El duque
Un Robin Hood urbano

País: Reino Unido
Año: 2020
Dirección: Roger Michell
Guion: Richard Bean, Clive Coleman
Título original: The Duke
Género: Comedia, Drama
Productora: Neon Films, Pathé, Screen Yorkshire, Great Bison Productions, Ingenious Media
Fotografía: Mike Eley
Edición: Kristina Hetherington
Música: George Fenton
Reparto: Jim Broadbent, Helen Mirren, Fionn Whitehead, Matthew Goode, Aimee Kelly, Craig Conway, Simon Hubbard, Jack Bandeira, Heather Craney, Ray Burnet, Ashley Kumar, Charlie Richmond, Robert Jarvis
Duración: 96 minutos
Festival de Venecia: Sección oficial (fuera de concurso) (2020)

País: Reino Unido
Año: 2020
Dirección: Roger Michell
Guion: Richard Bean, Clive Coleman
Título original: The Duke
Género: Comedia, Drama
Productora: Neon Films, Pathé, Screen Yorkshire, Great Bison Productions, Ingenious Media
Fotografía: Mike Eley
Edición: Kristina Hetherington
Música: George Fenton
Reparto: Jim Broadbent, Helen Mirren, Fionn Whitehead, Matthew Goode, Aimee Kelly, Craig Conway, Simon Hubbard, Jack Bandeira, Heather Craney, Ray Burnet, Ashley Kumar, Charlie Richmond, Robert Jarvis
Duración: 96 minutos
Festival de Venecia: Sección oficial (fuera de concurso) (2020)

Roger Michell, fallecido en 2021, nos legó con «El duque» una comedia con la que recupera la historia real de un robo en la National Gallery que copó infinidad de portadas en los años sesenta, y cuyo autor bien podría haberse llamado Robin Hood.

La última película de Roger Michell llega a los cines con casi dos años de retraso. Aunque el público de Venecia pudo disfrutarla en 2020, su estreno en cines se fue posponiendo como consecuencia de la pandemia de COVID-19. Al retraso, se le une el fallecimiento de su director en septiembre de 2021, convirtiendo al filme en su última película. Un largometraje con el que Michell volvía a un género que le había dado muchas alegrías con títulos como: Notting Hill (1999) o Venus (2006). Así, El duque (2020) nos brinda todos los ingredientes de la comedia británica más tradicional. Hablamos de esa comedia con tintes dramáticos y de crítica social heredera de los títulos de los Estudios Ealing, que eleva al hombre común y lo cotidiano, permitiendo la identificación del público. Encabezada por Jim Broadbent y Helen Mirren, nos trae una historia que, pese a lo rocambolesca que pueda parecer, tiene mucho de real. Corría el año 1961 cuando algo inesperado sucedió en la National Gallery de Londres: el famoso retrato del duque de Wellington (Francisco de Goya) había desaparecido. El cuadro termina cambiando el lujo londinense por el olor a naftalina de un viejo armario en una humilde casa de Newcastle. ¿El autor del robo? Kempton Bunton, un ciudadano de a pie que pretendía convertirse en un Robin Hood contemporáneo con una misión: ayudar a los ancianos, a aquellos que no podían pagar la licencia de televisión.

Con esta premisa, nos sumergimos en el nada extraordinario universo de Kempton Bunton (Broadbent). La cámara se mueve por un Newcastle marcado por la industria, una ciudad en la que la vida sigue su curso sin demasiadas emociones: los basureros recogen la basura, las fábricas dibujan el paisaje de la ciudad, los niños juegan en la calle y los habitantes continúan con su rutina. Pero Kempton no es como los demás, es un inconformista, un hombre que no acepta las injusticias y que sueña con ser escritor y justiciero, las dos cosas a la vez. No lleva capa ni espada, sino una camisa roída; tampoco es un Robin con arco, sino un taxista que usará la pluma y el ingenio como flecha contra el enemigo. El héroe contemporáneo ha cambiado Sherwood por la zona industrial de Newcastle; ya no son los árboles, sino las fábricas los que marcan los límites de la sociedad. Lady Marian tampoco es una joven de alta cuna y naturaleza rebelde, sino una mujer entrada en años, de manos marcadas por el duro trabajo, pero que sabe perfectamente dónde está su lugar. Dorothy (Mirren) actuará como una especie de consejera, como el pilar que bajará de las nubes a su marido, aunque Kempton casi nunca le hará caso; como buen forajido, preferirá vivir al margen de la legalidad. Cabe destacar la extraordinaria química de Mirren y Broadbent en escena: ambos logran construir unos personajes muy realistas, muy cercanos al público. La esencia está en la naturalidad de las interpretaciones, en las relaciones con los demás miembros de la familia, pero también en los pequeños detalles que componen la escena. Son los años sesenta y Dorothy, como mujer de la época, se encuentra siempre realizando distintas tareas. Además de en su trabajo, la vemos cosiendo, cocinando o limpiando; Kempton, por el contrario, pasará bastante tiempo delante del televisor, trazando planes junto a su hijo con el fin de combatir la injusticia mientras su mujer les sirve una cerveza.

La historia de un Robin Hood urbano que deja con cierto sabor de rebeldía, con cierto deseo de unión y de empatía.

Los pequeños detalles dotan de realismo a la narración, pero también contribuyen a construir ese marco de diferencias sociales sobre los que reposa su discurso. De alguna manera, Michell utiliza todos los recursos posibles para colocar a sus personajes, aprovechar el vestuario, dividir el plano y mover la cámara de manera que veamos siempre dos mundos que van desde lo más individual hasta lo más universal: en el hogar, roles de género y roles familiares; en la ciudad, burguesía frente a clase obrera; en el plano universal, el ciudadano frente al Estado. No es que El duque invente nada nuevo, pero logra reutilizar fórmulas que siguen siendo efectivas y que le permiten al espectador soltar más de una carcajada y, a su vez, empatizar con los personajes. En la sencillez está la clave y su ligereza hace que los noventa y seis minutos de metraje pasen ante nuestros ojos de forma ágil y entretenida. Porque sí, El duque tampoco pretende mucho más que entretener, porque aunque la crítica social sea palpable en todo momento, tampoco se presta a una reflexión mucho más profunda.

Y así, la historia de este Robin Hood del siglo XX se presenta ante nuestros ojos en forma de comedia, pero sin olvidar que se trata de personajes muy reales cuyas vidas van más allá del acontecimiento mediático. El duque no centra toda su atención en el robo, sino que intenta explorar algunas tramas familiares como el duelo. Estas pequeñas tramas contribuyen a dotar de una mayor profundidad y realismo a los personajes principales, sin embargo, quedan un tanto ensombrecidas por el hilo principal y resulta difícil conectar completamente. El drama no termina de empañar las sonrisas y se va configurando de forma progresiva sin robarle a la cinta el estilo jovial y agradable de una comedia que, en ocasiones, peca ligeramente de edulcorada.

En definitiva, estamos ante un largometraje que es muy consciente de sus orígenes: el folclore de Robin Hood se combina con la comedia británica en su más pura esencia y, por momentos, termina por abrazar el drama social de filmes como Yo, Daniel Blake (Ken Loach, 2016). Igualmente, pese a su sencillez, cabe destacar que Michell logra dar en la tecla acertada, orquestando perfectamente los momentos clave de la película, engañando sutilmente al espectador y guardándose información privilegiada de forma totalmente deliberada con el fin de darle algún que otro giro a la narración. Sin demasiadas pretensiones, le película nos deja con cierto sabor de rebeldía, con cierto deseo de unión y de empatía. El duque es la historia de un Robin Hood urbano, de un hombre común que paga alegremente su entrada al cine, pero que espera obtener algo a cambio. Es la historia de ese inconformista y soñador que una vez copó las portadas de su país y fue repudiado por la ley, pero no por el pueblo. Un arquetipo inmortal cuya esencia, posiblemente, continúe habitando en algún recóndito lugar de nuestras ciudades.

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