Nunca llueve en California
Un «coming of age» para la generación Z

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Jamie Dack
Guion: Jamie Dack, Audrey Findlay (Historia: Jamie Dack)
Título original: Palm Trees and Power Lines
Género: Drama
Productora: Fiesta Island Films, Neon Heart Productions
Fotografía: Chananun Chotrungroj
Edición: Christopher Radcliff
Reparto: Lily McInerny, Jonathan Tucker, Gretchen Mol, Emily Jackson, Quinn Frankel, Armani Jackson, Ping Wu, Timothy Taratchila, Auden Thornton, Kenny Johnston
Duración: 110 minutos

País: Estados Unidos
Año: 2022
Dirección: Jamie Dack
Guion: Jamie Dack, Audrey Findlay (Historia: Jamie Dack)
Título original: Palm Trees and Power Lines
Género: Drama
Productora: Fiesta Island Films, Neon Heart Productions
Fotografía: Chananun Chotrungroj
Edición: Christopher Radcliff
Reparto: Lily McInerny, Jonathan Tucker, Gretchen Mol, Emily Jackson, Quinn Frankel, Armani Jackson, Ping Wu, Timothy Taratchila, Auden Thornton, Kenny Johnston
Duración: 110 minutos

En su ópera prima, Jamie Dack usa la realidad como materia prima para construir una historia con identidad propia y que entrelaza los problemas más universales de la naturaleza humana con las ansiedades propias de la adolescencia actual.

Desde hace unos años, se han popularizado películas que tratan una temática concreta: los problemas que afectan particularmente a mujeres jóvenes. Lamentablemente, muchas de estas películas están hechas por personas que pertenecen al ecosistema de Hollywood, por lo que por lo tanto hablamos de algunos de los seres humanos más privilegiados no ya de la humanidad, sino de la historia de la humanidad, lo cual da como resultado películas sobre el mundo real hechas por personas que no saben lo que es el mundo real y que generalmente terminan informándose sobre los problemas de la gente normal en lugares como Twitter, donde paradójicamente también se encuentran con gente con demasiado tiempo libre y pocos problemas reales generando un círculo vicioso de tontería. Afortunadamente, el mundillo del cine independiente tiene un ADN totalmente diferente y está compuesto por gente que sabe lo que es tener problemas de verdad, y durante la última década nos ha estado proporcionando cintas que ahondan muy certeramente en los aspectos más ocultos de la vida en el mundo actual de una manera mucho más interesante de lo que podría hacer cualquier creativo que viva en Beverly Hills. Nunca llueve en California (Palm Trees and Power Lines, Jamie Dack, 2022) es un ejemplo perfecto de esta clase de cine.

La película nos cuenta la historia de Lea, una joven de diecisiete años que está pasando el último verano de su adolescencia en casa de su madre, matando el rato con sus amigas (con las que no parece tener una relación particularmente sana) y discutiendo frecuentemente con su ausente madre. Un día, conoce a Tom, un hombre 20 años mayor que ella con el que comienza a tener una relación. Rápidamente, esta relación comienza a mostrar tintes tóxicos a medida que Tom aleja a Lea de su familia y amigos. Lea decide ignorar las señales de que Tom no es lo que parece y él comenzará a aprovecharse de su vulnerabilidad.

El universo psicológico de la pareja protagonista es sin duda el aspecto más interesante de la película.

La primera impresión que da una película como Nunca llueve en California es la de estar frente a un filme «realista», no obstante, si somos correctos, la obra que hoy nos ocupa escapa a esa definición y en su lugar habría que hablar de una película «naturalista». Realismo y naturalismo son dos términos que habitualmente se usan como sinónimos pero, a pesar de que ambos trabajan con la realidad, son esencialmente distintos. El realismo busca reflejar la realidad, sin más, como un espejo. Generalmente, esto da como resultado (y salvando alguna honrosa excepción) dos clases de productos: o bien películas que existen únicamente como vehículo para que el director haga el activismo de turno con poca o ninguna consideración por «nimiedades» artísticas como tener personajes profundos, tratar los temas de manera adulta o usar el lenguaje cinematográfico de forma original —véase Los miserables (Ladj Ly, 2019)—; o bien cintas que sirven para alimentar la superioridad moral y el complejo de salvador del cineasta a través de la fetichización de aquellas personas o colectivos a los que dicho cineasta subconscientemente ve como inferiores (aunque él seguramente usará la palabra «desfavorecidos») pretendiendo preocuparse por ellos mientras los mira por encima del hombro y retrata no su realidad, sino lo que él cree que es su realidad. O dicho con otras palabras, prácticamente la totalidad de la filmografía de León de Aranoa (y esto lo escribe uno que es familia de antiguos trabajadores de astilleros del Norte de España).

A diferencia del realismo, que busca reflejar la realidad como si fuera un espejo, el naturalismo pretende analizar la realidad como si fuera un microscopio, con una perspectiva casi científica, tratando de entender por qué las cosas son como son. Algo similar a lo que en literatura hacía Émile Zola con cuestiones como el crimen o la infidelidad en obras como Thérèse Raquin, lo hace Jamie Dack a través del cine, y con muy buen tino, con problemáticas más contemporáneas como pueden ser las relaciones psicológicamente abusivas, todo ello enmarcado en el contexto de la generación Z y los problemas propios a los que se enfrentan, como aquellos derivados de la erosión de la familia nuclear, la hiperconexión a redes sociales o la crisis de referentes que permitan construir una identidad. Así, la directora disecciona habilidosamente a su protagonista para entender el drama que la cinta plantea. En primer lugar, se muestra a Zoe como una joven que ha crecido siendo criada por una madre soltera con la que tiene una complicada relación y que ha carecido de un referente paterno. La película muestra como la ausencia de un rol masculino en su vida hace que Zoe busque reemplazar esta figura paterna ausente en sus relaciones, figura que encuentra en Tom, llegando hasta el punto de que, más que un novio, Tom parece por momentos ser para ella un hermano mayor o incluso casi un padre. Sin embargo, precisamente esta carencia es la que también provoca que no sepa reconocer los signos de una relación abusiva. Dack se propone entender qué lleva a una mujer joven a caer en las garras de un depredador y una de las respuestas que obtiene es la ausencia de un padre que le enseñe como relacionarse de forma saludable con el sexo opuesto. Pero no es la única.

Una de esas película discretas, que llegan sin hacer ruido pero se convierten en verdaderos descubrimientos para el amante del cine.

La identidad visual del filme la separa de otras obras del género.

Durante los primeros compases de la película vemos como Zoe vive una vida sin objetivo, matando el tiempo en la piscina con su amiga o simplemente mirando a las nubes. A pesar de vivir con su madre y de tener un grupo de amigos, Zoe se siente sola, desconectada del resto del mundo, un mundo que, por otro lado, la trata como si fuera invisible, negándose a entender sus necesidades emocionales. Tom es quien llena este vacío interior que siente la protagonista, si bien no lo hace por altruismo sino para manipularla y aprovecharse de ella a largo plazo. La directora analiza el universo social en que se mueven los adolescentes actuales, uno dominado por las redes sociales que, como una versión laissez faire del Gran Hermano (el de Orwell, no el de Telecinco) escrutan y someten a la presión social cada segundo y cada aspecto más minúsculo de la vida de nuestros jóvenes. Zoe ve en Tom una liberación de esta presión social tan asfixiante, un mundo aparte en el que ella no es la hija que tiene una mala relación con una madre que quizá no le presta la atención que debería, o de unos amigos que no la valoran y se burlan de ella a sus espaldas, sino que recibe de este personaje toda la atención y validación que el resto del mundo le niega. La película brilla cuando se mete dentro de la cabeza de la protagonista y comprende que el motivo por el que se vuelve tan extremadamente dependiente de un hombre psicológicamente abusivo como Tom es precisamente su vacío interior.

Consciente de la historia que está contando, Dack adapta el estilo de la película a sus necesidades narrativas, una puesta en escena minimalista para una historia íntima. Una de las cosas más cargantes del mundo del cine son, para un servidor, los directores que se jactan de tener «un estilo minimalista invisible», de ser invisibles y no estorbar con su estilo a la historia que quieren contar. Dirigir es un proceso complicado y hay muchos directores que tienen un gran talento en un área pero cojean en otro, es algo totalmente normal. Un director puede ser excelente visualmente pero tener dificultades en el manejo del ritmo, como Zack Snyder, ser menos interesante visualmente pero dominar perfectamente la dirección de actores, como Clint Eastwood, ser un maestro del diálogo pero flojear en la puesta en escena, como Mike Leigh, etc. Raro es el director que domina todos los aspectos de la realización, y no es necesario hacerlo para rodar buenas películas. El problema viene cuando los directores pretenden hacerse trampas al solitario y hacernos creer que un estilo visual plano es una elección artística cuando en realidad es fruto de una carencia de habilidad. Poner la cámara donde menos estorba y recurrir al plano contraplano de toda la vida para resolver escena tras escena no es minimalismo, es falta de creatividad. Por desgracia este falso minimalismo es una de las epidemias del cine independiente actual.

Lily McInerny debuta en el largometraje con una interpretación excepcional.

El verdadero minimalismo consiste en saber qué mostrar y, más importante, qué no mostrar para manejar la mente del espectador, siendo posiblemente Michael Haneke el maestro absoluto del estilo (y con mención de honor a Carlos Vermut y Fernanda Valadez como representantes hispanohablantes del mismo). La directora entiende el minimalismo y sabe cómo usarlo para hacer más grande la historia, desde los largos planos en silencio de Zoe mirando las líneas eléctricas para acentuar su sensación de soledad y falta de comunicación con el resto del mundo hasta determinados momentos de la película (como cuando Tom se enfrenta a una camarera que se preocupa por Zoe) que se ven únicamente desde el punto de vista de la protagonista, habitualmente ocultando gran parte de la información al espectador de manera intencionada para jugar con nuestra percepción. Jamie Dack sabe lo que hace detrás de la cámara y por qué lo hace y no hay una sola decisión de puesta en escena, un solo plano, que no responda a una necesidad narrativa. Mención especial corresponde a una escena que tiene lugar hacia el tramo final de la película en una habitación de hotel (para evitar spoilers no vamos a decir más pero créame, va a saber cuál es cuando la vea) en la que el rostro de la protagonista se intercala con un plano de un detector de humos en lo que es una muestra del absoluto dominio de la directora del lenguaje cinematográfico.

Pero con todas las virtudes a nivel estético de la película, su gran atractivo está, sin duda, en el plano interpretativo. De Jonathan Tucker poco hay que se pueda decir, ya pudimos disfrutar de su infinita capacidad interpretativa en la infravalorada y muy recomendable Kingdom (Byron Balasco, 2014) y en esta película entrega una actuación absolutamente perfecta de un personaje tóxico pero a la vez magnético. Sin embargo, es la joven Lily McInerny la que nos regala una interpretación que hace valer el conocido lema de «menos es más» gracias a su maravillosa capacidad de usar los silencios, el lenguaje corporal o las miradas para transmitir sin necesidad de palabras el mundo interior de su personaje. Sin duda todo un descubrimiento de la que, ojalá, se convierta en unos años en una estrella mucho más conocida.

Nunca llueve en California es de esas película discretas, que llegan sin hacer ruido pero se convierten en verdaderos descubrimientos para el amante del cine. Una obra que, por desgracia, nunca llegará a ser mainstream, pero sin duda se ganará un hueco en el corazón de quienes le den una oportunidad. Pero ante todo, esta película es una declaración artística. Una historia puede ser íntima, pequeña, puede ser cercana a la realidad cotidiana o tratar de dar visibilidad o generar concienciación sobre determinadas problemáticas sociales, y a la vez también ser una gran obra de arte y cuidar la forma de la misma manera que cuida su contenido.

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