Ascensor para el cadalso
La evolución de un estilo

País: Francia
Año: 1958
Dirección: Louis Malle
Guion: Louis Malle, Roger Nimier (Novela: Noël Calef)
Título original: Ascenseur pour l'Echafaud
Género: Cine negro. Thriller. Drama
Productora: Nouvelles Éditions de Films
Fotografía: Henri Decaë
Edición: Léonide Azar
Música: Miles Davis
Reparto: Jeanne Moreau, Maurice Ronet, Georges Poujouly, Yori Bertin, Jean Wall, Elga Andersen, Sylviane Aisenstein, Micheline Bona, Gisele Grandpré, Jacqueline Staup, Marcel Cuvelier, Gérard Darrieu, Charles Denner
Duración: 92 minutos

País: Francia
Año: 1958
Dirección: Louis Malle
Guion: Louis Malle, Roger Nimier (Novela: Noël Calef)
Título original: Ascenseur pour l'Echafaud
Género: Cine negro. Thriller. Drama
Productora: Nouvelles Éditions de Films
Fotografía: Henri Decaë
Edición: Léonide Azar
Música: Miles Davis
Reparto: Jeanne Moreau, Maurice Ronet, Georges Poujouly, Yori Bertin, Jean Wall, Elga Andersen, Sylviane Aisenstein, Micheline Bona, Gisele Grandpré, Jacqueline Staup, Marcel Cuvelier, Gérard Darrieu, Charles Denner
Duración: 92 minutos

Con ocho años de diferencia entre España y Francia en su estreno, esta mítica película de Louis Malle quizá sea el paso más primitivo de toda una idea de puesta en escena desarrollada durante su dilatada carrera.

Sorprende que las plataformas de streaming conserven en su catálogo reliquias que van del cine mudo a nuestros días. Sucede este hecho en las de contenidos más generales o propios, en las que escarbando en su catálogo uno encuentra joyas unas veces, y rarezas las más. El que podría considerarse primer filme de ficción de Louis Malle, que se despidió del cine con la adaptación de Antón Chéjov Vania en la calle 42 (1994), ya marcaba tendencia en lo truculento de las materias que le obsesionaban, y es que como en la escritura literaria del siglo XX, estos temas definían la insania de las clases más pudientes, llegando poderosamente incluso a los núcleos familiares más aparentemente compactos como en Herida (Louis Malle, 1992), por la traición ya sea amorosa o a uno mismo, y el subsiguiente descenso a los infiernos de unos personajes deshechos en migajas por el cariz de los conflictos que se cuentan. Mucho menos que Robert Bresson, que fue como su mentor en los inicios franceses, Malle era en este sentido un cineasta literario, que trabajó en el cine también como cámara, guionista y hasta documentalista —célebre fue igualmente su participación en El mundo del silencio (1956), llegando a formar parte junto a Jacques-Yves Cousteau de la tripulación del Calypso, barco en el que el divulgador científico fundó su más estricta vocación—. En este sentido es interesante comprobar como para Malle la cámara de cine era un artefacto que aprendió a esculpir con esta y otras películas de manera paulatinamente cada vez más elegante, como si fuese una pluma estilográfica.

Vista hoy, la película adolece de agujeros en el guion, debido a que cruza dos tramas criminales con una música de Miles Davis —excelente partitura tomada aisladamente— que no llega a conjuntar quizá como debiera y hace más críptico el sentido de las imágenes; una música jazz con exceso de platillos de batería, y donde la sensación de claustrofobia lograda con el protagonista Julien Tavernier (Maurice Ronet) dentro del edificio, al volver al lugar del crimen pasional principal, por el que la espera la convertida en desesperada y maldita Jeanne Moreau, vagabundeando por un París decadente que no obvia la presencia de sus compatriotas en Indochina (Florence Carala, hija del jefazo Simon, interpretado por Jean Wall) se pierde debido a la introducción de dos personajes vulgares que le roban el coche, una florista y su novio, reconvertidos en otro tipo de asesinos accidentales y por cuya presencia, algo precipitada y poco planificadamente —en el sentido de planos— terminan por llevar a error al espectador y con él al narrador. Este compadreo o confusión de voces, tan propio de la primera nouvelle vague, se consideró durante algunos años marca de estilo del movimiento francés, que como el Dogma danés fundado por Von Trier y Vinterberg en el 95, tenía un libro de estilo de primeras bastante rígido y absurdo como manifiesto, y es en este tipo de películas donde mejor se deja ver.

Cuenta con con una trama siniestra propia del noir más decadente que se hace meliflua, como si los posibles talentos corriesen siempre paralelos y nunca llegasen a encontrarse.

La película, que podría centrarse en una de las dos tramas, introduciendo mínimamente a los otros dos personajes con un cariz más espontáneo —pues acaba no siéndolo— acaba decepcionando por todo ello. Por otro lado, y como veníamos diciendo, cuenta con una trama siniestra propia del noir más decadente que, en manos de Miles Davis en el sonido o música, se hace meliflua, como si los posibles talentos corriesen siempre paralelos y nunca llegasen a encontrarse, debido no tanto a la eficacia de los encuadres, sino también al montaje. Agua y aceite, en román paladino. Con guion de Malle y Roger Nimier, está basada en la novela de Noël Calef, Ascensor para el patíbulo, probablemente llegándose a cambiar el título por las resonancias bélicas de la novela original. Fotografiada en un por momentos granuloso blanco y negro por Henri Decaë, que estaba a punto de filmar Los cuatrocientos golpes (1959) con Truffaut, su revisionismo es arqueología del cine también actoral, en tanto debutó con Malle la pareja protagonista también de la más recordable El fuego fatuo (Louis Malle, 1963) y donde esa química aquí inexplorada hizo que la dirección fuese más sofisticada y trabajada, un poco como la que se gastaban Irons y Binoche en la mentada Herida. El irregular montaje, que por otro lado podría tener que ver con las innovadoras ideas en la época de Bresson, fue obra de Léonide Azar, que había participado recientemente en Ariane (1957) de Wilder.

Por un momento y más que ante una película de crímenes pasionales, el look conseguido a nivel técnico es el de una película de espías, ya que Ronet (Tavernier) es capaz de moverse entre alturas de pisos y encerrado en el ascensor con auténtica y verdadera agilidad de especialista, en una época en que todavía, y más en este tipo de producciones, no se estilaba contratar a segundas o terceras personas para este trabajo físico e interpretativo tan preciso. La evolución del estilo desde esta primera incursión de Malle a sus posteriores comentadas es sobre todo en cuanto a puesta en escena, y es que como dicen algunos estudiosos, dirigir no es solo comandar un ejército, sino además ser el primero en llegar al rodaje sabiendo en qué punto exacto se va a colocar la cámara. Situada en el ranking de FilmAffinity entre las treinta mejores películas francesas de todos los tiempos, las críticas no fueron nada beligerantes con ella, lo que no quiere decir que directores y productores quedasen más o menos contentos con el resultado final.

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