Tres pisos
Coralidad urbana

País: Italia
Año: 2021
Dirección: Nanni Moretti
Guion: Nanni Moretti, Federica Pontremoli, Valia Santella (Novela: Eshkol Nevo)
Título original: Tre Piani
Género: Drama
Productora: Sacher Film Rome, Fandango Produzione, RAI Cinema, Le Pacte
Fotografía: Michele D'Attanasio
Edición: Clelio Benevento
Música: Franco Piersanti
Reparto: Riccardo Scamarcio, Alba Rohrwacher, Nanni Moretti, Margherita Buy, Alessandro Sperduti, Stefano Dionisi, Adriano Giannini, Denise Tantucci, Anna Bonaiuto, Elena Lietti, Paolo Graziosi, Tommaso Ragno
Duración: 119 minutos
Festival de Cannes: Sección oficial (2021)
Festival de Sevilla: Sección oficial (2021)

País: Italia
Año: 2021
Dirección: Nanni Moretti
Guion: Nanni Moretti, Federica Pontremoli, Valia Santella (Novela: Eshkol Nevo)
Título original: Tre Piani
Género: Drama
Productora: Sacher Film Rome, Fandango Produzione, RAI Cinema, Le Pacte
Fotografía: Michele D'Attanasio
Edición: Clelio Benevento
Música: Franco Piersanti
Reparto: Riccardo Scamarcio, Alba Rohrwacher, Nanni Moretti, Margherita Buy, Alessandro Sperduti, Stefano Dionisi, Adriano Giannini, Denise Tantucci, Anna Bonaiuto, Elena Lietti, Paolo Graziosi, Tommaso Ragno
Duración: 119 minutos
Festival de Cannes: Sección oficial (2021)
Festival de Sevilla: Sección oficial (2021)

Nanni Moretti compone una película que expresa la coralidad en las grandes urbes. Reiventando el sentido de colectivismo y desligándolo de un entorno próximo en la narrativa, el que se acerca a la vida de sus protagonistas es el propio espectador.

Nos suenan las reminiscencias del cine por su carácter comparativo, ya que películas hay muchas, tantas como posibilidades de referenciarlas. Este es el caso de un ejemplo claro que encontramos de lo que resultó con la película multipremiada de Carla Simón: Alcarràs (2022); donde uno de sus fuertes residía en su sentido de coralidad. Como principal referencia —o alusión general— a esta coralidad, que es propia de la unidad familiar en campos y pueblos, Simón seleccionó de base el neorrealismo italiano y, más en específico, se centró en El árbol de los zuecos (Ermanno Olmi, 1978) para crear esa historia entre melocotoneros y denuncia social —de la que os habla Roberto H. Roquer en este enlace—.

Olmi desarrolla una película semidocumentalizada en la que se narra la historia de cinco familias granjeras en Lombardía y los cambios que les advienen con la entrada del siglo XX. En sentido coral, la vecindad pasa a ser intimidad dentro de la ostentosa villa que comparten y, por tanto, el síntoma de colectivismo se percibe en el filme como explícito y cercano entre sus protagonistas. Ahora bien, con el desplazamiento de los pueblos hacia las urbes —que cada día fagocitan un poco más estos fortines de la memoria— y la separación que produce la desconexión e individualización de las grandes ciudades, es necesario también poder hablar de otro tono de agrupación, de otro sentido de coralidad, y es así que Nanni Moretti toma las riendas de la actualidad y crea un entorno donde el ser se relaciona a través de edificios —ya sean rascacielos o bloques de apartamentos—, en este caso con uno de Tres pisos.

De título original Tre Piani, la historia sigue a tres familias que comparten residencia en una urbanización ubicada en Roma. Con el choque accidental de un coche en el bajo del edificio —como desencadenante inicial— y una concatenación de hechos que le predecen —a cada cual más caótico— estos vecinos se van encontrando en ciertos puntos, a lo largo de quince años, intercalados en unos roces con los desenlaces más inesperados. Nanni Moretti tiene, sin duda, muy presente el neorrealismo en su obra y es tan así que se podría establecer como esencia narrativa y ética dentro de este largometraje. Cuando hablamos de ciertos aspectos como su misión —enfocada en este caso a temas sociales como la maternidad o las nuevas relaciones de pareja—, con temáticas cotidianas del día a día y el factor que implica tener a figuras infantiles como foco catalizador para la empatía del espectador —otro ejemplo es el de Alemania, año cero (Roberto Rossellini, 1948)—, nos vemos inmersos en  este movimiento, una especie de probeta que además se organiza mediante una ética ácida, que no se corta ni un pelo en ser explícita con hechos disruptivos —ya reconoceréis la escena a la que nos referimos—.

Readaptativa, actual y, sobre todo, consciente de un mundo que si bien se individualiza más y más, encuentra en el cine ese poder de reinserción compasiva.

Es cierto que en cuanto al apartado técnico no podemos comentar nada jugoso en torno a alguna referencia neorrealista, o próxima a otra escuela autoral. En este caso, los recursos visuales son un poco pobres o no aluden a nada estético en particular. No encontramos florituras visuales, ni nada móvil, en consonancia todo es estático —como en la ciudad— y parece ser ese el enfoque que le quiere dar Moretti. Una película que desadapte a los paisajes verdosos, lejana a la belleza de la naturaleza y que es tan ruda que no busca más que los personajes entren en el encuadre de la lente. Artificial, para nada existe la cámara en mano o la sensación de inquietud visual. Todo se torna absortamente ligado a la urbe y es lo que es: la cotidianidad de alguien que vive en un entorno rodeado de pisos, bocas de metro y asfalto. Pero entonces, con este nivel técnico que no dice nada, ¿cómo logra el director brunicensi convencernos? Pues primordialmente su poder de convicción se sostiene en torno al concepto con el que hemos abierto este artículo: la coralidad. Y es que si Olmi establece un grupo de individuos que son próximos y están ligados a un entorno que les hace arrimar el hombro ante las mareas que suben, Moretti se centra en la vecindad, en cómo las nuevas formas de vida en la ciudades han desplazado esa proximidad y cercanía que era vital antes entre personas que vivían a metros, para pasar a dejar un individualismo y una emoción que solo se sienten de puertas para adentro. No hay conexión entre sus protagonistas —ni interfamiliar, y nos arriesgaríamos a decir que tampoco intrafamiliar— y ello no lleva a que la película sea poco funcional, pues al final alude más al espectador —con quien parece tener en sumo secreto, si es un ser urbano, pudiendo interconectarse a ella—. Y es que aquí la conexión crece de la representatividad con la que cada uno ve Tres pisos, dejando de lado el colectivismo y la familiaridad que apreciamos en cintas como Alcarràs, para dejar paso a una contigüidad descrita en un rellano y sus correspondientes escaleras.

Es por ello que, se podría decir que el cine aquí cuenta como un canalizador para que los que nunca han convivido con el sentimiento de cercanía —visto en El árbol de los zuecos— respecto a los que viven a unos pasos de su puerta, establezcan una empatía menos sorda con lo que les pasa. Por tanto, el «conjunto de» se basa en el poder de representatividad que uno mismo tiene sobre lo que cuenta Nanni, que puede ser la historia de uno y a la vez de muchos. Pero nadie vive con nadie, solo se cruzan en un relato perdido de Historia de una escalera de Buero Vallejo, haciendo equilibrio por las esquinas del hueco del ascensor para no caerse en una nada absoluta. En conclusión, el largometraje nos convence por su capacidad de enlazar la ética narrativa de un neorrealismo lejano —que podríamos nombrar como neo-neorrealismo— y por su poder de convicción a la hora de establecer este nuevo concepto de coralidad urbana —ligada más al ente metropolitano y menos al humano—. Aunque no termina de convencer la poca propuesta que posee en cuanto a técnica y estética, que parece autoconsciente. Al fin y al cabo, Tres pisos es readaptativa, actual y, sobre todo, consciente de un mundo que si bien se individualiza más y más, encuentra en el cine ese poder de reinserción compasiva.

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