Upgrade (Ilimitado)
Réquiem por el homo analógicus

País: Australia
Año: 2018
Dirección: Leigh Whannell
Guion: Leigh Whannell
Título original: Upgrade
Género: Ciencia ficción. Thriller. Acción
Productora: Blumhouse Productions, Goal Post Film
Fotografía: Stefan Duscio
Edición: Andy Canny
Música: Jed Palmer
Reparto: Logan Marshall-Green, Betty Gabriel, Harrison Gilbertson, Simon Maiden, Benedict Hardie, Melanie Vallejo, Richard Cawthorne, Christopher Kirby, Linda Cropper, Steve Danielsen, Richard Anastasios, Kenny Low, Emily Havea
Duración: 99 minutos

País: Australia
Año: 2018
Dirección: Leigh Whannell
Guion: Leigh Whannell
Título original: Upgrade
Género: Ciencia ficción. Thriller. Acción
Productora: Blumhouse Productions, Goal Post Film
Fotografía: Stefan Duscio
Edición: Andy Canny
Música: Jed Palmer
Reparto: Logan Marshall-Green, Betty Gabriel, Harrison Gilbertson, Simon Maiden, Benedict Hardie, Melanie Vallejo, Richard Cawthorne, Christopher Kirby, Linda Cropper, Steve Danielsen, Richard Anastasios, Kenny Low, Emily Havea
Duración: 99 minutos

Divertida ciencia ficción futurista resultona en su estética, digna de las grandes del género: desde Blade Runner hasta el elegante Villeneuve. Lo que no le impide beber de Robocop en lo textual y ser más gore y cachonda que el mismísimo John Wick.

Drive (Nicolas Winding Refn, 2011) volvió a poner de moda los sintetizadores y las bombers de finales de los ochenta, y tenemos a Kate Bush correteando por los altavoces de medio planeta, con más bombo y platillo que nunca, también por efecto revival del fenómeno Stranger Things (Matt Duffer, Ross Duffer, 2016). No cuesta nada resucitar la nostalgia de los ochenta, o mejor dicho: cualquier tiempo anterior a esta sobredosis digital nos puede parecer un sueño a quienes podamos ser llamados millennials o gen X o ni siquiera tengamos claro a cuál de esas franjas pertenecemos. Y la película que nos ocupa arranca con esa premisa: en un garaje que es un túnel en el tiempo, que nos despista con la ubicación temporal porque los objetos allí almacenados podrían indicarnos la edad y generación del hombre que está reparando su hermoso automóvil Thunderbird. El encanto de los cachivaches analógicos, los colores vivos, los neones como máximo futurismo… hasta que vemos el exterior, con un cielo invisibilizado por la saturación de rascacielos, coches autopilotados por inteligencia artificial y ni rastro de madera o, peor aún: de un árbol. Con cuatro plumazos bien dados, la historia ya pinta ese futuro tan deprimente como avistable que prometen el cambio climático y la tecnocratización absoluta en la que cabalgamos. La imagen es digna de las panorámicas de Villeneuve en Enemy (2013) o, para ser más exacta, propia de la nunca suficientemente reivindicada Dark City (Alex Proyas, 1998). Con semejante renegror de panorama, ¿quién no iba a refugiarse en ese taller anclado en el pasado? Y la premisa de un repentino accidente y crimen que deja al protagonista viudo y tetrapléjico.

Sí, de nuevo está ahí ese cliché de diseñar un personaje femenino cuya única función es ser la mujer a la que el Charles Bronson de turno se lance a vengar, el detonante del dolor, el resorte que despierta a la bestia… Y bueno, tampoco es que esté muy diseñada: está ahí puesta y ya, que la obra no requiere de grandes rasgos psicológicos, aunque la caracterización de los personajes y su validez interpretativa permita leer ciertos arquetipos de un solo vistazo. Lo que ocurre y rompe con aquel clásico rape & revenge ciertamente vomitivo es que, en primer lugar, y es de agradecer, ella no es violada (ya basta de recrearse en eso para cebar la furia masculina, que es que además se ha estado erotizando durante años). De hecho, hay una frase que dice el esbirro malísimo prepantalla final (porque aquí hay cierta jerarquía de videojuego, de esas que aspiran a alcanzar al final boss, con sorpresita chunga), un tipo que recuerda a una mezcla de coronel Hans Landa con un joven Christian Bale, hablando con la mujer a la que va a matar, que recuerda mucho al diálogo entre el agresor y la Bellucci en aquella fatídica escena de Irreversible (Gaspar Noé, 2002), con la que comparte el mensaje de la futilidad de la venganza, sobre todo la ciega y crédula, que no atiende a razones y puede llevar a graves errores.

No pretende ser una cinta aleccionadora, sino diversión pura con su poquito de mensaje. Es una juerga de la escabechina.

Y en segundo lugar, es que ni siquiera Grey —el protagonista, que cómo no va a estar gris en ese ambiente y todo lo que les pasa— está por la labor de vengarse: no es su naturaleza. Su perfil de persona es el de un tipo tranquilo, pero que revela que no solo añora los tiempos analógicos, sino también aquellos que validaban ese concepto de virilidad caduco que aún permanece a modo residual en los hombres conscientes de una necesidad de reducción de testosterona en la convivencia. Él es más de aferrarse a la depresión y son siempre agentes externos los que le empujan a dejarse operar, tomar determinadas acciones que no son naturales en él, pero la Inteligencia Artificial va a obrar en él cierto efecto Jekyll vs. Hyde. Él solo quería estar tranquilo en su garaje con sus jugueticos, ajeno al corrupto mundo exterior. Parece acusar esa manía de la presión social de los mindfulners con eso de salirse de la zona de confort y la persecución de la felicidad. En apariencia es algo cotidiano e inocente, pero una vez vista toda la obra, esa insistencia de los entornos de la persona dañada por pasar página al ritmo que se le marque, como si tuviera que ser la norma para todo el mundo, cobra una dimensión mucho más perversa. El futuro es ese coche fantástico sin piloto que te pasa por encima como una apisonadora y te obliga a diluirte en la corriente, dejar de tener el control de tus acciones y sobre todo, de tus decisiones.

Sí, efectivamente la cinta es eminentemente de entretenimiento, pero deja caer varias advertencias sobre los peligros de una excesiva digitalización de todo, y lo hace con esa mezcolanza de referentes de toda la ciencia ficción anterior, pero tomando una actitud inicial al estilo Black Mirror, con todo un despliegue de aplicaciones de la ciencia que ya han pasado por dichos episodios, desde los implantes corporales y oculares a los usos armamentísticos —y de ahí es innegable desprender una advertencia en clave crítica hacia el sadismo de la ingeniería de guerra—. Está claro que ya no hay nada nuevo bajo el sol y sorprender es un reto, pero hay un elemento en concreto que es incluso premonitorio de la pandemia y que incurre en un plano que recordará al público la mítica escena de la bala de las Wachowski a cámara lenta y giro 360º dirigida a Neo. Pero pese a señalarlas, las disfruta en este contexto imaginario. Son fuente de gran creatividad sádica para quienes disfruten de la violencia absurda justificada por la venganza. El caso es que tampoco pretende ser una cinta aleccionadora, sino diversión pura con su poquito de mensaje. Y lo logra. De hecho, es una juerga de la escabechina. Empieza de manera aparentemente dosificada, con sus buenos preámbulos de coreografías de artes marciales, muy en la línea del hapkido de Wesley Snipes en Blade (Stephen Norrington, 1998): mucho codo y mucha rodilla, a casi un ritmo de tres por cuatro muy marcado, que el público pueda seguir cada golpe con claridad y sin que se vea batiburrillo de brazos y piernas, con las luxaciones ejecutadas casi por pasos firmes, como en una exhibición de artes marciales… pero llevadas hasta el final, es decir, nada de kung-fu elegante y que busque, inicialmente, un despeje del ataque o un advertir al contrincante: aquí una mano del malo malísimo que se acerca demasiado, es un brazo roto. Imaginaos a un John Wick que en realidad no quiere hacer lo que está haciendo, pero una presencia le obliga: el efecto logrado es bastante cómico y los villanos son lo suficientemente caricaturescos como para que el público esté deseando ese vapuleo. Y lo va a recibir con extra de chapoteo de sangre.

Upgrade (Ilimitado) (Leigh Whannell, 2018) es un divertido festival de la violencia absurda desplegado en el temible futuro que aúna elementos de homenaje a la filmografía de ciencia ficción más relevante hasta la fecha, y logra divertir y mucho, sin perder de vista que esa venganza no es lo que desea el hombre bueno e inadaptado a una sociedad repugnante, que ya vivía en paz en su burbuja. Logra el hito de alcanzar lo cómico sin dejar de despertar empatía por el pobre diablo protagonista: un tipo corriente, cercano, al que todo le sobreviene. Y no pierde el foco de una cierta moraleja. Para ello guarda un girito argumental que podría ser una reflexión de gamer: pondrá su parte seria y de advertencia sobre el poder de corrupción y el fascismo que puede conllevar un dominio aplastante de lo cerebral sobre lo emocional, pero también del riesgo del rendirse a la comodidad de lo indoloro. Al arroparse en lo que Byung-Chul Han llama la sociedad paliativa.

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