, así como un vestuario de Rosa García también bien peculiar. Ni que decir tiene que la producción en el set no se olvidó de un grande como Alfredo Matas, que junto con Marisol Carnicero y Luis Vázquez fueron incorporados en unos créditos donde su presencia como grandes conocedores de los imprevistos de este tipo de rodajes, eran. Con un sentido del humor pesimista, pero lúdico y quizá por ello cínico en su final, se estrenó en 1976, siendo el año siguiente dotado su actor principal con el Oso de Plata del Festival de Berlín.

Se vende un tranvía (1959): descuideros aprendiendo

País: España | Año: 1959 | Dirección: Juan Estelrich | Título original: Se vende un tranvía | Género: Comedia | Productora: Estudios Moro | Guion: Rafael Azcona, Luis García Berlanga | Fotografía: Francisco Sempere | Edición: Rogelio Cobos | Música: José Pagán, Antonio Ramírez Ángel | Reparto: José Luis López Vázquez, Antonio García Quijada, María Luisa Ponte, Antonio Martínez, Goyo Lebrero, Chus Lampreave, José María Tasso, Luis García Berlanga | Duración: 29 minutos | ★★★★☆


La influencia de lo teatral en el cine de Estelrich se manifiesta en este hoy mediometraje independiente, en el sentido en que todo empieza y acaba en el mismo lugar: los exteriores de un penal donde todos (descuideros, timadores y hasta incautos) cumplen su condena por tratar de salvar los propios muebles o dar todo un pelotazo, siendo su principal artífice, Julián el Toribio (José Luis López Vázquez) alguien que interpela también al espectador, casi agrediéndolo directamente. Vista hoy, pudiera parecer estar fuera de contexto, pero el incauto aquí es un agricultor de pueblo que llega al Madrid de los cafés y la bohemia y es agasajado con elegancia por un equipo de tres y hasta cuatro timadores para que compren el único coche tranvía que circula por el centro de la ciudad; la incultura del cateto le lleva a no saber que este es propiedad del ayuntamiento que ofrece un servicio público a los ciudadanos.

El guion lo firman Azcona y Luis García Berlanga y además del Toribio, cuenta en su reparto con Antonio García Quijada (Felipe), Maria Luisa Ponte (Julia), Luis Ciges y una jovencita y secundaria de excepción Chus Lampreave, entre otros muchos. Filmada en flamante blanco y negro por Francisco Sempere —El vikingo (Pedro Lazaga, 1972), El coleccionista de cadáveres (Santos Alcocer, 1970)— en este caso utiliza más exteriores e interiores iluminados con luz natural que en El anacoreta, también la técnica estaba más avanzada y permitía que, con pericia y buenas lentes se resolvieran problemas que en el año en que se realizó esta (1959) se suplían con la luz natural. El montaje de Rogelio Cobos también es digno de mención, así como la música de José Pagán y Antonio Ramírez Ángel

Es un filme muy diferente en tanto juega con la calle como principal lugar o escenario, no tanto porque toda la acción ocurra allí, sino por el carácter de alimañas buscavidas que los personajes resultan ser. En este sentido, abre puertas al que será cine de cacos por excelencia: Atraco a las tres (1962) de José María Forqué, de la que se hizo un remake bastante fallido a principios de los dos mil también con equipo artístico y técnico español.


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