Pig
| La importancia de lo absurdo

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Michael Sarnoski
Guion: Vanessa Block, Michael Sarnoski
Título original: Pig
Género: Drama. Thriller
Productora: Ai Film, Escape Artists, Pulse Films, Saturn Films, Sweet Tomato Films, Valparaiso Pictures, BlockBox Entertainment
Fotografía: Patrick Scola
Edición: Brett W. Bachman
Música: Alexis Grapsas, Philip Klein
Reparto: Nicolas Cage, Alex Wolff, Adam Arkin, Nina Belforte, Gretchen Corbett, Dalene Young, Julia Bray, Darius Pierce, Elijah Ungvary, Brian Sutherland, David Knell, Sean G. Tarjyoto, Tom Walton
Duración: 92 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2021
Dirección: Michael Sarnoski
Guion: Vanessa Block, Michael Sarnoski
Título original: Pig
Género: Drama. Thriller
Productora: Ai Film, Escape Artists, Pulse Films, Saturn Films, Sweet Tomato Films, Valparaiso Pictures, BlockBox Entertainment
Fotografía: Patrick Scola
Edición: Brett W. Bachman
Música: Alexis Grapsas, Philip Klein
Reparto: Nicolas Cage, Alex Wolff, Adam Arkin, Nina Belforte, Gretchen Corbett, Dalene Young, Julia Bray, Darius Pierce, Elijah Ungvary, Brian Sutherland, David Knell, Sean G. Tarjyoto, Tom Walton
Duración: 92 minutos

Sarnoski nos descubre cómo a partir de una premisa a priori absurda se puede llegar a los recovecos más profundos de nuestro ser gracias a un tratamiento meditado, paciente y sabio en el que incluso llega a domar la energía impertérrita de Nicolas Cage.

A la hora de contar una historia ninguna premisa es absurda. Bueno, es posible que en su origen algunas sí que puedan ser consideradas como tal, pero eso no quita que al desarrollarlas consigan llevarnos a lugares que merezca la pena visitar. En realidad, todo depende del punto de vista y cómo este organiza sus prioridades. Para Alejandro Magno era el mundo, para Scrat es su bellota, para Liam Neeson es su hija. Y para Nicolas Cage es su cerdo trufero. Pig (Michael Sarnoski, 2021) parte de una sinopsis ante la que más de uno se sentiría reticente: un buscador de trufas que vive solo y aislado en una zona salvaje de Oregón sufre el robo de su querida cerda trufera, por lo que se verá obligado a regresar a la ciudad con tal de recuperarla. No es solo un reto para el espectador, que ha de sentirse atraído por una premisa probablemente ajena a su realidad, sino que lo es también para su director, que ha de conformar las bases de esa realidad y situar a su público en la mente de sus habitantes: qué les preocupa, qué les mueve, por qué han decidido ser como son. Y resulta un tanto impactante el resultado que ha obtenido Michael Sarnoski aun siendo esta su ópera prima dentro del ámbito estrictamente cinematográfico. ¿Cómo ha hecho que el secuestro de cerdos truferos nos importe?

En primer lugar, hace de su obra un relato íntimo. Esto quiere decir que se mueve mucho en el silencio, la introspección y en el sugerir. Los personajes de Pig no realizan arcos al uso, donde los eventos provocan cambios indelebles en su carácter o en su actitud. Aquí se proponen una serie de individuos obligados a ocultarse tras una máscara o incluso coraza de soberbia, aislamiento u hostilidad que, gracias a ese acercamiento progresivo, paciente y ante todo empático, van retirando capa por capa las defensas de una naturaleza más vulnerable pero también más sincera. Lo que siempre fueron en realidad. Es agradable ver como a la hora de trabajar este desarrollo se le ofrezca a alguien como Nicolas Cage –relegado últimamente al esperpento de figuras vociferantes dadas a la fanfarria– el espacio suficiente para la contención emocional de un personaje tan hermético como el suyo, que va liberando lentamente señas de dolor, abatimiento y pesar dignas de la más pura verdad. Ojo, también hay huecos para los gritos, las escenas de hipérbole y la apariencia estrafalaria, pero las riendas de Cage están bien sujetas y procuran concentrar toda su energía hacia el buen camino.

Dándole la réplica tenemos a Alex Wolff y su personaje de coraza más transparente pero no por ello menos interesante. Los diálogos entre estos dos personajes y otros secundarios no desmerecedores de mención como Adam Arkin, David Knell o Nina Belforte, abordadas desde la proximidad de los primeros planos, consiguen la distancia ideal para observar las pequeñas grietas que se van abriendo en las máscaras que todos nos calzamos para afrontar una realidad injusta. Y como herramienta para ir picando dichas grietas, Sarnoski muy sabiamente utiliza recursos que atañen directamente a nuestra sensibilidad. Aquellos que a veces responden a los argumentos lógicos y bien meditados de una conversación sincera y directa, pero que otras veces simplemente nos remueven las entrañas sin saber muy bien por qué, como lo hace la música, el paisaje o la cocina.

Una película sobre las heridas, un relato protagonizado por la injusticia y resuelto mediante la compasión.  

En general, Pig, ahí donde la veis, es una película sobre las heridas. Sobre cómo las cicatrices moldean la estructura de un cuerpo hasta el punto de hacerlo temeroso y anclarlo a un pasado supuestamente idílico. Las cicatrices nos avergüenzan, nos esconden, nos limitan en una realidad donde apenas se nos permite mostrar debilidades. Sarnoski construye un retrato perfecto de lo que es la nostalgia en sí misma —del griego nóstos «regreso» y álgos «dolor»— como ese pasado que duele recordar pero que reconforta al exponer y compartir con los demás. Una trayectoria curiosa esta, porque si bien muchos autores encuadran la nostalgia en un marco lóbrego, oscuro, a veces incluso de venganza contra el presente o el futuro, Pig opta por la reconciliación aun cuando esta no se nos presenta como una opción siquiera plausible. Es decir, tanto la premisa de Pig como su primera parte de tres nos plantean un ambiente apacible perturbado injustamente por fuerzas violentas. Y si algo hemos aprendido del cine en estos últimos años es que la violencia se suele castigar con violencia. Pero esta obra no cree en eso. Y en vez de ver a un Nicolas Cage desfasado arrasando con todos los hijos de puta que le han robado a su pobre cerdo, le vemos poniendo la otra mejilla y recibiendo una paliza tras otra.

Es de un simbolismo precioso ver cómo su personaje no se cura las heridas durante todo lo que dura el relato. Ver a alguien desamparado, en lo más bajo, con el rostro lleno de sangre y moratones pero que aun así trata de abordar el conflicto de su dolor y su rabia mediante el diálogo y las buenas intenciones es una imagen potente. Muestra absoluta de esa sabiduría que sabe qué batallas merecen la pena luchar y cuáles se ganan simplemente dejándose vencer. Ahí es donde todo cobra sentido. Da igual de dónde se partiese o a dónde se quisiera llegar. A veces el camino es el destino y para andar necesitamos que alguien nos limpie y desinfecte las heridas que nos limitan. Otras veces, somos nosotros quienes ofrecemos ayuda y a la vez eso nos ayuda a impulsarnos. Ese momento íntimo de enjugarse el rostro con agua, apartar la suciedad del pasado y afrontar el futuro con la cara limpia, descubierta y orgullosa, es lo que da sentido a este relato protagonizado por la injusticia y resuelto mediante la compasión. Seguiremos sin entender los recovecos de la recolección de trufas, no dispondremos del olfato necesario para localizarlas y quizá ni siquiera sepamos cómo usarlas adecuadamente en la preparación de un plato, pero ahora sin duda alguna comprendemos por qué los cerdos truferos importan.

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