Blackhat: Amenaza en la red
| Un thriller de acción existencialista

País: Estados Unidos
Año: 2015
Dirección: Michael Mann
Guion: Morgan Davis Foehl, Michael Mann
Título original: Blackhat
Género: Thriller, Acción
Productora: Universal Pictures, Legendary Pictures, Forward Pass
Fotografía: Stuart Dryburgh
Edición: Mako Kamitsuna, Jeremiah O'Driscoll, Stephen E. Rivkin, Joe Walker
Música: Harry Gregson-Williams, Atticus Ross
Reparto: Chris Hemsworth, Tang Wei, Wang Leehom, Viola Davis, Holt McCallany, Andy On, Ritchie Coster, Christian Borle, John Ortiz, Yorick Van Wageningen, Tyson Chak, Brandon Molale, Danny Burstein, Archie Kao, Sophia Santi, Minn Vo
Duración: 133 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2015
Dirección: Michael Mann
Guion: Morgan Davis Foehl, Michael Mann
Título original: Blackhat
Género: Thriller, Acción
Productora: Universal Pictures, Legendary Pictures, Forward Pass
Fotografía: Stuart Dryburgh
Edición: Mako Kamitsuna, Jeremiah O'Driscoll, Stephen E. Rivkin, Joe Walker
Música: Harry Gregson-Williams, Atticus Ross
Reparto: Chris Hemsworth, Tang Wei, Wang Leehom, Viola Davis, Holt McCallany, Andy On, Ritchie Coster, Christian Borle, John Ortiz, Yorick Van Wageningen, Tyson Chak, Brandon Molale, Danny Burstein, Archie Kao, Sophia Santi, Minn Vo
Duración: 133 minutos

El veterano cineasta estadounidense Michael Mann, reflexionando acerca de los riesgos de nuestra dependencia de lo digital, mezcla el cine de acción con una historia nihilista y contemplativa en una de las películas más incomprendidas de la última década.

La mayoría de películas que fracasan lo hacen por el simple hecho de ser malas. Otras, no obstante, lo hacen por un motivo mucho más trágico: por tratar de hacer algo tan radicalmente diferente a lo que la crítica o el público esperan que terminan siendo tremendamente incomprendidas. Algunas, pasados los años, resucitan como clásicos de culto, como es el caso de Blade Runner (Ridley Scott, 1982) pero otras simplemente caen en el olvido, siendo ocasionalmente disfrutadas por un pequeño grupo de fans que las admiran. Pero incluso más dramático es cuando el fracaso comercial de dichas películas se llevan por delante también la carrera de un director consagrado y visionario, y un ejemplo de esta circunstancia lo tenemos en Blackhat: Amenaza en la red (Michael Mann, 2015).

La película nos cuenta la historia de Nicholas Hathaway, un hacker informático que está encerrado en prisión por usar un código RAT para infiltrarse en los computadores de las grandes instituciones financieras y robarles dinero. Un día, recibe la visita de una agente del FBI que está recabando información sobre una serie de ataques informáticos que, usando su mismo código RAT, han causado numerosos daños tanto en la bolsa de EE. UU. como en un reactor nuclear en China. A cambio de obtener una reducción de su pena, Hathaway se une al equipo del FBI que, en colaboración con el gobierno chino, está buscando al responsable de estos ataques informáticos. La investigación les lleva a seguir la pauta hasta Sadak, un peligroso pirata informático que está utilizando estos ataques para influir en la economía mundial y enriquecerse. Cuando Sadak descubre que le están siguiendo la pista, decide contratar a un ejército de mercenarios para dar caza a Hathaway y sus colaboradores, incoándose una lucha a muerte entre los dos hombres en la que tanto la economía mundial como la vida de miles de personas inocentes está en juego.

A pesar de ser una cinta de acción, la película brilla cuando se vuelve más reflexiva y contemplativa.

Para hablar de esta película es imprescindible hablar primero de Michael Mann. El legendario director de cine, autor de obras como Heat (Michael Mann, 1995) Collateral (Michael Mann, 2004) o El último mohicano (Michael Mann, 1992) se caracteriza por un estilo marcadamente personal que en todo momento pivota entre dos elementos: por un lado la épica absoluta de brillantes escenas de acción entretejida, a su vez y por otro lado, con un estilo visual intimista, que utiliza con frecuencia recursos como el fuera de foco o la cámara en mano, y que le da a sus momentos más dramáticos un toque enormemente personal. Todo ello, por supuesto, acompañado por unas elecciones musicales que se alejan de las composiciones habituales del cine de acción para, en su lugar, apostar por la música electrónica, new age o incluso rock clásico. A todo esto hay que sumar una paleta cromática muy cuidada con, generalmente, un predominio de los colores fríos. Para Mann, el estilo no es una cuestión gratuita, sino una necesidad de forzar en todo lo necesario el lenguaje cinematográfico y llevar la combinación de música e imágenes lo suficientemente lejos como para prescindir en la medida de lo posible de diálogos. En otras palabras, en una película de Mann, los personajes nunca van a decir como se sienten. En su lugar, la mezcla de música, estilo visual y fotografía nos lo van a comunicar por ellos.

Este estilo, naturalmente, responde a la necesidad del director de abordar una serie de temas casi siempre presentes en su filmografía. Sin duda el más evidente de ellos es la soledad. Aunque son muchos los directores que plantean personajes solitarios, Mann lo hace de una forma diferente, abordando la soledad como una crisis existencial de los propios personajes. En el universos del director, la soledad no es únicamente el estar separado de otras personas, sino también el no saber cual es el propio lugar en el mundo y la ansiedad de vivir una vida sin significado claro. En otras palabras, los personajes de Mann no están solos únicamente cuando no hay nadie alrededor, sino que también se sienten solos cuando están consigo mismos. Paralelamente, es innegable que hablar de Michael Mann es de hablar de un director de personajes mayoritariamente masculinos, y precisamente estamos ante un autor que busca construir personajes desde la masculinidad tradicional, hombres asertivos, con un código moral sólido, para luego separarlos de todas las circunstancia sociales que les rodean para destilar su psicología más básica. En una época como la actual en que al cine le empieza a costar entender a sus personajes masculinos adultos, ya sea por su hipersimplificación y reducción al absurdo o por su deconstrucción en ocasiones innecesaria y oportunista, Mann plasma personajes construidos honestamente y con complejidad, con luces y sombras, que no pretenden ser perfectos sino humanos. En sus películas, por lo tanto, nos encontramos con ladrones, sicarios, polícías, pero tras estas fachadas de miembros de la sociedad, el director los desnuda hasta reducirlos a su ser más esencial y capturar sus personalidades sin adulterar por la influencia del mundo que les rodea. Quizá por ello que un elemento recurrente de su filmografía es el de dos personajes aparentemente diferentes (un ladrón y un policía en Heat o un sicario y un taxista en Collateral) que a lo largo de la película terminan encontrando numerosas similitudes en su carácter.

Transforma los códigos del cine de acción en una historia contemplativa e introspectiva sobre las vicisitudes del alma humana en un mundo cada vez más frío e impersonal.

Aunque pudiera parecer innecesario, este desvío para entender a Mann como director es esencial para entender por qué Blackhat: Amenaza en la red no solo es una de sus obras más personales, sino también la película en la que el director lleva su estilo y su personalidad creativa y capacidad autoral al máximo. Y es que en la cinta no solo nos encontramos con los rasgos propios del cine de Mann, sino que además estos están elevados hasta el máximo nivel: en primer lugar, el tema de la soledad y el vacío existencial se aborda en esta película tanto a través de sus personajes como de la propia trama. Los primeros se nos presentan como personas taciturnas, con serios problemas para comunicarse con otros seres humanos a pesar de vivir en un mundo digital cada vez más conectado entre sí (o quizá precisamente por ello) y, más allá de eso, como individuos totalmente perdidos en el mundo que los rodea. Carentes de motivaciones claras más allá de la de capturar al hacker que está poniendo al mundo contra las cuerdas. En una forma relativamente novedosa de entender en thriller de acción, Mann lo rellena con personajes existencialmente vacíos que adolecen de una marcada carencia de sentido en sus vidas.

La propia trama también es un reflejo de esta visión por parte del veterano director, llena de meandros, subtramas que terminan siendo más importantes que la propia trama principal y, ante todo, una contradictoria sensación de nihilismo. Si bien es cierto que los eventos que ocurren en pantalla son de gran gravedad (atentados terroristas, tiroteos, investigaciones criminales, etc.), la película evita, deliberadamente, darles un tono de excesiva trascendencia, existiendo como un mero telón de fondo para algo más importante como el estudio de los personajes y su relación con un mundo particularmente frío. En un ejercicio de narrativa cinematográfica posmoderna, el director deconstruye las convenciones del género al insertar en un thriller de acción una historia contemplativa y existencialista que nos remite al polar francés de directores como Jean-Pierre Melville y que no está tan interesada en contarnos una historia de acción como en dedicar tiempo a mostranos quiénes son estos personajes cuando dicha acción se ha calmado y están en un momento de introspección. Quizá tratando de reflejar un mundo digitalizado en el que las personas, cada vez más conectadas, se comunican menos, Mann nos ofrece una película de diálogos austeros y secos con personajes que apenas se comunican entre sí que encajan a la perfección con sus características escenas de acción, hiperrealistas e inspiradas en el cine documental.

El estilo visual del director nos regala momentos casi oníricos mezclados con acción tepidante.

Blackhat es una película que no está particularmente interesada en construir una historia excesivamente coherente o que siga una lógica narrativa, sino que en su lugar busca concatenar una serie de escenas ligeramente unidas entre sí que evoquen un determinado estado de ánimo caracterizado por la reflexión, la introspección y el nihilismo. Es por ello que en muchos tramos de la película la trama propiamente dicha decide pasar a un segundo plano para, en su lugar, poner en el centro de nuestra atención el estudio de sus personajes, una decisión que no es extraña en otros géneros pero que resulta sorprendente en un thriller de acción. Se dibujan aquí paralelismos con la obra de otro grande del cine como Michelangelo Antonioni, el cual, en películas como Blow-Up (Deseo de una mañana de verano) (Michelangelo Antonioni, 1966) o La aventura (Michelangelo Antonioni, 1960), también planteó una división entre las convenciones del género del thriller y un estilo cinematográfico pausado, reflexivo y casi onírico que genera un rotundo contraste entre la historia que se nos cuenta y la forma en que el director decide narrarla, haciendo que sea precisamente ese contraste (y no la historia en sí misma) en donde radica la belleza de la película.

A pesar de lo nihilista del filme, el guion ha de contarse como una de sus virtudes. Si bien es cierto que no estamos ante una película en la que la trama sea el eje fundamental de la narración como es la norma en el cine de acción moderno, la historia que se nos cuenta presenta unos cuantos aciertos que la separan de otras propuestas similares. En primer lugar, nos encontramos con los temas que Mann tiende a tratar a lo largo de su obra, es decir, el estudio de personajes masculinos con unos códigos morales muy definidos que entran en conflicto con el mundo que les rodea al guiarse por sus propias normas o la destructiva presión que la sociedad contemporánea ejerce sobre la personalidad del individuo, pero además, el director se aventura en territorios nuevos como es la reflexión sobre el mundo posindustrial digital. Por un lado, la trama evita centrarse únicamente en EE. UU. y nos lleva por todo el mundo, mostrando al espectador cómo un acto en una ciudad de América puede tener repercusiones en Asia o Europa y viceversa. Mann es consciente que una película sobre crimen digital ha de ser, por necesidad, de perspectiva internacional y le toma así el pulso a la época de la globalización. Así mismo, la historia que se nos cuenta también sirve para reflexionar sobre la vulnerabilidad y los peligros de nuestra dependencia de lo digital y de cómo esto genera una nueva serie de peligros para la sociedad y la seguridad pública.

Llegados a este punto, es imprescindible detenerse para admirar al antagonista de la película, el pirata informático Sadak. Si bien es cierto que no estamos ante un villano particularmente memorable, si es digno de destacar que nos encontremos ante un antagonista que mezcla a la vez una inusitada capacidad de generar sensación de amenaza con unas motivaciones que le hacen profundamente real. Durante los últimos años las pantallas de cine se han visto saturadas por un cliché que no parece querer agotarse, el del antagonista que quiere destruir el mundo por algún motivo ideológico (prevenir el agotamiento de recursos, detener el cambio climático, lograr la paz mundial, eliminar el exceso de población, etcétera). Si bien hay historias en las que esta motivación puede funcionar, como en Tenet (Christopher Nolan, 2020) en otras como en Misión Imposible: Fallout (Christopher McQuarrie, 2018), dicha motivación se siente forzada y poco más que una excusa para poder hacer avanzar la historia. Es así que se aprecia que Blackhat: Amenaza en la red evite caer en esta tentación y, en su lugar, nos dé un personaje con motivaciones claramente humanas con las que todos nos podemos identificar (hacerse rico influyendo en el mercado de valores). Esto le da a su personaje un realismo cada vez más infrecuente en el cine de acción y hace que el espectador sienta toda la historia de la película como algo que tranquilamente podría estar pasando en los telediarios en lugar de en la ficción.

La trama de la película nos lleva a localizaciones repartidas por todo el planeta mostrando la realidad de un mundo digitalizado y globalizado.

Cuando se juntan todos estos elementos, el producto resultante es una película que evidentemente no es para todas las audiencias, pero que es exitosa a la hora de capturar la esencia de la visión creativa de su director, un Michael Mann que, como narrador, no está interesado en contar una historia sobre disparos o explosiones, sino una sobre las vicisitudes del alma humana en un mundo cada vez más frío e impersonal. Un director que usa la acción como un mero vehículo para estudiar a personajes atenazados por la soledad y por su incapacidad de conectar tanto con el mundo que les rodea como de entenderse a sí mismos y de encontrar un verdadero sentido a sus vidas más allá de sobrevivir para luchar un día más. En otras palabras, el cine que Mann siempre ha, de una manera u otra, hecho, pero esta vez llevando al máximo su estilo como director.

Transformar los códigos del cine de acción para contar una historia contemplativa e introspectiva es, sin duda, una empresa que no está al alcance de todo el mundo. En manos de cualquier otro director, seguramente este intento hubiera terminado en fracaso absoluto, pero Michael Mann logra salir de este laberinto con una película tan única que, por desgracia, no convenció a unas audiencias y una crítica quizá demasiado acostumbradas a otra clase de cine. El fracaso comercial de esta cinta es, al menos en parte, responsable de que Mann no haya vuelto a dirigir un largometraje desde entonces y viva ya en una especie de semijubilación interrumpida ocasionalmente por su colaboración en alguna serie y, en especial, por el lanzamiento de su primera novela. En cualquier caso, es sin duda un regalo para los cinéfilos que si, este director hubo de despedirse de la pantalla grande, lo hiciera en estado de gracia y entregando un producto absolutamente personal.

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