El arma del engaño
| Cuando Hitler se tragó la carne picada

País: Reino Unido
Año: 2021
Dirección: John Madden
Guion: Michelle Ashford (Libro: Ben Macintyre)
Título original: Operation Mincemeat
Género: Bélico, Drama
Productora: See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures, A Film Location Company
Fotografía: Sebastian Blenkov
Edición: Victoria Boydell
Música: Thomas Newman
Reparto: Colin Firth, Matthew Macfadyen, Mark Gatiss, Kelly MacDonald, Johnny Flynn, Penelope Wilton, Hattie Morahan, Simon Russell Beale, Paul Ritter, Lorne MacFadyen, Markus von Lingen, Nicholas Rowe, Alexander Beyer
Duración: 128 minutos

País: Reino Unido
Año: 2021
Dirección: John Madden
Guion: Michelle Ashford (Libro: Ben Macintyre)
Título original: Operation Mincemeat
Género: Bélico, Drama
Productora: See-Saw Films, Cohen Media Group, Filmnation Entertainment, Archery Pictures, A Film Location Company
Fotografía: Sebastian Blenkov
Edición: Victoria Boydell
Música: Thomas Newman
Reparto: Colin Firth, Matthew Macfadyen, Mark Gatiss, Kelly MacDonald, Johnny Flynn, Penelope Wilton, Hattie Morahan, Simon Russell Beale, Paul Ritter, Lorne MacFadyen, Markus von Lingen, Nicholas Rowe, Alexander Beyer
Duración: 128 minutos

La película de John Madden imagina cómo pudo ser el proceso de creación de un hecho histórico afortunado y absurdo a partes iguales. Un festín con infinidad de suculentos añadidos que, lamentablemente, no termina de funcionar como conjunto.

Hay historias que merecen ser filmadas. Hay historias reales que, si las viéramos en una película, pensaríamos «eso es imposible». La realidad ha superado infinidad de veces a la ficción y la inverosimilitud de nuestro propio mundo ha terminado siendo llevada al cine en incontables ocasiones. Este es el caso de El arma del engaño (John Madden, 2021), un drama de guerra que hunde sus raíces en uno de los sucesos más extraordinarios de la Segunda Guerra Mundial. Los alemanes cayeron en una trampa absolutamente afortunada; una trampa tan absurda que parece una broma. Un cadáver, un país neutral (España) y una identidad ficticia minuciosamente elaborada fueron los ingredientes con los que el servicio de inteligencia británico logró que los nazis creyeran que su objetivo era Grecia en lugar de Sicilia. Lo que parecía un suculento descubrimiento para los alemanes terminó por convertirse, sencillamente, en carne picada. El tráiler de El arma del engaño se presenta ante nuestros ojos como una increíble trama de espionaje que recupera un evento histórico, con un gran despliegue de talentos entre los que destacan los rostros de Colin Firth, Matthew Macfadyen, Kelly Macdonald y Penelope Wilton entre otros. En definitiva, Madden pone ante nuestros ojos un suculento plato que, pese a entrarnos por los ojos, nos termina empachando. La simple y básica «carne picada» —por la traducción al español del mincemeat del título original— prometida se traduce en un conjunto de añadidos que desvían la atención; tramas personales demasiado complejas, demasiado forzadas, que no encajan en la propuesta y hacen que uno se revuelva en su butaca preguntándose si ha venido a ver un drama bélico y de espionaje o una comedia romántica en la que no queda muy claro quién ama a quién.

Madden nos propone una película que tiene infinidad de líneas que se cruzan y terminan enredándose formando un caos: la trama de espionaje, la gestación del personaje, la historia de amor, el posible origen de James Bond… En definitiva, un cúmulo de piezas que no terminan de encajar, que parecen formar parte de puzles distintos. El filme acierta especialmente en su primer acto, la puesta en escena está muy cuidada y la cámara se mueve de forma limpia y ágil por los espacios presentando el conflicto inicial y elaborando un discurso metaliterario. La guerra no solo se gesta en las trincheras y en el campo de batalla, sino también en el subsuelo, en un mundo en el que el tiempo parece detenerse. Esto se manifiesta de forma muy visual al presentarnos una visión que divide claramente ambos mundos: del movimiento del mundo exterior nos conduce una escalera infinita con planos totalmente picados que reflejan cómo los protagonistas de la historia se sumergen hacia ese mundo subterráneo y sin ventilación en el que las ideas fluyen como el humo del tabaco. De forma muy limpia, se realiza esa transición, del movimiento y el caos pasamos a la calma, a una cámara que se detiene y que observa a los protagonistas inmersos en el proceso de escritura. La luz tenue, el contraluz y el humo ayudan a crear esa atmósfera en la que la carrera contrarreloj parece asfixiar y pausar a los personajes. Asimismo, este mundo de creación no es otro que el mundo de la noche, el momento en el que los soñadores parecen dejarse llevar por la fantasía y por el romance, contrastando con la realidad de la luz del día. En este mundo, los protagonistas olvidan el conflicto internacional para adentrarse en el conflicto de sus propias pasiones y proyectar sus traumas y deseos más profundos en la creación de William Martin y su amada Pam. El arma del engaño no quiere ser un filme de guerra al uso, quiere recrearse en quiénes están detrás de ese hombre inventado, pero también hace hincapié en lo absurdo de la idea en sí. Para realizar una inmersión correcta, hay que controlar el peso y, en este caso, el exceso de plomo que hace que las tramas terminen por hundirse, por intentar abarcar demasiado cuando, en ocasiones, menos es más.

Destacan enormemente las interpretaciones de sus protagonistas, pero brilla especialmente Matthew Macfadyen como «un pájaro sin vuelo», como un hombre marcado por las inseguridades que actúa más allá de la lógica y conecta enormemente con el público. La rivalidad de Cholmondeley (Matthew Macfadyen) con Montagu (Colin Firth) se palpa ya desde el comienzo y es especialmente visual. Todos los detalles están perfectamente medidos, desde el color hasta el vestuario, y siempre vemos a Montagu un paso por delante, con mayor importancia, destacando frente a un inseguro Cholmondeley. Esta rivalidad se hace más tangible cuando entra en juego uno de los personajes femeninos: Jean Leslie (Kelly Macdonald), pero roza prácticamente todos los ámbitos. De alguna manera, se pretende dibujar una especie de triángulo amoroso que llevará a los personajes al límite. El mundo nocturno, en el que el baile, el alcohol y la fiesta permiten dar rienda suelta a la imaginación será el escenario perfecto para los enfrentamientos personales. Logramos conectar con Cholmondeley, pero no del todo con Montagu y Jean: el filme funciona bastante mejor cuando se centra en lo más universal y no tanto en lo individual. Del mundo nocturno pasamos al diurno en el que todo se agiliza, especialmente cuando llegamos a España, el país del sol. Parece que la luz revoluciona a los británicos y adormece a los españoles para conducirnos a una trama más propia de una comedia que de un filme de guerra. Sin embargo, este hecho demuestra claramente la verdadera intencionalidad de Madden y es que, al tratarse de un hecho real, pero inverosímil y absurdo, se permite ciertas licencias que dibujan un «lo que pudo ser» bastante irreverente e informal que choca drásticamente con la seriedad del primer acto. Una bienintencionada acción que, aunque pudo quedar muy bien en papel, no termina de conectar en lo fílmico. Y no es porque la película no tenga una buena ejecución a nivel más técnico, sino porque concentra, en un breve periodo de tiempo, una sobrecarga de tramas y géneros que se han introducido con calzador.

Madden nos engaña con un falso pastel de carne con tantos ingredientes que termina por convertirse en un pastel de nubes de azúcar no apto para diabéticos.

Con El arma del engaño, parece que Madden intenta construir su largometraje sobre los mismos cimientos que utilizó en su mayor éxito hasta la fecha: Shakespeare enamorado (John Madden, 1998) —película que, por otro lado, no ha envejecido demasiado bien—. En otras palabras, lo que pretende es profundizar en el proceso de creación literaria en sí mismo que, en este caso concreto, no es otro que el proceso de creación del personaje inventado: el Mayor de la Marina Real William Martin. La idea puede resultar atrayente y, sin duda, tiene algunos momentos muy interesantes y acertados; es evidente que el proceso de escritura funciona como hilo conductor de toda la trama. Por ejemplo, tenemos infinidad de planos de máquinas de escribir, escuchamos su sonido y vemos a gente escribiendo constantemente; pero sobre todo, destaca la presencia de Ian Fleming (Johnny Flynn) como asistente del almirante John Godfrey (Jason Isaacs), antes de convertirse en el padre de James Bond. Fleming suele aparecer como un personaje más pasivo en escena: Madden lo coloca siempre observando y siempre escribiendo, como si estuviera empapándose de lo que ocurre a su alrededor para, de alguna manera, encontrar la inspiración. El motivo literario se presenta ya desde el comienzo con una narración que arranca in extrema res y una voz en off —la de Fleming— nos introduce la historia de forma muy literaria, muy poética, incluso rozando el cuento de hadas. Esa misma voz plantea un discurso acerca de la veracidad de las historias de guerra. Madden se apoya enormemente en la voz del narrador para darle a su filme un formato más literario, más novelesco, con el fin de reflexionar acerca del propio acto de la creación literaria. En este punto, cabe destacar que la operación terminó siendo muy literaria y el propio Ewen Montagu —en la película, interpretado por Colin Firth— escribió su versión de los hechos en un libro que también se llevaría al cine: El hombre que nunca existió (Ronald Neame, 1956). Sin embargo, la película de Madden no toma como referente el libro de Montagu, sino el de Ben Macintyre El hombre que nunca existió: Operación Carne Picada.

Ambos filmes parten de un mismo acontecimiento histórico, pero la perspectiva es bastante distinta. En la actualidad, estamos muy acostumbrados a ver películas con mucho movimiento, muy dinámicos, pero en el pasado la tecnología dificultaba enormemente ese dinamismo. De esta manera, vemos que El hombre que nunca existió es una película infinitamente más estática y también más pudorosa. El uso del fuera de campo abunda, nunca vemos a Churchill, nunca vemos el rostro del cadáver, tan solo su silueta y a dos hombres preparándolo. Sin embargo, la actualidad está marcada por el exceso: exceso de maquillaje, exceso de sangre, exceso de acción, de movimiento, de romance, de todo. Y esto es algo que refleja muy bien el filme de Madden, especialmente al compararlo con su predecesora. En El arma del engaño, no solo vemos a Churchill —personaje cinematográfico hasta el agotamiento— sino que vemos y nos burlamos del rostro del cadáver. Cabe señalar que, en este sentido, el nuevo filme rescata y rinde homenaje a ese cuerpo sin vida, dándole algo de dignidad entre tanto sinsentido. El hombre que nunca existió, por el contrario, proviene de la memoria alterada de Montagu, un hombre que no podía reconocer la falta de ética de la operación y, para justificarla, le hizo un pequeño añadido dando a entender que hubo un acuerdo con la familia para utilizar el cuerpo. En definitiva, como nos advertía Fleming, a veces no hay solo una verdad. Como decíamos, del pudor de los cincuenta pasamos a los excesos del siglo XXI. Unos excesos que se manifiestan en forma de tramas añadidas, de triángulo amoroso innecesario, de bromas monthy pythonescas que, aunque no funcionan del todo mal, nos sacan constantemente de la trama de espionaje. De alguna manera, parece que se han querido combinar infinidad de géneros a la fuerza, como si se quisiera recuperar el éxito de Shakespeare enamorado con la inverosimilitud y el absurdo de La mandolina del capitán Corelli (John Madden, 2001). Un proceso de creación literaria que termina por verse ensombrecido por el uso y abuso de tópicos que, aunque en ocasiones puedan haber sido muy reales, se sienten forzados y fuera de lugar. Si esperas ver un largometraje serio e histórico, entonces es mejor no ver El arma del engaño. Sin embargo, si te apetece ver una caricatura de lo que pudo haber sido la trama histórica, quizá sea una buena opción para entretenimiento puro y duro, especialmente si no te molesta el exceso de edulcorante. Así, El arma del engaño realiza un esfuerzo al intentar repetir el éxito de películas como The Imitation Game (Descifrando Enigma) (Morten Tyldum, 2014), uno de esos filmes que reivindican a los hombres y mujeres detrás de las grandes hazañas históricas. Pese a tener momentos buenos, Madden nos engaña con un falso pastel de carne con tantos ingredientes que termina por convertirse en un pastel de nubes de azúcar no apto para diabéticos y con alto riesgo de atragantamiento.

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