Canto cósmico. Niño de Elche
| Un espectáculo audiovisual en torno al cantaor ilicitano

País: España
Año: 2021
Dirección: Leire Apellaniz, Marc Sempere Moya
Guion: Leire Apellaniz, Marc Sempere Moya
Título original: Canto cósmico. Niño de Elche
Género: Documental
Productora: Código Sur Producciones, Señor & Señora
Fotografía: Agnès Piqué Corbera
Edición: Marcos Flórez
Reparto: Niño de Elche, Paqui Molina, Aladino Contreras, Pedro G. Romero, Manuel León Caballero, Raul Cantizano, Antonio Orihuela, Los Voluble, Pepe Cicuta, C. Tangana, Estefanía Serrano, José Val del Omar
Duración: 93 minutos

País: España
Año: 2021
Dirección: Leire Apellaniz, Marc Sempere Moya
Guion: Leire Apellaniz, Marc Sempere Moya
Título original: Canto cósmico. Niño de Elche
Género: Documental
Productora: Código Sur Producciones, Señor & Señora
Fotografía: Agnès Piqué Corbera
Edición: Marcos Flórez
Reparto: Niño de Elche, Paqui Molina, Aladino Contreras, Pedro G. Romero, Manuel León Caballero, Raul Cantizano, Antonio Orihuela, Los Voluble, Pepe Cicuta, C. Tangana, Estefanía Serrano, José Val del Omar
Duración: 93 minutos

Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya dirigen un documental en torno a la figura de Niño de Elche que, exponiendo un lenguaje rico en narrativas y recursos estilísticos, encuentra en el enorme potencial evocador de sus imágenes sus puntos más fuertes.

La historia comienza con la nada, el oscuro vacío. De ella, nace un punto blanco que va aproximándose, creciendo en tamaño hasta ocupar nuestra visión. De esa nada, ese vacío abstracto, va surgiendo la forma, lo concreto, distinguiendo con ello también el sonido. Una voz, un cuerpo, que expresan el profundo sentimiento de la vida. La venida al mundo puede ser traumática, como lo fue para el protagonista de esta película documental. Y es que, cuando Niño de Elche todavía era Francisco Contreras (es decir, cuando comenzaba a conformarse como ser humano, experimentando un desarrollo que le condicionaría en su personalidad futura), muchos fueron los motivos en sus circunstancias orteguianas que le harían un ser temeroso. De alguna forma, somos lo que somos por nuestro pasado, que nos hace presentes y nos hace tomar decisiones futuras. De esto tratará Canto cósmico. Niño de Elche (2021), dirigido por Leire Apellaniz y Marc Sempere Moya: un viaje por la vida y la obra de este creador inclasificable, capaz de sumirnos con su arte en una profunda trascendencia para, acto seguido, despertarnos del ensimismamiento mediante el humor. De su perfil recortado en penumbra, profiriendo sonidos desgarradores y ahogados (ininteligibles, surgidos de las profundidades de su propio ser), llegaremos a la aparición de la madre, que le pregunta preocupada si le sucede algo. Y es que la familia, los amigos y «convivientes» de su contexto histórico-cultural y creativo serán decisivos en la construcción del relato, del hilo argumental, tomando también su voz por él para tratar de concretar lo que parece imposible por escurridizo e inabarcable. «Hay que tener un buen bagaje para ser un revolucionario», afirman quienes discuten en torno a la ruptura del purismo frente al flamenco tradicional. El recorrido profesional de Niño de Elche puede explicarse a través de dicha máxima: de una formación en el cante flamenco clásico dio el paso a la innovación, a lo «impuro». Una transformación que le sigue manteniendo en ese «campo de sentido» del que procede aunque intente ser «anti-flamenco». Su revolución es silenciosa, pues no hay peor forma de ser revolucionario que denominarse a sí mismo como tal. Los premios y trofeos que se presentan en su casa, obtenidos a lo largo del «bagaje» referido, dan paso a su efigie «acostumbrista» pintada por Manuel León: El niño de oro se muestra metamorfoseado y desafiante, posando bajo un cuerpo queer, luciendo bata de cola y sosteniendo un libro titulado enigmáticamente como «Ecocidio». «La identidad como algo móvil y que puede adoptar muchas formas». El «acostumbrismo» como neologismo propuesto por el citado León, hará referencia a esa ruptura con lo conocido para explorar nuevas posibilidades a partir de ello. Por eso Niño de Elche se nos presenta experimentando con su propio cuerpo como caja de resonancia, con ese cante jondo renovado y contenido en un instrumento físico de carne y vibración. Las letras de las canciones interpretadas por él se vuelven más viscerales si cabe por esas acciones a las que somete su propio ser. Performances de gran potencia conceptual y sensitiva. 

El universo de Niño de Elche se muestra infinito y retroalimentador, es el todo y la nada y a él va a confluir todo lo que resulta digno de conocer y contemplar.

Niño de Elche en un fotograma de Canto cósmico. Niño de Elche.

El mosaico se va completando con las distintas piezas situadas en forma de red, un diálogo que se entreteje de forma híbrida, generando distintas sugerencias en el espectador: de las rememoranzas de los padres, los testimonios de amigos, creadores e investigadores, las distintas influencias y obras por las que Niño de Elche ha ido dejando su huella. Así, van desfilando imágenes que van desde la pieza audiovisual de El Ravero, (realizada en colaboración con Los Voluble), a la creada junto a Israel Galván para su Mellizo doble, los fotogramas de Aguaespejo granadino de José Val del Omar, o la impactante secuencia procesional que nos puede remitir a la otra de este cineasta, Fuego en Castilla, con la que se clausura la imposible tarea de enmarcar la figura de Niño de Elche en apenas hora y media de espectáculo nocturno y luminoso a la vez, como ofrecen los fuegos de artificio. Tal vez la mejor imagen para esta condensación, la forma más visual de presentar todo ello, sea ver a este artista sacando sus influencias (las que le han ido conformando) de una caja, para irlas situando en una nueva casa vacía mientras habla de ellas y van sustentando su propio discurso. Del mismo modo que su arte puede sintetizarse en aquella otra poderosa imagen de un espectáculo flamenco en donde el guitarrista, después de servir de telón de fondo sonoro para la bailaora, toma protagonismo para mostrar el arte desnudo de la guitarra, su experimentación silenciosa por parte de quien la tañe. Un John Cage en toda regla, cuya quietud y espera hace que el público observe curioso y se detenga, contemplativo, en reflexión casi mística, como si cada plano fijo y general de la película fuese un cuadro, una escena detenida y casi pétrea. Es precisamente el punto más fuerte o poderoso de este documental su capacidad sugestiva, la potencialidad de las imágenes que hablan por sí solas. Pero ello no podría ser del todo posible sin la fuerza y magnetismo de quien lo protagoniza y lo que le rodea. El universo de Niño de Elche se muestra infinito y retroalimentador, es el todo y la nada y a él va a confluir todo lo que resulta digno de conocer y contemplar. Él simplemente ejerce de «chamán», oficia la ceremonia, sin importar que esta sea audiovisual (como es el caso), escénica, meramente musical o sensitiva. Por ello, puede resultar tan difícil afrontarla desde el punto de vista fílmico, pero los directores de esta película saben precisamente a lo que se enfrentan y por ello emplean un lenguaje rico en narrativas y plásticas. La multiplicidad de voces se aúna en un gran espectáculo de arte total, donde todo puede ser posible.

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