Masha
| Pintar de rosa el rojo sangre

País: Rusia
Año: 2020
Dirección: Anastasiya Palchikova
Guion: Anastasiya Palchikova
Título original: Masha
Género: Drama, Thriller
Productora: 1-2-3 Production, Mars Media Entertainment
Fotografía: Gleb Filatov
Edición: Ivan Baryshev, Mukharam Kabulova
Reparto: Anna Chipovskaya, Sergey Dvoynikov, Polina Gukhman, Iris Lebedeva, Aleksandr Mizev, Maksim Sukhanov
Duración: 86 minutos
Russian Film Festival: Selección Oficial (2021)

País: Rusia
Año: 2020
Dirección: Anastasiya Palchikova
Guion: Anastasiya Palchikova
Título original: Masha
Género: Drama, Thriller
Productora: 1-2-3 Production, Mars Media Entertainment
Fotografía: Gleb Filatov
Edición: Ivan Baryshev, Mukharam Kabulova
Reparto: Anna Chipovskaya, Sergey Dvoynikov, Polina Gukhman, Iris Lebedeva, Aleksandr Mizev, Maksim Sukhanov
Duración: 86 minutos
Russian Film Festival: Selección Oficial (2021)

Anastasiya Palchikova despoja de glamur y sofisticación la rutina violenta de la mafia rusa posterior a la caída de la URSS, poniendo la no escapatoria generacional en el centro con perspectiva de género. Su estética y la protagonista infantil sobresalen.

Este es un viaje por un repertorio de jazz en el que la vocalista —interpretada por Anna Chipovskaya— deja escapar una risilla nerviosa y da una bocanada para arrancar a cantar. Todo el filme es como una durísima e intrincada respuesta a la pregunta de por qué canta la gente en los musicales. Bien, esto no lo es, pero casi podría serlo, puesto que la canción queda justificada como elemento de supervivencia de la psique de esta protagonista —que responde al nombre de Masha— y de su sistema nervioso, y nos ilustra ese proceso de condicionamiento desde el siguiente fotograma. Entonces, la magia de una excelente puesta en escena nos zambulle en un maizal, con el canturreo infantil y desenfadado, que comienza transportándonos a un paradigma de la pérdida de inocencia como Los chicos del maíz (Fritz Kiersch, 1984), para luego descubrir un grupo de hombres en una actitud aparentemente distendida, de charla, pero que recrea el preludio de aquella monstruosa e inolvidable escena con Joe Pesci en los últimos minutos de Casino (Martin Scorsese, 1995), esa calma previa a la tormenta. Y precisamente, este guion sin fisuras juega con la indudable presencia de esos clásicos en nuestro imaginario cinéfilo, para activarnos la tensión previa a lo que nos augura. Así como desglosa un sinfín de acciones simbólicas propias de los códigos omnipresentes en las películas de hampones (como lo están en la rutina de estas bandas en la vida real), como la elección de qué chicos van a hacer qué recados y con qué objetivo estratégico, o las segundas intenciones de determinadas frases; algo que va a satisfacer las expectativas del público aficionado al género.

La chiquilla se cría en un clan familiar relacionado con el crimen, liderado por su tío todopoderoso (como el Mister Sandman de la melodía) y en el pedestal, que actúa como el macho alfa protector (mejilla con mejilla, cheek to cheek) que no ha logrado encarnar el propio padre, su antónimo: un buen hombre, normal y corriente, pero desprovisto de ese carisma y brutalidad, al que le viene justo para atinar con los intereses y fases del crecimiento de una hija a la que tiende a infantilizar en exceso. Los diferentes tipos de masculinidades que señala el filme son parte del gran trabajo narrativo y analítico de ese mundo tan crudo desde la perspectiva de género —entendiéndose el término, esta vez, como desde el feminismo—. Porque si bien este despertar a la adolescencia en semejante entorno puede recordar a Una historia del Bronx (A Bronx Tale) (Robert De Niro, 1993), hay varios agravantes en este contexto que son golpes de realidad mucho más duros. Uno es la miseria de un país hundido tras la caída de la URSS. No solo hundido: acomplejado. Constantemente se están alabando las virtudes de la tecnología y productos del extranjero, y son símbolos de poder. De ahí que la ostentación de estos criminales sea chabacana: cadenas de oro, radio-cassettes japoneses, los archifamosos chándales estadounidenses con listas blancas en las perneras. En lo personal —que siempre es político— choca cómo a esta niña a los trece años se le empiezan a adjudicar derechos y obligaciones de adulta, y lo que es peor: cómo se le sexualiza y cómo lo denuncia esta cineasta. Palchikova expone la paradoja de ese macho protector fiero de la niña de su estirpe y que, a la vez, es depredador para las demás mujeres. Cuánto peor si en su posición se toma derecho de pernada. Y esa es solo una de las múltiples variaciones en que las mujeres están atrapadas en ese ambiente. En cualquier caso, el sexo será un tabú a tratar con la pequeña, que irá detectando a su alrededor de las maneras más sórdidas. Y eso es consecuencia lógica de la normalización que, por contraste, sí se ha aplicado sobre la violencia a su alrededor, a la voz de «o matas o te matan». Naturaliza las pistolas como juguetes porque recibe ese currículum oculto —es decir: aquello que se transmite a la chiquillería con nuestros actos, reacciones inconscientes y su trasfondo, no con las palabras y enseñanzas intencionadas— terrible. El hombre en quien todos depositan su confianza, en realidad, no la está manteniendo ni ajena ni a salvo de la violencia: la adiestra para que ella misma desarrolle sus recursos de autoprotección contra ella. Para que tape el sonido de los disparos alzando un potente canto, para que cuando la tristeza y la ansiedad le ahoguen el pecho, libere una carcajada por no gritar. Ese jolgorio forzado que él ha espoleado, en realidad no consigue ocultar lo traumático y evidente, y desemboca en un efecto Pavlov en que la carcajada y la música tan amadas quedan inevitablemente asociadas al suspense y al peligro. En realidad, cada mujer tiene su recurso para controlar el pánico ante la presencia de la amenaza (a destacar, la mujer que continua bailando ante el avistamiento de la advertencia por la ventana, aceptándola como, quizá, un final conveniente; también la profesora de canto se refugia en su arte). Y tanto en esa vivencia de la tensión como cuando por fin explote, vamos a tener ocasión de ver una interpretación magistral por parte de esa impresionante niña actriz revelación que es Polina Gukhman, que lleva el peso de toda la película con la fuerza de un titán. Evidencia un gran trabajo de casting —todo el reparto desprende calidad—, cuya guinda es el escrupuloso parecido entre las dos intérpretes de Masha en las respectivas edades.

Una historia de transmisión de la violencia mediante el ADN, con difícil escapatoria, en que las masculinidades más sensibles pero, principalmente, las mujeres, tienen todas las ganas de huir y todas las de perder.

De vuelta al escenario, Masha lleva un vestido de gala rojo grana, porque su vida siempre ha estado teñida por la sangre y la violencia. Con la espalda descubierta —aparentemente desprotegida— pero fuerte. A lo largo de toda la cinta, el rojo trazará esa línea de pólvora que la conectan a ella y toda persona con quien ella establezca un vínculo importante. Porque Masha es, ante todo, una sentencia de la violencia como virus que se expande, enferma y arrebata vidas, con especial destrozo en la población femenina. No es casualidad que ella se entone el Fever de Etta James (muy presente en esta banda sonora) hasta vomitar cuando aparece quien le está infectando la vida. Cuando ya empieza a no poder más con tanta basura. Y ella propaga ese mal. Desde que menstrúa sobre la prenda que le regala alguien muy querido —y la carga metafórica que esto conlleva—, continuando por su paso por un dojo, en el que los kimonos blancos simbolizan unos valores que se presumen más nobles que los del turbio entorno del club de boxeo del patriarca, que es la cantera chabacana y mafiosa. Para más contraposición, el puesto de liderazgo en el club de karate lo ostenta una mujer que, además, naturaliza los cambios en el cuerpo y todo aquello que a la muchacha no se le ha explicado antes por pura ignorancia y costumbres primitivas. La entrada de la sangre de mujer en ese mundo tan puro se torna un mal presagio. Una marca, para sí y para quien se vea tocado por la sangre. Ese color se va trasladando en cada ocasión a las siguientes afectadas: al sofá en que se sientan, la blusa que visten, incluso el cóctel que ingieren, lo que resulta especialmente interesante a nivel metafórico cuando se trata de cierto personaje que ha decidido tragar con esa vida por aspirar a ciertos privilegios (algo que viene exaltado por la connotación lujosa de dicho tipo de bebidas). Pero el rojo siempre ha estado en su cabellera, porque ha heredado la violencia. Todos esos matices son desglosados con un mimo estético (plasmado por una cámara al hombro realista, y con una fotografía excelente) —pero sin un ápice de glamourización— que puede recordar al Milo de la trilogía de los parias de Winding Refn. Ella atravesará las cortinas de terciopelo azul —color que suele conectarse a la tristeza, pero también a la mentira— en su vida adulta. Porque Anastasiya Palchikova nos derrumba el mito con que estos clanes se autoconvencieron sobre su propia violencia, disfrazada de recurso de supervivencia. Siendo, en realidad, un instrumento de poder. Sin embargo, no es recreativa, sino funcional: las palizas son una advertencia, y la muerte cumple el objetivo de quitar de en medio a quien representa un obstáculo grave o pone en riesgo el bienestar de la familia. El club de boxeo equivale al cuartel en que se forma a los soldados en su futura ocupación. Porque Masha es una historia de transmisión de la violencia mediante el ADN, con difícil escapatoria, en que las masculinidades más sensibles pero, principalmente, las mujeres, tienen todas las ganas de huir y todas las de perder.

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