tick, tick... Boom!
| Un musical al alcance de todos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Lin-Manuel Miranda
Guion: Steven Levenson (Libro: Jonathan Larson)
Título original: tick, tick... Boom!
Género: Musical, Drama
Productora: 5000 Broadway Productions, Imagine Entertainment
Fotografía: Alice Brooks
Edición: Myron Kerstein, Andrew Weisblum
Música: Jonathan Larson
Reparto: Andrew Garfield, Alexandra Shipp, Robin de Jesus, Vanessa Hudgens, Joshua Henry, Bradley Whitford, Judith Light, Jordan Fisher, David Iacono, Joanna Adler, Alex D. Jennings, Marie Rose Baramo, Jared Loftin
Duración: 115 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Lin-Manuel Miranda
Guion: Steven Levenson (Libro: Jonathan Larson)
Título original: tick, tick... Boom!
Género: Musical, Drama
Productora: 5000 Broadway Productions, Imagine Entertainment
Fotografía: Alice Brooks
Edición: Myron Kerstein, Andrew Weisblum
Música: Jonathan Larson
Reparto: Andrew Garfield, Alexandra Shipp, Robin de Jesus, Vanessa Hudgens, Joshua Henry, Bradley Whitford, Judith Light, Jordan Fisher, David Iacono, Joanna Adler, Alex D. Jennings, Marie Rose Baramo, Jared Loftin
Duración: 115 minutos

La ópera prima de Lin-Manuel Miranda es una oda al recuerdo del compositor Jonathan Larson, figura de renombre en el musical underground. Una obra que auna bajo un mismo manto a expertos del género y a principiantes en él. 115 minutos de puro dinamismo.

Una de las peculiaridades que apreciamos del musical, como género, es el mismo riesgo que toma desde que comienza a ser. Como temática fílmica tienen sus más y sus menos, sus simpatizantes y sus detractores, y aunque juegan con la baza de ser obras que están ligadas a un tipo de emociones primarias, tienden a llegar más fácilmente a generar emociones secundarias. En el caso de la comedia, por ejemplo, vemos que bajo todas las capas de guion, el espectador no espera otra cosa más que experimentar alegría cuando entra en la sala, concluyendo que al salir la sensación que predecía al comprar el ticket se mantenga presente tras el fundido a negro: la satisfacción. Reír a carcajadas, o esperar llorar la gota gorda con ciertas películas que se enmascaran como lo que son es facilmente asequible. Su capacidad de convencer al público es más plausible y son capaces de rozar el éxito con menos. Pero es así que, hablando de riesgos, cuando en FilmAffinity este tipo de géneros (drama, comedia…) van acompañados del término «musical» ya todo resulta cuesta arriba. Y es que sí, podemos prever que dentro de su temática, lo que se nos puede presentar es una amalgama de chascarrillos, de momentos que más bien nos hacen tener la lagrimilla a punto, o de situaciones de éxtasis donde todo es luz y color. Pero la música, y la organización de sus números dentro del espacio fílmico lo hace todo un poco más difícil.

En el caso del debut en la dirección de Lin-Manuel Miranda detectamos que en multitud de ocasiones el lanzarse a crear un musical puede ser un arma de doble filo. tick, tick… Boom! narra la vida y fugaz obra del compositor estadounidense Jonathan Larson. El largometraje sigue su treintena en la ciudad de Nueva York, lugar donde su arte parecía no ser percibido por unos ojos devoradores que, inmiscuidos en los noventa, no veían más allá de la realidad que se escondía tras su imaginativa. A forma de fragmentos grabados en 4:3 —las horas en su habitación ensayando, las tomas de Jonathan estallando del estrés acumulado o imágenes indirectas que muestran su contexto social e individual— se establecen entreactos de lo que es un largometraje al uso. De cómo el éxito no recorrió su vida con facilidad y, más bien, de como un treintañero asumió la responsabilidad de una vida adulta que parecía no corresponderle: las idas y venidas de un artista potencial, que realmente es una persona más del montón.

 Prosiguiendo con el relato, entonces podemos preguntarnos qué es lo que hace complejo a este biopic si parece ser que todos sus ingredientes congenian a la perfección para la receta. Pues bien, todo está en que no es un biopic al uso, sino que más bien se entremezcla la actuación principal dentro de su propia obrasirviendo esta como narrativa meta dentro de un live show para continuar alternando entre los fragmentos en 4:3 y las tomas de la vida de Jonathan con el fin de crear, en cómputo, el nexo de unión entre vida y obra. División que no parece concebir límites, y que más bien termina por aunarse con números musicales que muestran números musicales dentro de números musicales. Y este esquema tan laberíntico es lo que hace que Miranda lo rompa todo: dentro del género consigue estructurar el hilo de performances en una escalonada sucesión con sentido, congeniando a las mil maravillas su sentido de tragicomedia con la esencia teatralizada del musical. Elaborando minuciosamente las emociones más arraigadas que interconectan con otras emociones menos arraigadas un sistema que construye una narrativa a la perfección, tanto para público adherido al mundo de los musicales como a espectadores (entre los que me considero) que no veían ni de broma una obra de tales características. En cierto punto, uno de los secundarios describe ese tipo de vida como «un coñazo», para que luego, dos canciones más tarde, termine por gritar a los cuatro vientos lo fantástico que es todo. Creo que en parte muchos nos sentimos identificados con ese señor frustrado (o al menos yo).

Es de esta forma que si tuviéramos que describir esta película con una sola frase, podría ser «un musical al alcance de todos». «Una primera toma de contacto a la perfección para el sentido de la apertura mental respecto al espectáculo sonoro». La recomendación exacta y que encaja para alguien que tiene curiosidad y, además, quiere saber más sobre la figura de Jon Larson, figura encomiable cuya historia posee un poder de fluidez abrumador gracias a dos bloques fundamentales: el guion y el montaje. A cargo de la adaptación escrita se encuentra Steven Levenson, que junto a los montadores Myron Kerstein y Andrew Weisblum (fiel acompañante de Wes Anderson) organizan una correlación estupenda que les ha llevado a estos dos últimos a la nominación al Óscar con todo el sentido del mundo. Madurez escrita encajada con cortes que se deslizan con pulso milimétrico, donde la música es, de fondo, el principal móvil. Remarcables son las dos interposiciones audiovisuales en las performances de los temas musicales, Therapy y 30/90, donde se van saltando de diálogos en la vida de Jon a instantes de bailes, pianos y micrófonos. Micrófonos que serían vacuos sin las voces de su gran elenco, en el que hay nombres como los de Vanessa Hudgens, Joshua Henry o Robin de Jesús. Y en el que se da visibilidad también al colectivo con otro papel recurrente interpretado por Mj Rodriguez. Se podría decir que este largometraje tiene un poco de todo. Un poco de todo y aparte a Andrew Garfield.

Un musical al alcance de todos, una primera toma de contacto para el sentido de la apertura mental respecto al espectáculo sonoro.

Dejamos a un lado a Garfield porque veo necesario dedicar un párrafo a hablar de su interpretación. Dentro de la piel de Jonathan Larson, el intrépido actor se lanza a mostrar su versatilidad y su falta de pudor al aceptar retos. En todos los sentidos, lo hemos visto como uno de los grandes magnates de Silicon Valley, así como en la piel del increíble hombre araña o en la de aquel chico recién mudado a un vecindario de Hollywood en el thriller Lo que esconde Silver Lake (David Robert Mitchell, 2018). Muchas facetas que se han ido traduciendo en un crecimiento profesional absoluto y que han terminado por llevarle a cantar y danzar en otra actuación sólida y creíble. Andrew y Jon se funden en uno y tenemos por seguro que el segundo estaría orgulloso de tenerle a él como su intérprete.

Finalmente, cabe mencionar el trabajo de Lin-Manuel, quien ha mostrado su precisa capacidad para dirigir musicales, ya lográndolo en 2015 con su majestuosa Hamilton, que fue llevada a la pantalla hace poco. No hay formas de ponerle peros a su capacidad de saber cómo y cuándo debe sonar cada cosa para ser adaptada al cine. Aunque sí, es relevante sacar a la luz uno de sus primordiales errores. Y es que en un cine lleno de elementos que podrían explotar la denuncia social y dirigir el fondo de la obra a un sentido más politizado, ya hemos apreciado que en el caso de este director no es su principal punto a favor. Con un tema que afectó tanto a la vida de Jonathan —el SIDA—, así como el poder de visibilizar el trato de muchos medios respecto a este tema, Lin-Manuel Miranda se queda en lo superficial y no pone el dedo todo lo que debería sobre algo de lo que se debería hablar más. El cine es un móvil social que al final posee connotaciones políticas, se quiera o no, y es importante recordar que esto es necesario en un medio de gran empuje. Suponemos que tampoco le podemos pedir una Buddies (Arthur J. Bressan Jr., 1985), y obviamente estamos a favor de su libertad creativa, pero no hubiera estado mal que se mojase un poco más. Que oportunidad ha tenido.

Fuera de todo pensamiento realista, la película cumple con su carácter ficcional mostrando una cuasiverdad que le hace bien a todo el mundo. Tanto a espectador, como a intérpretes y, como es obvio, a Jonathan. Se podría hablar entonces de un largometraje muy complaciente y, ¡oh! ¡resulta que hablamos de un musical! Quizá tick, tick… Boom! sea ese otro paso más para eliminar esos esterotipos y prejuicios que plagan nuestra percepción sobre temáticas en el cine que no cuadran con nuestro gusto personal. A mí, a título propio, he de admitir que hoy esto de las cancioncillas filmadas me resulta más cercano.

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