Espíritu sagrado
| Lo que no se ve

País: España
Año: 2021
Dirección: Chema García Ibarra
Guion: Chema García Ibarra
Título original: Espíritu sagrado
Género: Comedia, Drama, Ciencia ficción
Productora: Apellaniz & De Sosa, Jaibo Films, La Fabrica Nocturna Cinéma, Teferruat Film
Fotografía: Ion De Sosa
Edición: Ana Pfaff
Reparto: Nacho Fernández, Llum Arques, Joanna Valverde, Rocío Ibáñez
Duración: 97 minutos
Festival de Sevilla: Sección Oficial (2021)
Festival de Locarno: Mención especial (2021)
Festival de Mar del Plata: Premio Especial del Jurado - Mención Especial (2021)

País: España
Año: 2021
Dirección: Chema García Ibarra
Guion: Chema García Ibarra
Título original: Espíritu sagrado
Género: Comedia, Drama, Ciencia ficción
Productora: Apellaniz & De Sosa, Jaibo Films, La Fabrica Nocturna Cinéma, Teferruat Film
Fotografía: Ion De Sosa
Edición: Ana Pfaff
Reparto: Nacho Fernández, Llum Arques, Joanna Valverde, Rocío Ibáñez
Duración: 97 minutos
Festival de Sevilla: Sección Oficial (2021)
Festival de Locarno: Mención especial (2021)
Festival de Mar del Plata: Premio Especial del Jurado - Mención Especial (2021)

Chema García Ibarra compone una obra críptica que parte de la comedia, pero comprende también otros géneros dentro de ella. Entre lo que se ve y lo que no, su debut en el largometraje supone un paso adelante en la inventiva del cine español.

«Cuando el sol da muy fuerte, ¿no ves cosas flotando en el aire?». Cuando hablamos de cosas que no se ven, de entes que no están más allá del trasluz, de una luz ultravioleta o un microscopio, hablamos también de motas de polvo que nos rodean, de zonas llenas por el vacío del espacio y, obviamente, por hechos, emociones o circunstancias, que no van más allá de lo que son en sí mismas. Quizá un secreto para el que no sabe que están ahí, o más bien un mensaje encriptado para quien se tumba con los rayos de sol de la ventana e intenta descifrar las formas. En los que viven mirando al cielo y esperan que un astro azul se confunda con un OVNI, o en los padres que cavan hasta el fondo del mar para encontrar a sus hijos. En el cómputo de estas cosas, de mirar detenidamente y desentrañar lo que se esconde y lo que no, se encuentra el atractivo del primer largometraje del director ilicitano Chema García Ibarra, un nuevo descubrimiento del cine español que sobresale por su excentricismo fílmico.

En esencia, lo extravagante y bizarro se dan cita en las calles de Elche, dentro de un barrio obrero a las puertas del bar Charly, donde José Manuel pasa sus días trabajando. Este tabernero cierra la persiana de su local y se dispone a entrar ahora en una inmobiliaria, donde Julio y un grupo más de personas realizan la convención semanal de ufología levantina. Paralelamente, Charo busca a su hija perdida: Vanesa. Ella, junto a su pequeña Verónica, reclaman auxilio en una entrevista de la televisión valenciana que parece no surtir su efecto. Y es que mediante este encuadre es donde lo intracatódico y lo extracatódico van a jugar un importantísimo papel en la película, ya que el factor televisivo muestra una realidad en lo que se ve distinta a lo que narra la historia de la película, que parece ir en otra dirección. Una ilusión óptica, un efecto visual sencillo que se sustenta en la comedia, pero que también roza el thriller y el drama. Sin perder, como es obvio, la esencia autoral de García Ibarra.

Este director ya nos sorprendió en otros trabajos con su forma de abarcar e interceptar el costumbrismo español: en su cortometraje Leyenda dorada (Chema García Ibarra, 2019) estableció una visión del folclore español mediante la estética propia de principios y mediados de los noventa. Quizá la palabra retro no sería la más indicada en este caso, pero sí más bien atemporal. Chema propone un retrato de una España oculta en los barrios donde afloran las camisas vintage, las sudaderas deportivas y los inmuebles que todavía mantienen los tapetes y las mecedoras. Un virtuoso engaño que nos hace percibirlo como en una urna donde el tiempo no pasa, donde las cosas que se ven pueden ser y no ser al mismo tiempo —o transcurrir ahora, antes o nunca—. Por otro lado, a la hora de analizar el guion y el fondo de la película nos ubicamos ante diálogos tan complejos —que no es que sean un hándicap para la decisión final de casting, aspecto que comentaremos luego— y monólogos que van un poco a lo místico y a lo sobrenatural, que a veces uno se puede perder en el sentido de lo que expresa Espíritu sagrado y parece no poseer un mensaje en claro, si no que más bien se difumina entre el sci-fi barato, la hipérbole y lo pedante.

Un nuevo descubrimiento del cine español. Una mirada eterna hacia las motas de polvo flotando alrededor de la habitación.

Pero ya que en este ensayo mencionamos el mirar, hablemos del ver en Espíritu sagrado. Ver quizá los detalles que poco a poco Chema García Ibarra va dejando. Una inmobiliaria donde preside una pintada de «estafan a la gente pobre», una escuela donde el sin sentido reina en la lectura de trabajos, la televisión como única ventana veraz en una ciudad donde reina el caos y el desorden o, en sí mismo, un bar donde todos sus personajes son figuras excéntricas que aguardan secretos: un marinero que bebe en la barra, una mujer que necesita ayuda para huir de los del Este y una vidente ciega que prevé una catástrofe. Parece ser que el mundo de Ibarra se ve abocado a un final de dimensiones cósmicas, pero el yugo bajo el que se encuentra pende de la mirada inocente de un niño —no ver para no creer, o al menos, verlo para seguir sin creerlo— que crea personajes salidos de historietas raras. Solo entonces la incredulidad de lo que advertimos pasa por un estatus onírico y el surrealismo inunda toda la pantalla, los tonos en el trabajo de Ion de la Sosa acrecientan esa sensación de inexistencia y atemporalidad que hacen de todo un apartado fuera de lo consciente. Como una idea infantil que no va a más, como la pesadilla de un adulto venido a menos.

Sí es chirriante —y para ello acudimos al otro sentido vital— escuchar una gran cantidad de diálogos de enorme complejidad en voces interpretativas sin ninguna experiencia actoral. Sabemos que esta decisión de García Ibarra es consciente, él mismo buscó a los actores sin bagaje por el toque que le podían dar a la película, pero la intención a veces no es lo que cuenta. Y es que oír disertaciones existencialistas sobre el esoterismo con una voz mecanizada que recita, literalmente, el guion, hace que se pierda toda la seriedad de lo dicho —un ejemplo de que a veces querer inventar más no es mejor—. Y que si tú película juega al escondite tras lo fílmico, no se necesita un detalle metaficticio forzado para sorprender al espectador. Hay otros recursos que ya lo están haciendo, como por ejemplo la imagen. La imagen como principal punto. La toma fija que contiene la acción sobre un paisaje determinado y que pocas veces se mueve en forma de travelling. El fenómeno de Kant por delante, la cara oculta de la Luna siempre escondiéndose tras el noúmeno. Una historia que parte de la interrelación entre la intuición sensible y la intuición intelectual o suprasensible —en términos cristianos—. Las dos caras de una misma moneda donde siempre sale cruz. A tela de juicio, una fe ciega en lo que no se ve. Espíritu sagrado es una mirada eterna hacia las motas de polvo flotando alrededor de la habitación, donde si fijas mucho la mirada, solo te das cuenta de que observas el vacío. Y eso es doloroso.

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