Drive
La película de culto de la generación millennial

País: Estados Unidos
Año: 2011
Dirección: Nicolas Winding Refn
Guion: Hossein Amini (Novela: James Sallis)
Título original: Drive
Género: Thriller
Productora: FilmDistrict, Bold Films, Odd Lot Entertainment, Marc Platt Productions
Fotografía: Newton Thomas Sigel
Edición: Matthew Newman
Música: Cliff Martinez
Reparto: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Albert Brooks, Ron Perlman, Bryan Cranston, Oscar Isaac, Christina Hendricks, Tina Huang, Joe Pingue, James Biberi, Kaden Leos
Duración: 100 minutos
Festival de Cannes: Mejor director (2011)

País: Estados Unidos
Año: 2011
Dirección: Nicolas Winding Refn
Guion: Hossein Amini (Novela: James Sallis)
Título original: Drive
Género: Thriller
Productora: FilmDistrict, Bold Films, Odd Lot Entertainment, Marc Platt Productions
Fotografía: Newton Thomas Sigel
Edición: Matthew Newman
Música: Cliff Martinez
Reparto: Ryan Gosling, Carey Mulligan, Albert Brooks, Ron Perlman, Bryan Cranston, Oscar Isaac, Christina Hendricks, Tina Huang, Joe Pingue, James Biberi, Kaden Leos
Duración: 100 minutos
Festival de Cannes: Mejor director (2011)

Mezclando el estilo retro-ochentero, la música de sintetizador, y el antihéroe masculino, taciturno y de pocas palabras del cine de la década de los setenta, Nicolas Winding Refn nos recuerda por qué el estoicismo ha venido al mundo para salvarnos.

Este ensayo contiene spoilers sobre Drive (2011), de Nicolas Winding Refn.

Como todos sabemos, en el mundo existen películas malas, mediocres y buenas. Un puñado incluso son excelentes, y a la mayoría de nosotros no nos costaría identificar cuáles encajan en cada uno de los grupos y por qué motivo. No obstante, existe otra categoría mucho más difícil de describir, la de películas que son simplemente indelebles. Películas absolutamente irrepetibles, con una personalidad única y por las que parece que no pasan los años sino que, como el buen vino, con el tiempo mejoran y terminan convirtiéndose, más que en un entretenimiento, en un auténtico pilar de nuestra cultura cinematográfica hasta llegar al punto de llegar a formar parte de la identidad de los cinéfilos que las admiran. No es difícil pensar en ejemplos de estos títulos de culto, ya sea El club de la lucha (David Fincher, 1999), El gran Lebowski (Joel Coen, Ethan Coen, 1998). La naranja mecánica (Stanley Kubrick, 1971) o El reportero (Michelangelo Antonioni, 1975). Una de las películas que más recientemente se ha unido a esta lista es sin duda Drive (Nicolas Winding Refn, 2011).

El argumento de la película gira entorno al Conductor, un personaje sin nombre interpretado por Ryan Gosling que trabaja en L.A. como mecánico y piloto de escenas de acción en películas de serie B que por las noches se saca un sobresueldo en el mundo del crimen organizado colaborando como conductor en robos. A pesar de ser un hombre de pocas palabras y sin amigos ni familia conocidos, un día logra entablar con su vecina Irene y su hijo Benicio una amistad que termina en una relación romántica con la mujer y casi paternofilial con el pequeño. Sin embargo, esta relación terminará cuando Standard, el marido de Irene, salga de prisión y vuelva a vivir con su familia. Cuando el conductor descubre que Irene y Benicio están en peligro por las deudas que ha adquirido Standard con la mafia armenia en su estancia en prisión, decide ayudarle a dar un último golpe con el que saldar dichas deudas. Sin embargo, el día del atraco todo se complica, falleciendo Standard y quedando el Conductor como único superviviente. Al pensar los capos de la mafia que les han tendido una trampa, deciden ir a por Irene y Benicio para vengarse y recuperar el dinero, por lo que el Conductor comenzará una carrera contrarreloj para salvarles.

Drive recupera al antihéroe del cine de los setenta y la estética de las películas de los ochenta en una mezcla de perfecto equilibrio.

El primer elemento que llama la atención en Drive y la separa del resto de cintas del género es sin duda su estética retro-ochentera. La utilización de numerosos elementos, desde luces de neón hasta música synthwave (cosas totalmente inéditas en el cine de aquellos años pero que a raíz del éxito de esta película se popularizaron) logran crear un universo visual totalmente propio. Pero su mirada al pasado va más allá de la mera superficie estética y el director danés también decidió plasmar esto en su protagonista, recuperando al héroe del cine de acción del cine de los setenta y principios de los ochenta: el protagonista masculino taciturno, de pocas palabras e intensos silencios que nunca abusa de los débiles pero que no duda en utilizar la violencia con quienes le hacen daño a personas indefensas. Un personaje inspirado a partes iguales en el Harry Callahan de Eastwood, el Jef Costello de Alain Delon o el Frank Bullitt de Steve McQueen. Hombres con sangre en sus manos pero honor en su corazón que viven y mueren en base a sus propias reglas.

El magnetismo de este prototipo de antihéroe se basa en una cualidad filosófica que lamentablemente brilla por su ausencia en gran parte de los protagonistas del cine actual, esto es, su indeleble estoicismo. Para quienes no les suene el término, estoicismo es una filosofía y una forma de ética personal que se basa, entre otras cosas, en el control de las emociones propias y en perseguir las cuatro virtudes cardinales (prudencia, fortaleza, justicia y templanza). Trasladado al mundo actual, un estoico es aquel que siempre va a tratar de mantener sus emociones (en particular las más intensas y pasionales) bajo control y actuar de forma racional incluso en situaciones particularmente extremas, una persona capaz de mantener su fortaleza ante la derrota así como su serenidad ante la victoria. Un buen estoico sabe que no puede controlar aquello que pasa en el universo, pero sí la forma en que permite que esto le afecte. Lo cierto es que los personajes que encarnan el estoicismo siempre han sido excelentes protagonistas, siendo ejemplo de esto el personaje de Edmundo Dantés en El conde de Montecristo: el protagonista de la obra de Dumas plasma a la perfección la naturaleza del estoicismo en su enseñanza final, «confiar y esperar»; confiar en que ningún mal ni desgracia es eterna y esperar calmadamente, sin ceder al histerismo ni a la tristeza, a que llegue un momento en que tal mal cese.

No solo presenta una sinceridad artística absoluta, sino que combina sus elementos para crear un producto atemporal.

En el caso de el conductor nos encontramos con otro ejemplo de libro de personaje estoico, lo cual si cabe destaca más en una época tan altamente emocional como la actual en la que —tanto en el cine como en el mundo real—, cada vez son más comunes los personajes que ceden ante la irracionalidad y actúan impulsados por ella, así como las historias en las que se fetichizan las emociones. El personaje, encarnado magistralmente por Ryan Gosling, un antihéroe taciturno, de pocas palabras, se caracteriza por tener un dominio absoluto de sus estados emocionales ante las adversidades (desde perder a la mujer que ama hasta ser el blanco de la mafia por un crimen del que no es responsable). En un microcosmos en que el resto de personajes tienden siempre a actuar impulsivamente, nos encontramos a un protagonista que nunca cede ante estas y presenta una silenciosa resiliencia ante las circunstancias que le rodean. Esto, por supuesto, no implica que sea un personaje inofensivo. Muy al contrario, en muchos momentos de la cinta le veremos protagonizar momentos de enorme violencia (como la impresionante escena del ascensor) pero esta está siempre no solo éticamente justificada (proteger a sus seres queridos o detener a personas con malas intenciones) sino que siempre se muestra como totalmente bajo el control del protagonista. No es por lo tanto el personaje de Gosling un hombre inofensivo, sino por la contra un hombre peligroso y violento pero con un control total sobre su uso de la violencia y una mente lo suficientemente fría como para saber cuándo y con quién utilizarla. En otras palabras, un hombre que tiene en su interior la suficiente violencia como para ser peligroso pero que gracias a su estoicismo es capaz de controlarla para no serlo salvo cuando es imprescindible.

Todo esto, no obstante, difícilmente funcionaría si no fuera por la presencia tras la cámara de uno de los cineastas más talentosos de su generación: Nicolas Winding Refn. El director apostó por un arriesgado estilo retro-ochentero que incluía luces de neon, música de sintetizador y un diseño de producción cargado de colores extravagantes, estilo este que a lo largo de la década siguiente inspiraría a toda una generación de cineastas, desde Julia Ducournau hasta Adam Wingard. Esto sirve maravillosamente para darle a la película su propia personalidad, pero además permite al director aplicar una narrativa enormemente expresionista y audiovisual que escapa de la necesidad de diálogos o de momentos excesivamente dramáticos. Así, la combinación de la puesta en escena y la música consiguen transmitir el viaje emocional de los personajes sin necesidad de que estos nos lo digan. De esta forma cuando, por ejemplo, vemos al protagonista irse de la ciudad y dejar atrás a Irene mientras conduce en una solitaria calle nocturna y de fondo suena la icónica canción A Real Hero de Electric Youth, el director logar plasmar usando medios enteramente audiovisuales un estado de ánimo (el sentimiento agridulce del protagonista por tener que alejarse de la mujer que ama para poder salvarla).

El protagonista encarnado por Gosling captura a la perfección el mito del héroe estoico.

Incluso la iconografía de la cinta contribuye a crear un universo visual en que estos mensajes funcionan. Por ejemplo, la ya legendaria cazadora del protagonista, con la silueta de un escorpión bordada a la espalda en una evidente metáfora de la naturaleza peligrosa y salvaje de este personaje, o las imágenes de la ciudad de Los Ángeles, totalmente diferentes a las estampas glamurosas a las que el cine de Hollywood nos tiene acostumbrados, y mostrando en contrapartida calles oscuras, sucias, vacías y llenas de un sentimiento constante de desolación (que es exactamente la imagen que cualquier europeo tiene de esa ciudad cuando la ve por primera vez). La brillantez de esta cinta, así como su estatus de culto, radica en la forma en que todos los elementos que la componen dialogan entre sí para conseguir comunicar al espectador en todo momento lo que la historia quiere contar sin casi necesidad de diálogos, meramente gracias a la puesta en escena, la música y el diseño de arte.

Todas estas herramientas narrativas, además, se ponen al servicio de una historia sencilla pero sincera y magnética. En esencia, una historia de amor que se trunca debido a las circunstancias que rodean a sus dos protagonistas, algo que puede resonar entre casi cualquier audiencia, acompañado además de unas dosis de acción excelentemente coreografiadas no solo para que se sienta impactante, sino también para conservar en todo momento el estilo visual del director, pausado y enigmático, con planos largos y composiciones complejas, y dar la sensación al espectador de que puede que la historia que está viendo ya la hubiera visto antes, pero jamás contada de esa forma.

Para sintetizar esto, qué mejor que analizar una de las escenas más relevantes de la película, como la ya mencionada escena del ascensor: al inicio, Irene y el Conductor entran en el ascensor de su apartamento junto con un sicario enviado para matar a Irene. Sabiendo que corre peligro, el conductor decide eliminar a este sicario en una violenta pelea ante el temor de la mujer, que sale del ascensor aterrorizada por la escena. Si bien lo que se cuenta no es nada novedoso y ya se ha visto en otras películas, la magia de la obra radica en la forma de hacerlo. Inicialmente, vemos al protagonista percatarse de la presencia del sicario, por lo que se da la vuelta para alejar a Irene de la pelea que está a punto de desatarse y protegerla. En ese momento vemos como él deja aflorar por primera vez sus sentimientos por ella y no puede evitar dale un beso. Todos los elementos cinematográficos en este punto confluyen para hacer que este momento le sea tan importante al espectador como lo es para los personajes, con una cámara en slow motion, un cambio de iluminación hacia una iluminación cenital casi teatral, una música lenta y de tintes románticos, etc. Este momento se dilata en el tiempo de forma casi artificial para luego, pasar de forma repentina a la segunda parte de la escena , en la cual el sicario desenfunda su arma para matar a Irene y el protagonista se da la vuelta para defenderla. Vemos entonces al personaje encarnado por Gosling mostrar su otra cara, la de un hombre violento y peligroso, hasta que mata de una forma enormemente sangrienta al sicario. Por último, el director nos ofrece un desenlace para esta escena en el que Irene, asustada, sale del ascensor y mira atemorizada a un Conductor lleno de sangre que ha mostrado ante ella su lado más peligroso. El intenso intercambio de miradas nos comunica como este último acontecimiento ha despertado en Irene el rechazo hacia el Conductor, pero él, siendo consciente de ello, lo admite como el precio a pagar por salvarla. En un cierre de escena magistral, vemos la puerta del ascensor cerrarse, simbolizando el fin de cualquier posibilidad de una relación entre los dos y un último plano del escorpión bordado en la chaqueta del protagonista, una representación visual de su lado más agresivo y que ahora está desencadenado.

La dirección de Nicolas Winding Refn y su capacidad de narrativa visual alcanza en varios momentos la excelencia absoluta.

Tal como hemos visto, Nicolas Winding Refn logra, a través de su dirección, no rodar las acciones que tienen lugar de una manera realista, sino filmarlas a través del filtro de la consciencia de los personajes, de capturar no lo que ocurre en la realidad, sino la percepción de la realidad que estos personajes tienen en sus mentes. No queremos, en otras palabras, ver lo que realmente ocurre sino la forma de interpretar los hechos de los personajes de la película, lo cual sin duda permite una mayor cercanía entre los personajes y la audiencia, que a lo largo de la obra no tiene dificultades para interiorizar sus mismos objetivos y motivaciones. Casi podría decirse que a un nivel puramente narrativo, la película del director danés se aleja en muchos momentos de los códigos del cine narrativo convencional para acercarse más a otras formas como la ópera.

Drive, en conclusión, es una película que merecidamente se ha ganado entre la comunidad cinéfila el estatus de obra de culto y ha servido de inspiración a toda una generación de nuevos realizadores no porque sea una cinta perfecta (si bien no está lejos de serlo) sino porque tiene una identidad tan absolutamente propia y un estilo narrativo tan indisolublemente ligado a sus personajes y a la historia que quiere contarnos que es imposible no verla como algo único en el cine reciente. La película no solo presenta una sinceridad artística absoluta (apreciándose la obra de un director que se sintió con la suficiente libertad creativa como para hacer un filme indudablemente personal) sino que combina una serie de elementos (el antihéroe taciturno del cine de los setenta, la música y el estilo visual de las películas de acción del cine de los ochenta, etc.) para crear un producto atemporal que a medida que han pasado los años se ha ganado el corazón de los cinéfilos de todo el planeta.

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