Revolutionary Road
Estancarse en el beige o morir

País: Estados Unidos
Año: 2008
Dirección: Sam Mendes
Guion: Justin Haythe (Novela: Richard Yates)
Título original: Revolutionary Road
Género: Drama. Romance
Productora: DreamWorks SKG, Paramount Vantage, BBC Films
Fotografía: Roger Deakins
Edición: Tariq Anwar
Música: Thomas Newman
Reparto: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Kathy Bates, Michael Shannon, Kathryn Hahn, David Harbour, Dylan Baker, Richard Easton, Zoe Kazan, Jay O. Sanders, Max Casella, Ty Simpkins
Duración: 119 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2008
Dirección: Sam Mendes
Guion: Justin Haythe (Novela: Richard Yates)
Título original: Revolutionary Road
Género: Drama. Romance
Productora: DreamWorks SKG, Paramount Vantage, BBC Films
Fotografía: Roger Deakins
Edición: Tariq Anwar
Música: Thomas Newman
Reparto: Leonardo DiCaprio, Kate Winslet, Kathy Bates, Michael Shannon, Kathryn Hahn, David Harbour, Dylan Baker, Richard Easton, Zoe Kazan, Jay O. Sanders, Max Casella, Ty Simpkins
Duración: 119 minutos

El filme del británico Sam Mendes empieza donde todas las películas románticas terminan y nos muestra qué hay detrás del «y fueron felices y comieron perdices». Una «American Beauty» de otro tiempo, pero mucho más cruda y asfixiante.

¿Mudarse a París o estancarse? ¿Quedarse en la zona de confort o luchar por los sueños de juventud? Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008) nos presenta a April (Kate Winslet)y Frank Wheeler (Leonardo DiCaprio), un matrimonio que se encuentra atrapado en una vida que no ha querido vivir. Los sueños de juventud vuelven a aparecer y April le propone a Frank un cambio: una mudanza a París que será el detonante de una serie de miserias de las que seremos testigos. Con frecuencia, el cine nos ha retratado las historias de amor desde sus comienzos culminando en el matrimonio y es tarea del espectador imaginar la vida idílica que siguen sus protagonistas haciendo que, de alguna manera, el matrimonio se convierta en sinónimo del éxito, como si a esos personajes ya no les quedará nada más por vivir y, a partir de ese momento, todo fuera felicidad y satisfacción; en definitiva: se identifica el matrimonio con la plenitud, la culminación del amor. Sin embargo, en esta ocasión, aunque arrancamos con un «chico conoce a chica en un bar y se enamoran», Mendes prefiere no incidir en el camino del enamoramiento y en cómo se llega a esa «culminación» de la que hablábamos, sino que prefiere avanzar en el tiempo utilizando una elipsis temporal que nos lleva a una discusión motivada por la frustración de los protagonistas al haber renunciado a sus sueños por vivir una vida tradicional. Son los mismos personajes, esos mismos individuos que quedaron fascinados al conocerse y que parecían tener infinidad de planes, pero ahora el escenario es muy distinto y la tensión ha sustituido a la pasión. Sam Mendes regresa a las raíces de American Beauty (Sam Mendes, 1999) y encierra a los personajes en la prisión del hogar y de los convencionalismos. Con elegancia, se aleja de la sátira que hiló su ópera prima, brindándonos una historia universal que bebe del desasosiego.

Han pasado ya más de diez años desde que se estrenó Revolutionary Road, el filme que traía a Leonardo DiCaprio y Kate Winslet de vuelta a la palestra para demostrar, tanto a la crítica como al público, que ellos no eran solo «los de Titanic», sino dos actores maduros y con mucho que decir. Los carteles, con la foto de Winslet y DiCaprio, evocaban el recuerdo de Titanic (James Cameron, 1997), la película que los catapultó a una fama abrumadora y que todos recuerdan por lo trágico, pero especialmente por su romanticismo. Un romanticismo completamente idealizado que, aunque no culmina con el matrimonio, sino con la muerte, dota a ese amor de un halo de idealización todavía superior, puese pese a haber rehecho su vida y haber llegado a la vejez, la protagonista de Titanic seguía recordando al que fue su gran amor. No hay que olvidar que el éxito de la película desembocó en un fenómeno fan extraordinario y en la invención de posibles continuaciones en las que Jack (DiCaprio) había sobrevivido. De alguna manera, el hecho de reunir nuevamente a los actores y volver a convertirlos en pareja hizo las mieles de esos enamoradizos fan que se dejaron llevar por la imaginación de Titanic y que, en cierto modo, querían ver su deseo de continuación saciado; pero no una continuación cualquiera, sino una historia en la que «fueron felices y comieron perdices». Sam Mendes, por su parte, se encargó de destruir los sueños de esos espectadores y demostrarles que, tal vez, ese final tan trágico e idealizado no era tan mala idea, pues la alternativa que él proponía era bastante más amarga. El cineasta seguía buscando la elegancia y la belleza en la desesperanza de lo cotidiano, llevaba la batuta en este largometraje y volvía a mostrar la cara más oscura del sueño americano, pero de una forma más trágica que en su primera película. A él se unía un equipo técnico en el que destacan nombres como Roger Deakins y Thomas Newman (fotografía y música respectivamente), ambos colaboradores habituales del cineasta británico, y un reparto de extraordinarios secundarios, en el que destacan Kathy Bates y Michael Shannon. En la superficie, las líneas eran las de un gran éxito comercial. Sin embargo, Revolutionary Road no fue más que un engaño, un sueño que terminaba por convertirse en pesadilla para los espectadores y, por desgracia, no destacó demasiado en taquilla, aunque el aplauso de la crítica fue unánime. Quizá, esos espectadores que se enamoraron y lloraron con la inolvidable pareja de Titanic no estaban preparados para ver las miserias de una pareja de lo más cotidiana, atrapada en la monotonía, en la rutina y en un circo beige que a todos nos resulta muy, pero que muy familiar.

Enamora en la imperfección de la historia de amor e hipnotiza al espectador desnudando con elegancia las almas imperfectas de apariencia perfecta.

La película, basada en la novela Vía revolucionaria (Richard Yates, 1961), se adentra en un escenario fácilmente reconocible: son los años cincuenta y nos encontramos en un barrio de los suburbios estadounidenses. Casarse, tener hijos y trabajar —si eres hombre— para tener una casa de ensueño parece ser la premisa de los habitantes del barrio, un lugar en el que, como en American Beauty, las apariencias pueden ser engañosas. A través de flashbacks, en una estructura que recuerda enormemente Dos en la carretera (Stanley Donen, 1967), conocemos a una joven pareja que ríe y todavía tiene ilusiones, vemos a una joven April que sueña con convertirse en actriz, pero tras el matrimonio, todos sus sueños parecen frustrados y, en un intento desesperado por recuperar el pasado, se negará a vivir la realidad que le rodea. El espectador no tardará en reconocer a estos personajes, no tardará en darse cuenta de que, pese a considerarse «especiales», April y Frank han sucumbido a los engañosos encantos y comodidades de la vida occidental y han renunciado a sus sueños para esclavizarse en un rol que les ha sido impuesto por la sociedad. En definitiva, lejos de ser «diferentes», ambos componen una pareja de lo más convencional que poco o nada se diferencia de los demás. La llama de la juventud, esa vena revolucionaria que invita a romper con lo establecido se ha esfumado de la mirada de Frank, que parece conformarse con ser todo lo que siempre había odiado. El sueño americano ha anulado los deseos individuales y ha convertido a la pareja en una parte más del decorado de lo establecido. Hago hincapié en el uso del color beige porque el infierno que nos presentan viene marcado por esta tonalidad. De hecho, lo menos beige de la película lo vemos en April, cuyo cabello rubio platino y algunas elecciones de vestuario contrastan con el ambiente, como si el personaje nos estuviese diciendo que necesita salir corriendo. Y es que Revolutionary Road, la calle en la que residen, es de todo menos revolucionaria, no es más que un infierno de sonrisas prefabricadas en el que las apariencias son más importantes que la propia felicidad de los individuos. La pérdida de la identidad, el dejar de ser un individuo para convertirse en parte de la masa se hace patente, especialmente, en el personaje de Frank. Como apuntábamos, Mendes se vale mucho del uso del color y si identificamos a April con los colores más vivos de la película, vemos que Frank se mueve en tonalidades beige y grises que han impregnado su alma. Frank es la viva imagen del súbdito, del siervo de un sistema que, aunque no le gusta, le hace sentirse cómodo. Cuando April le propone mudarse a París, Frank acepta. Sin embargo, la película muestra que todavía no ha tomado esa decisión, que en él todavía hay dudas y que, aunque no es feliz con la vida que lleva, salir de la zona de confort le resulta aterrador. Vemos en Frank una clara dualidad y contradicción: por un lado, lo identificamos claramente con la comodidad y la aceptación de las circunstancias; por otro, buscará vías de escape lejos del hogar, vías que le lleven a su impulso más animal, que le hagan salir de la zona de confort, pero no del todo, solo durante unos instantes. La película se sumerge en los personajes, en su lado más oscuro y desgarrador, nos muestra sin tapujos sus miserias, sus miedos y sus errores.

En medio del caos que únicamente se vive de puertas para adentro, nos presentan una escena en la que el color vuelve a ser el principal protagonista, una escena en la que vemos una especie de coreografía, de humanos robotizados, en la que el individuo se mimetiza con el entorno y desaparece por completo la individualidad: hablamos de la marcha de sombreros grises. Esa escena en la que un enorme grupo de hombres —porque apenas hay presencia femenina— acude a su puesto de trabajo monótono y aburrido con el único objetivo de pagar una hipoteca, mientras sus mujeres se ocupan de sacar brillo a la casa, es absolutamente reveladora. Esos sombreros grises son el distintivo de una época, de una clase social y de un sueño que ha sido impuesto en la sociedad occidental y grabado en nuestra mente a golpe de martillo. Vemos a Frank salir a trabajar; su reflejo en el retrovisor de un coche que se ha pagado con mucho esfuerzo y aburrimiento, vemos la posibilidad de un ascenso que terminará de atarlo a una vida no deseada, pero a la que ha terminado acostumbrándose. April, por su parte, también se ha acomodado y, en un intento desesperado, optará por distanciarse de la realidad y adoptar una actitud bastante más irracional. El color azul es un tono que identificamos frecuentemente con April, un color cuyas connotaciones podemos asociar de forma positiva con la inteligencia, la calma o la seguridad; pero en su contrapartida negativa, evoca sensaciones y emociones como la tristeza, frialdad y el distanciamiento. April es una mujer inteligente y que siempre se ha considerado segura, pero esa seguridad también esconde tristeza y conformismo y la lleva a distanciarse de su propia realidad, a buscar una salida de esa rutina de la que no consigue escapar.

A su manera, ambos se han amoldado a una sociedad que no les representa, han sucumbido al beige que les rodea; la diferencia es que ella está gritando por dentro, está deseando salir de la jaula y esto se refleja de forma muy clara en su vestuario y la gama cromática que acompaña a cada personaje. Cuando April y Frank comparten la noticia de la mudanza con su entorno, nos encontramos con reacciones de sorpresa. ¿Quién podría renunciar a una casa de ensueño en los suburbios para lanzarse a la aventura de viajar a Europa? ¿Por qué actuar de forma tan inmadura? Solo un loco podría entenderlo. Desde el comienzo, vemos que Frank y April guardan cierta relación con Helen y Howard Givings, siendo Helen la agente inmobiliaria que les vendió la casa. La importancia de la casa se materializa en el personaje de Helen, una mujer atada a los convencionalismos y que ve en April y Frank a una pareja «especial», lo especial gusta y llama la atención, pero siempre y cuando se mueva en un tono un poco más brillante, un poco más novedoso, pero sin renunciar del todo a los tonos neutros de la sociedad. Es por ello que intenta que haya un acercamiento con John, su hijo, un hombre que, pese a poseer un doctorado en matemáticas, tiene problemas mentales y es tachado de «loco». Lo paradójico es que la locura de John está motivada por su pensamiento crítico y su tendencia a decir la verdad, a manchar el beige de la vida prefabricada de los habitantes de los suburbios. Los locos siempre han sido excluidos de la sociedad. Sin embargo, ¿y si el loco fuera el cuerdo? ¿Y si lo llamamos loco, simplemente, porque intenta romper nuestra comodidad? En el primer encuentro entre la pareja y la familia Givings, la composición nos muestra las claves de las relaciones interpersonales de los personajes. Helen aparece en el centro de la escena como nexo de «unión», como ejemplo de encajar en los convencionalismos, una mujer que vive y promueve las apariencias. Por su parte, su hijo John destaca en escena al colocarse en un punto más elevado, siendo el personaje que desea escapar, que rompe con los convencionalismos, aunque permanece sentado junto a su madre. Lo interesante es que el padre de familia —personaje casi carente de diálogo— parece que es quien más tiene que decir —sin palabras— y aparece totalmente alejado y desvinculado del resto de su familia. A diferencia de April, él no manifiesta sus deseos, sino que se aleja con resignación. Es especialmente interesante teniendo en cuenta su relevancia en la escena final de la película. La propia historia nos ha demostrado que la locura está completamente ligada a los convencionalismos, a los moldes establecidos en un momento determinado y, como ese molde no es estático, sino móvil, la locura tampoco será la misma en una época que en otra. Quizá, una de las obras que mejor ejemplifica este cambio respecto al concepto de locura sea Historia de la locura en la época clásica (Michel Foucault, 1961), una obra en la que se ejemplifica con la exclusión de distintos grupos a lo largo del tiempo. El marginado no siempre es el mismo, pero la reacción de la sociedad hacia esa persona sí es similar, de esta forma, queda patente que, pese al avance y los cambios en la sociedad, siempre hay un molde predominante que excluirá a quien no se adapte a él. Revolutionary Road, como lo fue American Beauty, es una crítica a la sociedad de un momento concreto, a esos patrones establecidos que nos asfixian y que tienen consecuencias negativas para quien se niega a permanecer en él, pero también para quien se adapta contra su propia voluntad.

Tras volver a ver Revolutionary Road, tengo la sensación de haber conocido a infinidad de personas beige a las que les recomendaría la película. Incluso yo misma me replanteo si quiero seguir viviendo en la monocromía o prefiero aportar una nota de luz y color a mi vida. Luchar por los sueños, aunque sea difícil, o sucumbir a los falsos encantos de las apariencias, una premisa que ya aparecía en American Beauty y que vuelve en Revolutionary Road —lo cierto es que es inevitable ver paralelismos entre ambos filmes— para demostrarnos que, pese al paso del tiempo, existen constantes. La sensación de desasosiego y desesperanza se materializa en una música y unos movimientos de cámara que atrapan y capturan todas las emociones, que recorren la prisión de ese hogar de apariencia idílica para reflejar la agonía y claustrofobia de los personajes dentro de lo que supuestamente es su zona de confort. El hogar y el matrimonio son la culminación de los cuentos de hadas y, como apuntábamos al principio, es tarea del espectador imaginar ese mundo feliz que continúa tras ese momento mágico e idílico. Sin embargo, Revolutionary Road nos cuenta esa historia que no queremos ver, esa historia tan amarga que preferimos evitar para seguir viviendo en la fantasía; pero la realidad es que se parece bastante más a nuestras vidas que cualquier cuento de hadas, incluso que ese amor eterno roto por la muerte que vimos en Titanic. Y es que parece que todo es más fácil de aceptar cuando se destruye por lo inevitable, por algo contra lo que no podemos luchar como la muerte; pero la ruptura del amor romántico por lo cotidiano resulta más desesperanzadora y lo es, precisamente, por su realismo. Todo ello para dejarnos en un estado de completo desasosiego, desamparados y en un espacio en el que parece que no hay lugar para la felicidad. En este punto, la última escena del largometraje cobra una relevancia absoluta: sin ánimo de hacer ningún spoiler, diré que esa escena final es un claro reflejo de nuestra sociedad, de esa sociedad que silencia o bloquea lo que le molesta o no le interesa, pero en lugar de verbalizarlo, finge interés con el fin de evitar un conflicto, una discusión. La película se inspira en los años cincuenta, pero parece que las cosas no han cambiado tanto y el mundo de las redes sociales nos facilita enormemente ese falso interés que vemos al final. De sacar alguna pega, podríamos decir que hay poca presencia de los hijos, aunque esta irrelevancia puede ser intencionada, precisamente, por el escaso instinto maternal de la protagonista, de una mujer que se ha resignado a ser madre porque es «lo que toca», aunque no lo que desea. Lo cierto es que Revolutionary Road enamora en la imperfección de la historia de amor e hipnotiza al espectador, destripando los entresijos de la vida cotidiana, desnudando con elegancia las almas imperfectas de apariencia perfecta.

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