El amor en su lugar
| Pura contradicción

País: España
Año: 2021
Dirección: Rodrigo Cortés
Guion: Rodrigo Cortés, David Safier (Obra: Jerzy Jurandot)
Título original: Love Gets a Room
Género: Drama
Productora: Nostromo Pictures
Fotografía: Rafael García
Edición: Rodrigo Cortés
Música: Víctor Reyes
Reparto: Clara Rugaard, Ferdia Walsh-Peelo, Magnus Krepper, Freya Parks, Jack Roth, Henry Goodman, Dalit Streett Tejeda, Anastasia Hille, Valentina Bellè, Mark Davison
Duración: 103 minutos

País: España
Año: 2021
Dirección: Rodrigo Cortés
Guion: Rodrigo Cortés, David Safier (Obra: Jerzy Jurandot)
Título original: Love Gets a Room
Género: Drama
Productora: Nostromo Pictures
Fotografía: Rafael García
Edición: Rodrigo Cortés
Música: Víctor Reyes
Reparto: Clara Rugaard, Ferdia Walsh-Peelo, Magnus Krepper, Freya Parks, Jack Roth, Henry Goodman, Dalit Streett Tejeda, Anastasia Hille, Valentina Bellè, Mark Davison
Duración: 103 minutos

La película de Rodrigo Cortés se caracteriza por el juego de contrastes entre su historia y su género, la realidad y la ficción, lo que muestra y lo que no, haciendo de ella una obra orquestada desde la mejor paradoja: la que refleja la contradicción humana.

Cualquiera que conozca un poquito el arte de Rodrigo Cortés sabrá de su predilección por la contradicción. No es baladí que sus anteriores obras tratasen de una fortuna desafortunada, una epopeya en cuatro metros cuadrados, una experiencia mística desde la perspectiva científica o una historia de adolescentes que rezumaba madurez. Tal vez como aspiración personal o como simple reto a superar, este hombre se ha empecinado, como muchos otros de su profesión, en augurar un equilibrio muy especial en sus obras. Como se suele decir «en el punto medio está la virtud». Un poco de blanco y otro tanto de negro. De maldad y de bondad. De realidad y de ficción. En definitiva, de la convivencia de opuestos, de la contradicción, característica humana donde las haya y de la vida en sí misma. También del cine, que, como arte, muchas veces no cuenta la verdad pero habla, sin duda, de ella. Así es la paradoja.

En busca de nuevos lugares que entrañasen esa complejidad tan natural cuando la vives y tan extraña cuando se expone, el director salmantino se traslada en esta ocasión al gueto de Varsovia. Más concretamente a su teatro que según dicen, y aún a pesar de su asedio por las fuerzas nazis allá por 1942, continuó con las puertas abiertas, sus espectáculos en cartel y sus actores en el escenario. Todo con tal de mantener viva la escasa ilusión de una población atemorizada. Entre ellos se encuentra —aunque esto ya no lo dice la historia— Stefcia, una joven atormentada por los clásicos dilemas humanos en torno al amar o ser amada, acrecentados en este caso por la incertidumbre de su propia existencia, marcada por el hacinamiento, el hambre y la violencia. No negaremos que estos últimos conceptos han sido más que expuestos y reseñados en infinidad de obras que manejan este contexto histórico. Muchas de ellas, de hecho, se recrean en ello, habiendo dejado una huella por lo manido en esta clase de películas, donde lo triste y cruel termina resultando poco conmovedor. Sin embargo, Cortés es plenamente consciente de ello y aboga, como decíamos antes, por el equilibrio. Ofreciendo la faceta amarga y cruda de la situación, pero también la irónica y esperanzadora.

Destaca por su juego de contrastes. Todos sus cambios discurren con absoluta libertad y fluidez, tan natural y realista que casi asusta.

El amor en su lugar se presentó en el Festival de Sevilla.

El amor en su lugar (2021), que así se llama su nueva película, destaca entre otras obras del género por su juego de contrastes. Encabezado en primer lugar por el manejo de la cámara, con la sabiduría necesaria para mostrar en más de una ocasión, del tirón y sin cortes, las dos caras de una moneda. Las propuestas vejatorias e indecentes que se esconden tras las amables y gratas maneras. La juventud recubierta por las arrugas. Las risas que ocultan un llanto y viceversa. Todos esos cambios discurren en la película con absoluta libertad y fluidez, tan natural y realista que casi asusta pero más bien satisface. Es de ese tipo de fluidez que, por otra parte, se espera de un buen actor. Y es que esta película trata y depende en gran medida de los actores. Por una parte, por la enorme carga simbólica dado el contexto: solo los que aprenden a fingir sobreviven. Y por otro, por el peso dramático que recae sobre ellos al tener que, una vez más, dar credibilidad a unos personajes que discurren de manera diferente (casi opuesta) delante y detrás del telón. Cortés les da las directrices pero estaría mal no mencionar a quienes las ejecutan con cierto virtuosismo y sutileza: Clara Rugaard, Ferdia Walsh-Peelo, Magnus Krepper, Jack Roth o Henry Goodman, entre otros. Nombres no muy conocidos pero que, precisamente por eso, refuerzan el realismo de sus papeles.

Y todavía no hemos hablado de lo mejor. Porque siendo esta una historia de cómo el arte perdura aún en las más arduas circunstancias, de cómo a veces supone ese pequeño fuego al que arrimarse cuando el frío no cesa, en definitiva, de la evasión durante la invasión; Rodrigo Cortés ve su oportunidad para hacer de ella prácticamente o en gran medida un musical. Ese género cinematográfico caracterizado especialmente por sus constantes saltos entre la supuesta realidad y la fantasía melódica. El mecanismo más simple de resistencia ante la adversidad es en esta ocasión es medio ideal para remarcar lo desdoblado y polifacético del asunto. Las canciones de la película, obras en parte del propio Cortés pero también de su habitual colaborador Victor Reyes suponen el punto álgido de la cinta. No solo por la elegancia y el buen hacer de sus composiciones, más que documentado. Sino porque de alguna manera, que quizá tenga que ver también con el montaje, estas escenas musicales son las que constituyen los verdaderos clímax de esta obra. Las cumbres de mayor significado provisto. Como aquel canto inocente de una niña, libre de cualquier artificio, reflejo de una persona que realmente vive entre los supervivientes que se limitan a aparentar. Eso tiene muchísima fuerza. Y es quizá en la medida de esas fuerzas en lo que, paradójicamente, flojea esta película, que aporta subidones y pega bajadas en ocasiones a destiempo, aunque esto se haga mas notorio especialmente en su final. Pero no es esto algo que emborrone esta obra, que destaca ante todo por sus subidas y bajadas, sus derechos y reveses, sus cantos y silencios. Manejados de la manera más eficiente y concienzuda posible con tal de reflejar la paradoja en la que vivimos. El drama sobre el que construimos nuestras ilusiones que a la vez alimentan nuestra existencia. Desconocemos si lo relatado en El amor en su lugar corresponde con los sucesos que acontecieron en el gueto de Varsovia pero sin duda hacen honor a una realidad muy concreta, nuestra realidad, que a día de hoy aún perdura, en gran medida gracias a nuestras contradicciones.

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