Zeros and Ones
Ostracismo narrativo

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Abel Ferrara
Guion: Abel Ferrara
Título original: Zeros and Ones
Género: Thriller. Drama
Productora: Maze Pictures, Hammerstone Studios, Rimsky Productions, Macaia Film, Almost Never Films Inc.
Fotografía: Sean Price Williams
Edición: Leonardo Daniel Bianchi
Música: Joe Delia
Reparto: Ethan Hawke, Valerio Mastandrea, Cristina Chiriac, Babak Karimi, Dounia Sichov, Salvatore Ruocco, Phil Neilson, Anna Ferrara, Valeria Correale, Korlan Rachmetova, Mahmut Sifa Erkaya
Duración: 85 minutos
Festival de Locarno: Mejor dirección (2021)

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Abel Ferrara
Guion: Abel Ferrara
Título original: Zeros and Ones
Género: Thriller. Drama
Productora: Maze Pictures, Hammerstone Studios, Rimsky Productions, Macaia Film, Almost Never Films Inc.
Fotografía: Sean Price Williams
Edición: Leonardo Daniel Bianchi
Música: Joe Delia
Reparto: Ethan Hawke, Valerio Mastandrea, Cristina Chiriac, Babak Karimi, Dounia Sichov, Salvatore Ruocco, Phil Neilson, Anna Ferrara, Valeria Correale, Korlan Rachmetova, Mahmut Sifa Erkaya
Duración: 85 minutos
Festival de Locarno: Mejor dirección (2021)

Abel Ferrara regresa a la pantalla con el ininteligible sentido que caracteriza a sus últimos títulos. Una película en la que el cineasta neoyorquino narra la actualidad del mundo desde el ostracismo narrativo absoluto.

En términos escuetos, la RAE define al ostracismo[1] como el apartamiento de cualquier responsabilidad. En un sentido similar, comprobamos que existen sinónimos de este concepto como es el destierro o el alejamiento de un individuo de su lugar de procedencia. Cercano a lo que está bastante lejos, lo que he sentido —y hablo en primera persona, perdón a edición de antemano— con la última obra de Abel FerraraZeros and Ones, es algo semejante al desarraigo de la narrativa, al ostracismo de lo que debería estar creado para contar historias, pero no lo hace. Podríamos mencionar antes que nada que, en la línea de su penúltima obra —Siberia (Abel Ferrara, 2020), de la que dejo aquí la crítica que realizó mi compañero David García Miño en la revista— lo que intenta Ferrara otra vez es establecer una sinfonía contemplativa, pausada y madura hasta el tuétano en su línea autoral y cinematográfica. Ahora bien, es fantástico fijarse en uno mismo y sus circunstancias, pero no viene nada mal recordar que lo que haces, lo ven otros —como es obvio—. Respaldarse en que «tu» cine no es para todos los públicos o tiene una estructura antitramática que no entiende de arquetipos no es suficiente explicación para lo inexplicable. Pero no me voy a extender mucho más en esta beligerante introducción y vamos a pasar a hablar un poco de «lo que va» Zeros and Ones.

Tras un asedio apocalíptico, el soldado estadounidense JJ (Ethan Hawke) viaja a Roma para encontrar a su hermano desaparecido —un guerrillero con información sobre una organización terrorista—. Es bajo la sombra del Vaticano, donde JJ descubrirá un mundo turbio y pertubador que se decanta entre la historia y el futuro para establecer las nuevas bases de poder. Querría contaros algo más de lo nuevo de Ferrara, pero lo cierto es que me perdí a la mitad y tampoco me voy a dar más licencias de extenderme con sinopsis. Aún más triste es que aparezca el propio protagonista de la cinta, Ethan Hawke —quien realiza ambos papeles de los hermanos—, explicando al principio de la proyección el por qué y el cómo de esta película —una idea cogida con pinzas—, ya que aun así tampoco terminas de entender nada. Y entre la nada y el negror, vamos a lo que creo que es interesante: la actualidad y el ostracismo.

Cuando leí en varios medios la idea de lo nuevo de Ferrara, el factor en mi mente reservado para películas poscovid que hablaban de la nueva normalidad se activó. Y es cierto —como vemos la película cumple con este principal requisito— que Ferrara se encierra en un mundo oscuro, posterior al gran socavón que ha dejado tras de sí una catástrofe para la humanidad, y explora —a su forma— los entresijos de un nuevo principio rodeado de ocultismo y terror. Con ciertas similitudes a Dragon Head de Minetaro Mochizuki, el sentido de la historia hace referencia a un mundo colapsado por un ente irreconocible del que no sabemos su procedencia. Apreciamos una historia ligada a la nuestra, a estos restos que han quedado más fragmentados de lo que estaban tras la pandemia. Y hasta aquí todo está bien, la obra está en consonancia a lo circunstancial que vivimos, pero… qué es la actualidad sin narrativa.

Lo que falta en lo nuevo de Ferrara es un convencimiento que ensamble con su clímax y traslade la emoción al raciocinio mediante el lenguaje.

No podemos contar cosas sin si quiera hacernos entender. Me refiero con esto al segundo término que encabeza este artículo: el ostracismo. Como un desterrado de la realidad cinematográfica —¿o a modo de mesías artístico?—, Abel Ferrara se olvida de que, ya sea de forma no lineal o desfigurada, tiene que escribir una historia, que a su vez cuente un hilo de eventos al espectador. Es como si el director neoyorquino hubiera decidido no dejarse entender y apartarse de toda responsabilidad escrita, por remota que sea —de ahí también el ostracismo—. Y podemos llegar a comprender que su obra gire en torno a lo abstracto, a lo complejo y, a grandes rasgos, a lo que concibe la forma —parece ser que es el tono que le quiere dar—, pero si utilizar los medios de montaje, iluminación y fotografía como canalizadores emocionales no deja paso alguno al guion —base fundamental en la creación de un largometraje—, entonces lo pedante se cruza en el camino. Repleta de simbolismos visuales hechos para muy pocos —parece que solo unos cuantos elegidos los captan— y completamente desligada de un sentido narrativo para estos símbolos, la conclusión de la historia tiene un poder disonante debido a la baja calidad de lo escrito.

Y está claro que donde se pueden vender mundos en los que el dolor deja paso a una nueva vida, podemos alentar nuestro lado más humanista y aludir a la sensibilidad de los receptores —que son los mismos que sufren la realidad de este nuevo sentir con mascarillas en la cara—, pero cuidado, la persuasión no solo se concibe como un concepto emocional —la persuasión emocional sin nada más llega a ser demagogia—, y este es un factor que parece irrelevante, pero no lo es. La persuasión que hace a un cineasta —a un buen cineasta— también se complementa con el intelecto y la picaresca. Y estos dos recursos solo se pueden transmitir mediante la palabra y el uso del teclado. En palabras del mismo Unamuno, «vencer no es convencer, y hay que convencer sobre todo»[2], y lo que falta en lo nuevo de Ferrara es un convencimiento que ensamble con su clímax y traslade la emoción al raciocinio mediante el lenguaje. Y no tiene que ser un lenguaje directo, pues lo indirecto también se encuentra dentro de lo tangible. Quizá un gesto más humanizado, un leve movimiento de cámara que desenmascare una realidad encriptada, o una niña con un abrigo rojo paseando entre las calles de una monocromática Cracovia parezcan pinceladas sin sentido, pero este leve ademán gana en la potencia del significado y el simbolismo. Podríamos decir, por tanto, que en Zeros and Ones se capta el convencimiento de una actualidad que urge por ser contada, colisionando contra un ostracismo que no suelta ni gota. Una lucha que podrá vencer, pero lo tiene difícil para persuadir.


  1. ostracismo. (s. f.). En Diccionario de la lengua española. Recuperado 14 de julio de 2022, de https://dle.rae.es/ostracismo[]
  2. Núñez Florencio, R. (2014). Encontronazo en Salamanca: “Venceréis pero no convenceréis”. La Aventura de la Historia, 184, 35–39.[]
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