Nymphomaniac. Volumen 1
Con la mano izquierda

País: Dinamarca
Año: 2013
Dirección: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Título original: Nymphomaniac. Volume I / Nymphomaniac (1)
Género: Drama
Productora: Zentropa Productions
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Edición: Morten Højbjerg, Jacob Secher Schulsinger, Molly Malene Stensgaard
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Omar Shargawi
Duración: 117 minutos

País: Dinamarca
Año: 2013
Dirección: Lars von Trier
Guion: Lars von Trier
Título original: Nymphomaniac. Volume I / Nymphomaniac (1)
Género: Drama
Productora: Zentropa Productions
Fotografía: Manuel Alberto Claro
Edición: Morten Højbjerg, Jacob Secher Schulsinger, Molly Malene Stensgaard
Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Omar Shargawi
Duración: 117 minutos

La obra de Lars von Trier, presentada en formato díptico, navega por aguas turbulentas al tratar de pensar sobre la conducta sexual dentro de todo un ciclo vital. Pese a todo, esta primera parte es un filme estimulante que ofrece múltiples lecturas.

Enfrentarse a una obra como Nymphomaniac es exigente. Quizá no tanto en el plano fílmico, sino en el moral: Lars von Trier es un cineasta libre, capaz de lo mejor y de lo peor, y en este díptico suyo centrado en la ninfomanía como condición está su mundo entero y sus señas de identidad. La provocación, el humor, el melodrama, las pulsiones de vida y muerte —el Eros y el Thanatos, que diría Freud—, la intelectualidad, lo prosaico. Casi pareciera que después de haber creado su propio movimiento junto al también libérrimo Thomas Vinterberg, y de haber dirigido todo tipo de piezas, hubiera alcanzado la cima de su lenguaje aquí, en la doble obra que nos ocupa, tanto por exceso como por defecto. Por exceso porque ya no está preocupado en absoluto de resultar abrumador, o más controvertido de lo aceptable —probablemente esa cumbre la conquistó con Anticristo (2009)—, sino que fluye sin obstáculos, colocando la cámara en los lugares más extremos y retratando todo lo que cree que su relato necesita. Por defecto porque se vuelve parco, inconsistente en tono, rodando escenas de gran belleza formal e intercalándolas con otras casi amateurs, incluso cutres. Uno se puede sentar a ver Nymphomaniac. Volumen 1 aceptando por pura curiosidad las consecuencias morales de lo que Lars von Trier está exponiendo o, por la contra, pasarse el visionado asqueado o indignado. Y todo ello tendrá que ver, por un lado, con la predisposición hacia la experiencia, y por el otro con la dualidad estilística, con ese exceso vs. defecto alrededor del que gira al mostrar desde primera línea el deseo y el amor y separarlo en dos grandes grupos: el explícito y el implícito.

Porque Nymphomaniac. Volumen 1 es pornografía, al menos en el sentido tradicional del término en tanto en cuanto lleva a cabo una «presentación abierta y cruda del sexo […]»[1] —aunque para ello debamos eliminar de la definición la parte en la que le otorga el objetivo de «producir excitación»—. No obstante, es una obra enorme y de grandes complejidades, que no siempre se va a beneficiar —o verse perjudicada— por un vocablo que pareciera reducirla a un mero acto recreativo, erótico-festivo, sino que se apoya en lo explícito para dar forma a su contenido y a su discurso. Claro que Lars von Trier es un provocador, y negar que probablemente haya disfrutado pensando en las reacciones a su obra sería quitarle mérito a su sentido del espectáculo —mientras escribo esto recuerdo a David Cronenberg refiriéndose entre sonrisas a los comentarios que recibió su Crash (1996) tras su paso por el Festival de Cannes de 1996 como «todo cosas buenas»[2], esos que la tildaban de «pornográfica», «desagradable» o «enfermiza»—, pero no es menos cierto que detrás de ese ansia por hacer ruido vive una película tan desproporcionada como, en su fondo, sensible. Y llegamos a lo implícito, escondido detrás del sexo, las vaginas y los penes, detallando un estudio de personaje pormenorizado y detallista, mucho más centrado en mostrar a la persona que a estigmatizarla, en revelar heridas y verdades ocultas. De este modo, no es sorprendente escuchar a Stacy Martin, la actriz que da vida a la versión joven de la protagonista, Joe, diciendo que «Lars quería representar la feminidad»[3]: no es el objeto de este texto determinar si Lars von Trier alcanzó el objetivo que le atribuye Martin, sino dar cuenta de que, pese a todo, el director danés está más interesado en deconstruir la mente de Joe que en convertirla en un títere diseñado para satisfacer fantasías húmedas, como de hecho expone Stellan Skarsgård al referirse a Nymphomaniac como «una peli porno mala»[4] cuyas escenas de sexo explícito se vuelven, después de mirarlas durante un tiempo, «tan naturales como un bol de cereales»[4], declaración que pretende explicar que no cumple en absoluto la función principal para la que una película pornográfica está diseñada —y volvemos a lo mismo—: producir excitación.

«Soy conocido por las provocaciones, pero me gustan las provocaciones cuando tienen un propósito». Lars von Trier[5]

Pero centremos un poco el tiro en la obra en sí misma, y en cómo sus características cinematográficas la convierten en lo que es: Nymphomaniac. Volumen 1 explora la vida de una mujer, Joe, que se define a sí misma como «ninfómana», desde su niñez hasta la adultez joven, siempre desde una narración basada en el flashback en la que es ella misma la que se lo va narrando a un personaje ajeno a ella que la acaba de conocer. Así, y a pesar de que la película está dividida en capítulos que van fragmentando la vida de Joe en base a eventos que la marcaron, el núcleo se podría diferenciar en dos grandes bloques: el objetivo y el subjetivo. El primero, el que tiene lugar en el presente, es el que no depende del juicio que Joe emite sobre sí misma al contar su historia a su interlocutor, un hombre llamado Seligman (Stellan Skarsgård) —que, «casualmente», se llama igual que el reconocido psicólogo Martin Seligman—, que la recoge herida y magullada en la calle sin que sepamos, de momento, qué la llevó a esa situación. Aquí, el intercambio entre el personaje de Charlotte Gainsbourg —la Joe adulta— y el hombre que la desconoce y debe formarse una idea sobre ella dependen únicamente de la cámara y del diálogo, sin que medie ningún tipo de trampa. Por el otro lado, todo lo que tiene que ver con la juventud de Joe está narrado en subjetividad, al depender del discurso que su versión adulta está ofreciendo en su presente. Así, Nymphomaniac. Volumen 1 transcurre en un vacío de credulidad, donde lo que vemos y lo que escuchamos debe ser siempre puesto en perspectiva, dependiendo siempre de si parte del bloque objetivo o del subjetivo. Esta diferenciación es la que hace que la exploración de la condición de la ninfomanía —no le llamo trastorno porque no cuenta con categoría diagnóstica propia dentro del DSM-V, el manual de elección en psicología y psiquiatría para diagnosticar trastornos mentales—, por muy clínicamente arcaica que resulte, no sea condenatoria, ni degradante, ya que depende en todo momento del concepto que tiene de sí misma Joe y de cómo lo expone, y es misión del espectador decidir hasta qué punto su relato es verosímil.

Hablando, de este modo, de la precisión de la palabra «ninfomanía» para referirnos a lo que Joe detecta como una adicción y que, en palabras suyas, contribuye a que se vea a sí misma como «una mala persona», se podría arrojar algo de literatura para ponerla en contexto: si atendemos a la etimología del vocablo, veremos que deriva del latín científico nymphomania, de nympha, que traducimos por «labio menor», que a su vez viene del griego nýmphē, que podríamos trasladar al español bajo la forma de la palabra «clítoris». No obstante, y como mencionaba más arriba, esta palabra está ampliamente en desuso en contextos clínicos, siendo «hipersexualidad» la que está realmente aceptada, aunque no incluida en manuales. Este último término está definido como «un cuadro clínico que se caracteriza por la presencia de un excesivo deseo sexual (expresado a través de intereses normofílicos) que escapa al control voluntario del paciente que la padece»[6], y se aproximaría más al modo en que Lars von Trier desarrolla a su personaje, al no focalizarlo tanto en el hecho de la «apetencia», como sugiere la RAE[7], como sí de la «incontrolabilidad». Joe no solo siente una fuerte inclinación hacia el sexo, sino que llegado determinado punto interfiere con su vida y se convierte en una conducta incontrolable que ella misma señala como problemática, algo que se afana en mostrar el cineasta danés a través de escenas en las que el acto sexual está prácticamente mecanizado, dirigiendo a Stacy Martin como si el placer que obtuviera del coito fuera casi anecdótico, más enfocado en satisfacer una idea que un deseo carnal. Pero claro, hemos de entender que nombrar la película con la palabra «hipersexualidad» tendría menos tirón y espíritu provocador que hacerlo con un derivado de «ninfomanía», como es natural, por mucho que los eventos narrados se beneficien más de un contexto psicológico más riguroso.

En lo visual y lo semántico, sería conveniente dejar constancia que tanto este texto como el que corresponderá a la segunda parte están escritos desde el análisis del montaje del director de Lars von Trier, una versión no proyectada en salas comerciales que añade una hora y media al metraje global del díptico (aproximadamente media hora en la primera parte y una hora en la segunda) y que muestra la obra tal y como estaba en la cabeza del cineasta, esto es, mucho más explícita y completa, con escenas ampliadas y muchos planos de penetración, masturbación y demás que no están presentes en la versión cinematográfica. Así, Lars von Trier deja constancia en Nymphomaniac. Volumen 1 de que su objetivo es retratar una realidad haciendo uso de todos los recursos que tiene a su alcance, aunque para ello pase por lo más extremo. Viaja entre los primeros planos faciales, que expresan introspección, a los primeros planos genitales, que expresan la cara visible del núcleo temático de la obra; y en determinado punto medio entre ambos, incluso busca cierto sentido del humor extraño que surge cuando lo sexual y lo sentimental chocan de modo explícito. Teniendo en cuenta que, en Nymphomaniac. Volumen 1, todo esto ocurre en el bloque subjetivo de la narración, es posible extraer que todo el abanico emocional que vemos en Joe, sus inseguridades y el modo que tiene de enfrentarse a ellas, es a la vez un recordatorio de la fragilidad humana y una exposición de cómo es posible enfrentarse a ella de un número infinito de formas. A su vez, Lars von Trier, que ya había dejado claro en la rueda de prensa de presentación de Melancolía (2011) en Cannes que quería rodar una película porno con «sexo muy desagradable»[8] está, realmente, haciendo honor a su palabra, aunque esté utilizando la provocación y la controversia para contar una historia mucho más intelectualizada de lo que pueda parecer.

Una compleja mirada sobre la sexualidad, la identidad, la moral y la autopercepción, que a pesar de militar desde la controversia representa una parada obligatoria para todos los que nos sentimos interpelados por el arte discutible.

No en vano habla de debilidad, del poder del sexo o de la importancia que tiene en la definición de la propia personalidad, aunque fuera precisamente Charlotte Gainsbourg la que se hubiera pronunciado al respecto diciendo que «Lars von Trier lleva demasiado lejos sus obsesiones sexuales. Se pasa de explícito, tanto en su discurso como en las imágenes»[9]. ¿Quiere decir esto que Nymphomaniac. Volumen 1 sea inexacta o intrascendente? En absoluto, sino que podría ser que el Von Trier real fuera fagocitado por el Von Trier personaje, lo cual no le quita validez al discurso y a la exposición que vive detrás del exceso, sino que la carga de artificio y la vuelve poco universal. No por filmar penes erectos, vaginas y semen la relevancia de una obra se reduce al ámbito de las webs de vídeos X, sino que convierte el visionado en una experiencia más o menos desagradable dependiendo de los ojos que miren, y de los límites de lo cinematográfico que tenga cada uno. Tal vez Gainsbourg tenga razón en cuanto a la desproporción con la que Lars von Trier enfrenta, a estas alturas de su carrera, sus inquietudes y sus obsesiones, pero la propuesta en su conjunto demuestra tener la suficiente entidad al margen de imágenes pornográficas como para poseer una carga simbólica propia.

Pero si por algo brilla también Nymphomaniac. Volumen 1 es por su uso del sonido. Para comenzar, utiliza la música de ese modo que le gusta tanto al danés, y es contraponiendo dos estados de ánimo, o dos direcciones, en una misma escena usando para ello la sonoridad y las propias imágenes. Ya lo hizo, por ejemplo y por nombrar un precedente en su obra, en Anticristo (2009), cuando enfrentaba la música de Georg Friedrich Händel —en concreto, el aria Lascia ch’io pianga de la ópera Rinaldo, una verdadera maravilla musical— a esa primera secuencia en la que el matrimonio protagonista hace el amor mientras una desgracia ocurría simultáneamente. Pues aquí hace lo propio pero contraponiendo planos calmados con la potencia del Führe Mich de la banda de metal industrial Rammstein —recordando a aquel uso que había hecho Michael Haneke en la versión americana de su Funny Games (2007) cuando clavaba de golpe la descarga death metal de los neoyorquinos Naked City, Bonehead, en mitad de una tranquila travesía en coche; o a la sueca Lilja Forever (Lilja 4-ever) (Lukas Moodysson, 2002), que hacía lo propio con Mein Herz Brennt, de Rammstein también—, o con la obra de Bach mientras se las apaña para relacionarla en tres fases con el propio acto sexual. Claro que no solo de música vive Nymphomaniac. Volumen 1, y es que también se vale de un diseño de sonido casi ASMR, en el que la lluvia y el viento encuentran un contrapunto estético con la respiración entrecortada y los gemidos, convirtiendo el visionado de la obra en una experiencia tan controvertida en lo semántico como sensitiva en el modo que tiene de acceder a la vista y el oído.

Desde el punto de vista psicológico, Nymphomaniac. Volumen 1 está resuelta con intensidad, pero no con particular desatino. Introduce la conducta sexual desde el inicio del ciclo vital de su protagonista, Joe, y la va desarrollando mientras transcurren todas las etapas y condicionantes de su vida que pueden haber tenido relevancia en ella para alcanzar el estado actual de las cosas. Desde la fase de descubrimiento, hasta la exploración de los límites, la aceptación y la negación del deseo, el convertirlo en una competición y, finalmente, normalizarlo en un modo de vida que tiene más de costumbre que de verdadera pulsión. Si bien es cierto que existe una variabilidad muy grande en el porcentaje estimado de personas que sobrellevan esta condición al no haber un inventario cerrado para medirlo, se estima que la «hipersexualidad» podría afectar a un 6%[10] de la población. Teniendo esto en cuenta, encontrar un punto en común con Joe podría no ser tan inverosímil, aunque probablemente representarlo mediante imágenes sea mucho más incómodo que imaginarlo o incluso vivirlo, precisamente por la cultura del tabú que existe alrededor de la sexualidad explícita y las prácticas que se derivan de ella. Por todo ello, Lars von Trier, que como venimos recalcando gusta de lo polémico, se vale tanto de escenas gráficas como de metáforas constantes: la pesca con mosca, los compartimentos de primera clase, los cubiertos de repostería, etc. Incluso logra una exposición muy interesante del conflicto en el que incurre la masculinidad frágil cuando se enfrenta a lo que la supera en términos cognitivos o emocionales: mediante el personaje de Shia LaBeouf, uno de los amantes de Joe —quizá el más relevante, al menos en lo cualitativo—, introduce momentos de excelente desarrollo psicológico y cierta aura incluso paródica, que además sigue exponiendo cómo en la búsqueda de su estándar erótico autoimpuesto, Joe actúa en base a unos instintos que no solo responden a la conducta sexual pura, sino a una intelectualización mucho menos impulsiva —sirva a modo de ejemplo la escena en la que Joe finge cometer un error de cálculo aparcando el coche para satisfacer la masculinidad frágil y rota de Jerôme, el personaje de LaBeouf—.

De cualquier modo, Nymphomaniac. Volumen 1 también explora el amor y su interrelación con la sexualidad en sí misma. «El ingrediente secreto del sexo es el amor», dirá el personaje de Sophie Kennedy Clark en determinado momento, exponiendo en cierto modo una declaración de intenciones, a través de la cual Lars von Trier estará constantemente buscando un punto de unión entre lo físico y lo emocional. Entre lo impulsivo y lo reposado. Apoyándose en los estados de ánimo de Joe, el cineasta provoca todo tipo de sensaciones en el espectador —no todas buenas, sea dicho—, sin perder nunca de vista que lo carnal conecta directamente con lo mental. A este respecto, es particularmente relevante cómo la película muestra a una mujer que, partiendo desde el descubrimiento de su sexualidad, va cayendo poco a poco en la anhedonia —esto es, la incapacidad para sentir placer—, derivándose del proceso por el que los deseos y las pasiones, o volviendo al psicoanálisis de Freud, el Eros, se convierten en segundo plano y de modo casi invisible en cuotas o lugares comunes de los que ya no se puede extraer nada más salvo costumbre, regresión o la pura nada, o lo que es lo mismo, el Thanatos. Lars von Trier, muy afinado —aunque si me permiten el comentario, no tanto en este campo como lo habría estado en similar tesitura David Cronenberg—, establece una suerte de equilibrio entre aquello que impulsa a Joe y aquello que la refrena, dejando que sea su conducta vista desde sus ojos la que hable, en realidad, tanto de ella como de su modo de interactuar con el mundo.

Claro que, si algo resulta también reseñable, es el modo en que Nymphomaniac. Volumen 1 crea un comentario alrededor de la relación entre el pasado y el presente. Entre el vínculo entre el padre de Joe —de nuevo, el tema se vuelve freudiano—, interpretado por Christian Slater, y su propio modo de entender el cuerpo. Es cierto que, a pesar de las voces académicas que establecen asociaciones entre la relación con el progenitor y el desarrollo psicosexual, Lars von Trier pinta con brocha gorda sobre este lienzo y dibuja un paisaje por momentos reduccionista. Si bien funciona a la hora de crear un trasfondo para Joe y ayude colocarla en un continuo intelectual/moral en el que podamos comprenderla y acceder, aunque sea someramente, a sus inquietudes, no desarrolla un discurso bien cimentado con el que la audiencia pueda dar por zanjado el tema de su evolución en la infancia y pueda dedicar su atención al presente y la mirada adolescente/adulta de Joe. La escena más reveladora a este respecto, además de las múltiples idealizaciones sobre las conversaciones que mantiene con su padre sobre árboles y hojas, será aquella que transcurre en blanco y negro en el hospital en el que el personaje de Slater y el de Martin comparten una última experiencia. Esta vez de modo absolutamente explícito, Von Trier crea una relación palpable entre la pulsión de vida y la de muerte, otorgándole un significado muy visual a la colisión entre el placer y el dolor en el desarrollo de Joe. No obstante, y a pesar de los loables esfuerzos del danés por crear un punto de partida y un alto en el camino transformador, la sensación siempre va a ser la de haber disparado por la tangente, o por la asíntota, en realidad. Se revuelca bastante más en el melodrama de lo que lo había hecho hasta este momento, y aunque no se le puede negar la carga estilística y la fuerza de algunos encuadres —en los que podemos llegar a ver sin mucho esfuerzo, de nuevo, al Cronenberg de Crash—, será este un apartado menor dentro de ese conjunto que forma Nymphomaniac. Volumen 1 al que, esta vez sí, debemos negarle el atino.

Pero si a algo, y podemos utilizar esto a modo de conclusión y gran hecho unificador de la narrativa de la película, le debemos prestar atención por encima de todos estos recovecos es a la línea base que supone la conversación —o la relación, en realidad— entre la Joe del presente y Seligman, el hombre hacia el cual va dirigida la exposición de toda la obra. Entre ambos se establece un intercambio moral e intelectual que va aportando, por así decirlo, las citas bibliográficas del relato subjetivo de Joe, de modo que a cada momento vital de ella le acompaña una disertación entre ambos de cómo interpretarlo con herramientas casi hermenéuticas, o al menos relevantes para crear una cohesión entre los dos bloques —los flashbacks y la charla—. Así, y pese a que Lars von Trier pone en boca de Seligman algunas frases que le quedan grandes a la obra como conjunto —por ejemplo, esa de «yo no soy antisemita, sino antisionista», que es más una referencia a su polémica en Cannes sobre Hitler[11] y que a todas luces excede el discurso de Nymphomaniac. Volumen 1; y que, por supuesto, daría para escribir largo y tendido acerca de por qué con esta línea de diálogo ha incurrido y mucho en la soberbia autorreferencial—, la película se completa desde este lado de la narrativa, y necesita de este necesario paso para poder ser considerada una obra integral en su discurso. Nymphomaniac. Volumen 1 es, de este modo y a la postre, una compleja mirada sobre la sexualidad, la identidad, la moral y la autopercepción, que a pesar de militar desde la controversia y unas imágenes rotundas representa no solo una parada obligatoria para todo seguidor de la obra de Lars von Trier —incluso para los que han dejado de serlo a partir de Bailar en la oscuridad (Lars von Trier, 2000)—, sino para todos los que nos sentimos interpelados por el arte discutible. Y como dice Seligman, «hay dos tipos de personas: los que comienzan a cortarse las uñas con la mano derecha y los que lo hacen con la mano izquierda». Hoy vamos a empezar con la zurda. Dejamos la diestra para el segundo volumen.


  1. pornografía. (s. f.). En Diccionario de la lengua española. Recuperado 6 de mayo de 2022, de https://dle.rae.es/pornograf%C3%ADa[]
  2. Extras de la edición de A Contracorriente Films de Crash (David Cronenberg, 1996).[]
  3. Brooks, B. (2014, 21 marzo). ‘Nymphomaniac: Volume I’ Star Stacy Martin Talks Performing for Lars von Trier. Film at Lincoln Center. https://www.filmlinc.org/daily/nymphomaniac-vol-i-stacy-martin-lars-von-trier/[]
  4. Las actrices de Nymphomaniac contaron cómo fueron las escenas porno más duras. (2017, 22 noviembre). infobae. https://www.infobae.com/2013/12/18/1531708-las-actrices-nymphomaniac-contaron-como-fueron-las-escenas-porno-mas-duras/[][]
  5. Lyttelton, O. (2011, 19 mayo). Lars Von Trier Apologizes For Nazi Comments. Sort Of. IndieWire. https://www.indiewire.com/2011/05/lars-von-trier-apologizes-for-nazi-comments-sort-of-118516/[]
  6. Kafka, 2010; Winters, Christoff y Gorzalka, 2010.[]
  7. ninfomanía. (s. f.). En Diccionario de la lengua española. Recuperado 6 de mayo de 2022, de https://dle.rae.es/ninfoman%C3%ADa[]
  8. Reynolds, S. (2011, 18 mayo). Kirsten Dunst, Lars von Trier to make «porn» film? Digital Spy. https://www.digitalspy.com/movies/cannes-film-festival/a320218/kirsten-dunst-lars-von-trier-to-make-porn-film/[]
  9. Redacción Fotogramas. (2013, 13 noviembre). Charlotte Gainsbourg: “Lo pasé realmente mal en el rodaje de «Nymphomaniac»”. Fotogramas. https://www.fotogramas.es/noticias-cine/a523163/charlotte-gainsbourg-lo-pase-realmente-mal-en-el-rodaje-de-nymphomaniac/[]
  10. Castro-Calvo, J., Ballester-Arnal, R., & Gil-Llario, M. D. (2017). Validación preliminar del inventario de hipersexualidad en jóvenes. Àgora de salut, IV, 53–64. https://doi.org/10.6035/agorasalut.2017.4.6[]
  11. Europa Press. (2011, 18 mayo). Lars Von Trier, en Cannes: «Entiendo a Hitler». europapress.es. https://www.europapress.es/cultura/cine-00128/noticia-lars-von-trier-cannes-entiendo-hitler-20110518162630.html[]
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